P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO INFRAOCTAVA DE CORPUS CHRISTI

DOMINGO INFRAOCTAVA DE CORPUS CHRISTI

Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado. Y todos a una comenzaron a excusarse. El primero le dijo: He comprado una granja y necesito ir a verla; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He comprado cinco yuntas de bueyes, y quiero ir a probarlas; te ruego que me tengas por excusado. Y dijo otro: He tomado mujer, y por eso no puedo ir allá. Y volviendo el siervo, dio cuenta a su señor de todo esto. Entonces airado el padre de familias dijo a su siervo: Sal luego a las plazas y a las calles de la ciudad, y tráeme acá cuantos pobres, y lisiados, y ciegos, y cojos hallares. Y dijo el siervo: Señor, hecho está como lo mandaste y aún hay lugar. Y dijo el señor al siervo: Sal a los caminos, y a los cercados, y fuérzalos a entrar para que se llene mi casa. Mas os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

Una vez instituida la Fiesta del Corpus Christi con su correspondiente Octava, el Domingo quedó incorporado a la misma, pero sin modificar sus textos; solamente se hace la conmemoración de la Octava.

Providencialmente, el Evangelio de este Domingo presenta a nuestra consideración y meditación la parábola del hombre que hizo una gran cena y convidó a muchos, pero todos comenzaron a excusarse… Desatendieron la participación en la gran cena, que figura la vida espiritual de la gracia, prefiriendo disfrutar de sus bienes temporales…

La sentencia final del anfitrión es tremenda en consecuencias: Os digo, que ninguno de aquellos hombres que fueron llamados gustará mi cena.

Esto nos permite analizar las diferencias que existen entre las delicias corporales y las espirituales.

Por lo común, existen estas diferencias entre ellas:

Las delicias corporales, antes de gozarlas, despiertan un ardiente deseo; mas, después de gustarlas ávidamente, no tardan, por su misma saciedad, en causar hastío.

Las delicias espirituales, por el contrario, causan hastío mientras no se han gustado; mas, después de gozarlas, se despierta el apetito de las mismas; y son tanto más apetecidas por el que las prueba, cuanto mayor es el apetito con que las gusta.

En las delicias corporales, el deseo agrada, más la posesión desagrada; las delicias espirituales, en cambio, apenas se desean, mas su posesión es sumamente agradable.

En las delicias corporales, el apetito engendra la saciedad y la saciedad produce el hastío; pero en las delicias espirituales, el apetito engendra también la saciedad, mas la saciedad produce apetito.

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Prestemos atención y comprendamos bien las disparidades…

El bien finito pone fin al deseo cuando causa el gozo; y pone fin al gozo cuando excita el deseo; por lo que no puede ser gozado y deseado al mismo tiempo.

Repito: El bien finito (la granja, los bueyes, la esposa y lo representado por ellos) pone fin al deseo cuando causa el gozo; y pone fin al gozo cuando excita el deseo; por lo que no puede ser gozado y deseado al mismo tiempo.

Pero el bien infinito (la gracia, la bienaventuranza) hace que reine el deseo en la posesión, y la posesión en el deseo, porque puede satisfacer el deseo con su santa presencia, y darle siempre vida con la grandeza de su excelencia.

Las delicias espirituales al saciar el alma fomentan su apetito, porque cuanto más se percibe el sabor de una cosa, tanto mejor se la conoce, por lo cual se la ama con mayor avidez; por esto, cuando no se han experimentado no pueden amarse porque se desconoce su sabor.

¿Quién, en efecto, puede amar lo que no conoce? He ahí porque dice el Salmista: “Gustad y ved cuán suave es el Señor”… Y el mismo Señor dijo a la samaritana: “Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva.”

Como si dijera abiertamente: No conoceréis su suavidad si no la gustáis; pero tocad con el paladar de vuestro corazón el alimento de vida, para que, experimentando su suavidad, seáis capaces de amarle.

