Meditaciones para el Mes del Sagrado Corazón de Jesús

Extractadas del libro

AMOR, PAZ Y ALEGRÍA”

Mes del Sagrado Corazón de Jesús según Santa Gertrudis.

Por el R. P. Dr. André Prévot, de la Congregación Sacerdotes del Corazón de Jesús

DÍA 5

Los deseos del Corazón de Jesús

«Un Jueves Santo, Santa Gertrudis vió a Nuestro Señor, antes que las Hermanas se acercasen a la mesa sagrada, reducido a un estado de extremo desfallecimiento por la vehemencia del deseo que tenía en su divino Corazón de unirse a éstas almas tan amadas. Estaba tirado en el suelo y no le quedaban fuerzas. La santa se conmovió tanto que estuvo a punto de perder el conocimiento; pero el Salvador la fortificó y le hizo comprender que aquél desfallecimiento era el triunfo de su Amor, y que iba a estar en el colmo de sus delicias dándose por la Santa Comunión a estas almas que tanto deseaba.» (IV, 25).

Un día Santa Matilde, admirada de los testimonios de ternura del Corazón de Jesús, quiso, por respeto, alejarse un poco de Él; mas Él, por el contrario, más la atraía, diciéndole: ‘No, quédate Conmigo, para que saboree mi Felicidad’.» (I. 19).

Otra vez, el Señor dijo: ‘Nada me deleita tanto como el corazón del hombre, pero del que debo privarme seguido. Tengo todos los bienes en abundancia; solo el corazón del hombre aún se me escapa’.» (IV, 54).

REFLEXIONES

El Corazón de Jesús es todo deseo, totus desiderium (1). Desea la gloria de su Padre, para la cual trabaja únicamente; desea el corazón del hombre, para tener sus delicias en él; antes de su Pasión ansiaba ardientemente sufrir para purificarnos en el bautismo de su sangre; hoy desea, con gran deseo, venir a nosotros a través de la comunión para santificarnos; nos desea porque nos liberó por sus sufrimientos, comprado por sus trabajos, conquistado por sus victorias, nos desea porque somos su bien, su gloria, su felicidad. Ah! Démosle pues, lo que Él tanto desea. ¿Quienes somos nosotros para rehusar al amor lo que desea? Dios mío, Tú que te bastas eternamente en la plenitud de tus bienes, quisiste, por una extrema delicadeza de amistad, precisar de nosotros, y, ahora que pides nuestro corazón con infinita ternura, ¿tendríamos el triste coraje de negártelo? ¡Nos pides nuestro corazón para santificarlo y bendecirlo, y seremos bastante insensatos como para no dártelo! Quieres llenarlo de tus bienes, de tu amor, de tu divina beatitud, y seremos bastante malos para cerrártelo. ¡Oh, no, amor! ¡Oh Dios, todo deseo y todo deseable, para Ti, solo para Ti sea nuestro corazón! Te lo abandonamos sin reservas y sin temor; te lo abandonamos por puro amor; lo consagramos por completo a tus deseos.

Pero, nosotros también, a su vez, deseemos a Jesús que nos desea tanto. Es para nosotros todo deseable, seamos para Él, todo deseo. El deseo es, dicen, el amor del bien ausente; desgraciadamente, Jesús está ausente de nosotros: peregre profectus est. Oh, deseemos ir a encontrarlo, llegar hasta Él: ¡Oh! ire, oh! sibi perire, ¡oh! ad te pervenire! (S. Aug. Serm. CLIX.).

Deseémosle con el deseo que consumía el corazón del Apóstol, cuando exclamaba: «Estoy angustiado, deseo ser desatado para unirme a mi Jesús». Oh! ¡Si supiéramos cuánto nos desea desde arriba!, ¡si supiéramos que todos los santos participan de sus deseos, esperan impacientes, como Él le dijo a Santa Gertrudis, el momento en que iremos con ellos a aumentar sus amores! Oh! ¡Cómo despreciaríamos entonces esta tierra, cómo alzaríamos nuestras miradas hacia el cielo, cómo nuestro deseo y nuestro corazón se fijarían en lo alto, donde está todo nuestro tesoro!

Pero entre tanto que nos sea dado poseer a Jesús en el cielo, deseemos hacer su Voluntad en este mundo, poseer su Corazón y unirnos a su Cruz. Como Gertrudis, busquemos siempre el modo de conocer su Voluntad para cumplirla fielmente; estemos siempre prontos para ejecutar sus órdenes; acojamos con prontitud los menores signos que nos manifiesten el agrado de su Corazón, y dispongámonos con todas nuestras fuerzas en satisfacerlo. Pidámosle sin cesar su Corazón Sagrado, que es la prenda de su ternura, nuestro verdadero tesoro, órgano de nuestro amor. ¡Que nos una con Él en una misma caridad! ¡Oh! amor, lo que hagas hazlo pronto. ¡Oh!, si los dones del amor son tan deseables, ¿que será el mismo amor, fuente de todos estos dones? Señor, es a Ti a quien amo, es por Ti por quién he sido creado: nada podrá satisfacerme sino Tú mismo, nada podrá contentar mi corazón sino el don de tu Corazón; quiero cada vez más darte el mío sin reservas, para que me des el Tuyo todo entero.

