JUICIO CRÍTICO SOBRE LA EDUCACIÓN ANTIGUA Y LA MODERNA

CONSERVANDO LOS RESTOS II

 

Décima entrega

 

“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”

San José de Calasanz

 

1

SEGUNDA PARTE

DEL SISTEMA ANTIGUO

CAPÍTULO I

DE LOS ESTUDIOS CLÁSICOS CONSIDERADOS COMO MEDIO PARA DESARROLLAR LAS FACULTADES DEL ALUMNO

§ I

En la primera parte hemos demostrado con abundante copia de razones y autoridades, que el sistema moderno de enseñanza lejos de contribuir al progreso de los estudios, es por el contrario causa muy principal de su decadencia, y en vez de ayudar a la formación moral del alumno la descuida lastimosamente.

Tócanos ahora juzgar el antiguo sistema y vindicarlo de las principales acusaciones que contra él dirigen muchos de quienes no sería temerario afirmar que nunca se han tomado la molestia de estudiarlo a fondo antes de emitir su juicio.

Tal es el objeto que nos proponemos en esta segunda parte, cuyo asunto reviste especial interés en esta República, pues no sabemos que hasta ahora haya sido tratado por nuestros escritores con la detención que tan importante materia reclama.

Describimos ya al principio de este trabajo los principales caracteres del sistema antiguo: ahora nos basta recordar que, según él, la enseñanza hoy llamada secundaria se debe considerar dividida en dos períodos, literario el uno, y el otro filosófico.

El período literario comprende el estudio serio y profundo de las lenguas y literaturas clásicas como materia fundamental, y permite en calidad de asignaturas accesorias las que tengan relación con las bellas letras y ayuden a la formación del buen gusto.

El período filosófico abarca el estudio macizo y completo de la Filosofía y de las ciencias exactas y físicas, a las cuales concede más importancia de la que vulgarmente se le atribuye.

De ambos períodos trataremos, aunque con preferencia del primero, porque los detractores del sistema antiguo contra él principalmente asestan los tiros de su crítica.

Hicimos notar anteriormente, cómo uno de los defectos capitales que más resultan en los modernos sistemas consiste en no preparar las facultades del alumno para que puedan recibir toda la instrucción de que son capaces, y creemos haber demostrado que esta preparación debe constituir el fin directo y principal que en el período de la segunda enseñanza ha de proponerse el sabio educador, si quiere desempeñar cumplidamente su delicado cargo.

Toda la dificultad de esta cuestión consiste ahora en determinar qué género de estudios es más a propósito para obtener este fin; pues de un error cualquiera en este asunto resultará a la buena educación de la juventud un daño irremediable. Porque de la misma manera que para obtener el crecimiento del cuerpo infantil, la próvida naturaleza ha preparado en los pechos de la madre un suave alimento, tan propio para aquella tierna edad que otro le sería nocivo; así también, para el desarrollo de las facultades del alma, es preciso que exista un ejercicio, que sea como la leche del espíritu en su infancia.

Este ejercicio no es otro que el estudio de las lenguas y literaturas antiguas, que en todos tiempos han sido consideradas como el medio más adecuado para desarrollar y perfeccionarlas facultades del niño, por más que últimamente en la opinión de algunos hayan decaído de este altísimo concepto. Al dilucidar este asunto eminentemente práctico y como tal muy expuesto a ilusiones, nos parece que debe resolverse ateniendo principalmente al fallo de la experiencia universal y constante, y a la autoridad de los hombres más competentes para juzgarlo; si bien no faltarán razones especulativas que apoyen y confirmen la solución obtenida mediante el primer criterio.

Propuesta la cuestión como acabamos de hacerlo queda ya de suyo resuelta. Efectivamente, por espacio de dos mil años sólo un método se ha reconocido apto en todo el mundo civilizado, para la recta formación del ánimo juvenil; y este método ha sido el estudio de las lenguas y literaturas griega y latina.

DOCU_GRUPO Elvira Megías Quirós

Por este camino iniciaron su brillante carrera todos esos prodigios de saber que han asombrado al mundo en los pasados siglos, y aun los que en el presente más se han distinguido, no en un ramo especial de las ciencias, sino por su cultura general, por la elevación y solidez de sus conocimientos, por la firmeza de sus principios, claridad de sus conceptos y lógica de sus discursos.

