CARTA AL SEÑOR NUNCIO APOSTÓLICO
MONSEÑOR MARIO ZANÍN (II de III)
Buenos Aires, 27 de noviembre de 1954
2°) y 3°) ¿Tiene la Argentina realmente Pastores? ¿Por qué no los tiene?
¿Quién tiene la culpa de esta regresión de la Religión B a la Religión A: “neopaganismo”, como lo llamó San Pio X?
Los malos pastores y los malos gobernantes, principalmente.
La Argentina es una nación anómala, es decir, informe. Y cuando un ser deficienta en su forma, la culpa la tiene la causa eficiente, no la materia, que de suyo es inerte. La causa eficiente de toda sociedad es la autoridad, enseñan los sociólogos.
Dejando aparte a los malos gobernantes, que entrego al brazo seglar de los historiadores —como Sarmiento o Mitre, como el que rezó una oración ajena en el Congreso Eucarístico de 1934, que fueron masones hasta el día de la asunción del mando, fueron católicos ese día, juraron por los Santos Evangelios, y siguieron más masones que antes—, mi concernimiento es con los malos pastores.
Los unitarios liberales se enojan con el arzobispo Escalada porque “cedió a Rosas”, dicen. Los pastores que lo sucedieron no cedieron menos sino mucho más a los gobernantes unitarios liberales.
La continua agachada y achicamiento de las autoridades eclesiásticas ante las autoridades políticas es la causa de la decadencia de la Iglesia Argentina; y la causa de esa agachada es que no hemos tenido pastores elegidos por los fieles, como en la primitiva Iglesia —ni tampoco estrictamente por la Iglesia—, sino por el nefasto “Patronato”.
Ni los sacerdotes ni los fieles influyen para nada en la designación de sus obispos; ellos les caen —¿del cielo?— en platos voladores, procedencia desconocida, si no del infierno por lo menos de Mercurio, Saturno o la Luna; y ellos tienen que aceptarlos, les gusten o no; y en consecuencia los fieles se han desinteresado de ellos, y ya no cuidan de que sean malos o buenos pastores; les besan el anillo y ¡abur! Y el que a los fieles no les importe ya tener malos o buenos pastores, quiere decir que no son fieles. ¡Vaya un amor a la Iglesia! ¡Y vaya una Iglesia!
Así como se fundó en Rosario una “Sociedad Católica Amigos del Cardenal” —cosa superflua y ofensiva, puesto que habría de suponerse que todos los católicos son más-que-amigos del cardenal—, podríase fundar más bien una “Sociedad Católica de Enemigos del Cardenal»; con el loable fin de conseguir de Dios que el cardenal no se tuerza, no tropiece y no se siente; y de sacarlo de su lugar usurpado en cualquiera de estos tres casos.
Sociedad muy conforme al Evangelio: Jesucristo no hizo en su vida pública sino luchar contra los malos pastores, el principal obstáculo a su Manifestación; a los cuales llamo “mercenarios’‘, “lobos con piel de ovejas» y “ladrones”… y todas las demás cosas bonitas que S.E. sabe.
Si se examinan los Evangelios se ve que «la empresa” de Cristo, el objeto continuo de su acción pública, lo que da unidad a sus acciones y a su carácter; en suma, lo que tuvo que hacer Él como hombre de acción, fue la lucha contra el fariseísmo.
Como dicen los filósofos, preparar la materia y apartar los impedimentos de la forma es el trabajo principal de la forma; después de lo cual ella entra sola: como el trabajo principal del fuego es sacar la humedad de la leña, dice Santo Tomas.
En la Argentina no hemos tenido pastores santos, si se exceptúa el bondadoso y un poco corto Mamerto Esquiú. Hemos tenido en cambio pastores malnacidos, pastores cobardes, pastores avarientos, pastores iletrados, pastores simoníacos, pastores embusteros, pastores calumniadores, pastores concubinarios; y lo peor de todo, pastores villanos, estúpidos o idiotas.
Yo lo pongo en tiempo pasado; S.E. es muy posible que pueda conjugar el tiempo, si —como creo— no pertenece a ninguna de esas categorías.
