Meditaciones para el Mes del Sagrado Corazón de Jesús

Extractadas del libro

AMOR, PAZ Y ALEGRÍA”

Mes del Sagrado Corazón de Jesús según Santa Gertrudis.

Por el R. P. Dr. André Prévot, de la Congregación Sacerdotes del Corazón de Jesús

DIA 4

Vida íntima del Corazón de Jesús

Santa Gertrudis veía un día que sus compañeras se apresuraban a ir a la iglesia, para asistir al sermón, mientras que la enfermedad la retenía en la celda:

Ah!, mi muy amado Señor, dice ella gimiendo, con que gusto iría al sermón si no estuviese enferma.

¿Quieres mi amada, respondió Nuestro Señor, que Yo mismo predique para tí?

Con mucho gusto», respondió Gertrudis.

Entonces Jesús inclinó el alma de Gertrudis hacia su Corazón, donde ella luego distinguió dos latidos muy suaves al oído:

Dice Jesús: «Una de estos latidos, obra la salvación de los pecadores; el otro, la santificación de los justos.”

«El primero habla sin interrupción a mi Padre, para apaciguar su justicia y atraer su misericordia. Por medio de este mismo latido, hablo a todos los santos, excusando cerca de ellos a los pecadores, con el celo y la indulgencia de un buen hermano, e instándoles a interceder por ellos. Este mismo latido es el llamamiento continuo que dirijo incesantemente al propio pecador, con un indecible deseo de verlo regresar hacia Mí, que no me canso de esperarlo.

«Por medio del segundo latido digo a mi Padre cuánto me felicito por haber dado Mi Sangre para rescatar a tantos justos, en el corazón de los cuales gusto tan multiplicadas alegrías. Invito a la corte celestial a admirar Conmigo la vida de estas almas perfectas y a dar gracias a Dios por todos los bienes que ya les ha dado o les prepara. En fin, este latido de mi Corazón es la conversación habitual y familiar que tengo con los justos, sea para testimoniarles mi Amor, sea para reprenderles sus faltas y hacerlos progresar día a día, a cada hora.

«Ninguna ocupación exterior, ninguna distracción de la vista, del oído, interrumpe los latidos del corazón del hombre; así, el gobierno providencial del universo no podría, hasta el final de los siglos, detener, interrumpir, disminuir, aún por un momento, estos dos latidos de mi Corazón…».

El Jueves Santo, Jesús hizo participar al corazón de Gertrudis de las angustias que su Corazón experimentó al acercarse su Pasión. Le parecía a la santa que Jesús pasó todo el día abatido y sufriendo la agonía, pues sabía de antemano todo lo que soportaría. Además, como Hijo de una tierna Virgen y más delicado aún que su Madre, se espantada y temblaba todo el tiempo, mostrando las convulsiones y la palidez de un moribundo. Y Gertrudis, compartiendo su angustia, sintió tanta compasión por Él que, si tuviera en su poder mil corazones, los consumiría todos ese día, para compadecer a un amigo tan amado y tan amable. Sentía ella también, en su corazón, violentos latidos provocados por el deseo y el amor, que respondían a los latidos del Corazón de Jesús, de manera que casi desfallecía bajo su violencia. Luego, el Señor le dijo:

«El amor que me animó en el tiempo de mi Pasión, cuando Yo sufría en mi Corazón todas estas angustias, lo siento hoy en tu corazón, que muchas veces se conmovió y penetró de compasión por mis dolores, por la salvación de mis elegidos. Así que te retorno por esta compasión que has demostrado, durante este día, todo el precio de mi Sagrada Pasión para el bien de tu alma, y ​​quiero que publiques también, para distribuirlo a toda la Iglesia, este mismo fruto de mi Pasión, por todos los lugares donde hoy adoran el Madero de la Cruz”.

REFLEXIONES

La vida íntima del Corazón de Jesús puede resumirse en esta sola palabra: Amor – Charitas est. Los dos latidos del divino Corazón que Gertrudis oyó, son latidos de amor; amor para Dios y para nuestras almas; amor para los justos y para los pecadores; amor que une con el Sagrado Corazón, y entre sí a los diversos miembros de Su Cuerpo, y hace que se amen mutuamente y se hagan el bien unos a otros; como el corazón humano, que envía la sangre a todos los miembros de nuestro cuerpo, les sirve así de centro a todos, y hace circular de uno a otro este líquido nutritivo que cada uno de ellos contribuyó a preparar.