Mas no sólo en las edades pasadas fue universalmente reconocido este medio como único a propósito para el fin de disponer convenientemente las facultades del joven, pues también en nuestros tiempos son muchos los hombres de indisputable mérito y maduro juicio que sostienen la misma opinión. En un artículo crítico reimpreso al frente de la traducción de los Poetas bucólicos griegos hecha por el insigne Obispo mejicano D. Ignacio Montes de Oca, el eminente literato colombiano M. A. Caro, bien conocido en la república de las letras por sus bellísimas traducciones de Virgilio, después de afirmar, como nosotros, que “la atenta y prolija lectura de los grandes escritores de la antigüedad es el método más seguro para educar las facultades mentales”, hace suyo el parecer del sabio Cardenal Newman, cuyos son los siguientes conceptos:

Los clásicos, los asuntos que ofrecen al ejercicio del pensamiento y los estudios a que sirven de base, fueron siempre el instrumento de educación adoptado para difundir la cultura de la juventud”… “La cuestión que se trata de elucidar, consiste sólo en saber cuál es el mejor medio para fortificar, pulir y enriquecer las facultades intelectuales. Que con el estudio de los poetas, historiadores y filósofos de Grecia y Roma se llena cumplidamente este objeto, lo demuestra una larga experiencia; que otro tanto puede conseguirse con el estudio de las ciencias experimentales, es cosa, por lo menos, que prácticamente no ha llegado a comprobarse.”

Pero quien ha tratado magistralmente este asunto es el elocuentísimo y sabio orador belga Francisco Schollaert y no queremos defraudar a nuestros lectores del gusto con que saborearán algunos fragmentos del Discurso sobre los estudios clásicos pronunciado en el Parlamento de su país el 17 y 18 de Octubre de 1869. Propone primero el argumento que contra los estudios clásicos hacen los partidarios del utilitarismo en la enseñanza:

El padre de familia, sueña por lo común en adquirir para sus hijos una fortuna con la mayor rapidez y con el menor trabajo posible. ¿Para qué ha de estudiar su hijo las lenguas, las literaturas antiguas? ¿Inventaron jamás la elocuencia y la poesía un solo instrumento mecánico? ¿Analizaron una sustancia? ¿Organizaron una casa de banca o de comercio?…. Por otra parte ¿no será ridículo atiborrar de griego y latín a este amado niño, tan delicado y tierno? ¡Oh, si se le pudiera libertar de todo trabajo y aun de todo deber! ¡Los asiduos estudios matan como la guerra! ¡El no será jamás sabio, ni soldado! Además hace ya mucho tiempo que los habitantes de la Via Appia han dejado de hablar la lengua de Horacio, y los sofistas de Pynx la de Sócrates o Lipsias. Si es absolutamente preciso que los jóvenes sepan un idioma extranjero, aprendan en buena hora el alemán, el inglés, el italiano, en una palabra, idioma que se comprenda en el Exchange de Londres o en la Bolsa de Berlín. ¡Pero en cuanto a lenguas muertas es absurdo!”

Expuesta de este modo la dificultad que los cálculos del interés oponen al progreso de los buenos estudios, el ilustre diputado por Lovaina responde victoriosamente:

Es preciso prodigar la alta cultura intelectual, no una cultura modernizada, acomodada a las teorías modernas, sino una cultura conforme a los métodos consagrados por el tiempo y el éxito. Cuando todos los países de Europa, en asunto que a todos interesa igualmente resolver con desinterés, guiados por el fin único de descubrir la verdad, han practicado fructuosamente el mismo sistema durante muchos siglos, es preciso no tocar a esta práctica sino con la más respetuosa circunspección.”

Y luego explica discretamente cuál sea el verdadero fin de la segunda enseñanza y cuáles sean los medios más adecuados para conseguir este fin. Sus palabras son demasiado preciosas para que nos resolvamos a pasarlas por alto; helas aquí:

Cuando un joven se presenta en nuestros colegios, su educación suscita dos problemas. Posee, pero solamente en germen, las facultades morales e intelectuales, glorioso privilegio de su especie. Tiene entendimiento, pero virgen, vacío, donde es preciso introducir insensiblemente los conocimientos necesarios para su profesión. Este joven debe ser formado desde luego, instruido en seguida. ¿Cómo se le formará? ¿Por qué procedimientos se desenvolverá su inteligencia? ¿Cuál es el instrumento más propio para educar, desarrollar y fecundizar su espíritu? ¿Para hacer de éste un agente robusto, un instrumento sólido y perfecto? Ya lo veis, señores, yo no pregunto cómo ha de ser instruido el joven, es decir, de qué manera se han de hacer penetrar en su inteligencia los conocimientos profesionales de que necesitará en el curso de su vida. No, esto vendrá después. Es preciso formarle antes.

