P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE CORPUS CHRISTI

FIESTA DE CORPUS CHRISTI

En aquel tiempo: Dijo Jesús a las turbas de los judíos: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre, verdaderamente bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi mora y yo en él. Así como vive el Padre que me envió, y yo vivo por el Padre; así, el que me come, también vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del celo. No sucederá como a nuestros padres, que comieron el maná, y murieron. Quien coma este pan, vivirá eternamente.

En esta Fiesta del Corpus Christi es oportuno recordar la enseñanza respecto de la Sagrada Eucaristía, tanto en el Magisterio de la Iglesia, como también en las Sagradas Escrituras.

En cuanto al Magisterio, el Concilio de Trento es realmente magisterial. Leamos o escuchemos el resumen de estas precisas fórmulas:

El Sacrosanto Concilio, al enseñar la sana doctrina acerca de este venerable y divino Sacramento de la Eucaristía, enseñada por el mismo Jesucristo Señor nuestro, prohíbe a todos los fieles de Cristo que no sean en adelante osados a creer, enseñar o predicar acerca de la Eucaristía de modo distinto de como en el presente decreto está explicado y definido.

Primeramente enseña el santo Concilio, y abierta y sencillamente confiesa, que en el augusto sacramento de la Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y sustancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles.

Porque no son cosas que repugnen entre sí que el mismo Salvador nuestro esté siempre sentado a la diestra de Dios Padre, según su modo natural de existir, y que en muchos otros lugares esté para nosotros sacramentalmente presente en su sustancia, por aquel modo de existencia, que, si bien apenas podemos expresarla con palabras, por el pensamiento, ilustrado por la fe, podemos alcanzar ser posible a Dios y debemos constantísimamente creerlo.

En efecto, así todos nuestros antepasados, cuantos fueron en la verdadera Iglesia de Cristo que disertaron acerca de este santísimo sacramento, muy abiertamente profesaron que nuestro Redentor instituyó este tan admirable sacramento en la última Cea, cuando, después de la bendición del pan y del vino, con expresas y claras palabras atestiguó que daba a sus Apóstoles su propio cuerpo y su propia sangre.

Estas palabras, conmemoradas por los santos Evangelistas y repetidas luego por San Pablo, como quiera que ostentan aquella propia y clarísima significación, según la cual han sido entendidas por los Padres, es infamia verdaderamente indignísima que algunos hombres pendencieros y perversos las desvíen a tropos ficticios e imaginarios, por los que se niega la verdad de la carne y sangre de Cristo, contra el universal sentir de la Iglesia, que, como columna y sostén de la verdad, detestó por satánicas estas invenciones excogitadas por hombres impíos, a la par que reconocía siempre con gratitud y recuerdo este excelentísimo beneficio de Cristo.

Tiene, cierto, la santísima Eucaristía de común con los demás sacramentos “ser símbolo de una cosa sagrada y forma visible de la gracia invisible”; mas se halla en ella algo de excelente y singular, a saber: que los demás sacramentos entonces tienen por vez primera virtud de santificar, cuando se hace uso de ellos; pero en la Eucaristía, antes de todo uso, está el autor mismo de la santidad.

Esta fue siempre la fe de la Iglesia de Dios: que inmediatamente después de la consagración está el verdadero cuerpo de Nuestro Señor y su verdadera sangre juntamente con su alma y divinidad bajo la apariencia del pan y del vino; ciertamente el cuerpo, bajo la apariencia del pan, y la sangre, bajo la apariencia del vino en virtud de las palabras; pero el cuerpo mismo bajo la apariencia del vino y la sangre bajo la apariencia del pan y el alma bajo ambas, en virtud de aquella natural conexión y concomitancia por la que se unen entre sí las partes de Cristo Señor que resucitó de entre los muertos para no morir más; la divinidad, en fin, a causa de aquella su maravillosa unión hipostática con el alma y con el cuerpo.

