P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

DOMINGO INFRAOCTAVA DE LA ASCENSIÓN

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre; el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí: y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros, porque no han conocido al Padre ni a Mí. Pero os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora os acordéis de que yo os lo dije.

Nos encontramos en el Domingo dentro de la Octava de la Ascensión de Nuestro Señor a los Cielos.

Vino a los suyos, y los suyos no le recibieron…

Aunque la luz brilla en las tinieblas, las tinieblas no la recibieron, no la acogen…; es más, la combaten…, a punto tal que Nuestro Señor tuvo que anunciarlo a sus discípulos: Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros, porque no han conocido al Padre ni a Mí.

Y comprobamos un serio contraste:

Por un lado, la Resurrección confirmó la misión divina que el Verbo vino a cumplir encarnándose; luego, la Iglesia que fundó enseñó en todas las naciones la verdad revelada, y en todas encontró almas dóciles que confiesan su Fe; en todo el universo la voz de la Iglesia hizo resonar el misterio de la gloriosa Trinidad.

Por otra parte, el rechazo, la obcecación, la persecución…

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Ante todo, ¿quién podrá explicar la fuerza triunfante de la fe?

San León Magno, intérprete del misterio de la Encarnación, comprendió esta doctrina con su penetración habitual y la expresó con la elocuencia que le es familiar. Escuchemos algunos párrafos persuasivos del Santo Doctor:

“Después de haber cumplido la predicación del Evangelio y misterios de la Nueva Alianza, Jesucristo nuestro Señor, subiendo al cielo ante las miradas de sus discípulos, puso término a su presencia corporal y debe permanecer a la derecha de su Padre hasta que se cumpla el tiempo destinado a la multiplicación de los hijos de la Iglesia; después vendrá como juez de vivos y muertos, con la misma carne con que subió.

Para hacer la fe más excelente y más firme, la vista fue reemplazada por una enseñanza, cuya autoridad, rodeada de una irradiación celestial, arrastra los corazones de los creyentes.

Por la virtud de esta fe, cuya energía aumentó la Ascensión del Señor y que el Espíritu Santo vino a fortificar, ni las cadenas, ni los calabozos, ni el destierro, ni el hambre, ni las hogueras, ni los dientes de las fieras feroces, ni los suplicios inventados por la crueldad de los perseguidores pudieron asustar a los cristianos.

Por la fidelidad en esta fe, todo el mundo, no solamente los hombres, sino también las mujeres, no sólo los niños y adolescentes, sino jóvenes delicados, combatieron hasta el derramamiento de su sangre. Esta es la fe que arrojó a los demonios, hizo desaparecer las enfermedades y resucitó a los muertos.

El momento en que el Hijo del Hombre, e Hijo de Dios, se manifestó de una manera más excelente y más augusta es aquel en que se retiró a la gloria y majestad de su Padre; porque entonces es cuando, por un proceso inefable, se hizo más presente por su divinidad a medida que su humanidad se alejaba más de nosotros.

La sustancia de este cuerpo glorificado ha permanecido la misma; pero la fe de los creyentes tenía en adelante su cita allí donde, no una mano de carne, sino una inteligencia espiritual es admitida a tocar al Hijo igual al Padre”.

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Con la partida del Señor se inauguró este reino de la fe, que debe prepararnos para ver eternamente el supremo bien.

Y esta dichosa fe nos da toda la luz compatible con nuestra débil condición para creer y adorar al Verbo consustancial al Padre y para tener conocimiento de los misterios que el Verbo Encarnado obró aquí en su humanidad.

Muchos siglos nos separan del momento en que se hizo visible en la tierra y le conocemos mejor que le conocieron y le gustaron sus propios discípulos antes de la Ascensión en el Monte de los Olivos.

Nos convenía, ciertamente, que se alejase; su presencia hubiera impedido el desarrollo de nuestra fe; y sólo nuestra fe puede llenar el intervalo que le separa de nosotros, hasta que entremos “en el interior del velo”.

Respecto a esto, San Pablo escribe con energía: “Para que tengamos un poderoso consuelo los que nos hemos refugiado en aferrarnos a la esperanza que se nos ha propuesto, la cual tenemos como áncora del alma, segura y firme, y que penetra hasta lo que está detrás del velo; adonde, como precursor, Jesús entró por nosotros, constituido Sumo Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec”.

El velo es la carne mortal de Jesús. El velo que ocultaba al Santo de los Santos en el Templo de Jerusalén simbolizaba esa Carne, es decir, la Humanidad santísima de Jesús; y por eso se rasgó al momento de su muerte. Era necesario que muriese y fuese glorificado, para que se cumpliesen las promesas dadas a los Patriarcas.

¡Cuán profunda es la ceguera de los hombres que no entienden el poder sobrenatural de la fe, por la que el mundo fue, no solamente vencido, sino transformado!