Cuando se piensa en el fin que hay que llenar ¿cómo no comprender que el mejor medio es la educación literaria, que ejercita a la vez de manera tan armoniosa todas las facultades? ¿Y cómo no reconocer además la superioridad de las lenguas antiguas como instrumento de esta educación? Para convencernos de que el ejercicio literario constituye la mejor gimnástica, observad lo que hace un joven a quien se encarga que descifre cualquier pasaje de un autor. Enriquece su memoria con palabras nuevas. Por el análisis gramatical descubre poco a poco los secretos de la sintaxis; por el análisis lógico asiste al génesis del pensamiento. ¿Es esto todo? ¡No! El joven juzga, compara, raciocina. Por corto que sea el esmero de un maestro hábil, su gusto se forma y adivina lo que es el estilo, su oído se habitúa a la cadencia y comprende el número. Los ingenios más privilegiados le ofrecen las más atractivas imágenes, las más nobles sentencias y los ejemplos de la más alta virilidad. Entonces la imaginación despierta, la voluntad se inclina, se forma el carácter. El corazón se educa a medida que la inteligencia se ilumina. Ni una facultad permanece en el olvido. El espíritu se manifiesta en todas sus formas. Y cuando suena, en fin, la hora de abandonar el colegio, encuéntranle convertido en hombre; pocos conocimientos prácticos acaso, pero capaz de aprenderlo todo; es hombre que ama el buen estilo, la grande poesía, la grande elocuencia, todo lo que es noble, brillante y bello”.

Hasta aquí el insigne orador belga. Esta convicción y esta práctica tienen echadas tan hondas raíces, que cien años de tenaz y perseverante guerra no han podido derribarlas; y aun actualmente observamos la misma costumbre en todas las naciones cultas, a pesar de que muchos de los que la ordenan, y a veces también de los que enseñan, la tienen por un proceder inútil y sin razón de ser, calificándolo de rutina; mas ciertamente, admitido el hecho, no bastarían para explicarlo todas las rutinas que sigue la humanidad, si en el fondo de esta práctica no hubiese un principio razonable.

Ni sería decoroso creer que los impugnadores de esta práctica universal se imaginen que ellos solos han logrado ver claro en esta cuestión, y que la numerosa serie de hombres que han pensado y piensan de otro modo, sea una reata de miopes o ilusos, que han aceptado como verdad inconcusa el error más craso.

No: esta especie de culto que todos los siglos han consagrado a los estudios clásicos; la elección que de ellos se ha hecho para presidir y promover el desenvolvimiento intelectual y la formación de las nuevas generaciones; el nombre mismo de Litteræ humaniores, esto es, letras humanas, o con más propiedad, eminentemente humanas, que les atribuye el privilegio de completar y perfeccionar al hombre: todo revela la alta estima que ha merecido siempre estos estudios, la cual descansa sobre un fundamento muy razonable, como vamos a demostrarlo.

2

§ II

Si analizamos con detención la naturaleza de los estudios clásicos, nos convenceremos de que en ellos se encuentra el medio más acomodado para cultivar, a un tiempo y metódicamente, tal como se van desarrollando en el niño, las diversas facultades del ánimo, lo que constituye el fin del primer período de la segunda enseñanza.

Pues, en efecto, tales estudios son a la vez escuela o ejercicio de las facultades cognoscitivas y de las afectivas.

Son primeramente escuela de las facultades cognoscitivas: porque el entendimiento del niño halla aquí un ejercicio apropiado al estado de debilidad en que todavía se encuentra. En los estudios de gramática, el análisis y construcción de las frases le hace formar ideas claras del papel que desempeña cada una de las palabras en la oración o período; la composición crea en él el hábito de poner orden en sus obras y el de reflexionar para acomodarse a las reglas; y en estas clases, y mucho más en las superiores, la explanación hecha por el profesor le enseña a seguir el hilo de un discurso, a apreciar el valor de una idea y reconocer la perfección con que está presentada en el autor clásico; ejercicio que, completado por el de la composición y por la corrección que de ella hace el maestro, desarrolla por sus grados la inteligencia de la manera más acomodada a la tierna naturaleza del niño.