La Cruz no se separará del don del Corazón de Jesús, nunca lo olvidemos. El alma unida a ese Corazón divino, no sintiendo más que con sus sentimientos, desea como Él, este bautismo de sangre, en que acabará de purificarse, en que se transformará con Él, en una víctima santa por la salvación del mundo. El amor a la Cruz es el signo de los abnegados amigos del Corazón de Jesús, el deseo de la Cruz se halla a menudo en ellos, incluso hasta la Pasión. «Y creo, dijo una de esas almas generosas (2), que el deseo de sufrir me hará morir”. Nosotros, abandonémonos, al menos, a este deseo en unión con el Corazón de Jesús; digamos con la Víctima Santa: “Aquí estoy mi Dios, para hacer tu voluntad”, y hágase enseguida su beneplácito.

Abandonémonos, desde luego, a deseos sin límites en nuestras oraciones. Como Daniel al orar por su pueblo, seamos hombres de deseos, y nuestras oraciones, como las suyas, merecerán ser oídas por la salvación de la Iglesia. Santa Gertrudis concentrando en su corazón, deseos universales e infinitos, rogaba con los deseos de todo el Universo, ex affectu totius universitatis, y por el mayor bien de todo el universo, en el cielo, sobre la tierra y en el Purgatorio. He aquí un corazón verdaderamente según el Corazón de Jesús, grande como Él, amoroso como Él, deseando como Él. Extendamos estos deseos sin límites a todas nuestras obras, para que estas obras puedan corresponder a las necesidades de la Iglesia, que no tienen límites. Pequeñas en sí, ellas serán engrandecidas por nuestros deseos, y Jesús, que considera el deseo como realidad, les dará un valor ilimitado para la salvación del mundo.

Decía Santa Catalina de Siena:

«¡Oh, Dios mío!», ¿cómo harás en estos tiempos desafortunados para satisfacer las necesidades de tu Iglesia? Sé lo que harás: tu Amor suscitará hombres de deseos; sus obras finitas, junto a sus deseos infinitos, hará que escuches sus votos por la salvación del mundo”.

Parece, en estos tiempos en que las almas son tan débiles, que en materia de cruces, que el Corazón de Jesús espera de nosotros grandes deseos de suplir por lo que no podemos sufrir:

«Señor, dijo Santa Gertrudis, inspirada por el Corazón de Jesús, te ofrezco todos los sufrimientos de mis Hermanas, con el deseo de soportarlos hasta el fin del mundo, si es tu beneplácito.”

Hazme esta ofrenda a menudo que embriaga mi Corazón y que lo hace incapaz de rehusarte lo que sea”.

Ya que ese ofrecimiento te es muy grato, enséñame cómo puedo hacerlo siempre”.

Ofréceme siempre, con corazón contrito y humillado, el deseo de sufrir por Mi Gloria, si es preciso, todos los sufrimientos del mundo hasta el fin de los tiempos, y obtendrás de mi Corazón todo lo que quieras pedir”.

Gertrudis fue, por excelencia, la Santa de los deseos, y mereció que muchas veces nuestro Señor le asegurara que esos deseos serían contados como si estuviesen realizados, y que aceptaba su buena voluntad como una realidad. Hay, además, cierto número de santos que solo se tornaron santos solo por los deseos (3): Dios oyó la preparación de sus corazones. La perfección de sus disposiciones les valió las mayores gracias, y la santidad de sus intenciones les dio un mérito incomparable a sus menores acciones. Luego, es una característica particular de la devoción al Sagrado Corazón, como nos la da a conocer Santa Gertrudis, el santificarnos por los deseos. Utilicemos pues, este medio tan fácil, tan dulce, tan alentador. Volvamos todas nuestras intenciones hacia Dios. Unámonos al Corazón de Jesús en las menores acciones por un deseo bien puro, bien sincero y sin límites, para glorificar a su Padre, y nuestra alma se enriquecerá de incomparables méritos, y el Corazón del buen Maestro se consolará, oyendo y satisfaciendo en nosotros sus propios deseos.