El mundo no comprende este Evangelio viviente de veinte siglos de fe, fruto de la confesión generosa de tantos millones de mártires, de la santidad de tantos justos, de la conversión sucesiva de tantas naciones, comenzando por las más civilizadas y acabando por las más bárbaras.

¡Esta es la victoria de la Fe!

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La Ascensión del Hijo de Dios Encarnado le ha procurado, por medio de la fe, un triunfo que le da la soberanía de las inteligencias.

Pero, del mismo misterio, resulta otra conquista: la victoria de la caridad, que hace reinar a Jesús en los corazones.

En efecto, desde la Ascensión del Redentor nadie ha sido tan amado por los hombres de todos los lugares y de todas las razas, como Él lo ha sido, lo es todavía y lo será hasta el fin.

Era necesario que se retirase para que creyésemos en Él, y también para que fuese amado de este modo… “Os conviene que me vaya”, dijo a sus Apóstoles.

Antes de la Ascensión, los discípulos estaban tan vacilantes en su amor como en su fe; Jesús no podía contar con ellos; pero, en cuanto desaparece a sus miradas, se apodera de sus corazones un entusiasmo desconocido. En vez de llorar su abandono, vuelven a Jerusalén, llenos de júbilo. Dichosos con el triunfo del Maestro, se olvidan de sí mismos y se determinan a obedecerle volviendo al Cenáculo, donde ha de venir a visitarles la Virtud de lo alto, el Espíritu Santo.

Observemos a estos hombres durante los años que van a seguir, recorramos su camino hasta la muerte; contemos los actos de abnegación en la inmensa labor de la predicación del Evangelio, y comprobaremos que no tuvieron otro móvil que el amor de su Maestro, que los sostuvo e hizo capaces de todo lo que han hecho.

Con decisión bebieron el cáliz, con entusiasmo saludaron la Cruz, al verla erguida y esperándoles… Fueron testigos, es decir, mártires…, dieron testimonio por su sangre…

Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre; el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí: y vosotros daréis testimonio…

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Pero no nos ciñamos tan sólo a estos primeros testigos; ellos habían visto a Cristo, le habían escuchado, le habían tocado con sus manos.

Volvamos nuestra mirada a las generaciones que no le han conocido más que por la fe, y veamos si esta caridad que triunfó en los Apóstoles ha faltado un solo día entre los cristianos.

Con los Apóstoles comenzó la lucha del martirio, que, desde la promulgación del Evangelio, nunca ha cesado del todo.

¿Por qué motivo tantos héroes y heroínas han permanecido firmes ante las torturas más afrentosas, han despreciado sonrientes las llamas de las piras y los dientes de las bestias feroces?

Ha sido para probar a Cristo su amor.

Recordemos las pruebas horribles que aceptaron con tanto ardor, no sólo hombres aguerridos en el sufrimiento, sino también mujeres delicadas, jóvenes doncellas y hasta los niños.

Recordemos las sublimes palabras y el noble entusiasmo que aspira devolver a Cristo muerte por muerte; y no olvidemos que los mártires del siglo XX, e incluso de nuestros días, han reproducido textualmente ante sus jueces y sus verdugos el lenguaje que usaban sus predecesores ante los procónsules de los primeros siglos. Pensemos en los Cardenales Mindszenty y Slipyj, entre otros campeones de la fe y de la caridad…

Sí, ciertamente, Nuestro divino Rey, que ha subido a los Cielos, ha sido amado como nadie lo será nunca, ni lo podría ser; porque no se podrían contar los millones de almas que, desde su partida, sólo por unirse a Él, han pisoteado las seducciones del amor terreno, sin querer conocer otro amor que el suyo.

Todos los siglos, incluso el nuestro en medio de su tibieza, han visto estos ejemplos, y sólo Dios conoce su número.

Todos los siglos han proporcionado una sucesión de apóstoles que, renunciando a los dulces lazos de la patria y de la familia, se lanzaron a socorrer a los pueblos que dormían en las sombras de la muerte.

¿Quién podrá decir las fatigas que se impusieron en ese trabajo, los tormentos que soportaron, para que el nombre de Jesús fuese anunciado, para que fuese amado por un salvaje o glorificado por un chino, o por un indio?

Contemos los miembros de las asociaciones caritativas que se han consagrado al alivio de los pobres y los enfermos. Veamos a las religiosas pagar su tributo con una heroica solicitud a la cabecera de los enfermos y moribundos.

Hasta el mundo queda mudo ante ese ejemplo; los mundanos se admiran al verse obligados a contar con un elemento tan indispensable a la sociedad, y que escapa a todas sus especulaciones. ¡Felices de ellos si llegan a conocer a Aquel cuyo amor es el único que realiza tales maravillas!

Contemos, si podemos, los actos virtuosos, los sacrificios hechos por ese inmenso pueblo cristiano en veinte siglos. Sólo la ciencia divina es capaz de abarcar todo este recuerdo.

