TERCER DOMINGO DE PASCUA
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Un poco de tiempo y ya no me veréis: y de nuevo un poco, y me volveréis a ver, porque me voy al Padre. Entonces algunos de sus discípulos se dijeron unos a otros: ¿Qué es esto que nos dice: Un poco, y ya no me veréis; y de nuevo un poco, y me volveréis a ver y: Me voy al Padre? Y decían: ¿Qué es este poco de que habla? No sabemos lo que quiere decir. Mas Jesús conoció que tenían deseo de interrogarlo, y les dijo: Os preguntáis entre vosotros qué significa lo que acabo de decir: Un poco, y ya no me veréis, y de nuevo un poco, y me volveréis a ver. En verdad, en verdad os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, en el momento de dar a luz, tiene tristeza, porque su hora ha llegado; pero cuando su hijo ha nacido, no se acuerda más de su dolor, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo. Así también vosotros tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.
El magnífico Evangelio de este Tercer Domingo de Pascua termina con estas consoladoras palabras: Vosotros tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.
Las mismas nos invitan, pues, a reflexionar sobre dos temas conexos:
— La Alegría cristiana.
— La virtud de la Esperanza.
Temas vinculados y que influyen mutuamente entre sí, porque la Alegría cristiana engendra Esperanza, mientras que la Esperanza es fuente de Alegría.
En cuanto a la Alegría, no podemos negar que, a medida que los años pasan, experimentamos que en la vida hay más tristezas que consuelos. Nos damos cuenta de que esta tierra es, no solamente un valle de lágrimas y lutos, sino también, lo que es más lamentable, un lugar de escándalos y trampas.
Sin embargo, a pesar de todo, no dejemos de creer en el Evangelio de la Alegría. Escuchemos las voces negativas (por otra parte, es imposible no oírlas); pero, más allá de estas voces desastrosas, escuchemos la voz saludable del Señor, y no nos quebrantaremos, no perderemos la Esperanza.
No se trata de desconocer o negar los discursos negativos; pero es necesario oírlos en presencia del Señor; entonces, dejarán de ser negativos.
El Libro del Eclesiástico, en su capítulo XXX, enseña: No dejes que la tristeza se apodere de tu alma, ni te aflijas a ti mismo con tus pensamientos.
Vemos aquí condenada “la pasión de la desdicha”; esa meditación pesimista que es incompatible con la fe en la sabiduría y la misericordia paternal de Dios. El admirable elogio de la alegría, que sigue luego, es el mejor mentís para los que consideran al cristianismo como “la derrota al pie del Crucifijo”.
Dice el Sagrado texto: La alegría del corazón es la vida del hombre, y un tesoro inexhausto de santidad; el regocijo alarga la vida del hombre.
¿Cómo hacer, entonces, para no abandonar nuestra alma a la tristeza? ¿Evitando ver lo que vemos, en nosotros mismos y en torno nuestro, en la Iglesia y en la sociedad?
En verdad, para no abismarse en la tristeza y poder permanecer en la Alegría evangélica, no se trata de negar lo que se ve; sino de creer más allá de la evidencia, y de esperar y amar en consecuencia.
Si creo más allá de lo que veo, sé que, dentro de este tiempo tolerado al pecado, el tiempo de la victoria ya comenzó; y que el tiempo del pecado se suprimirá definitivamente cuando Dios Padre haya sometido todas las cosas a su divino Hijo, Jesucristo.
Lo propio de la Alegría evangélica es ser compatible con la tristeza, o con el abatimiento y la desolación; es ser, incluso, posible y brillar aun en medio de la tristeza misma, del abatimiento y de la desolación.
Más profunda que todos los dolores y todas las tristezas, esta Alegría procede de la misteriosa presencia (en lo íntimo del ser) del Señor Jesucristo, victorioso del diablo y de la muerte, que nos ama sin medida, que nos libró del mal y nos ha prometido la felicidad sempiterna.
Vosotros tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo.
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En cuanto a la Esperanza, sabemos que Cristo venció realmente los poderes malignos del pecado, de la muerte y del demonio; que en Él se cumplió toda la esperanza del Antiguo Testamento.