Si el alumno tiene aquella fantasía viva, rica, dotada de la fuerza creadora que es propia de los artistas, el estudio de las obras maestras de los clásicos sirve para limarla, dirigirla, y reprimir sus excesos; y al mismo tiempo, hace sentir al estudiante que todas las facultades, y más que ninguna otra la imaginación, si han de acertar en sus operaciones y no producir obras monstruosas, deben sujetarse a leyes, y contemplando los ejemplares perfectísimos de belleza que tiene a la vista aprende prácticamente cuáles son esas leyes y cómo ha de aplicarlas.

En los que no tienen fantasía tan viva, el contacto de aquellas creaciones del genio excita por lo menos sus facultades y hace que aquella medianía que posee, merced a una buena dirección, salga bien aprovechada.

La memoria, por su precoz desarrollo y admirable flexibilidad, es en el niño instrumento poderosísimo para perfeccionar las otras facultades: en sus tesoros es donde se depositan las bellezas de las obras clásicas una vez que han sido comprendidas y gustadas; y la repetición necesaria para aprenderlas hace que penetren mejor y logren más cumplido efecto en el entendimiento y la fantasía, resultando indirectamente otro provecho, y es que como la memoria, según el antiguo adagio, se acrecienta con el cultivo, mientras sirve a las demás facultades trabaja en ventaja propia.

Por eso San Agustín consideraba de tanta importancia la Gramática (nombre que en su tiempo se extendía a todo el estudio de las literaturas antiguas) que en su libro De ordine no vacila en atribuirle una eficacia casi divina para perfeccionar las facultades intelectuales; y el sabio Cardenal Segismundo Gerdil, dice hablando de este estudio: “Los primeros elementos de la Gramática son verdaderos elementos de Lógica, en que la precisión de la idea es norma de la expresión”.

AntiqueGreekOrator_1880

El estudio de las literaturas clásicas es, en segundo lugar, escuela de las facultades afectivas.

Empezando por la sensibilidad o facultad de mover en sí y en otros los afectos, de ninguna clase de obras son estos más propios que de las obras literarias. Y como estos movimientos del ánimo son a la manera del fuego, que prende donde halla materia dispuesta; o como el fluido eléctrico, que por influencia excita nueva electricidad; o como el sonido musical, que fácilmente se produce en un cuerpo sonoro con el movimiento de otro cuerpo en vibración: así también el corazón no gastado del niño se inflama, se electriza o vibra al unísono con los grandes corazones de los oradores o poetas que estudia, y dirigido convenientemente por el profesor, aprende a amar todo lo noble y bello, que es lo que conduce al bien, y a desechar los sentimientos rastreros y puestos al servicio de la maldad.

De estas perfectísimas obras en que el afecto está siempre gobernado por la razón, sacará el alumno el gran provecho de acostumbrar su ánimo a gozar la verdadera belleza en sus fuentes más puras, y no imitar a los que con estragado gusto no se deleitan sino en medio de los espectáculos horrorosos o buscando las impresiones más fuertes, con la que embotan la sensibilidad y de facultad racional la hacen degeneraren sensualismo desenfrenado.

Mas como este estudio no se reduce puramente a despertar los afectos, sino que al mismo tiempo examina su conveniencia y los medios que el escritor ha puesto en juego para producirlos, adquirirá al propio tiempo el alumno aquella facultad que en frase de Cicerón es la que constituye el triunfo del orador, la de excitar en los demás los afectos de que él se siente animado.

Contribuye así mismo a estos resultados como a los anteriores, el trabajo de la memoria junto con el de la inteligente declamación de los trozos escogidos entre los más bellos, lo cual hace que el joven se posea, como si fuesen propios, de los sentimientos y bellezas que hermosean la obra literaria.

Este continuo estudio de los grandes autores produce además el buen gusto literario, que si en los primeros años no se adquiere, rarísima vez se logra en lo restante de la vida. A este propósito dice la Civiltá Cattolica:

