P. CERIANI: SERMÓN DE LA SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si alguien me ama, observará mis palabras, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos nuestra morada cerca de él; el que no me ama, no observa mis palabras. Y las palabras que habéis oído no son mías, sino de Aquel que me envió, del Padre. Os he dicho esto, permaneciendo a vuestro lado. Mas el Espíritu Santo Paráclito, que enviará el Padre en nombre mío, os enseñará todo y os sugerirá todo lo que yo os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se asuste. Ya me habéis oído deciros: Voy, y vuelvo a vosotros. Si me amarais, os alegraríais ciertamente, porque voy al Padre: porque el Padre es mayor que yo. Y os lo he dicho ahora, antes de que suceda para que, cuando hubiere sucedido, creáis. Ya no hablaré mucho con vosotros. Porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en Mí. Mas para que el mundo conozca que amó al Padre, y, como me lo mandó el Padre, así obro.

Hemos llegado al Domingo de Pentecostés. Desde la Pascua han transcurrido siete semanas, cuarenta y nueve días; he aquí el día que le sigue y consuma el número misterioso de cincuenta.

Las figuras ya habían tenido su lugar. Israel atravesó las aguas del Mar Rojo; siete semanas habían pasado en el desierto, y el día siguiente fue aquel en que quedó sellada la Alianza entre Dios y su pueblo. Pentecostés, el día cincuenta, quedó marcado por la promulgación de los diez Mandamientos de la Ley divina, y este gran suceso se conmemoraba anualmente.

Pero, así como la Pascua judía, también Pentecostés era simbólico y profético; y debía haber un segundo Pentecostés para todos los pueblos, como hubo una segunda Pascua para el rescate del género humano.

Para el Hijo de Dios, vencedor de la muerte, tuvo lugar la Pascua con todos sus triunfos; y para el Espíritu Santo, aconteció Pentecostés, que le vio entronizarse en el mundo como Legislador.

Pero, ¡qué diferencia entre las dos fiestas de Pentecostés! En este segundo, el cielo no se ensombrece, no se oyen los estampidos de los rayos; los corazones de los hombres no están petrificados de espanto como a la falda del Sinaí; sino que laten bajo la impresión del arrepentimiento y de la acción de gracias. Se ha apoderado de ellos un fuego divino, y este fuego abrasará la tierra entera.

No debe sorprendernos que la Iglesia haya dado tanta importancia al misterio de Pentecostés como al de Pascua. Esta última constituye el rescate del hombre por la victoria de Cristo; en Pentecostés, el Espíritu Santo toma posesión del hombre rescatado.

La gloriosa Ascensión es el misterio intermediario. Por una parte, consuma el misterio de Pascua, entronizando al Hombre-Dios, vencedor de la muerte y cabeza de sus fieles, a la diestra de Dios Padre; por otra, determina el envío del Espíritu Santo sobre la tierra.

Este envío no podía realizarse antes de la glorificación de Jesucristo; y esto para que la misión del Espíritu Santo sirviese para dar mayor gloria al Hijo.

Jesús había dicho: “He venido a traer fuego a la tierra y ¡qué quiero, sino que se encienda!” Ha llegado la hora en que el Espíritu Santo, el que es el Amor en Dios, la llama eterna e increada, descienda del Cielo para cumplir la intención misericordiosa del Emmanuel.

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La diversidad de pueblos, mezclados con los judíos de pura raza, representa, por la multiplicidad de idiomas, la confusión de Babel.

Pero ha llegado la hora predestinada desde toda la eternidad, y el designio de las tres divinas Personas se declara y se cumple. Del mismo modo que el Padre envió a este mundo a su propio Hijo, a quien engendra eternamente; así, el Padre y el Hijo envían sobre la tierra el Espíritu Santo, que procede de los dos, para cumplir en ella, hasta el fin de los tiempos, la misión de formar a la Iglesia, de asistirla y mantenerla, y de santificar y salvar las almas.