El diablo conoce muy bien aquello de “heriré al pastor y se dispersarán las ovejas». En nuestro país ha hecho una obra fina; y a consecuencia de ella, la Iglesia Argentina es un montón de ruinas, donde se esconden no pocos bichos, algunos venenosos.
«El excelentísimo N.N. no dejará a su muerte más que ruinas”, nos decía poco ha un ilustrado y abnegado sacerdote, a cuyo desinteresado testimonio puede S.E. acudir. (Su nombre va en sobre aparte).
El “excelentísimo N.N.” es un ejemplo de cuanto estoy, con dolor, diciendo en esta página: el reverso mismo del retrato que del Obispo nos han dejado San Pablo, San Agustín, Santo Tomas.
No es de mí trazar aquí el retrato moral del “excelentísimo N.N.”, ni menos propalarlo; por lo demás, lo tiene S.E.R. delante de los ojos. Tome en último caso el retrato moral del excelentísimo N- N. que tiene el pueblo fiel en su mente —los fieles avisados que lo conocen de cerca— y compárelo con el retrato del Obispo que nos da la Escritura.
¿Qué se puede esperar de esto sino ruinas? ¿Creen que Dios va a hacer milagros continuos? ¿Piensa que Cristo bajó al mundo para destruir el orden natural de las cosas y hacer que el ciego guie a los que ven? Cristo fue a buscar la oveja sarnosa y se la puso sobre los hombros; pero no dijo que la oveja sarnosa había de ser pastor.
¿Roma no tiene alguna culpa de esto? En Roma no nos conocen; y tengo motivos para afirmar que nos desprecian un poco. En Roma no tienen buena información sobre nosotros; y con la mala información que tienen, creen que pueden gobernamos no solamente en lo general —que es lo que les concierne, porque el primer motor da el movimiento total pero no directamente los movimientos particulares—, sino también en cosas muy particulares y menudas, en las cuales hacen disparates descomunales y aun aberraciones e iniquidades por falta de conocimiento, es de suponer.
Para dar un ejemplo, conocemos una orden de Roma a un obispo argentino de prohibir a un escritor de la más estricta ortodoxia y de gran preparación, de prohibirle escribir acerca de cosas religiosas; al mismo tiempo que despachaban una condecoración apostólica a Constancio Vigil, escritor no católico, heterodoxo y tontaina.
La aberración contenida en esta orden no se puede explicar con palabras. Para un escritor cualquiera —y más para ese escritor particular— el no escribir sobre religión es simplemente no pensar sobre religión; cosa físicamente imposible, como sería ordenarle que sus amígdalas no segreguen saliva; o sus suprarrenales, adrenalina; pero lo peor de todo es que la Iglesia no se fundó para impedir que alguno piense sobre religión, sino para !o contrario; y el ver que un hominicaco ignoto desde 12.000 millas de distancia pretenda impedir a un hombre que no conoce y probablemente sabe más que él de teología, que piense teología… es una imagen lamentable y ridícula; y por decirlo así, apocalíptica. “La abominación de la desolación en el lugar donde no podría estar”… que dijo Cristo.
Parece pues que habría lugar a otra Sociedad de Enemigos de Roma; la cual entre nosotros tendría muchísimos candidatos, algunos de ellos entre los mejores hombres del país.
Cuando yo estudiaba en Roma traté con algunos de los puntos (o pezzigrossi, como dicen) de lo que llaman «los círculos vaticanos” y encontré en ellos una ignorancia tal de nuestras cosas y tan pocas ganas de superarla, que comencé a escribir por broma una geografía humorística e irónica «ad usum Reverendissimorum Praelatorum, Curialium et Consiliariorum Ecclesiasticorum in urbe Roma”, cuyo comienzo debe estar todavía entre mis papeles; inspirada en una sabrosa anécdota de mi paisano y amigo monseñor Agustín Piaggio, el que fue vicario general de la Armada, traductor de Papini y Mattiussi, y autor de varios apreciados libros.