Pero ese cumplimiento no tiene todavía su estructura definitiva. Los cristianos han sido sacados del mundo; de ese mundo que Cristo ha condenado y que está abandonado a la muerte y caducidad. A los cristianos les ha sido prometida la existencia celestial, pero sólo en germen; la figura de este mundo está pasando, pero no ha terminado aún.
Caminamos hacia la meta, pero no hemos llegado a ella. Vivimos en el reino intermedio que se alarga desde la Resurrección de Cristo hasta su Segunda venida. Nuestro estado de cristianos tiene carácter escatológico.
A este hecho responde, precisamente, la Esperanza; en ella llevamos a cabo, espiritual y anímicamente, nuestra existencia de militantes en este Valle de Lágrimas.
Lo que el cristiano espera es la Revelación de la Gloria de Cristo, que implica la revelación de la gloria del cristiano con la resurrección de los muertos.
La Esperanza se dirige también a la protección de Dios en esta vida terrena; pero el cristiano debe dejar en manos de Dios lo que Él quiera hacer; tal vez quiera liberarle de los dolores o tal vez quiera que perezca para este mundo. Lo importante es que Dios sea glorificado.
La Esperanza no nos hace la vida más fácil; quien pone su esperanza en Dios, no cuenta con sucesos fantásticos que le liberen de las necesidades y de los dolores; con digna sobriedad acepta las cargas de la vida y su dureza y está incluso dispuesto a morir, con la certeza de que su gloria consiste en eso y está siempre más allá.
La Esperanza le da, por tanto, una nueva relación con el dolor. En ella vive la tensión entre el ahora y el después, entre la peregrinación y la patria. En virtud de la Esperanza, se eleva y soporta el dolor hasta la hora en que Dios quiera quitárselo.
En verdad, en verdad os digo, vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar. Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo.
La Esperanza da, pues, sosiego y seguridad, da paz y alegría en todas las situaciones, por dramáticas que sean.
La Esperanza es también señora sobre el gran poder de la muerte, contra el que nada pueden las fuerzas de este mundo. Quien no es capaz de aceptar la muerte dentro de su vida, no tiene más que esperanzas transitorias, en último término, no tiene Esperanza, por muchas alegrías que espere del futuro.
La Esperanza del cristiano abarca, pues, también la muerte; y ve en ella al poder transformador que le llevará a la gloria eterna y definitiva. Al cristiano no le atormenta la cuestión de qué vendrá después, pues cree y espera encontrarse con Dios, Uno y Trino.
¿Cómo puede llegar el hombre a esperar eso, si la vida diaria, con sus trabajos y preocupaciones, con sus desengaños y aparentes absurdos, parece ser un continuo argumento contra la Esperanza en la bienaventuranza, en la gloria y en la plenitud?
El hombre, de por sí, no podría llegar a esa Esperanza; es Dios quien la despierta en su corazón. Dios Padre nos ha engendrado para la Esperanza, según su gran misericordia, al resucitar a Jesucristo de entre los muertos. El Padre despierta en nosotros la Esperanza en la gloria, al engendrarnos para una vida nueva en su Hijo Unigénito.
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La Esperanza, que considera el bien futuro como posible, aunque sea arduo y trabajoso, impulsa el deseo para transformar eso posible en real, lo futuro en presente, lo perseguido en alcanzado, el bien deseado en gozado.
De esta manera, la Esperanza hace al hombre magnánimo; mientras que la falta de esperanza lo transforma en perezoso y pusilánime, en alguien que vive de sueños o fantasías, delirios de grandezas o, cuando menos, inútiles buenas intenciones, de las que está lleno el infierno…
Toda verdadera grandeza depende de la Esperanza. Es grande el que espera grandes cosas, y pequeño el que espera pequeñeces.
Y, al mismo tiempo, dependen también de ella la fortaleza, que permite soportar la adversidad y perseverar en la ardua búsqueda del ideal, así como la decisión y el temple de la voluntad.