Si el buen gusto literario, que es tan gran parte del fruto de los estudios juveniles, no se obtiene en los primeros años, es bastante difícil, y aun dificilísimo que se adquiera más tarde. Mas no puede adquirirse sino con un continuo estudio de muchos años sobre la belleza de los autores clásicos, acostumbrando a ellas el oído con la reiterada repetición y observación, y ejercitando acerca de ella la memoria con aprender sus más insignes pasajes, sin que mientras tanto se halle distraída en otras cosas la mente del escolar. Por lo cual, si el ingenio del joven no queda libre en su desenvolvimiento aquellos primeros años para la sola imitación de lo bello, mientras tiene toda la fuerza mental inclinada a este objeto y conserva frescas las ideas recogidas en el estudio de los clásicos, más tarde nunca podrá emprender esta tarea, ni aun con mediano provecho. El joven vive de imitación: en su tierna edad principalmente y atraído de su cándido natural, sigue la belleza, aprehende sus formas, se las imprime en el ánimo y las convierte como en propia sustancia; pero a condición de que se mantenga constantemente en la contemplación de lo bello, y no sea desviado de allí con otras demasiadas y sobrado diversas consideraciones. Así, del defecto de un método racional de estudios proviene el defecto de buen gusto reconocido como universal; y quitado el buen gusto, nunca tendremos ni cultivadores de las buenas letras, ni poetas, ni oradores, ni prosadores de algún mérito”. (1)

Si a los mencionadas condiciones que la obra literaria ofrece de suyo, se agrega la enseñanza oral dada por un profesor como el antiguo método lo requiere, que toma el encargo de educar, no como negocio para lucrar dinero, sino como ministerio sagrado para cultivar las facultades del alumno y dirigirlo hacia Dios; se perfeccionará también con este estudio la parte moral del educando, porque no dejará nunca el maestro de aprovechar las mil ocasiones que en el estudio del orador o del poeta se le presenten para despertar los afectos nobles del corazón, ora suaves y tiernos, ora vehementes y generosos, a semejanza de los que en el escritor se descubren, confirmando en el niño por este medio las enseñanzas de la virtud cristiana.

El mismo trabajo que suele acompañar el estudio de las literaturas clásicas, es para él un fructuoso ejercicio, que le acostumbra ya desde sus tiernos años a aplicar seriamente su ánimo, a vencer las dificultades y soportar la fatiga, aunque sea haciéndose alguna violencia; costumbre que producirá muy saludables efectos cuando el joven más adelante haya de combatir para refrenar sus pasiones y dominarse a sí mismo, que debe ser uno de los más preciosos frutos de la buena educación.

4

Es verdad que este modo de proceder se halla en disonancia con las modernas aspiraciones y prácticas de la enseñanza, que todas se encaminan a facilitar el trabajo del niño, inventando mil métodos con los cuales se aprendan todas las cosas sin fatiga; de suerte que toda la dicha de la enseñanza actual se cifra en que el niño aprenda mucho en poco tiempo y con poco trabajo, y por todas partes están brotando los pedagogos que presumen haber encontrado esta piedra filosofal.

De aquí proviene el desdeñar el ejercicio de la memoria, como práctica añeja de maestros atrasados, y esforzarse en que el niño desde los primeros años estudie todas las cosas puramente de concepto. Para lo cual aducen por motivo que es indigno hacerle aprender las cosas de memoria; pero la verdadera razón es, que el alumno encuentra este trabajo bastante molesto, y el profesor por ventura mucho más; y el fruto de esta práctica es que se descuida la memoria, facultad intelectual de las más estimables, y no se cultiva tampoco el entendimiento, porque el niño se acostumbra a recitar las lecciones a poco más o menos, pues su corta edad no le permite otra cosa, y el bueno del profesor se da con eso por satisfecho.

De aquí proviene igualmente el empeño de enseñar a los niños con un método empírico que pretende que todos los conocimientos les entren por los sentidos; “método, dice el excelente filósofo cristiano Sr. Orti y Lara, que sólo atiende a cosas y hechos individuales y mutables, que nunca fueron ni serán objeto de verdadera ciencia, formada de conceptos universales y necesarios, ni podrán satisfacer la necesidad que siente el espíritu humano de elevarse a cosas y razones superiores, invisibles, libres de toda materia… Contrario a la naturaleza de nuestro entendimiento, que procede por vía de abstracción y necesita de su luz para conocer la verdad en las regiones elevadas de las ciencias y de la verdadera sabiduría, la cual consiste en conocer a Dios, principio y fin de todas las cosas… inhabilita cuanto es de su parte a los niños para los estudios científicos y abate su espíritu basta la bajeza de las cosas visibles, emparedando sus alas, para que no vuelen, con el lodo de la materia”. (2)

Con tan singular empeño de enseñar a los niños por métodos fáciles, y aun convertir la enseñanza en un agradable juego, se forman alumnos perezosos, inconstantes, pusilánimes, sensuales, muelles y sin carácter ni valor para sostener los verdaderos principios o superar las propias pasiones y las dificultades de la vida.