Por lo cual es de toda verdad que lo mismo se contiene bajo una de las dos especies que bajo ambas especies. Porque Cristo, todo e íntegro, está bajo la especie del pan y bajo cualquier parte de la misma especie, y todo igualmente está bajo la especie de vino y bajo las partes de ella.

Cristo Redentor nuestro dijo ser verdaderamente su cuerpo lo que ofrecía bajo la apariencia de pan; de ahí que la Iglesia de Dios tuvo siempre la persuasión y ahora nuevamente lo declara en este santo Concilio, que por la consagración del pan y del vino se realiza la conversión de toda la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Cristo Señor nuestro, y de toda la sustancia del vino en la sustancia de su sangre. La cual conversión, propia y convenientemente, fue llamada transustanciación por la santa Iglesia Católica.

No queda, pues, ningún lugar a duda de que todos los fieles de Cristo en su veneración a este santísimo sacramento deben tributarle aquel culto de latría que se debe al verdadero Dios.

Declara además el santo Concilio que muy piadosa y religiosamente fue introducida en la Iglesia de Dios la costumbre, que todos los años, determinado día festivo, se celebre este excelso y venerable sacramento con singular veneración y solemnidad, y reverente y honoríficamente sea llevado en procesión por las calles y lugares públicos.

Y así ciertamente convino que la verdad victoriosa celebrara su triunfo sobre la mentira y la herejía, a fin de que sus enemigos, puestos a la vista de tanto esplendor y entre tanta alegría de la Iglesia universal, o se consuman debilitados y quebrantados, o cubiertos de vergüenza y confundidos se arrepientan un día.

En cuanto al uso, empero, recta y sabiamente distinguieron nuestros Padres tres modos de recibir este santo sacramento. En efecto, enseñaron que:

– algunos sólo lo reciben, sacramentalmente, como los pecadores;

– otros, sólo espiritualmente, a saber, aquellos que comiendo con el deseo aquel celeste Pan eucarístico experimentan su fruto y provecho por la fe viva, que obra por la caridad;

– los terceros, en fin, sacramental a par que espiritualmente

Ahora bien, en la recepción sacramental fue siempre costumbre en la Iglesia de Dios, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes y que los sacerdotes celebrantes se comulguen a sí mismos; costumbre, que, por venir de la tradición apostólica, con todo derecho y razón debe ser mantenida.

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Hasta aquí, lo enseñado por el Magisterio de la Iglesia en el Sacrosanto Concilio de Trento.

¿Y qué nos dicen las Sagradas Escrituras?

En el Evangelio de la Fiesta, tomado de San Juan, leemos: Mi carne verdaderamente es comida, y mi sangre, verdaderamente bebida, quien come mi carne y bebe mi sangre, en mi mora y yo en él.

Y San Pablo, escribiendo a los Corintios, nos dice: Del Señor aprendí lo que también os tengo ya enseñado, y es que el Señor Jesús, la noche misma en que había de ser traicionado, tomó el pan, y dando gracias, lo partió, y dijo: Tomad y comed; esto es mi cuerpo, que por vosotros será entregado; haced esto en memoria mía. Y de la misma manera tomó el cáliz, después de haber cenado, diciendo: Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre; haced esto, siempre que lo bebiereis, en memoria mía.

¿Cuál es el significado de estas divinas palabras?

En virtud de las palabras de Cristo (y de sus sacerdotes en su Persona) hay un cambio, una conversión, una transustanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Jesucristo.

Esto que vemos y que permanece no es pan ni vino, sino el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que alcanzamos o aprehendemos por la fe. Cuerpo y Sangre que se ofrecen por nosotros y que estará en contacto con nosotros por la recepción sacramental o Comunión.