Y es bajo la forma de lenguas de fuego, porque la palabra será el medio de propaganda de este incendio divino; y todos los que la reciban estarán unidos en una misma fe. Jesús había dicho: “Id, enseñad a todas las naciones”. El Espíritu trae del Cielo a la tierra la lengua que hará resonar esta palabra hasta el fin de los siglos.

El Espíritu de amor hizo cesar en un momento la separación de Babel, y la fraternidad primitiva reapareció con la unidad de idioma. Pero esta maravilla no se limitará al día de Pentecostés, ni se reducirá a la vida de aquellos en quienes apareció en ese momento. Después de la predicación de los Apóstoles se irá extinguiendo, por no ser necesaria, la forma primera del prodigio; pero la Iglesia no cesará de hablar todas las lenguas hasta el fin de los siglos, porque no se verá limitada a los confines de una sola nación, sino que habitará todo el mundo. En todas partes se oirá confesar, una misma fe en las diversas lenguas de cada nación, y de este modo el milagro de Pentecostés, renovado y transformado, será una de las características principales de la Iglesia Católica.

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Los Apóstoles han sido transformados, un ardor divino les arrebata y dentro de breves instantes se lanzarán a la conquista del mundo. Ya se ha cumplido en ellos todo lo que les había anunciado su Maestro; realmente ha descendido sobre ellos el poder del Altísimo a armarlos para el combate.

La verdad que les ha predicado su Maestro aparece clara a su inteligencia; ven todo, comprenden todo. El Espíritu Santo les ha infundido la fe en el grado más sublime y arden en deseos de derramar esa fe por el mundo entero. Lejos de temer, en adelante están dispuestos a afrontar todos los peligros predicando a todas las naciones el nombre y la gloria de Cristo.

La turba de los judíos, que oyó el ruido que anunciaba la venida del Espíritu Santo, se reunió ante el Cenáculo. Los Apóstoles creen llegado el momento de proclamar el nuevo Pentecostés en el día aniversario del primero. San Pedro será el Moisés que proclame la Ley de la misericordia y del amor, que reemplazará la ley de la justicia y del temor.

Ya es hora de que toda esa multitud le vea y le escuche; va a formarse el rebaño, pero es necesario que se muestre el pastor. Su discurso es una prueba inequívoca de la verdad y divinidad de la Nueva Ley:

“Varones judíos, exclamó, y habitantes todos de Jerusalén, oíd y prestad atención a mis palabras. No están éstos borrachos, como vosotros suponéis, pues es la hora de Tercia, y esto es lo que predijo el profeta Joel: Y sucederá en los últimos días, dice, el Señor, que derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas, y vuestros jóvenes verán visiones, y vuestros ancianos soñarán sueños; y sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré mi Espíritu y profetizarán. Varones israelitas, escuchad estas palabras: Jesús de Nazaret, varón probado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por Él en medio de vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste, entregado según los designios de la presciencia de Dios, le alzasteis en la cruz y le disteis muerte por mano de infieles. Pero Dios, rotas las ataduras de la muerte, le resucitó, por cuanto no era posible que fuese dominado por ella, pues David dice de El: Mi carne reposará en la esperanza, porque no permitirás que tu Santo experimente la corrupción del sepulcro. David no hablaba de sí propio, puesto que murió y su sepulcro permanece aún entre nosotros; anunciaba la resurrección de Cristo, el cual no ha quedado en el sepulcro ni su carne ha conocido la corrupción. A este Jesús le resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado a la diestra de Dios y recibida del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo derramó sobre toda la tierra, como vosotros mismos veis y oís. Tened, pues, por cierto, hijos de Israel, que Dios le ha hecho Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”.

Así concluyó la promulgación de la Nueva Ley por boca del nuevo Moisés. Dios se revelaba y, como siempre, lo hacía con un milagro. San Pedro recuerda los prodigios con que Jesús daba testimonio de sí mismo, de los cuales no hizo caso la Sinagoga. Anuncia la venida del Espíritu Santo, y como prueba alega el prodigio inaudito que sus oyentes tienen ante sus ojos, es el don de lenguas concedido a todos los habitantes del Cenáculo.

