CONSERVANDO LOS RESTOS
Séptima entrega
“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”
San José de Calasanz

CAPÍTULO VII
TENDENCIA DEL SISTEMA MODERNO AL MATERIALISMO
§ I
Da pena el confesarlo, pero es voz acorde de todos los observadores sensatos, que, como dice el sabio Cardenal Fr. Ceíerino González, “de todos los puntos del horizonte levántase hoy, y crece, y se desarrolla, y se afirma un movimiento materialista que amenaza apoderarse por completo de la sociedad en todas sus partes y elementos. Universidades y ateneos, libros y periódicos, escuelas y parlamentos, ciencias y artes, todo se halla minado, saturado, corroído por las ideas materialistas, que invaden todas las esferas de la vida, y penetran y se infiltran y marchan en silencio a la conquista del mundo por medio de la conquista paulatina y latente de todas las capas sociales.” (1)
Pues bien, es muy cierto que esta aterradora invasión del materialismo tendría que detenerse y retroceder, si la juventud se educase debidamente; pero por desgracia vemos que hay decidido empeño en practicarlo contrario.
Desterrando de los colegios y escuelas la enseñanza religiosa, que hace comprender al niño la nobleza de su origen y la excelencia de su final destino; suprimiendo los ejercicios sobre los clásicos, tan aptos para infundir en el ánimo sentimientos nobles y el delicado gusto de la belleza; y olvidando casi por completo las ciencias filosóficas y morales, o reducidas a levísimas nociones de doctrina, no siempre pura, apenas da cabida el moderno sistema más que a estudios reales, de sólo cosas precisas, útiles y exactas, ciencias positivas, como las llaman, estudio en fin de la materia.
No queremos decir con esto que tales estudios contengan en su esencia misma el virus del materialismo y que necesariamente lo hayan de inocular a cualquiera que a ellos se dedique; antes bien está para nosotros fuera de duda, que, estudiando las ciencias naturales con ánimo sincero, y viendo en los seres creados un efecto de la causa primera y una huella del Creador pueden aquellas servir de pedestal para elevar el alma a la contemplación y amor del Sumo Bien.
Pero ahora particularmente nos fijamos en la maliciosa, aunque simulada, combinación que nos presentan los planes de estudios a la moderna, suprimiendo en la enseñanza todo lo que contribuye a levantar el espíritu y dando un excesivo predominio a las ciencias que versan sobre la materia.

El niño educado a la usanza del día, casi no ocupa sus facultades sino en revolver cálculos, en observar, comparar y clasificar cosas y fenómenos materiales. En el estudio de la geografía se le llama particularmente la atención a las producciones del suelo, a las mercancías de la industria y a cuanto se relaciona con los intereses comerciales; en la historia se comienza muchas veces por enseñarle a negar o poner en duda la veracidad incontestable de la narración bíblica, se le presenta el curso de los sucesos humanos como evoluciones fatales de seres sin libertad y sin gobierno de una Providencia superior, y nada ve en todos los acontecimientos más encomiado que las conquistas de la materia sobre el espíritu; fuera de la escuela vive constantemente envuelto entre el humo de las fábricas, asordado por el estruendoso golpeteo de las máquinas, mareado por la vertiginosa agitación del comercio, contagiado por el ejemplo de los que en torno suyo se ocupan sin descanso en acumular riquezas y en procurarse goces.
De un joven que ha respirado constantemente, digámoslo así, los mefíticos vapores de la materia no puede menos de formarse un hombre para quien no habrá más bienes que los materiales; el cual, arrastrado por el más repulsivo egoísmo, con todo su séquito de pasiones, se lanzará con ímpetu frenético en pos de lo que considera como su fin supremo, dinero, bienestar y placeres, reputando por bueno todo medio que sacie o recree la ardorosa sed de sus concupiscencias.
¿Y quién hará entender el sublime lenguaje de las virtudes a un hombre educado de esta manera, con el pensamiento y los afectos fijos siempre en el cieno de la tierra? Para él la virtud será una abstracción quimérica, una palabra vacía de sentido, un delirio, un mito: agostados en su alma todos los sentimientos nobles con el soplo abrasador del egoísmo, no pueden brotar en ella la abnegación, el desinterés, el patriotismo sincero, porque todas estas cualidades exigen el sacrificio, y el sacrificio es palabra que no comprende el hombre apegado a la escoria de los bienes terrenos. Aun lo que llamamos urbanidad y cultura social no subsistirán con solidez y constancia en quien se haya formado en la escuela del materialismo; pues si tal urbanidad y cultura han de ser incontrastables y persistentes en los diversos azares de la vida, deben estar sólidamente fundadas en la firmes bases de la caridad, humildad y mansedumbre, perlas preciosas que no explota por cierto la mayor parte de los que negocian con los intereses materiales, que son semillero fertilísimo de disensiones, intrigas y marañas.
