CONSERVANDO LOS RESTOS
Sexta entrega
“La buena educación de los jóvenes es, en verdad, el ministerio más digno, el más noble, el de mayor mérito, el más beneficioso, el más útil, el más necesario, el más natural, el más razonable, el más grato, el más atractivo y el más glorioso”
San José de Calasanz

CAPÍTULO VI
DEL FIN DE LA SEGUNDA ENSEÑANZA
§ I
Los errores que hasta ahora hemos ido combatiendo en los sistemas modernos de enseñanza, como causas más o menos eficaces de la actual decadencia de los estudios, traen su origen de que tales sistemas, con el afán de sacar hombres plenamente instruidos de los colegios de instrucción media, en sólo esto ponen sus miras, descuidando al propio tiempo la indispensable tarea de preparar las facultades del niño para que estudie con provecho.
Por lo cual, antes de pasar a otro orden de consideraciones, deteniéndonos un breve espacio en el terreno pedagógico, demostraremos que el fin de la segunda enseñanza ha de ser principalmente esta preparación del alumno, que lo ponga en aptitud de emprender más tarde estudios superiores que requieren el pleno desarrollo de la inteligencia; y de pasada deducirán nuestros lectores que torciendo los sistemas modernos este fin, u olvidándolo del todo, comprometen seriamente el buen éxito de los estudios.
Es una ley general de la naturaleza que todo ser viviente tiene principios muy pequeños y sólo adquiere su perfecto desarrollo con el auxilio de agentes exteriores. Esta ley, más que en ningún otro ser, tiene aplicación en el hombre, por lo que toca al cuerpo y de un modo especial con respecto a su espíritu; pues como el cuerpo nace débil e imperfecto, necesitando de los cuidados paternos para crecer, de modo que cada uno de sus miembros se perfeccione convenientemente sin contraer vicios de conformación; así las facultades del alma están como aletargadas sin dar señales de sí, durante los primeros años del niño, y a medida que éste crece van ellas poco a poco manifestándose con un desenvolvimiento más tardío que el de los miembros corporales.
Y cuanto el espíritu es más delicado que el cuerpo y su formación de mayor trascendencia, tanto más necesita de una inteligente dirección que lo acompañe y ayude en su natural y progresivo desarrollo.
Sucede también que los diversos órganos del cuerpo, así los que sirven para las funciones de nutrición como los destinados a las sensaciones y movimientos, con ejercicios graduales y prudentemente combinados se vigorizan, mientras que sometidos a otros indiscretos y excesivos quedan enfermizos y endebles; pues de la misma manera las facultades del alma, sometidas a un ejercicio bien calculado, van gradualmente robusteciéndose y adquiriendo hábitos que les proporcionan gran facilidad para las operaciones subsiguientes; pero con ejercicios superiores a su fuerzas, en vez de robustecerse se quebrantarán, y si éstos no siguen el debido orden, es inevitable que contribuyan a ingerir hábitos viciosos y perjudiciales.