En hombres de esta manera educados, no es de admirar que nunca se dediquen al estudio serio de la Religión, ni la lleguen a conocer; antes por el contrario suelen rechazar el sobrenatural beneficio de la fe, no creyendo lo que está más allá de lo que alcanzan sus sentidos: y como no hay cosa más atrevida que la ignorancia, éstos son los que después orgullosamente se llamarán racionalistas, sin tener en realidad derecho más que al título de ignorantillos presumidos. “La educación dada por modo de diversión, dice Madama de Staël (1766 – 1817), dispersa el pensamiento; la pena en todo orden de cosas es uno de los grandes secretos de la naturaleza, y el espíritu del niño es preciso que se acostumbre a los esfuerzos del estudio, como nuestra alma al padecimiento… Enseñareis con cuadros, con mapas, una multitud de cosas a vuestro alumno, pero no le enseñareis a aprender, y la costumbre de entretenerse, que ahora dirigís a la ciencia, seguirá muy presto camino diferente, cuando el niño haya salido ya de vuestra potestad”. (3)

5

§ III

Siendo, como acabamos de mostrar, el estudio de las lenguas y literaturas clásicas el ejercicio más apto para el desenvolvimiento de las facultades cognoscitivas y afectivas del hombre; se ve bien que tal estudio constituye aquella provechosa gimnástica, que todos consideran como necesaria en los primeros años, y es por tanto el medio más adecuado para obtener el fin de la segunda enseñanza en su primer período.

Sólo que no será difícil que a algún lector se le haya ocurrido la dificultad que suele proponerse en estos o parecidos términos: Si no se trata más que de gimnasia intelectual, también la resolución de un problema matemático es gimnasia y más accesible al niño que la gimnasia y el problema del latín y del griego; por lo cual igualmente se podrían emplear las matemáticas para la formación del niño, y quizás con mayor provecho.

Buena está la dificultad; pero cualquiera echa pronto de ver que en ella se atribuyen iguales propiedades a dos cosas que las tienen muy diversas.

El estudio de las literaturas clásicas, según hemos visto, atiende juntamente al desarrollo de todas las facultades del ánimo; pero las matemáticas, aunque son ciertamente un ejercicio intelectual muy sólido, requieren para ser estudiadas con fruto una preparación anterior y conveniente desarrollo del entendimiento. Tampoco perfeccionan más que una facultad, y aun esa sólo en cuanto a las cosas en que es posible emplear el rigor del raciocinio; de suerte que un sujeto exclusivamente dedicado a las matemáticas, no se hallaría en estado de juzgar con acierto en cualesquiera cuestiones a que no fuesen aplicables el número y la medida.

Este resultado es el que expresó el vizconde de Bonald cuando dijo:

En los estudios científicos, el espíritu se seca y consume en abstracciones mudas para la razón y para el corazón; y a veces llega a hacerse inepto para concebir las altas verdades y los grandes sentimientos de la moral… estos estudios absorben la facultad de pensar y hasta la falsean, haciéndole contraer el hábito de someter al compás y al cálculo lo que necesita ser juzgado y sentido; la primera flor de la imaginación y aun de la sensibilidad se marchita con esas contemplaciones áridas y estériles nomenclaturas”. (4)

Por esto decía el primer Napoleón:

Amo las ciencias matemáticas y físicas: cada una de ellas es una hermosa aplicación parcial del espíritu humano; pero las letras son el espíritu humano mismo, son la educación general que prepara a todo, son la educación del alma”.

A este sistema, que pretende sustituir las ciencias en vez de las letras para la formación de las facultades del niño, no le falta la prueba de la experiencia, y por cierto le es bien poco favorable.