Esto por lo que toca al individuo; ni de tal educación puede cosechar mejores frutos la sociedad entera, que con tales sistemas se verá pronto convertida en una embrollada madeja de estafas, infidencias y mentiras, presentando el aspecto salvaje de una manada de tigres hambrientos que se disputan una presa. La organización política no ofrecerá a la vista más que pueblos divididos en bandos, que en la lucha por la vida lidiarán como ejércitos enemigos hasta tomar por asalto el comedero del presupuesto; y la nobilísima ciencia de gobernar las naciones, procurando la felicidad común, acabará por reducirse en manos de estos hombres a la indigna habilidad de satisfacer su ambición a costa de los sudores de un pueblo a quien por escarnio llaman soberano, dejándole vestido de harapos, los que se cubren de seda comprada con el esquilmo de sus fatigas.
En este punto es inflexible la lógica de la naturaleza humana abandonada al impulso de sus desenfrenados apetitos. Si al niño o al joven no se le enseña a creer más que en la materia y se le acostumbra al amor de los bienes puramente materiales, sin revelarle la existencia de otros mucho más excelentes y duraderos; todas sus ideas y afecciones girarán en derredor de tales bienes, y en la vida privada, como en la civil, su espíritu se resentirá siempre de este trastorno; pues, como dice un escritor moderno, “cuando, amortiguada la luz de la fe, los espíritus no se levantan a las sublimes especulaciones del pensamiento; cuando la mirada no se dirige a la serena región de lo sobrenatural; por consecuencia necesaria la actividad humanase emplea en lo tangible, en lo útil para la vida del cuerpo, en lo material; y de aquí el gran desarrollo de los estudios de aplicación; de aquí el gran cultivo de las ciencias naturales; de aquí el vuelo de la industria; de aquí la preponderancia de los intereses materiales cuando la humanidad sacude el yugo del espíritu, cae irremisiblemente bajo el yugo de la carne. No quiere esto decir que el progreso en ambas esferas sea incompatible; quiere decir, que cuando los hombres emplean toda su actividad en elevarse físicamente, corren gravísimo riesgo de degradarse moralmente; porque la actividad ha de compartirse en justa proporción, y no han de desarrollarse unos intereses a expensas de los otros”. (2)

§ II
Esta tendencia de la escuela moderna al materialismo es hoy cosa reconocida por todos los hombres serios y no tienen empacho en confesarlo los mismos encargados de dirigir la instrucción de la juventud; aunque, en honor de la verdad, no siempre debemos suponer que hayan procedido con maliciosas intenciones.
En 1881 decía el Ministro de Instrucción Pública ante el Congreso Argentino: “Hoy nadie niega el valor o la importancia de la instrucción, que asegura al que la obtiene los medios o la capacidad de ganar la subsistencia; y aun puede decirse que este es para la gran mayoría el verdadero fin de la educación”. (3)
¡Confesión humillante de una verdad muy triste! ¡Ganar la subsistencia es para la gran mayoría el verdadero fin de la educación!
Una cosa tan noble como el modelar las almas y formar los caracteres de los jóvenes, que en esto consiste propiamente la educación, queda rebajada a la humilde categoría de una mera especulación lucrativa. De manera que un diploma profesional no es ya un testimonio que acredite la superioridad del que lo posee; sino un título con que el Gobierno le permite ejercer una profesión gananciosa, o según la frase del duque de Broglie (en la Asamblea nacional francesa de 1850) “una letra de cambio firmada por la sociedad oficial y pagadera en empleos oficiales”.
Más abiertamente se declaró esta tendencia materialista de la enseñanza, en la Cámara de Diputados (sesión del 10 de Octubre de 1884) con estos términos: “Es claro que hay partidarios de uno y otro sistema; que los del antiguo régimen están clavados, aferrados a su latín, a su griego, a sus grandes clásicos, y han predominado en las ciencias morales sobre las naturales. Pero hay una ley de progreso que invade todo y que ya levantan tanto las ciencias naturales, porque son más efectivas para dar de comer al hombre, y nosotros estamos en ese caso”.
Así, pues, el motivo porque las ciencias naturales han de ser preferidas a las morales, y la razón de que en nuestros estudios gocen los honores de la primacía, es porque son más efectivas para dar de comer al hombre.