Trivium y Quadrivium: Estudios preparatorios clásicos
En el ánimo de quien atentamente considere estos hechos no puede menos de arraigarse la convicción profunda de que el espíritu del niño exige preparación prolija y bien dirigida para ser educado con provecho; pues el hombre en sus primeros años se halla cual planta tierna y delicada, que, si se la atiende con esmerado cultivo, podrá llegar a ser un árbol frondoso y corpulento, fecundo de sazonados frutos; y sí, por el contrario, se le abandona en los primeros tiempos, nunca pasará de ser un estéril y raquítico arbusto.
En lo cual hay todavía que considerar una circunstancia, a saber, que el tiempo apto para la formación de los jóvenes es necesariamente el período de la niñez y de la adolescencia, sin esperanza de recuperarlo; y por regla común y ordinaria, tal como salga el joven de este período, que es en realidad crítico respecto de sus adelantos ulteriores, así quedará toda su vida, o en camino de merecer un puesto de honor entre los sabios, o imposibilitado para pasar de una triste y oscura medianía.
Muy conforme con estas ideas es el calificativo, tan propio como expresivo, de estudios preparatorios, con que entre nosotros se denominan los que corresponden a la segunda enseñanza o instrucción media.
Igual significación entraña el nombre de gimnasios, que en Alemania llevan los establecimientos destinados a esta clase de estudios, sobre el cual escribe atinadamente el señor Lenormant:
“Ese nombre me parece muy bien elegido, puesto que muestra que lo que es necesario exigir a los jóvenes en tales establecimientos es puramente el ejercicio. Allí adquieren fuerza para las lides futuras, pero es en otra arena donde recogerán las palmas. Reunir los materiales, agilitar cada vez más las facultades, en una palabra, enseñar a estudiar, es el fin único de esta enseñanza preparatoria”. (1)
Y no es menos explícito a propósito de esto el sabio cardenal Gerdil, cuyas palabras son dignas de seria reflexión:
“No hay cosa más importante, dice, que la cultura de los primeros años, y son muy peligrosas las equivocaciones en este punto. El fin a que principalmente es necesario atender, no es tanto adornar el ánimo, como formarlo… La perfección de esta obra consiste en ejercitar el entendimiento, ponerlo en disposición de caminar por sí mismo, y hacerle ensayar sus fuerzas en la carrera que tiene abierta a sus ojos. Es tener mucho adelantado haber logrado comunicar al joven en los primeros años afición a instruirse, y aptitud de instruirse por sí mismo durante el resto de su vida; porque el aprendizaje de la sabiduría no tiene término”. (2)
Aunque en gracia de la brevedad omitimos otros testimonios de autoridad irrecusable, no podemos pasar por alto el de Quintiliano, maestro de príncipes, ejercitado durante veinte años en la enseñanza, y cuyo acierto en asuntos pedagógicos no pondrá en tela de juicio quien haya leído sus escritos, llamados con razón oráculos del buen gusto. Suya es esta sentencia que debería estar esculpida en la portada de todos los colegios de secunda enseñanza:
Pueris, quæ maxime ingenium alant, atque animum augeant, prælegenda; ceteris, quæ ad eruditionem modo pertinent, longa ætas spatium dabit. (3)
“A los niños se les debe enseñar lo que más contribuya a fomentar el ingenio y vigorizar el espíritu; para lo demás, que tan sólo se refiere a la instrucción, harto espacio darán los años venideros”.
§ II
Que el espíritu del niño antes de engolfarse en el inmenso piélago de los conocimientos humanos necesite ser hábilmente preparado, y que esta preparación constituya el fin principal y directo de la instrucción secundaria, ha sido en los pasados siglos principio inconcuso, como a ojos vistos lo demuestra la práctica universal y constante de nuestros mayores.
Entre los modernos, muchos son todavía los que están concordes en admitirlo; pero no faltan algunos, que, atraídos por el aliciente de la novedad o deslumbrados por el falso brillo de una ilustración postiza, quisieran que este fin no sea exclusivo: pues ¿de qué le servirá, dicen, a un niño que no ha de seguir carrera, el haber pasado seis o más años en puras preparaciones? En atención siquiera a estos jóvenes, es preciso que, durante el período de la instrucción media se dé a los alumnos una suma tal de conocimientos útiles que les permita hacer buen papel en la sociedad y desempeñar una multitud de puestos que requieren cierto grado de ilustración.

He aquí formulada la más fuerte objeción que se hace contra la doctrina que sostenemos, y que por cierto que tal dificultad es más aparente que real. Porque, si bien se considera, esta preparación, cuya imprescindible necesidad salta a los ojos, es a la vez instructiva, y no puede dejar de serlo; pues se realiza ejercitando las potencias del niño, y el ejercicio de las facultades cognoscitivas no se hace sin adquisición de conocimientos, que por el mismo caso de no ser tan múltiples y variados como los modernos pretenden, habrán de ser más sólidos, duraderos y fecundos.
De manera que al terminar el período preparatorio, el joven no sólo se encuentra con su ingenio perfectamente formado, y con sus facultades bien dirigidas en el recto modo de ejercitarse, lo cual no se compra a precio de oro; sino que tiene además asegurado un gran caudal de instrucción, ha recogido en su espíritu multitud de semillas que irán germinando en el porvenir, y ha infundido en su mente principios sanos que tienen constante aplicación en todos los estados de la vida, y son como cimiento inconmovible del edificio científico, que el estudio y la experiencia irán levantando con el correr de los años.
Y aquí es el lugar de insistir en que “el aprendizaje de la sabiduría no tiene término”, y que abogando por los estudios variados y múltiples para dejar a un mocito imberbe con conocimientos y aptitudes bastantes para emprender la tan manoseada lucha por la vida, los que se encastillan en la defensa de tales sistemas, y quieren que los jóvenes aprendan de todo en los primeros años, suponen prácticamente que salidos ya de las aulas no han de abrir más libros cuantos no aspiran a poseer un título universitario.
Más acontece por lo común que son muy contados los sujetos que, sin seguir carrera, dejen de leer en los periódicos las discusiones que se agitan sobre diversos asuntos, o de estudiar en las obras que se publican cuestiones de distintos géneros; y no es raro encontrar quienes dedican sus ocios al cultivo de la literatura, o a escribir en algún diario, y aun quienes toman parte en las deliberaciones de una academia o de un parlamento.
Pues para todo esto es sumamente útil preparar desde la primera edad el espíritu, aprender a estudiar por sí mismo, adquirir nociones fundamentales de las ciencias y ponerse en disposición de juzgar rectamente acerca de las varias materias que se presenten, como también saber preservarse de la infección de los errores de que están impregnados muchos de los escritos que en el día circulan, poder apreciar, según la norma del buen gusto, el mérito de una producción literaria, y expresar con claridad, propiedad y elegancia sus propios pensamientos.