Por nuestra vista, por nuestro gusto, por nuestro tacto nada se ha modificado en el pan y en el vino. Después de haber sido consagrada, la Hostia Sagrada nos da la misma impresión de forma y color cuando la miramos, la misma sensación de extrema ligereza cuando la levantamos; de igual manera, el contenido del Cáliz continúa manifestándose a nuestros sentidos exactamente como antes de la Consagración.

Sensiblemente nada ha cambiado; pero, a pesar de todo, ya no es pan y ya no es vino lo que se ofrece a nuestros sentidos. ¿Cómo explicarlo?

Lo que en la Hostia y en el Cáliz no es directamente perceptible, lo que no aparece a los sentidos, pero constituye la base de la realidad, es decir, la sustancia del pan y del vino, se transforman en la sustancia del Cuerpo y de la Sangre de Cristo. Debajo de los idénticos accidentes, la realidad sustancial es infinitamente diferente.

¿Y cómo sucede esto? En virtud de su Omnipotencia. Como es Todopoderoso, es capaz de mantener intactos los accidentes mientras no contienen ya su propia sustancia, sino Él mismo.

Estos accidentes permiten que Cristo esté, por modo de sustancia, en este lugar y no en aquel otro. Esto es posible porque Cristo, siendo Dios, pronunció en la Última Cena –y continúa haciendo pronunciar a sus ministros en cada Misa– unas palabras divinamente eficaces, unas palabras que producen el cambio de sustancia que ellas significan; cambio que, obviamente, está reservado al poder de Dios.

Esto es posible porque Cristo, siendo Dios, instituyó signos eficaces de santificación, los Sacramentos; no meros signos alusivos, sino signos que significan lo que realizan y realizan lo que significan; signos eficaces de la gracia de Cristo.

La doble Consagración significa que Jesucristo está contenido bajo las apariencias de pan y vino; y, si ella lo significa, ella lo realiza.

Por tanto, si somos capaces de discernir la sustancia y los accidentes, de comprender su distinción real, podemos llegar a ser capaces, por la fe, de comprender que –en virtud de la omnipotencia divina y con una finalidad santificadora– estos accidentes pueden subsistir fuera de su propia sustancia.

Por supuesto, no a todos los cristianos se les pide que expliquen el misterio de la transustanciación. Sólo se nos pide que creamos que esta Hostia ya no es pan y este Cáliz ya no es vino, sino que se han convertido, por efecto de la transustanciación, en Jesucristo, verdaderamente presente bajos los accidentes del pan y del vino.

De esto se sigue que, si nos negamos a hablar de cambio de sustancia, de transustanciación, entonces ya no podemos hablar de presencia real…, y rechazamos el misterio.

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Es principalmente por una razón de orgullo que los herejes rechazan la transustanciación, y no porque la filosofía de la realidad sustancial no les convenza.

Grandes pecados preceden y preparan grandes errores. En el punto de partida de la “racionalización de la fe” (cualquiera que sea el dogma: Encarnación, Justificación, Iglesia) casi siempre discernimos el orgullo de la razón, que desempeña un papel más importante que la dificultad estrictamente racional de captar ciertos principios filosóficos.

Cristo está presente en el altar después de la Consagración, su Cuerpo y su Sangre están realmente en el altar, pero a modo de sustancia; en la Comunión está verdaderamente presente en quienes se acercan a Él, pero siempre a modo de sustancia.

Una presencia misteriosa, sin duda; pero no atenuada, descolorida, evanescente; presencia tan real como su presencia a la diestra del Padre que llena de alegría a los Ángeles y a los Bienaventurados; tan real como su presencia en el Pesebre o en la Cruz, o en medio de sus discípulos cuando pidió al Apóstol incrédulo que metiera su mano en la cicatriz de su costado; presencia tan real, pero bajo accidentes ajenos; bajo la apariencia de alimento para significar y realizar la unión más íntima posible entre Él y nosotros, bajo la apariencia de pan y de vino consagrados separadamente para conmemorar y presentar al Padre el Sacrificio ofrecido de una vez por todas sobre el Calvario.