Nosotros, pues, miembros del Cuerpo místico de Jesús, animados por su divino Corazón, debemos recibir en nosotros esta corriente de amor que envía a todos sus miembros, sentir el latido de sus divinas pulsaciones, participar así de sus sentimientos y vivir en todo de su vida santa. Esta vida, lo hemos dicho, es el amor, y este amor tiene como un doble movimiento producido por los dos latidos del Corazón de Jesús; el de acción de gracias por la vida recibida, el de reparación por la vida perdida; más o menos como en el cuerpo humano, en que se produce, bajo el impulso del corazón, el doble movimiento de la circulación que envía la sangre arterial a los diversos miembros, y reabsorción que repara las fuerzas perdidas.

¡Oh! ¡Sí, sintamos bien en nosotros los sentimientos del Corazón de Jesús! ¡Que nuestro corazón lata siempre con esta doble pulsación de acción de gracias y de reparación, que es incesante en el Divino Corazón! Consagrémonos, primero, a la acción de gracias, que este Corazón tan reconocido desea tanto continuar en nosotros. Felicitémoslo por la gloria que se procuró sufriendo por los hombres, «por las múltiples alegrías que gusta en el corazón de tantos justos ganados a Su amor». Por medio de Él, enseguida invitemos a la corte celestial a darle gracias con nosotros por todos los bienes que ya nos concedió o nos prepara. Unámonos también, por Él, a ese concierto de alabanzas que se eleva sin cesar de todos los puntos de la Tierra, inspirada por la alabanza perpetua que canta el Corazón de Jesús en todos nuestros tabernáculos.

Que enseguida nuestro corazón hable sin cesar a Dios Padre en favor de los pobres pecadores, que son sus hijos como nosotros. Ofrezcámosle, sin cesar, los homenajes de reparación para apaciguar su justicia ofendida, y súplicas de propiciación para atraer sobre todos su Misericordia. Llamemos en nuestra ayuda a todos los habitantes del cielo, unámonos a todas las almas santas de la tierra, para interceder en nombre de nuestros hermanos y obtenerles el perdón. Unámonos, sobre todo, a los ardientes deseos del Corazón de Jesús para que se conviertan, ofrezcamos sin cesar por ellos, la Sangre del Redentor, cuya voz, siempre oída favorablemente pide Misericordia para todos.

El trabajo de reparación debe acompañarse de un sentimiento que venga en su ayuda: la compasión, que nos lleva necesariamente a la práctica que es su consecuencia rigurosa: la inmolación. Jesús se queja en sus dolores de no encontrar corazones compasivos, ¡Ah!, nosotros al menos, respondamos a su queja como amigos abnegados; compadezcámonos vivamente de su Corazón agobiado de oprobios y de amargura. Compadezcámonos de Él en su Iglesia, crucificada hoy con Él en un nuevo Calvario; compadezcámonos de Él en estos pobres pecadores, sus miembros doloridos, que renuevan los dolores de su Pasión. Compadezcámonos de Él por el deseo, por el amor, por el sufrimiento. Entristezcámonos con Él para consolarlo: participemos de sus dolores para endulzarlos; ofrezcámonos sin reservas a Él como víctimas de propiciación y de inmolación, para completar en nosotros lo que falta a su Pasión para la conversión de los pecadores; consagrémonos, con Él, a un celo ilimitado, sin reservas, por la oración, la acción y el sacrificio.

Oh! ¡Cómo el Corazón de Jesús se enternecerá en favor de los corazones que quisieren consolarlo! ¡Cómo bendecirá a aquellos que le ayuden así a asegurar la utilidad de su Sangre, a consumar la salvación de las almas que le son tan queridas! Ah!, no lo duden, nos dará también, como a Santa Gertrudis, de modo especial, como por apropiación, todo el fruto de su Pasión, para que lo apliquemos a nosotros mismos, para que lo difundamos en todas las almas de nuestros hermanos.

CONCLUSIÓN PRÁCTICA

1. Acción de gracias habitual, hechas al Sagrado Corazón de Jesús por todos sus beneficios.

2. Ardientes reparaciones, desagravios para compensar, como nos sea posible, la ingratitud de los hombres hacia su amable Salvador.

3. Vivos sentimientos de compasión para con el divino Corazón agobiado de oprobios y amargura.

4. Ofrenda, sin reservas, de nosotros mismos como víctimas de inmolación y de propiciación, para consolar a este Corazón divino, completar en nosotros lo que falta a su Pasión para la conversión de los pecadores, esto es, celo ilimitado, sin reservas, por la acción y por el sacrificio.