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El hombre perdió estas delicias cuando pecó en el Paraíso, cuando cerró su boca al alimento de eterna suavidad.

De aquí proviene que, habiendo nacido en las penas de este destierro, lleguemos aquí abajo a tal hastío, que ya no sabemos lo que debemos desear.

Esta enfermedad del hastío se aumenta tanto más en nosotros cuanto más el alma se aleja de este alimento lleno de suavidad.

Llega hasta el punto de perder todo apetito por esas delicias interiores, a causa precisamente de haberse mantenido alejada de ellas, y haber perdido de mucho tiempo atrás el hábito de gustarlas.

Es, pues, nuestro hastío el que hace que nos debilitemos; es esa funesta y prolongada inanición la que nos agota.

Y, por cuanto no queremos gustar interiormente la suavidad que se nos ofrece, preferimos, insensatos, el hambre a que nos condenan las cosas externas.

Por eso Nuestro Señor completó la sentencia y dijo a la samaritana: «Todo aquél que bebe de esta agua volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, nunca jamás tendrá sed; pero el agua que yo le daré se hará en él una fuente de agua que saltará hasta la vida eterna».

San Agustín comenta de este modo: “Lo cual es verdadero, ya se trate del agua material o ya de aquella que ésta representa; porque el agua está en el pozo, y las pasiones del mundo en una profundidad oscura, de donde las sacan los hombres con la vasija de sus pasiones. Porque el que no realiza los deseos, no puede llegar a los placeres. Y cuando alguno llega hasta los placeres de esta vida, ¿no tiene sed de nuevo? Luego el que bebe de esta agua tendrá sed otra vez. Mas, si recibe agua del Señor, no tendrá sed eternamente. ¿Y cómo tendrán sed otra vez los que estén embriagados por la abundancia de la casa de Dios? Prometía, por lo tanto, cierto alimento y la saciedad del Espíritu Santo”.

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San Francisco de Sales, por su parte, va hasta el fondo de la cuestión: “Cuando nuestra voluntad ha encontrado a Dios, descansa en Él y siente una suma complacencia; y, sin embargo, no deja de sentir un movimiento de deseo, porque, así como desea amar, gusta también de desear; tiene el deseo del amor y el amor del deseo.

El reposo del corazón no consiste en que permanezca inmóvil, sino en no tener necesidad de cosa alguna; no estriba en la carencia de todo movimiento, sino en no tener ninguna necesidad de moverse.

Los espíritus condenados están en un eterno movimiento, sin mezcla alguna de tranquilidad.

Nosotros, los mortales, que andamos todavía en esta peregrinación, unas veces sentimos reposo, y otras movimiento en nuestros afectos.

Los espíritus bienaventurados viven siempre en reposo en sus movimientos, y en movimiento en su reposo.

Sólo Dios está en un reposo sin movimiento, porque es absolutamente un acto puro y substancial.

Ahora bien, aunque, según la condición ordinaria de nuestra vida mortal, no tengamos reposo en nuestro movimiento, sin embargo, cuando nos ensayamos en los ejercicios de la vida inmortal, es decir, cuando practicamos los actos del amor santo, encontramos reposo en el movimiento de nuestros afectos, y movimiento en el reposo de la complacencia que sentimos en el amado, recibiendo de esta manera un goce anticipado de la futura felicidad a que aspiramos.

El alma que se ejercita en el amor de complacencia de Dios, exclama perpetuamente en su sagrado silencio: Me basta que Dios sea Dios, que su bondad sea infinita, que su perfección sea inmensa; que viva yo o que muera poco importa para mí, pues mi amado vive una vida triunfal eternamente.

La misma muerte no puede entristecer al corazón que sabe que su soberano amor vive.

Bástale al alma que ama que Aquél a quien ama más que a sí misma esté colmado de bienes eternos, pues vive más en el que ama que en el que anima, y ya no es ella la que vive, sino su amado en ella”.