Hay, sobre todo, un misterio de amor, en el que Nuestro Señor no quiere que le frustren sus deseos, que impidan las delicias de su Corazón: el misterio de la santa Eucaristía. Comprendamos bien por qué la instituyó: para estar con nosotros hasta la consumación de los siglos. Ciertamente no fue para estar solo y abandonado en un Tabernáculo, verdadera prisión de amor, donde lo dejamos languidecer tantas veces en soledad. Ah! Sí, es ahí sobre todo que Él nos desea con gran deseo, es ahí donde nos insta a unirnos a Él, llamándonos sin cesar, invitándonos con insistencia, obligándonos de alguna manera a entrar. Responde entonces a su llamado; visítalo con una solicitud igual a su amor; ve y recoge las gracias que Él quiere derramar sobre nosotros, por medio de su Sacrificio; ve y únete a Él por la Santa Comunión. Él te abre su Corazón; no temas. No digas tan fácilmente que aún no estás bien preparado; ya que Él te invita, Él lo sabe todo, es porque no quiere esperar una preparación más larga. El sabe muy bien de lo que somos capaces: no nos pide disposiciones perfectas; se contenta con nuestra buena voluntad. Acude a Él sin demora, con confianza y abandono. Prefiere abandonarte ahora a su amor misericordioso, que rendir cuentas a su futura justicia de las comuniones a las que has faltado por culpa tuya, de las invitaciones de su ternura a las que no has respondido, de las gracias privilegiadas de su Corazón que no has querido recibir.

En lugar de regatear nuestro corazón a Jesús, esforcémonos, como Gertrudis, para llevarle con nosotros las almas de nuestros hermanos extraviados, a quien tanto desea unirse por la Comunión:

«Haz entrar», dijo Jesús a su esposa, “a las almas por las que haz rogado esta semana; porque las quiero tener en mi mesa.»

Señor, ¿y cómo puedo hacerlas entrar? Ciertamente, tan indigna como soy, si pudiera traerte a todos esos hombres en los quete dignas poner tus delicias, yo iría descalza muy gustosa, desde este día hasta el día del juicio, los buscaría por todo el mundo, los tomaría de los brazos y vendría a presentártelos, para así poder satisfacer un poco el deseo infinito de tu Corazón divino. Pero, ¿cómo podría hacerlo?”

Respondió el Señor: “Tus deseos y tu buena voluntad bastan para todo”.

Y nosotros también, si quisiéramos contentar al Salvador, tratemos de llevarle estas ovejas perdidas, que Él tanto desea estrechar contra su Corazón. Oremos, actuemos, peleemos, suframos y, si es necesario, muramos para conquistarle almas. Hoy, más que nunca, es un día de combate. ¡Mira cuántos enemigos se ensañan contra la Iglesia! ¡Que complot infernal se creó para derribarla! Diríase que Satanás intenta un último esfuerzo para prevalecer contra ella. Que los soldados de Jesucristo dejen todo otro pensamiento y se lancen a la batalla. No es tiempo de ocuparnos de nosotros mismos y de nuestros intereses (4), por importantes que parezcan. Es preciso combatir; es preciso socorrer a la santa Iglesia; es preciso salvar a nuestros hermanos! ¡Es el deseo del Corazón de Jesús! ¡Es nuestro deseo!

CONCLUSIÓN PRÁCTICA

1. Deseemos a cada instante, como Santa Gertrudis, conocer los deseos del Corazón de Jesús para participar de ellos y esforcémonos por satisfacerlos.

2. Consideremos como la mejor preparación para la Comunión, el deseo de Jesús. La Sagrada Comunión es un socorro para nuestras necesidades, más que una recompensa por nuestras buenas disposiciones, es, sobre todo, un alimento para el cual, el deseo es excelente preparación, como el apetito por el alimento de nuestro cuerpo.

3. Seamos hombres de deseos por la salvación de nuestros hermanos y por el triunfo de la Iglesia.

Así como los deseos de María aceleraron la Venida del Salvador, los deseos de los justos, acortando los días de desdicha, podrán acelerar el día de la salvación para la Iglesia.

NOTAS DEL AUTOR:

(1) Cant. (v. 16), según el hebreo. Ver Cornelio a Lapide.

(2) La Beata María de la Encarnación, O. C. D.

(3) S. Juan Berchmans, por ejemplo. El venerable Padre de la Colombière también dijo sobre el deseo tan perfecto que lo santificó: Dios no podía dejar de tomar el deseo por la realidad.

(4) Se comprende que esto no se dice para todos; ¡cuántas almas podrían avanzar más de prisa y con mayor seguridad en la perfección, si se olvidaran de sí mismas de una buena vez, para pensar sólo en los intereses de Jesús y su Iglesia! “¡Piensa en Mí y Yo pensaré en Tí», decía Jesús a Sta. Catalina de Siena. Es el mejor medio a usar para muchas almas, para deshacerse de sus miserias y avanzar rápido en el camino del Amor.