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El Espíritu Santo que se cernía sobre la multitud continúa su obra, fecundando con su acción divina el corazón de aquellos predestinados. La fe nace y se desarrolla en un momento en estos discípulos del Sinaí que se habían reunido de todos los rincones del mundo para una Pascua y un Pentecostés que en adelante serán estériles.

Llenos de temor y de dolor por haber pedido la muerte del Justo, cuya resurrección y ascensión acaban de confesar, estos judíos de todo el mundo exclaman ante Pedro y sus compañeros: “Hermanos, ¿qué debemos hacer?”

¡Admirable disposición para recibir la fe!: el deseo de creer y la resolución firme de conformar sus obras con la creencia. San Pedro continúa su discurso:

“Haced penitencia y bautizaos todos en el nombre de Jesucristo, y también vosotros participaréis de los dones del Espíritu Santo. A vosotros se os hizo la promesa y también a los gentiles; en una palabra: a todos aquellos a quienes llama el Señor”.

Con cada una de las palabras del nuevo Moisés se va borrando el antiguo Pentecostés, y el Pentecostés cristiano brilla cada vez con una luz más espléndida. El reino del Espíritu Santo se ha inaugurado en Jerusalén ante el templo que está condenado a derrumbarse sobre sí mismo.

El libro de los Hechos recoge las palabras que resonaron como el último llamamiento a la salvación: “Salvaos, hijos de Israel, salvaos de esta generación perversa”.

En efecto, tenían que romper con los suyos, merecer por el sacrificio la gracia del nuevo Pentecostés, pasar de la Sinagoga a la Iglesia. Más de una lucha tuvieron que soportar en sus corazones; pero el triunfo del Espíritu Santo fue completo en este primer día. Tres mil personas se declararon discípulos de Jesús y fueron marcados con el sello de la divina adopción. Cuando vayan a sus países, serán las primicias del nuevo pueblo santo.

Al día siguiente hablará nuevamente San Pedro en el mismo templo, y a su voz se proclamarán discípulos de Jesús más de cinco mil personas. ¡Salve, oh Iglesia de Cristo, la noble creación del Espíritu Santo, que militas aquí en la tierra, al mismo tiempo que triunfas en el Cielo!

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El Divino Paráclito les dio tres cosas ese día a los Apóstoles:

– la palabra, figurada por las lenguas;

– el ardor del amor, representado por el fuego;

– y el don de los milagros, que ejercieron inmediatamente.

La palabra es la espada de que están armados; el amor es el alimento del valor que les hará desafiarlo todo; y por el milagro atraerán la atención de los hombres y los convencerán respecto de la Fe predicada.

Tales son los medios ante los cuales el Príncipe del mundo será obligado a capitular, por los que el Reino del Emmanuel se establecerá en su dominio; y todos estos medios proceden del Espíritu Santo.

Pero no limita allí su acción. No basta que los hombres oigan resonar la palabra, que admiren el valor, que vean los prodigios. No basta que vean el esplendor de la verdad, que sientan la belleza de la virtud y reconozcan la vergüenza y el crimen de su situación.

Para llegar a la conversión del corazón, para reconocer a Dios en este Jesús, que se les va a predicar, para amarle y ofrecerse a Él en el bautismo y hasta el mismo martirio, es necesario que el Espíritu Santo intervenga. Él solo, como dice el Profeta, puede quitar de su pecho el corazón de piedra y sustituirle por un corazón de carne, capaz de experimentar el sentimiento sobrenatural de la fe y de la caridad.

El Espíritu Divino acompañará siempre a sus enviados; para ellos la acción visible, para Él la acción invisible. Y la salvación de los hombres resultará de esta colaboración. Será necesario que ambas acciones se ejerzan sobre cada individuo, que la libertad de cada uno acepte y se entregue a la predicación exterior del apóstol y a la moción interior del Espíritu.