La Esperanza del cristiano es cierta, no caben en ella dudas ni potenciales. Su certeza viene de la promesa divina. No necesita de sueños o quimeras, porque está seguro. Y no vacila.
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Pero aquí es conveniente, e incluso necesario, recordar la naturaleza de la Esperanza Cristiana y su relación con las esperanzas humanas.
El objeto de la Esperanza Cristiana es propiamente sobrenatural y teológico; consiste en la vida eterna, la bienaventuranza sempiterna con Dios.
El motivo de la Esperanza Cristiana es también sobrenatural y teológico: es la ayuda divina, la omnipotencia de la gracia de Jesucristo.
La consecuencia es la siguiente: Jesús no nos da a esperar los bienes terrestres, incluso los mejores; nos da a esperar los bienes celestiales; y, respecto de los bienes terrestres, pone en nuestros corazones algunas disposiciones para esperarlos, para poseerlos e incluso para renunciar a ellos o estar dispuestos a perderlos.
Jesús no nos dice que los bienes terrestres no valen nada, cuando de hecho son buenos. Pero nos enseña la infinita superioridad de los bienes celestiales; y nos dice cómo ser buenos nosotros mismos en la privación, la procuración, la posesión o la pérdida de los bienes terrestres.
Lo que nos concede es, como dice la oración del tercer domingo después de Pentecostés, pasar a través de los bienes temporales de manera de poder obtener los bienes eternos.
Es necesario esperar cristianamente estos bienes terrestres, es decir, esperarlos ni como suficientes ni como definitivos; y comprendiendo que ellos piden ser conectados con la esperanza de los bienes eternos.
La gran cuestión para el cristiano con respecto a los bienes pasajeros es saber si se ajustan a la voluntad de Dios, si son queridos por Dios para nosotros. Si la respuesta es afirmativa, la consecuencia será desearlos según Dios, y, si es necesario, dar su vida para defenderlos.
Dado el objeto la Esperanza Cristiana, se comprende que pueda subsistir en medio de la privación de los bienes pasajeros, incluso los más humanos, los más normales, los más conformes al derecho natural.
Si nuestros deseos tienden hacia el Cielo por la Esperanza Cristiana, cuando incluso todo lo que teníamos derecho a esperar para esta tierra venga a faltarnos, seremos capaces de no enfurecernos ni volvernos locos de rabia, porque esperamos que lo principal no nos faltará… Lo principal es para después de la muerte.
En cuanto al motivo o causa de la Esperanza Cristiana, no reside en la naturaleza, las circunstancias y los acontecimientos, sino en la Gracia todopoderosa que el Padre nos concede en su Hijo, en la Redención superabundante operada por Jesucristo.
La Esperanza Cristiana hace que estemos seguros, no solamente del Cielo, sino también de la Gracia, cualquiera que sea la situación donde el Padre del Cielo nos haya colocado, nos haya elevado o nos haya rebajado.
La Esperanza Cristiana, precisamente porque hace contar con la Gracia para ser fiel a aquello que Dios quiere actualmente, en tal situación, impide declarar demasiado deprisa que la batalla es imposible.
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Hay dos formas de falta de Esperanza. Una es la desesperación, la otra la presunción. Y en ambas se trata de una anticipación.
La desesperación es la anticipación antinatural de la no-plenitud; desesperar es descender anticipadamente al infierno.
La presunción es la anticipación antinatural de la plenitud.
Llamar a la desesperación y a la presunción anticipaciones, pone de manifiesto el hecho de que ambas destruyen el caminar característico de la existencia humana en el estado de viador.
Ambas suprimen el auténtico hacerse, el aún no de la plenitud.
Ambas formas de falta de esperanza petrifican y congelan lo propiamente humano, que sólo la esperanza puede mantener en fluidez viva; ambas son, en sentido auténtico, no humanas y mortales.
Enseña San Agustín: Estas dos cosas producen la muerte en el alma: la desesperación y la esperanza pervertida.