La educación liberal (esto es, la cultura elevada), dice M. Sengler, ha caído en Francia porque se ha dejado decaer la educación clásica, esencialmente fundada, como lo hemos dicho, sobre el estudio de las lenguas antiguas. Y obsérvese bien que el estudio de las lenguas antiguas ha dejado de ser serio y provechoso para la juventud francesa desde el día que decayó el prestigio de las letras latinas, en que el favor pasó a las ciencias, en que la misma Universidad abrió las puertas a la enseñanza enciclopédica. La educación utilitaria mira al provecho material, prepara la obra de mano, y al industrial a la materia que explota. La educación enciclopédica forma el semi-sabio y deja incompleto al hombre. La educación liberal forma al hombre superior, al hombre que sabrá no sólo extraer el carbón de la tierra y forjar el hierro, sino levantar de la tierra a la humanidad y guiarla por el sendero que la lleva a sus destinos”. (5)

El resultado obtenido en Alemania por un sistema semejante lo declara el Dr. Lobeck, miembro de la Universidad de Chile, en los siguientes términos:

Campa y Basedow, los principales, quisieron a fines del siglo pasado desterrar el griego de todos los gimnasios o liceos con la pretensión de formar jóvenes verdaderamente aptos para la vida civil. Pero los establecimientos que bajo el nombre de filantropinos fundaron, y de los cuales se encontraba excluida por sistema la enseñanza de los idiomas clásicos, han recibido cierta celebridad en la historia de la pedagogía, no por los lisonjeros resultados que produjeron, sino al contrario por los en gran manera desfavorables; pues los jóvenes educados en ellos según el sistema realista, completamente destituidos de conocimientos, se manifestaron incapaces de una ocupación civil cualquiera, e indignos de figurar en el mismo nivel que la juventud educada en los gimnasios o liceos según el retrógrado sistema del estudio de los idiomas clásicos. Este fue un golpe de muerte para los reformadores: la gente práctica se desengañó, y los filantropinos ocupan un lugar, en la historia de la pedagogía, muy poco envidiable: se hallan consignados, a la manera de muchos monumentos de la historia, para que las generaciones posteriores encuentren en los desvaríos de las que les precedieron, lecciones de lógica práctica que oponer a las declamaciones huecas, a la grita tumultuaria de ciertas fantasías sin lastre, que el caprichoso viento de la presuntuosa ignorancia arrastra por doquiera, como embarcaciones desmanteladas y sin brújulas”.

Omitiendo lo mucho que acerca de otros países pudiera decirse, concluiremos este punto con lo que atestigua Thiersch acerca de Baviera:

La literatura antigua, escribe este sabio helenista, fue en los colegios tolerada solamente, y se le dio un papel secundario; se trató de que predominaran las ciencias físicas, naturales y matemáticas, y todo aquello que se honra con el nombre de conocimientos positivos. El resultado fue que no se llegó ni a la mediocridad, y que el nuevo plan cayó a la vuelta de algunos años. Entonces el gobierno convencido de los vicios de ese sistema, inquieto por la decadencia de la instrucción pública, cedió al fin a la opinión general y se volvió al estudio profundo de las literaturas antiguas”.

Pero si la literatura es el mejor medio para la plena formación del niño, se podrá replicar ¿por qué ir a escoger literaturas extranjeras y antiguas? ¿No es mucho mejor y más fácil educar al alumno por medio de la literatura nacional?

A esto responderemos que el método antiguo no desdeña, como algunos creen, la literatura particular de cada país, antes con especial cuidado trabaja por conservarla y adelantarla. Así, a medida que las literaturas nacionales se han ido perfeccionando, las ha incluido en sus planes y les ha aplicado el método que emplea en el estudio de las antiguas; mas éstas han quedado siempre en primer lugar, fundándose la superioridad de que gozan en tres razones principales, que no son aplicables a las lenguas y literaturas modernas.

La primera es porque estas lenguas antiguas se prestan mucho más al análisis que las actuales, por ser más perfectas, más lógicas y profundas en la significación de sus palabras.

Es verdad que no faltan quienes afirman que los trabajos gramaticales de los últimos siglos han adelantado los idiomas y los han hecho más perfectos que los antiguos; pero no hay cosa más falsa. El hombre no ha inventado las lenguas, sino que las ha recibido de Dios; ni tampoco las perfecciona en cuanto a sus caracteres esenciales.

El uso de la palabra, dice César Cantú, fue primeramente enseñado al hombre por el mismo Dios, que con él le dio al mismo tiempo los más esenciales conocimientos morales, científicos y religiosos. Aun cuando en el progreso de la sociedad vemos que todas las artes se van perfeccionando, ninguna nueva perfección notamos introducida en las lenguas, y ninguna, desde que las conocemos, ha adquirido un nuevo elemento esencial… No es el hombre quien inventa una lengua, antes bien pone mucho conato en conservar la antigua y en excluir las singularidades. Consérvase asimismo una veneración entre los literatos y entre el pueblo, a las palabras antiguas y tradicionales, como si conociera su incapacidad para producir otras mejores”. (6)

Todos los grandes talentos reconocen que las lenguas son tanto más perfectas y tanto revelan mayor sabiduría, cuanto son más antiguas, como que se hallan más cercanas a aquellos primeros idiomas comunicados por Dios a los hombres. Así decía Platón en su Cratilo:

Es sin duda una inteligencia superior a la humana la que impuso a las cosas sus propios nombres: tan ajustados les vienen.”