Ciertamente es una gran obra llevar a la raza humana a confesar a Jesús por su Rey y Señor; la voluntad perversa se resistirá mucho tiempo; pero, pasados tres siglos, el mundo civilizado se pondrá bajo la Cruz del Redentor.

Admiremos aquí el poder y la fecundidad del Espíritu divino. A estos primeros enviados sucede una generación nueva. Los nombres están cambiados, pero la acción continúa y continuará hasta el fin de los tiempos, porque es menester que Jesús sea reconocido por Salvador y Señor de la humanidad, y que el Espíritu Santo ha sido enviado para operar este reconocimiento sobre la tierra.

El misterio de Pentecostés produjo un pueblo nuevo; la semilla apostólica germinó en proporciones gigantescas. ¡Qué magníficos son los triunfos del Espíritu Santo!

Extendió en millones de almas el atractivo por una verdad que exige tan tremendos sacrificios; derribó con prodigios innumerables los pretextos de la vana razón, y caldeó luego por el amor esos corazones arrancados a la concupiscencia y al orgullo, y los envió llenos de un entusiasmo tranquilo a la muerte y a las torturas.

La promesa de Jesús se cumplió cuando sus fieles comparecían ante los ministros del Príncipe del mundo. Había dicho: “No os preocupéis por lo que habéis de hablar o decir. Entonces se os dará lo que tengáis que decir; porque no hablaréis vosotros, sino el Espíritu de vuestro Padre será quien hable por vosotros”. Podemos juzgar aún de ello leyendo las Actas de nuestros mártires, siguiendo estos interrogatorios y estas respuestas sencillas y sublimes que se escapan de en medio de los tormentos. La voz del Espíritu es quien lucha y quien triunfa.

Tres siglos después de estas maravillas del divino Espíritu la victoria fue completa, Jesús era declarado Rey y Salvador del mundo, Doctor y Redentor de los hombres. Satanás fue expulsado del dominio que había usurpado, el politeísmo fue reemplazado por la fe en un solo Dios, Uno en sustancia y Trino en Personas.

Así, tal victoria, que tuvo por primer teatro el imperio romano, y que no ha dejado de extenderse de siglo en siglo a tantas naciones infieles, es la obra del Espíritu Santo.

La manera milagrosa con que se cumplió contra todas las previsiones humanas es uno de los principales argumentos sobre los que descansa la fe.

No hemos visto, no hemos oído al Señor Jesús; pero le confesamos por Dios nuestro, a causa del testimonio que de Él ha dado tan visiblemente el Espíritu Santo que nos ha enviado.

¡Gloria sea por siempre a este divino Espíritu, reconocimiento y amor de toda criatura!, porque nos ha puesto en posesión de la salvación que el Emmanuel nos había traído.

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Cuatro grandes sucesos señalan la existencia del linaje humano sobre la tierra, y los cuatro dan testimonio de la bondad de Dios para con nosotros.

El primero es la creación del hombre y su elevación al estado sobrenatural, que le asigna por fin último la clara visión de Dios y su posesión eterna.

El segundo es la Encamación del Verbo, que, al unir la naturaleza humana a la divina en la Persona del Verbo divino, la eleva a la participación de la naturaleza divina, y nos proporciona, además, la víctima necesaria para rescatar a Adán y su descendencia de su prevaricación.

El tercer suceso es la venida del Espíritu Santo, cuyo aniversario celebramos hoy.

Finalmente, el cuarto es la Segunda Venida del Hijo de Dios, su Parusía, que vendrá a librar a la Iglesia su Esposa y celebrar las nupcias sin fin.

