P. CERIANI: SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

SEGUNDO DOMINGO DE PASCUA

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: Yo soy el pastor, el Bueno. El buen pastor pone su vida por las ovejas. Mas el mercenario, el que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, viendo venir al lobo, abandona las ovejas y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa; porque es mercenario y no tiene interés en las ovejas. Yo soy el pastor bueno, y conozco las mías, y las mías me conocen, —así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre— y pongo mi vida por mis ovejas. Y tengo otras ovejas que no son de este aprisco. A esas también tengo que traer; ellas oirán mi voz, y habrá un solo rebaño y un solo pastor.

Hemos llegado al Domingo del Buen Pastor, Segundo de Pascua, que trae la hermosa alegoría con la cual se personifica Nuestro Señor, el Pastor por antonomasia…, el Buen Pastor de nuestras almas.

Y de tan copioso Evangelio hoy deseo retener sólo esta frase: Así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre.

Pero, para intentar penetrar todo su contenido, debemos remontarnos hasta la vida íntima de la Santísima Trinidad.

El Verbo, dice San Pablo, es el esplendor de la gloria del Padre y la fidelísima imagen del Padre.

Desde toda la eternidad el Hijo expresa la perfección del Padre con una sola palabra infinita, que es Él mismo, y en esto está la gloria esencial del Padre.

El Verbo, palabra eterna, es un cántico divino de alabanza en loor del Padre.

Desde la eternidad, con este acto infinito y único, que es Él mismo, ha dado, da y seguirá dando una gloria eterna y adecuada al Padre; gloria que consiste en el conocimiento infinito que del Padre y de sus perfecciones tiene el Hijo, y en la apreciación infinita que de Él expresa: apreciación igual a Dios y digna de Dios.

Dios no necesita otra gloria.

Así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre… Como enseña San Juan Crisóstomo, “Aquí hay paridad de conocimiento”.

El Verbo lee también en su Padre los eternos decretos de sabiduría y de bondad, los misericordiosos designios realizados en la creación y la redención, en la institución de la Eucaristía, y los que cada día se realizan en la santificación de las almas.

Contemplando todos estos objetos, da gloria al Padre.

He ahí el himno infinito que resuena siempre en el seno del Padre, y que le es tan agradable.

El Verbo es el cántico que Dios se canta interiormente a sí mismo, que viene de las profundidades de la Divinidad; el cántico viviente en el cual eternamente Dios se complace, como expresión infinita de sus perfecciones.

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¿Y cuál es esta gloria que se tributan mutuamente las diversas personas?

El Padre engendra al Hijo. Le hace eternamente participante del don supremo, que es la vida y las perfecciones de la divinidad, y le comunica todo cuanto es Él mismo, a excepción de su “propiedad” de ser Padre.

Imagen sustancial perfecta, el Verbo es el esplendor de la gloria del Padre. Nacido del hogar de toda luz, Él mismo es luz, y se refleja hacia Aquel de donde emana.

De esta suerte, por el movimiento natural de su Filiación, el Hijo hace refluir hacia el Padre todo lo que tiene recibido de Él.

En esta mutua donación, del amor del Padre y del Hijo, como de su único principio de origen, procede el Espíritu Santo, que es caridad.

Este abrazo de amor infinito entre las tres divinas Personas completa la eterna comunicación de la vida en el seno de la Trinidad.

Tal es la gloria que Dios se tributa a sí mismo en la sagrada intimidad de su vida eterna.

Dios se tributa, pues, a sí mismo una alabanza perfecta e infinita. Nada absolutamente le pueden añadir todos los himnos de los Ángeles, de los hombres y del universo entero.

Y con todo, Dios exige de su criatura que se asocie a esta glorificación propia de su vida íntima.

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Pues bien, es verdad fundamental, revelada por Dios, que todo ha sido creado y hecho para su mayor gloria.

Dios, que nos ha dado todo; que se nos dio a sí mismo en la Persona de su amado Hijo Jesucristo, y con Él todos los bienes; que nos prepara una eterna felicidad en el goce de la Trinidad augusta…, celosamente se ha reservado una sola cosa: su gloria… Dice Él mismo: Yo, el Señor, no cederé a otro mi gloria.