Concedemos que así sea; pero no se concluye de ello que merezcan la preferencia, ni la obtendrán entre nosotros; porque el pueblo argentino, ilustrado con los resplandores de la luz evangélica, sabe muy bien que el hombre no ha sido criado para comer, sino para un fin más alto y noble, cual es el de conocer y amar a Dios y glorificarlo; y por consiguiente, lo que conduce más directamente a este fin debe ocupar el primer lugar en la estima y en la vida del hombre.
Sostener lo contrario es pura y simplemente reducir el fin del hombre al fin de las bestias. ¿Y esto es llamado ley de progreso? Nosotros no conocemos más ley de progreso que la establecida por el Supremo Legislador y promulgada por la Divina Sabiduría, cuando dice (Proverb. XIV, 34): “La justicia (que es el cumplimiento de los deberes para con Dios, para con los hombres y para consigo mismo) es la que engrandece a los pueblos, y el pecado hace desgraciadas a las naciones”.
Esa otra pretendida ley de progreso no es ley, sino propensión que tiende a colocar lo que es más positivo para sustentar el cuerpo sobre lo que es necesario para sustentar el alma, la parte sensible y animal en el hombre sobre la parte racional, la materia sobre el espíritu; y esa propensión donde quiera que exista, no se dirige al progreso, sino al retroceso, a la degradación y a la barbarie.
Esta tendencia es la que Nuestro Santísimo Padre el Papa Pío IX reprobó al condenar la proposición LVIII del Syllabus, que dice: “No deben reconocerse otras fuerzas que las que residen en la materia: y toda regla de las costumbres y toda honestidad deben cifrarse en acumular y aumentar riquezas de cualquier modo, y en gozar de los placeres”.
Esta misma tendencia es la que el insigne Obispo de Poitiers, Monseñor Pié, describe y juzga con las siguientes palabras, que serán digno remate de este artículo, pues no fueran las nuestras tan elocuentes ni tan autorizadas:
“En cuanto a colocar de nuevo al hombre fuera de Jesucristo para reconstituirle en un orden de pura naturaleza con un fin puramente natural y un derecho a la felicidad natural (que es el resultado lógico de la enseñanza materialista y utilitaria), todos los esfuerzos del naturalismo no lograrán esto nunca. No se cambiará en nada el designio primitivo del Omnipotente, sino que antes bien, el hombre de la pura naturaleza añadirá al pecado de su origen el pecado actual y personal, pues que cerrando los ojos a la revelación y el corazón a la gracia divina, se hará culpable del más grave de todos los crímenes que es el pecado de infidelidad. Y entonces, por justos juicios de Dios, no habiendo querido comprender el grado de honor a que era llamado, se rebajará a la condición de los seres irracionales, y vendrá a ser por más de un capítulo semejante a ellos.
De esta clase de hombres, ha dicho el Apóstol San Judas: Blasfemadores de las cosas sobrenaturales que ignoran y quieren deliberadamente ignorar, se corrompen en las cosas naturales que conocen por instinto animal más bien que por la luz de la razón… Nubes sin agua que se agitan a merced de los vientos, de los vientos de las opiniones y de los vientos de las pasiones; árboles de otoño que echan flores incapaces de dar frutos; árboles doblemente muertos, esto es, en cuanto a la vida de la fe y en cuanto a la vida de la razón; árboles desarraigados y destinados al fuego; estrellas errantes a las cuales aguarda para siempre negra y pavorosa tempestad. Esto es, pues, lo que queda en claro. No hay remedio para la naturaleza fuera de Jesucristo. Es fuerza escoger de entre dos cosas una, dice el mártir San Ignacio: o la ira eterna de Dios en la vida futura, o su gracia en la vida presente: Unum igitur e duobus: aut futura timenda est ira, aut præsens diligenda est gratia”. (4)
Entiéndanlo o no, los que arrastran la enseñanza por el fango de la materia, esta es la verdad; y mal que les pese habrán de confesarla cuando ya no sea tiempo de corregir sus desaciertos.
Notas:
(1) Historia de la Filosofía, tomo III. 41.
(2) La verdad del progreso, por D. SEVERO CATALINA, cap. X.
(3) Memoria presentada al Congreso Nacional de 1881 por el Ministro de Justicia, Culto é Instrucción Pública, pag. 31.
(4) Tercera instrucción sinodal sobre los principales errores del tiempo presente, por Monseñor Pie, Obispo de Poitiers.