Ahora bien, todo este conjunto de obras y de sentimientos, ¿qué es sino un incesante concierto de caridad que sube día y noche hacia Cristo, ese divino ausente que la tierra no puede olvidar?

¿Dónde hay un hombre que, por grata que haya sido la memoria que de sí haya dejado, se sacrifiquen por él, se muera por él, se renuncien a sí mismos por su amor, durante uno, diez, veinte siglos después de su muerte?

¿Dónde se encontrará un hombre cuyo nombre haga latir los corazones de tantos millones de hombres de todas las generaciones, las razas y los siglos, fuera de Jesús que, después de muerto, resucitó y subió a los Cielos?

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Y de este modo llegamos hasta nuestros días…, aciagos días de los últimos tiempos…, la otra faceta del misterio del catolicismo…

Ya tuvo lugar el misterio de la Ascensión; Jesús ya no se mostrará más a nuestras miradas hasta que venga en gloria y majestad. En adelante sólo la fe nos le revelará y sólo le podremos poseer por la caridad.

Tal es la condición de nuestra prueba, hasta que, como recompensa de esta fe y de esta caridad, seamos admitidos al interior del santuario.

Esperemos, con esa esperanza que nunca engaña. ¿Y cómo no hemos de vivir enteramente en esta esperanza, cuando Jesús nos ha prometido estar con nosotros hasta la consumación de los siglos?

Pero Jesús hizo más todavía por nosotros. Si se retiró, no lo hizo sin decirnos con una ternura infinita: “No os dejaré huérfanos”…

Cuando nos dijo: “Es necesario que me vaya”, añadió: “Si no me marchase no vendría a vosotros el Consolador”.

Este Consolador es el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo que descenderá incesantemente a nosotros, y que debe permanecer entre nosotros visible en sus obras, hasta que Jesús vuelva a aparecer para sacar a sus elegidos de un mundo que merecerá ser abandonado a las llamas.

Mientras tanto, el Espíritu Santo es quien produce la fe en las almas y, al mismo tiempo, derrama la caridad en los corazones.

Hemos visto la obra del Espíritu Santo realizada en el mundo por los Apóstoles y por los que les sucedieron, la conquista del género humano al nombre de Jesús, a quien “todo poder ha sido dado en el cielo y en la tierra”.

La lengua de fuego ha vencido, y el Príncipe del mundo, a pesar de sus furores, ha visto desplomarse sus altares y caer su poder.

Pero, si como lo anunció el mismo Jesucristo, traicionada y maltratada, ultrajada y privada de sus derechos, esta noble Iglesia debe sostener lucha con aquellos que durante mucho tiempo fueron sus hijos, tengamos por cierto que el Espíritu Santo no permitirá que falle en sus destinos.

Esta Esposa Inmaculada debe permanecer así, siempre desterrada, lejos de su Esposo. Lo mismo que María Santísima, que permaneció algunos años en la tierra trabajando en la glorificación de su Hijo, y finalmente fue asunta a los Cielos para reinar con Él, la Iglesia permanecerá militante aquí abajo el tiempo determinado para completar el número de los elegidos.

En estos últimos tiempos, la Esposa, siempre bella y digna de tal Esposo, disminuirá aquí abajo en proporción directa con su crecimiento allá en el Cielo.

En su alrededor, sobre la tierra, se dejará sentir la defección predicha por San Pablo. Los hombres la abandonarán y correrán hacia el Príncipe del mundo, que será desatado por poco tiempo, y hacia la Bestia, a la que será otorgado hacer la guerra a los santos y aun vencerlos.

Las últimas horas de la Esposa aquí abajo serán dignas de Ella; el Espíritu Santo sostendrá a Nuestra Madre hasta que llegue el Esposo.

Cuando venga el Paráclito, el que Yo os enviaré del Padre; el Espíritu de verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de Mí: y vosotros daréis testimonio, porque desde el principio estáis conmigo. Os he dicho esto, para que no os escandalicéis. Os echarán de las sinagogas y vendrá la hora en que, todo el que os matare, pensará hacer un servicio a Dios. Y harán esto con vosotros, porque no han conocido al Padre ni a Mí.

Mas después del nacimiento del último elegido, el Espíritu y la Esposa se unirán en un mismo grito: “¡Ven!”, dirán.

Entonces, el Emmanuel aparecerá en las nubes del cielo; la misión del Espíritu Santo habrá terminado; y la Esposa, “recostada sobre su amado”, se elevará de esta tierra ingrata y estéril al Cielo, donde le aguardan las bodas de la eternidad.

Os he dicho esto para que, cuando llegue dicha hora os acordéis de que yo os lo dije…

Pero estamos seguros que también ha de llegar el tiempo del que se ha escrito: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero; y su Esposa se ha engalanado; y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura –el lino son las buenas acciones de los santos. Luego me dice: Escribe: Dichosos los invitados al banquete de bodas del Cordero”.