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Los convidados que no respondieron a la invitación simbolizan a aquellos que no entendieron las palabras del Sermón del Pan de Vida, que trae la Fiesta del Corpus Christi.

Los judíos estaban lejos del pan venido del cielo y no sabían tener hambre de él. Tenían enferma la garganta del corazón, eran sordos aun abiertos los oídos, veían y estaban ciegos.

Por cierto, ese pan exige el hambre del hombre interior.

¿Qué respondió Jesús a tales murmuradores?

No murmuréis entre vosotros. Como si dijera: Sé por qué no tenéis hambre ni entendéis ni buscáis ese pan.

No murmuréis entre vosotros; nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo atrae.

Comenta San Agustín:

“Si lo atrae, asevera alguien, viene forzado. Si viene forzado, no cree; si no cree, tampoco viene, pues a Cristo corremos no caminando, sino creyendo; ni nos acercamos con un movimiento del cuerpo, sino con la decisión del corazón.

No pienses que atrae a la fuerza: también el amor atrae.

«¿Cómo creo con la voluntad, si me atrae?».

«Poco es “con la voluntad”; incluso el placer atrae».

¿Qué significa que el placer atrae?

Deléitate en el Señor, y te dará las peticiones de tu corazón.

Hay cierto placer del corazón, para el que es dulce el pan celeste.

Hacia Cristo es atraído el hombre que se deleita en la verdad, en la dicha, en la justicia, en la vida sempiterna, todo lo cual es Cristo”.

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Afirma Nuestro Señor en su Sermón:

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron.

¿Por qué comieron y murieron? Responde San Agustín:

“Porque creían lo que veían; no entendían lo que no veían. ¿Cuándo la carne entendería que llamó pan a la carne? Se llama carne a lo que la carne no entiende, y mucho menos lo entiende, precisamente, por llamarle carne”.

Por eso Litigaban entre sí los judíos, diciendo: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Litigaban, sí, entre ellos porque no entendían ni querían comer el pan de la concordia.

Ahora bien, lo que preguntan litigando no lo oyen inmediatamente, sino que se les dice más aún: En verdad, en verdad os digo: si no comiereis la carne del Hijo del hombre y bebiereis su sangre, no tendréis en vosotros vida.

Para que al entender esa vida no litigasen tampoco sobre este punto, añadió a continuación: Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna.

No la tiene, pues, quien no come ese pan ni bebe esa sangre. Sin eso pueden, sí, los hombres tener vida temporal, pero no pueden tener en absoluto vida eterna. Quien, pues, no come su carne ni bebe su sangre, no tiene en él vida eterna; y quien come su carne y bebe su sangre, tiene vida eterna.

Y San Agustín agrega: “No es así respecto a esta comida que tomamos para sustentar esta vida temporal. En efecto, quien no la tome, no vivirá; tampoco empero quien la tome vivirá, pues puede suceder que, por vejez o enfermedad o por otra circunstancia, mueran muchísimos que incluso la han tomado.

En cambio, respecto a este alimento y bebida, esto es, el Cuerpo y la Sangre del Señor, no es así, porque quien no lo come no tiene vida y quien lo come tiene vida, y ésta eterna.

Ahora bien, para que no supusieran que en esa comida y bebida se promete vida eterna de forma que ya no morirían en cuanto al cuerpo, se dignó salir al paso de este pensamiento, y añadió a continuación: Y yo lo resucitaré el último día.

Así, mientras tanto, según el espíritu tendrá vida eterna en cuanto al descanso que acoge a los espíritus de los santos; por otra parte, en cuanto atañe al cuerpo, tampoco se le priva de vida eterna, pero en la resurrección de los muertos el último día”.

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Pero muchos de los que estaban presente se escandalizaron por no entender, ya que, al oír las palabras del Señor, no pensaban sino en la carne, cosa que ellos mismos eran.