Estas cuatro operaciones de Dios, de las cuales la última aún no se ha cumplido, son la clave de la historia humana; nada hay fuera de ellas; pero el hombre animal no las ve ni piensa en ellas. La luz brilla en medio de las tinieblas, y las tinieblas no la comprenden…

Bendito sea, pues, el Dios de misericordia que se dignó “llamarnos de las tinieblas a la admirable luz de la fe”. Nos ha hecho hijos de esta generación “que no es de la carne, ni de la sangre, ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios”…

Por esta gracia, he aquí que hoy estamos atentos a la tercera de las operaciones de Dios sobre el mundo, la venida del Espíritu Santo, y hemos oído el emocionante relato de su advenimiento. Ese viento misterioso, esas lenguas, ese fuego, esa sagrada embriaguez nos transporta a los designios celestiales y exclamamos: “¡Tanto ha amado Dios al mundo!”

Nos lo dijo Jesús mientras estaba sobre la tierra: Sí, ciertamente, tanto amó Dios al mundo que le dio su unigénito Hijo.

Hoy tenemos que completar y decir: Tanto han amado el Padre y el Hijo al mundo, que le han dado su Espíritu divino.

Aceptemos este don y consideremos qué es el hombre. El racionalismo y el naturalismo quieren engrandecerle esforzándose en colocarle bajo el yugo del orgullo y de la sensualidad; la fe cristiana nos exige la humildad y la renuncia; pero en pago de ello Dios se da a nosotros.

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En este día de Pentecostés, nuestro agradecimiento lo mismo se ha de dirigir al Padre que al Hijo; porque el don que nos viene del Cielo nos viene de ambos.

Desde la eternidad engendra el Padre al Hijo, y cuando llegó la plenitud de los siglos le envió al mundo como su mediador y salvador.

Desde la eternidad el Padre y el Hijo producen al Espíritu Santo, y en la hora señalada le enviaron a la tierra para ser entre los hombres el principio de amor, como lo es entre el Padre y el Hijo.

Jesús nos dice que la misión del Espíritu es posterior a la del Hijo, porque convenía que los hombres fuesen iniciados en la Verdad en la Fe por Él, que es la Sabiduría. En efecto, no habrían podido amar a quien no conocían.

Pero cuando Jesús, consumó su obra y su humanidad se sentó a la diestra de Dios Padre, en unión con el Padre envía al Espíritu divino para conservar en nosotros esta palabra que es espíritu y vida y preparación del amor.

Así lo enseña el Prefacio de la Fiesta:

Es verdaderamente digno y justo, equitativo y saludable que, siempre y en todo lugar, Te demos gracias a Ti, Señor santo, Padre omnipotente, eterno Dios, por Cristo, nuestro Señor. El cual, ascendiendo sobre todos los cielos, y sentándose a tu derecha, derramó este día sobre los hijos de adopción el Espíritu Santo prometido. Por lo cual, todo el mundo, esparcido por el orbe de las tierras, se alegra con profuso gozo. Y también las celestiales Virtudes, y las angélicas Potestades, cantan el himno de tu gloria, diciendo sin cesar: ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!…

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María Santísima, abrasada por el fuego del Espíritu Santo que había venido a confirmar en Ella la maternidad para con los hombres, que Jesús le había confiado en la cruz, se une en el misterio de amor a su Hijo amado que se ha ido al Cielo y le ha encargado el cuidado de la Iglesia naciente.

¡Qué dicha la de aquellos neófitos!, que merecieron acercarse a tal Reina, la Virgen Madre, a quien había sido dado el llevar en su seno castísimo al que era la esperanza de Israel.

Contemplaron el rostro de la nueva Eva, oyeron su voz, y experimentaron la confianza filial que inspira a los discípulos de Jesús. Y María, la Reina del Cenáculo, les recibió en sus brazos maternales cuando apenas acababan de nacer.

Hoy, cuando la mayor parte de los hombres se alejan del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, que la Reina de la Apóstoles siga intercediendo por nosotros y nos alcance de la Augusta Trinidad todas las gracias que necesitamos para perseverar en la Fe, la Esperanza y la Caridad. Amén.