Cambio de un género único. No es comparable, por ejemplo, a la transformación del agua en vino durante el milagro de Caná.

De hecho, el milagro de Caná consistió en transformar el agua contenida en las tinajas en un vino que aún no existía.

Pero el cambio milagroso de la Consagración consiste en cambiar el pan y el vino por el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo que preexiste y reina en la gloria.

En Caná, una sustancia, perdiendo su apariencia, se convertía en otra que antes no existía y que se formó a partir de la primera. Sobre el Altar unas sustancias, que conservan sus propias apariencias, se convierten en la sustancia del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que preexisten en sus propios accidentes, pero que se hace presente bajo apariencias prestadas.

El cambio de la transustanciación es completamente único en su género. Esto no es impensable ni contradictorio. No hay nada contradictorio en el hecho de que el Hijo de Dios, a través de sus palabras todopoderosas (ya sea que las pronuncie Él mismo, como en la Última Cena, o que las haga pronunciar por sus ministros) pueda hacerse presente por modo de sustancia, bajo accidentes ajenos.

Él es el Hijo de Dios; el poder divino le pertenece; es, por tanto, capaz de realizar la transustanciación como realizó la Creación y la Encarnación.

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Lo que sería impensable y contradictorio es la impanación de Lutero: es decir, que el pan siga siendo pan y, a pesar de ello, que Cristo esté verdaderamente presente en el pan.

Lo que no es impensable, pero que traiciona radicalmente el texto de la Escritura, el dato revelado y definido, es una supuesta presencia que sólo sería a modo de signo.

Si admitimos que Cristo vino para todos los tiempos y para todos los hombres, también entendemos que, después de haber conversado con sus Apóstoles, evangelizado a las multitudes y sanado a muchos enfermos en Palestina, no se retiró de nuestra tierra, privando para siempre a otros países y a otras generaciones de su presencia, alejándose sin beneficio, sin mantener ya su verdadera presencia entre los hombres.

La única realidad revelada es que desde la Ascensión y mientras continúa el tiempo de la Iglesia, con sus pruebas y sus luchas, el Señor Jesús, que está sentado a la diestra del Padre, el Cristo glorioso:

– está verdaderamente presente en su Iglesia militante bajo apariencias ajenas a través de la Santa Eucaristía;

– en esta tierra de pecado hace presente sacramentalmente de modo no sangriento el único sacrificio de nuestra salvación;

– entra en contacto personal a través de la Comunión Sacramental con cada miembro de su Cuerpo Místico que comulgue dignamente.

La realidad revelada es esta. Basta releer el relato de los Sinópticos y de San Pablo. Es más, es la única realidad que está en armonía con la omnipotencia de un Dios que se manifestó a través de la Encarnación del Verbo para salvar a todos los hombres y a cada uno de ellos hasta el fin de las generaciones.

El amor de Dios por los pobres pecadores que somos no sólo es natural sino sobrenatural y se manifestó supremamente en la Encarnación del Verbo.

Este misterio de la Encarnación fue definido en términos justos, adecuados e irreformables en los Concilios de Nicea, de Constantinopla, de Éfeso y de Calcedonia.

Tener el coraje de afirmar que creemos en el misterio de amor de la Encarnación y despreciar los dogmas que nos definen precisamente en qué consiste ese misterio, es burlarse de los fieles.

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El misterio de amor de la Encarnación se continúa con el misterio de la Presencia Eucarística. Bajo frágiles, bajo pobres apariencias, el Verbo nacido de la Virgen, que se hizo presente a nuestra humanidad mediante la inefable Encarnación, no deja nunca de estar presente en toda su sustancia y realidad a cada una de las generaciones humanas, para alimentarlas con su adorable Cuerpo y Sangre, permitiéndoles, además, ofrecer su único Sacrificio.