Ahora bien, el Apóstol San Pablo dice que pensar según la carne es muerte.

El Señor nos da a comer su carne, de la cual nos dice que allí hay vida eterna.

Pero, atención… porque El espíritu es quien vivifica; la carne no sirve de nada.

¿Qué significa esto?

De nada sirve como la entendieron los judíos y la entienden los sensuales; por cierto, entendieron la carne como en un cadáver o se vende en el mercado; no como la vivifica el espíritu.

Dice San Agustín: “Súmese a la carne el espíritu y servirá muchísimo. De hecho, si la carne no sirviese para nada, la Palabra no se habría hecho carne para habitar entre nosotros. Si Cristo nos ha servido de mucho mediante la carne, ¿cómo la carne no sirve de nada? Pero mediante la carne ha realizado algo el Espíritu por nuestra salvación. La carne fue el vaso; observa lo que contenía, no lo que era”.

Por eso Nuestro Señor afirma: Las palabras que yo os he dicho son espíritu y vida. Pero entre vosotros hay algunos que no creen.

No dijo: Hay algunos entre vosotros que no entienden, sino que ha dado la razón por la que no entienden: pues entre vosotros hay algunos que no creen, y no entienden precisamente porque no creen.

En efecto, el Profeta Isaías ha dicho: Si no creéis, no entenderéis.

Y comenta San Agustín: “Mediante la fe somos ligados, mediante la comprensión somos vivificados. Primeramente, adhirámonos mediante la fe, para que haya algo que sea vivificado mediante la intelección. De hecho, quien no se adhiere se resiste; quien se resiste no cree. Crean y abran; abran y serán iluminados”.

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Todo lo que el Señor nos ha hablado de su Cuerpo y de su Sangre es esto: en la gracia de su reparto nos ha prometido la vida eterna; quiso que con eso se entienda que los comensales de su Carne y los bebedores de su Sangre permanecen en Él y Él en ellos.

No entendieron quienes no creyeron; se escandalizaron por haber entendido carnalmente lo espiritual, y, escandalizados, perecieron.

Todo esto, pues, nos sirva, para que aceptemos el convite: comamos la Carne de Cristo y bebamos la Sangre de Cristo; no sólo en el Sacramento, cosa que hacen también muchos malos, sino que la comamos y bebamos hasta la participación del Espíritu.

Así permaneceremos en el Cuerpo del Señor como miembros, para que su Espíritu nos vivifique.

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En la Oración Colecta del Cuarto Domingo de Pascua, la Santa Iglesia nos hizo pedir de este modo:

“Oh, Dios, concede a tu pueblo la gracia de amar lo que mandas, y de desear lo que prometes; a fin de que, en medio de los vaivenes de las cosas humanas tengamos fijos nuestros corazones allí donde están los verdaderos goces”.

Y el Tercer Domingo de Pentecostés, nos hará pedir:

“Oh Dios, multiplica sobre nosotros tu misericordia; para que, siendo Tú nuestro guía y nuestro caudillo, pasemos de tal modo por las cosas temporales, que no perdamos las eternas”.

En medio de los vaivenes de las cosas humanas tengamos fijos nuestros corazones allí donde están los verdaderos goces… Pasemos de tal modo por las cosas temporales, que no perdamos las eternas…

El cristiano espera…; deja que las cosas temporales desfilen por delante de él como si no le interesaran lo más mínimo; las posee y usa de ellas como si no las poseyera ni usara.

El centro de gravedad de sus pensamientos y de sus aspiraciones radica en el más allá, en el mundo de lo ultraterreno, de lo que no muere.

Vive totalmente para lo que ha de venir después de la vida presente; ante su espíritu aparece un porvenir lleno de dicha: la beatísima posición y goce de Dios.

Un hombre hizo una grande cena y convidó a muchos. Y cuando fue la hora de la cena, envió uno de los siervos a decir a los convidados que viniesen, porque todo estaba aparejado.