Y aquí de paso cumple observar que si reclamamos lentitud y retardo en la enseñanza de los estudios científicos, concediendo más tiempo a la formación previa y total del alumno, no lo hacemos porque seamos enemigos de las ciencias, como algunos insidiosamente divulgan; sino que miramos por ellas más que nuestros contradictores, procurando que se estudien a su debido tiempo para que se aprendan con mayor solidez y provecho.
Pretender lo contrario para ahorrar tiempo, es ocurrencia semejante a la de exigir que lea uno que no conoce el alfabeto. Podrá aprender a repetir bien o mal unas cuantas palabras que oye; pero si en realidad se propone aprender a leer, será necesario que él mismo más adelante y con gran dificultad emprenda el trabajo que desde el principio era necesario, y que, auxiliado y dirigido convenientemente, hubiera ejecutado en menos tiempo y con facilidad, y es, el de conocer bien cada una de las letras, deletrear y acostumbrarse así despacio a leer por sí propio y con seguridad.
Pues si todos confiesan que es necesario este ejercicio para aprender a leer, y no juzgan perdido el tiempo que en él se emplea, aunque todavía no maneje libros el alumno; no se descubre la razón por qué no han de reconocer la necesidad de un aprendizaje para el recto uso de las facultades, aprendizaje tanto más laborioso cuanto a la dificultad de leer excede la dificultad de discurrir con acierto y solidez, de expresar con claridad, precisión y energía los pensamientos y los afectos, y de ordenar la voluntad al amor del verdadero bien.
Es por lo tanto imposible hacer que el niño aprenda las ciencias con provecho a los doce ni a los catorce años, porque no sabe leerlas; es decir, ni sus facultades están desarrolladas para comprenderlas debidamente por causa de la edad, ni preparadas por falta de ejercicio.
De lo dicho se infiere, que la enseñanza secundaria es de suyo, o propia y directamente lazo de unión entre la elemental y la superior, complemento de aquella a la vez que preparación para ésta; y que hacerla servir a otro objeto es abusar de la ciencia para acelerar su destrucción y aniquilamiento.

Lo cual no impide que, al preparar las facultades del alumno, le comunique, juntamente con la aptitud para instruirse por sí mismo, una suma tal de conocimientos que le habiliten para tomar parte en la vida social, con mayores ventajas que aquellos que, por miedo de perder el tiempo en estudios aparentemente inútiles, han perdido tiempo y trabajo remontándose con necia temeridad a la región de las ciencias con alas de cera, como el Ícaro de la fábula.
Concluyamos, pues, que los propagadores de los modernos sistemas con su afán de formar sabios prematuros impiden la formación del niño, cuya necesidad en teoría reconocen, y queriendo cosechar antes de la sazón, siegan en flor la mies, frustrando las más halagüeñas esperanzas.
Lo razonable y fructuoso es, que el cultivo del niño durante la segunda enseñanza sea cultivo formal más bien que material, y que antes ha de consistir en ejercitar sus facultades mentales que en adornarlas con conocimientos positivos; porque el cultivo material, si no va precedido del formal, no puede dar resultado provechoso, como no lo dará la semilla arrojada en un campo que primero no haya sido arado y convenientemente dispuesto.
Notas:
(1) De la enseñanza de las lenguas antiguas.
(2) Obras, tomo I, pág. 169, edic. rom. 37
(3) Institutiones oratorice, lib. I, cap. VIII, n° 8.