Atreverse a afirmar al mismo tiempo que la Eucaristía es un signo muy particular del amor divino y, por otro lado, que la presencia eucarística se reduce a una simple presencia de un signo porque el pan realmente permanece pan, es no saber ya lo que se dice o es mentirse a uno mismo y al prójimo.

Porque si el amor de Cristo en su Eucaristía se reduce a un signo y a una influencia, si no hay presencia sustancial, entonces ya no existe diferencia de naturaleza entre el Sacramento de la Eucaristía y los demás Sacramentos.

Todo niño, honestamente instruido en su Catecismo, sabía, hasta el conciliábulo vaticanesco, que la diferencia irreductible del Sacramento del Altar, del Santísimo Sacramento, con los demás Sacramentos no es sólo que confiere la gracia, sino que contiene al Autor de la gracia.

No corresponde a la percepción sensitiva, incluso perfeccionada mediante instrumentos, decidir la cuestión de la transustanciación, porque la base del ser, la sustancia como tal, no cae bajo la percepción sensitiva.

Las sustancias materiales se revelan indudablemente a través de la sensación, pero no es la sensación como tal la que capta y nombra la sustancia de las cosas; es la mente con ocasión de la sensación.

Si la sensación fuera suficiente para nombrar la sustancia de los seres, el animal nombraría a los seres; pero el animal permanece en silencio, porque no puede ir más allá de la sensación y de la imagen.

Sólo el espíritu va más allá, y llega a la sustancia.

Ahora bien, no repugna al espíritu admitir que, mientras todo lo sensible permanece inmutable, la sustancia del pan y del vino, que están más allá de lo sensible, se convierten en otra sustancia, el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo.

La mente, la inteligencia, no duda en admitir esta maravilla de la conversión de una sustancia en otra preexistente, siendo los accidentes los mismos, porque no la ve incompatible con la omnipotencia de Dios.

Lo único que las ciencias pueden saber sobre la Eucaristía es que lo sensible, lo verificable, las apariencias no cambian con la Consagración.

Pero eso es lo que, precisamente, dice la fe. Cristo no viene a reemplazar las propiedades que los sentidos pueden alcanzar; es sólo la sustancia del pan y del vino las que se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

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La presencia real en el Santísimo Sacramento se ordena a la presencia de la inhabitación por la gracia; por el hecho de venir a nosotros personalmente bajo las apariencias del pan y del vino, por el hecho de este contacto personal en el Sacramento, el Señor intensifica en nuestra alma su presencia de gracia, fortalece los vínculos de una amistad inefable, nos purifica, nos prepara para la presencia de la visión en el Paraíso, nos prepara para la resurrección gloriosa.

El que me come, permanece en mí, y yo en él. Como vive mi Padre que me envió, y yo vivo por mi Padre, así el que me come vivirá por mí.

Para concluir, recordemos, si es necesario, que la presencia real en el Santísimo Sacramento no sólo se ordena a intensificar y profundizar la presencia de la inhabitación, ni se limita a este efecto; está destinada ante todo a realizar el Santo Sacrificio y asegurar su permanencia entre el mundo pecador hasta que el Señor regrese.

Porque el Señor no puede hacerse presente en la Sagrada Eucaristía sin, por este mismo hecho y de inmediato, conmemorar y presentar a su Padre el Sacrificio único y definitivo de su Cruz.

El vínculo es intrínseco entre los tres aspectos de la Sagrada Eucaristía:

– Presencia real (por transubstanciación),

– Sacrificio real (bajo un signo y mediante doble transubstanciación)

– Comunión real con miras a la unión de la gracia.

Todo esto lo expresa de manera magnífica la Secuencia de la Misa, y queda resumido por la Oración Colecta de la misma:

¡Oh Dios!, que, bajo un sacramento admirable, nos dejaste el memorial de tu pasión; te pedimos, Señor, nos concedas celebrar de tal manera los sagrados misterios de tu Cuerpo y Sangre, que sintamos constantemente en nosotros el fruto de tu redención.