En el siglo XIX, el Concilio Vaticano, en su Constitución Dogmática sobre la Fe Católica, definió que Dios sacó libremente a la criatura de la nada, por un acto de su bondad y de su omnipotencia al mismo tiempo, no para aumentar su bienaventuranza, ni para poner el sello a su perfección, sino para manifestar esa perfección por medio de los bienes de que colma a sus criaturas.

Citando el Concilio IV de Letrán, enseña: “Este solo verdadero Dios, por su bondad «y virtud omnipotente», no para aumentar su bienaventuranza ni para adquirirla, sino para manifestar su perfección por los bienes que reparte a la criatura, con libérrimo designio, «juntamente desde el principio del tiempo, creó de la nada a una y otra criatura, la espiritual y la corporal, esto es, la angélica y la mundana, y luego la humana, como común, constituida de espíritu y cuerpo»”.

Y el Concilio anatematiza, en el canon 5°, al que niegue que el mundo ha sido creado para la gloria de Dios.

De esto se desprende:

– que Dios ha creado el mundo para su gloria,

– que esta gloria consiste en la manifestación de sus perfecciones, por los dones que derrama sobre sus criaturas,

– que el motivo que le determina libremente a glorificarse de este modo es el amor de su bondad.

Por lo tanto, y prestemos mucha atención a esto, Dios une la felicidad de la criatura a su gloria: glorificar a Dios es nuestra bienaventuranza… Nuestra dicha eterna consistirá en glorificar a Dios por los siglos de los siglos.

Toda gloria, en efecto, debe encaminarse a Dios. Esta gloria es el fin fundamental de la obra divina.

Si Dios nos adopta por hijos suyos, si realiza esta adopción por medio de la gracia, cuya plenitud está en su Hijo Jesús, si quiere que tomemos parte en la felicidad de la herencia eterna de Cristo, es únicamente con miras a la exaltación de su gloria.

San Pablo insiste en ese punto: Dios nos ha elegido… para exaltación de la gloria de su gracia … Dios nos ha predestinado para que sirvamos de alabanza a su gloria.

Cada uno de los elegidos es fruto de la Sangre de Jesús y de las operaciones admirables de su Gracia; y todos los elegidos juntos son otros tantos trofeos adquiridos por esa Sangre divina; de aquí que constituyan una gloriosa alabanza de Cristo y de su Padre.

He aquí el plan divino…

¡Qué hermoso es repetir ahora, a la luz de esas verdades tan sublimes y consoladoras, la oración que Jesús, el Hijo muy amado del Padre, puso en nuestros labios, y que, viniendo de Él, es la oración por excelencia del hijo de Dios!:

¡Oh Padre Santo!, que estás en los Cielos, nosotros somos tus hijos, puesto que quieres llamarte nuestro Padre; sea tu nombre santificado, honrado y glorificado, y tus perfecciones alabadas y ensalzadas más y más en la tierra.

Mientras esperamos poder glorificarlo en el Cielo, reproduzcamos en nosotros mismos, por nuestras obras aquí en la tierra, el esplendor de su gracia, que es el esplendor de su gloria…

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Ahora bien, según el plan divino, la gloria que el hombre debe rendir al Señor trasciende los límites de la religión natural y se remonta hasta la Trinidad misma mediante el Sacerdocio de Cristo, único Mediador entre la tierra y el Cielo.

Tal es la magnífica prerrogativa del Sacerdocio de Cristo: ofrecer a la Trinidad, en nombre de la humanidad y del universo, un homenaje de alabanza agradable a Dios.

La grandeza de este sacerdocio consiste en asegurar esencialmente el retorno de toda la obra de la creación al Señor de todas las cosas.

La glorificación que se realiza en el seno de la Santísima Trinidad existía desde toda la eternidad, como el mismo Dios; y durará sin cesar, sicut erat in principio et nunc et semper

Y nosotros hemos sido llamados a unirnos a ella, tanto en la tierra como en el Cielo. Este es nuestro sublime destino.

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¿Cómo se lleva a cabo este espléndido plan de amor?

Sabemos que por la Encarnación el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

Mas no olvidemos que continuó siendo lo que era y tomó lo que no era.

Al asumir la humanidad, nada perdió el Verbo; sigue siendo lo que es: el Verbo eterno, y, por consiguiente, la glorificación permanente e infinita del Padre.

No obstante, como asumió, en la unidad de su persona divina, una naturaleza humana, esta santa humanidad participa, por el Verbo, en esta obra de glorificación.