Y el ilustre José de Maistre asienta y prueba esta conclusión:

La formación de las palabras más perfectas, más significativas y más filosóficas en toda la fuerza de la expresión, pertenece indudablemente a los tiempos de ignorancia y sencillez… a medida que nos elevamos hacia esos tiempos de ignorancia que vieron nacer las lenguas, más lógica y profundidad hallaremos siempre en la formación de las palabras, desapareciendo este talento por una gradación contraria según vamos descendiendo a las épocas de ciencia y de civilización”.

Y luego añade: “Dos pequeñas cosas faltan a la filosofía para crear palabras: la inteligencia y el poder que las hace adoptar”. (7)

La segunda razón de la preferencia que obtienen las lenguas y literaturas clásicas sobre las modernas para la formación del niño, es el haber producido los más acabados modelos de belleza literaria que se conocen. Homero, Virgilio, Píndaro, Horacio, Demóstenes, Cicerón, los Santos Padres griegos, Tácito y Livio, Tucídides y Jenofonte, para no mencionar otros, han legado a la posteridad escritos imperecederos, que todas las generaciones pasadas y presentes han venerado como obras maestras de poesía, elocuencia o historia, reconociéndolas como las normas más seguras para la educación literaria de la juventud e incapaces de ser sustituidas por otras.

Aun después de tanto como se ha dicho con intención de desprestigiar estas literaturas, alegando diversos pretextos, y a veces por motivos encontrados; es lo cierto que entre las innumerables obras literarias que en todos tiempos han visto la luz pública, ningunas han alcanzado el crédito y veneración universal de que gozaron y hoy mismo gozan las literaturas clásicas de la antigüedad en todas las naciones cultas.

En tercer lugar, tales obras no sólo llevan el sello del genio, sino que poseen además la prerrogativa de la inmutabilidad.

Las literaturas nacionales pueden sufrir verdaderos descarríos: la historia nos atestigua cómo en más de una ocasión los han sufrido con grave detrimento del buen gusto y de los sanos principios literarios. ¿Qué otra cosa fue el culteranismo en España y la plaga de los sescentistas en Italia, sino una de estas desviaciones del recto camino? En nuestros tiempos, el romanticismo con sus melancolías, desesperaciones y blasfemias, con sus frases ampulosas y términos tan hinchados como vacíos de significación (signo de los tiempos de decadencia, como profundamente nota César Cantú) ¿no ha infestado la literatura y borrado de los ánimos de muchos la norma de la verdadera belleza?

Pues de todos estos daños están exentas las literaturas clásicas: como que pertenecen a lenguas que no son ya de uso vulgar, gozan del precioso privilegio de no estar sujetas ni a las alteraciones de los hombres ni a las mudanzas de los tiempos, y perseveran siendo siempre fuentes purísimas y ejemplares perfectos de la verdadera belleza literaria.

6

Finalmente, para la misma gimnástica intelectual que en los primeros años ha de iniciar el desenvolvimiento de las facultades del niño, ofrecen mayores ventajas las lenguas antiguas, ya por la variación de los casos, que en las modernas propiamente no existen, ya por la flexibilidad de su sintaxis que se presta a múltiples combinaciones aptísimas para aguzar la mente del alumno.

A estos títulos que establecen la necesidad de emplear el estudio de las lenguas y literaturas clásicas como medio de cultivar las facultades del alumno, se agregan todavía otros, unos comunes a ambas literaturas latina y griega y otros que atañen principalmente a la latina; los cuales vamos a exponer en los capítulos siguientes.

Notas:

1: La Civiltá Cattolica, ser. XII, vol. II

2: El Catecismo de los textos vivos, cap. IV.

3: De la Alemania, parte I, cap. XVIII

4: Miscelánea, II.

5: Cit. p. Larraín: Memoria sobre el Bachillerazgo en Humanidades.

6: Discurso preliminar a su Historia Universal.

7: Veladas de San Petersburgo, conversación segunda.