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La frase de Nuestro Señor “vosotros vais a llorar y gemir, mientras que el mundo se va a regocijar”, nos sirve para concluir, pues sabemos que los signos del Sermón Escatológico no se refieren sólo y exclusivamente a dos generaciones: la generación contemporánea de la primera venida del Señor, aquella que vio la ruina del templo, y la última generación, aquella que verá el retorno glorioso de Jesucristo; sino que estos signos se dirigen también, bajo muchísimos aspectos, a las generaciones que se encuentran entre las dos.
En efecto, acerca de los juicios que rigen el desarrollo de la historia, el Señor juzgó dignas de su enseñanza infalible las numerosas generaciones intermedias, que llegarían a ser, con mucho, las que contarían con el mayor número de fieles, las que formarían la parte más importante de su Iglesia.
Así pues, a las generaciones intermedias, entre la que conoció la ruina de Jerusalén y la que asistirá a la Parusía, el Señor hizo una doble revelación:
– anuncia los desbordes de la iniquidad y los castigos prodigiosos correspondientes,
– garantiza la permanencia de las fuentes del coraje y del consuelo.
Cualesquiera que sean, en efecto, los perfeccionamientos históricos de la iniquidad, sin embargo, esos días de prueba, por más peligrosos que sean:
– serán abreviados por causa de los escogidos;
– nadie podrá arrebatar las ovejas de la mano del Buen Pastor;
– la Redención no cesará de estar próxima y será preciso levantar la cabeza hacia Aquél cuyo Corazón está abierto para nosotros;
– el Espíritu Santo no cesará de dar testimonio de Cristo, incluso cuando la apostasía llegue a parecer sumergirlo todo.
¿Qué importa, entonces, la tribulación de los tiempos?
No hay cosa mejor para entregarse de lleno al Buen Pastor de nuestras almas, que seguir las perspectivas que nos abre el Salvador.
Por ahora, momentos de angustia…
Después, la alegría sin fin…, cuya plenitud colmará nuestros deseos y nuestra inteligencia…
Ningún poder creado es capaz de arrebatárnosla…
No temblemos, pues, ante los sacrificios; pensemos en la felicidad eterna que los recompensará…
Y recordemos lo que tantas veces hemos dicho y destacado:
Ante los eventos inminentes, los comunes e invariables (como son la familia, los hijos, lo económico, lo material, las enfermedades, la muerte…), así como los que son propios del tiempo que nos toca vivir (la apostasía generalizada, el epílogo del misterio de iniquidad y la llegada del Anticristo…), en vista de estos sucesos es muy probable que muchas o todas nuestras «seguridades» se pierdan…, y con ellas “nuestras esperanzas”…, e incluso La Esperanza…
Y, precisamente por eso, es importante y necesario tener presente que, de la misma manera que Nuestra Reina y Madre auxilió a los creyentes de todas las épocas, lo mismo hará con los fieles de hoy en día, ya sea guardándolos de algunos acontecimientos, o bien dándoles la fortaleza necesaria para sobrellevarlos.
Es indispensable destacar que María Santísima domina como soberana todos los tiempos de nuestra historia y, particularmente, el período más temible para las almas: el momento de la venida del Anticristo… Estos son los tiempos de la victoria, de la redención plenaria de Jesucristo y de la intercesión soberana de María.
Bienaventurados los que participan y profesan esta Fe; bienaventurados los que escudriñan las Sagradas Escrituras (cómo se nos ha mandado, en vez de perder el tiempo luchando contra lo que ya no hay tiempo de combatir), y por eso saben, aunque en el claroscuro de la Fe, que el final es hermoso. Ellos son bendecidos por tener Fe, ya que los mismos eventos serán insoportables para los incrédulos.
La comprensión de la misión de Nuestra Señora dispensará mucha luz e infundirá mucha fortaleza para seguir el camino trazado por Dios, al mismo tiempo que dispondrá las almas para recibir los méritos obtenidos por Ella y alcanzar su auxilio y protección.
Estaréis contristados, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo… Vosotros tenéis ahora tristeza, pero Yo volveré a veros, y entonces vuestro corazón se alegrará y nadie os podrá quitar vuestro gozo…
¡¡¡NADIE OS PODRÁ QUITAR VUESTRO GOZO…!!!