El número de esos “monsignori” burócratas que confunden Buenos Aires con Río de Janeiro, o al padre Leonardo Castellani con el padre Leonardo Feeney, o creen que hay indios en Buenos Aires, o que Caracas está a tiro de diligencia de Caseros, o que Buenos Aires es una nación sudamericana cuya capital es Matto Grosso, es lamentable; y como Matto Grosso significa en italiano «Loco Grande» les causa una gracia loca esta “piccola nazione sudamericana» que tiene por cabeza un loco grande.
La cosa es trágica y por eso la tomo en cómico. Si Roma no cumple con su deber, poco podemos hacer como Iglesia, aunque cada uno pueda salvar su alma, si quiere; como estoy yo ahora salvando la mía. Roma no debe pretender una centralización excesiva, que llega a lo imposible; debe abstenerse de pretender gobernar lo que no conoce; debe simplificar su burocracia; debe cumplir y hacer cumplir el derecho, canónico y natural; debe destituir o apartar a los prelados indignos; debe encontrar el camino para procurárnoslos excelentes y sabios.
El deber de Roma es damos pastores según el corazón de Dios. Si eso no hace, no hace nada por nosotros; y es inútil que nos prodigue palabras afectuosas, y que diga que nos quiere mucho.
Véase lo que pasa en caso contrario. Ahí lo tiene S.E. delante de los ojos. Existe actualmente una fricción entre el gobierno nacional y el clero; o mejor dicho una pequeña parte de él; algunos pocos sacerdotes y obispos a quienes la Cámara de Diputados ha declarado “malos sacerdotes y falsos católicos”, siendo así que varios de ellos que yo conozco son buenos muchachos enteramente católicos en fe y costumbres, incapaces de sublevaciones, sediciones o crímenes algunos. La Cámara, pues, se ha arrogado el poder judicial y definitorio que pertenece de suyo solamente a la autoridad religiosa; pues es evidente que el fuero de juzgar si uno es buen católico o mal católico no pertenece al diputado Benítez; ni siquiera al diputado Díaz de Vivar, con toda su teología.
¿Cómo se ha podido producir ese pequeño y un poco risible error de jurisdicción? A causa de una serie de pequeñas agachadas previas de la autoridad religiosa.
Le voy a poner aquí a S.E. dos ejemplos públicos de agachadas o claudicaciones:
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Las claudicaciones fueron muchas y estos ejemplos que doy no son los peores. S.E. lo debe saber mejor que yo. Si S.E. quiere, le puedo revelar en particular otros más graves.
El poder de definir, juzgar, corregir y sentenciar en materia religiosa lo dio Cristo a su Iglesia y no al poder civil: Cristo no dijo que a Tiberio Augusto atañía directamente determinar si el Espíritu Santo era menor o mayor que el Padre o el Hijo; ni si un fiel cualquiera era mal cristiano y se había salido de la Iglesia. Si esto se acepta o permite, el que se sale de la Iglesia es el dignatario eclesiástico que lo permite o acepta.
De esa manera caminamos a una Iglesia de Estado, como las Iglesias protestantes o cismáticas. “Fornicar con los reyes de la tierra», llamó el Profeta a esa claudicación.
Hace diez años escribí en un ensayo sobre la situación de nuestra patria tras la revolución de junio de 1943 lo siguiente: ‘’El caso de la Iglesia Argentina puesto en dos palabras es el siguiente: está atada con rendaje de oro a un Estado que ha dejado de ser católico, o va por ese camino; y con la mayor buena voluntad de que no deje de ser católico, tiene que agarrarse de los colores de la bandera —que son los de la Inmaculada, desde luego—, del Preámbulo de la Constitución —que reconoce al Dios de los deístas—, del catolicismo de nuestros próceres —que fueron masones, pero solamente de mentirijillas—, del Catecismo de Sarmiento —que lo tradujo del francés para ganarse unos pesos— y de los Tedeums y Bendiciones de Piedras Fundamentales. Esto constituye una dificultad seria y un problema que no es para bromas —¡Dios me perdone!— y que nos atormenta desde Estrada y Frías. Los socialistas dicen que la solución es la ruptura o separación violenta de la Iglesia y el Estado. Los católicos dicen que el remedio es un concordato. De nosotros no depende la decisión ni quizá de hombre nacido, sino que lo zanjará con el tiempo la Circunstancia o la Providencia. Nosotros desearíamos un visitador apostólico de agallas, y un sínodo o concilio nacional…” (Una especie de Concilio Nacional se llevó a cabo el año pasado 1953; y como sabe S.E. no dio resultado alguno. Tampoco podía darlo; pues fue planeado y realizado en forma que no diese resultado alguno. Le escribí una carta acerca de él a S.E. el obispo Rau. No me contesto una palabra. El obispo Rau será muy “excelencia» pero no es un caballero. Sería de desear que los obispos fueran por lo menos caballeros).
Este juicio lo escribí hace diez años y nadie le hizo el menor caso; excepto la revista Estudios Políticos de Madrid que lo reprodujo en parte; y excepto el excelentísimo señor obispo de Rosario monseñor Antonio Caggiano, que me hace el honor de recordarlo todavía en sus pláticas espirituales, afirmando que “tiene mala doctrina y exhortaciones a la rebelión contra las autoridades” ante el pasmo de las maestras jubiladas o las cándidas corderas de la Acción Católica; ya que les parece —a las que me conocen como hombre más sumiso y menos rebelde de esta nación de supersumisos— una verdadera sonsera y un desparpajo mirabolante; aunque a mí me parece más bien que es el paso del estadio ético al estadio religioso; y todos los días rezo al Señor porque tan importante dignatario llegue pronto al estadio religioso, dejando el estadio humorístico.
Por causa del patronato no tenemos en esta nación pastores que realmente estén en el estadio religioso, y que vivan la Religión B; la religión de la fe sobrenatural, el misterio y el martirio. S.E, conocerá ya la anécdota del Zorro Roca —que es rigurosamente histórica— que incluí en ese mismo malaventuroso ensayo —el cual ahora no me gusta más, como pasa con todos nuestros escritos de hace 10 años—, habiéndola oído de un testigo contemporáneo. Léala S.E., que es muy ilustrativa.
Para salvar mi alma escribí hace 10 años ese panfleto religioso, o tract, como diría Newman; y para lo mismo escribo ahora esto, que tiene estilo de panfleto —es necesario— pero alma de Evangelio.
Nuestros prelados en general tienen reparo —hay honrosas excepciones— de predicar desde sus cátedras catedralicias el Evangelio en seco; algunos hemos escuchado que llevaban su prudencia a corregir el Evangelio y a predicar exactamente lo contrario de lo que Cristo dijo; por ejemplo —ahora que me acuerdo— que “los ricos se salvan más fácilmente que los pobres” (sic). Hacen esto “para evitar males mayores”. Los males mayores son que el Gobierno les quite todas las ‘’subvenciones”, y no les de más plata.
Parecerían afirmar con las obras que, si la Iglesia Argentina recibe 60 millones de pesos al año, el cristianismo es verdadero. Si el cristianismo careciera de esos 60 millones, a lo mejor ya no se puede sostener, y los cristianos argentinos desaparecen, y la Iglesia se hunde.
Nosotros creemos —salvo mejor opinión de S.E.— que lo contrario es más probable.
Jesucristo y sus Apóstoles no dispusieron de esa suma para su propaganda: se arreglaron como pudieron; y es asombroso lo que pudieron en su humilde pobreza.
Los protestantes se escandalizan de que los obispos católicos tengan vestidos de seda, cadenas de oro —¡y que cadenas!—, dos autos, chofer, radio, televisión, secretarios, toda una corte, y un suntuoso palacio episcopal.
Se les suele explicar que todo eso lo presta la Iglesia, Madre Prudente, para que puedan cumplir su misión, sobre todo en casos de apuro como este: porque es evidente que en un caso como este, un obispo tiene medios para cumplir su misión de “testigo de la verdad” que no tengo yo, mísero ermitaño urbano, a quien el agente de la esquina puede meter en chirona para toda la vida…
No les da la Madre Iglesia ese aparato exterior porque sean Fulano o Mengano, porque sean duchos en política y administración, o porque tengan dones sobre los demás fieles —aunque pueden tenerlos— para que usen de ellos como se les antoje.
La Iglesia sabe que el mundo se paga de esas exterioridades; y que es preciso, mientras en el mundo vivamos, sostener y respaldar al pobre obispo que lleva una carga mayor que la de los pobres curas y ermitaños urbanos. Pero, si el obispo no usa de su cátedra, trono y palacio para llenar su misión, no los merece de ningún modo y los usurpa; y la Iglesia debería retirárselos prudentemente, por lo menos para salvar sus almas; y en casos extremos, el pueblo fiel —que es también la Iglesia— debería deponerlos, como sabe S.E. que lo hacían en la primitiva Iglesia; de lo que ha quedado un rastro en el derecho canónico, el “odium plebis”.
Así que yo les digo a los protestantes: «Ustedes no entienden ni pizca del asunto: todo eso es herramienta para que ellos puedan cumplir su misión: no tienen el don de milagros como los Apóstoles”.
Y ellos me replican: “¡Pero no lo usan para cumplir su misión: no predican la verdad peligrosa, se callan, dejan que las cosas se arreglen solas!”. Ante la cual réplica yo me suelo callar, y remitirlos a S.E., que debe estar mejor enterado que yo de ese asunto. Para que las cosas se arreglen solas, no se necesitan gobernantes.
Mi finado noble amigo don Lautaro Durañona tenía una teoría que él explicaba así: «La Iglesia debería resucitar los antiguos diezmos y primicias, poniéndonos un impuesto en proporción a nuestros réditos. Yo oigo misa en el Pilar y doy 10 pesos cada domingo a la colecta; la mujercita que está a mi lado da un peso. No es justo: porque en proporción a lo que poseo y gano, yo debería dar 100 o 500 pesos, si ella da uno. Pero esto nos los debería tasar la Iglesia a cada uno; o mejor dicho, la Acción Católica… Así por lo menos se conocería quiénes son católicos y quiénes se llaman solamente; y además la Iglesia no estaría supeditada a las “subvenciones”. En realidad ahora el Estado recoge los diezmos, por medio de impuestos, se queda con la mayor parte, y le tira a los clérigos un pedazo de pan a cambio de su libertad espiritual…”.
Eso sostenía ese noble y cristiano varón que fue el director de Tribuna.
Hablando de Acción Católica, es sabido de todos que aquí es un fracaso: es inacción católica. Y eso paso porque no se cumplió jamás lo que mandó el sumo pontífice acerca de ella. ¿No han dicho los papas que ella es “participación de los laicos en el apostolado jerárquico”? Si nuestros dignatarios dignitosos hubieran querido dar una verdadera participación a los fieles en el apostolado, les hubiesen dado de inmediato y para empezar una participación prudente y gradual en estas tres cosas:
1ª) Designación de los Obispos.
2ª) Administración de los bienes parroquiales.
3ª) Organización de empresas de apostolado, como un diario católico, una revista católica y una editorial decente, que ahora, no tienen ustedes y les hace falta.
Por convertir a los “accioneros católicos” en petizos de los mandados de los curas y los monseñores ociosos, ahora los mejores elementos entre los creyentes se han acabado por retirar de ella para dedicar su actividad inempleada a algo que sea verdadera acción y no pamplinerías devotas o pavaditas infructuosas —cuando no verdaderas torpezas o aberraciones, que también se han dado casos.
La Acción Católica consiste en hacer discursos acerca de en qué consiste la Acción Católica… Menos mal si siempre hubiera consistido en eso; pero se han dado casos de verdaderos disparates, de faltas de cordura y de caridad, como podría documentar fácilmente a S.E.
No es para todos la bota de potro. Para poder hacer trabajar realmente a la Acción Católica se requiere saber lo que se quiere, tener algo dentro de los cascos, estar adornado de condiciones de hombre de empresa o de mando, además de saber teología y conocer a este pobre país.
No parecen haber tenido eso los que han organizado una inmensa maquinaria complicada que funciona en el vacío, para irrisión nuestra ante los protestantes y judíos; que en materia de acción pueden darnos grandes ejemplos.
En cuanto a la principal aberración de la Acción Católica, merece carta aparte.