La humanidad de Cristo es como el templo en que el Verbo recita su cántico de gloria al Padre.

Jesucristo, el Verbo encarnado, dijo: Yo vivo para gloria del Padre, y toda mi actividad a eso tiende.

Esta actividad corresponde a una naturaleza humana, glorifica a Dios de un modo humano; pero, como procede de una persona divina, las alabanzas que de ella dimanan se convierten en honores del Verbo, y adquieren por tanto un valor infinito.

A esto debemos añadir que son obras sacerdotales.

¿De dónde deriva el sacerdocio de Jesucristo? San Pablo nos enseña que el sacerdocio es de tal grandeza, que absolutamente nadie, ni el mismo Cristo en virtud de su humanidad, ha podido arrogarse esta dignidad. Es el mismo Padre quien ha constituido a su Hijo como Sacerdote eterno.

De esta suerte, el sacerdocio es un don del Padre a la humanidad de Jesús. Desde el momento mismo de la Encarnación, el Padre miró a su Hijo con una complacencia infinita y le reconoció como único mediador entre el cielo y la tierra y Pontífice sempiterno.

Cristo, Hombre-Dios, tendrá el privilegio de reunir en sí a toda la humanidad para purificarla, santificarla y conducirla al seno de la divinidad. Y, por esto, dará al Señor una gloria perfecta en el tiempo y en la eternidad.

En virtud de la unión hipostática, el Verbo penetró y tomó posesión del alma y del cuerpo de Jesús y los consagró. Al encarnarse el Hijo de Dios, se apoderó totalmente de la humanidad, y aquel fue el momento en que se verificó la consagración sacerdotal de Jesús.

Por una sorprendente y admirable prerrogativa de su sacerdocio, lo mismo en el Calvario que sobre nuestros altares, su sacrificio es divino, tanto por la dignidad del Pontífice cuanto por la excelencia de la Hostia inmolada.

Sacrificador y Víctima están unidos en una misma persona, y este sacrificio constituye el homenaje perfecto que glorifica a Dios.

La actitud de Cristo, Sumo Sacerdote, era de total reverencia y de adoración profunda. Y la causa de esta actitud era la visión que Jesús tenía de la inmensa majestad de su Padre. Él le conoce como nunca le podrá conocer criatura alguna.

Así como el Padre me conoce y Yo conozco al Padre…

Enseña San Agustín, con su habitual agudeza: Por sí, en efecto, conoce Él al Padre, nosotros mediante Él. Que por sí lo conoce Él, lo sabemos; y que nosotros le conocemos mediante Él, también lo sabemos, porque incluso esto lo sabemos mediante Él, pues Él mismo ha dicho: Nadie ha visto nunca a Dios, sino el Unigénito Hijo que está en el seno del Padre; ese mismo lo explicó con todo detalle. Mediante Él mismo también nosotros, a quienes lo explicó con todo detalle. Asimismo, asevera en otra parte: Nadie conoce al Hijo sino el Padre; y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo.

El abismo de las divinas perfecciones se abría claramente a su mirada: la santidad consumada del Padre, su soberana justicia, su infinita bondad. Esta contemplación le llenaba de aquel temor reverencial y de aquel espíritu de religión que deben animar al sacrificador.

¿Cuál fue la actitud íntima de Jesús como Víctima?

Fue también la de adoración, que aquí se traduce en la aceptación del aniquilamiento y de la muerte. Ante la justicia divina, se sentía cargado con el peso aplastante de todos los pecados y aceptaba plenamente el oficio de víctima.

Por eso, al entrar en este mundo, el Hijo de Dios ha tomado un cuerpo de víctima, apto para soportar el sufrimiento y la muerte.

En el momento mismo de su Encarnación, el primer movimiento de su alma santísima fue un acto supremo de religión. Fue un acto sacerdotal, preludio del sacrificio de la redención y de todos los actos del sacerdocio celestial.

Al entrar en el mundo, su alma, ilustrada por la luz del Verbo, ha contemplado la divinidad y, en esta augusta visión, le ha sido concedido el don de conocer la majestad infinita del Padre.

Al mismo tiempo, Jesús ha visto la injuria inmensa inferida a Dios por el pecado y la insuficiencia de las víctimas hasta entonces ofrecidas.

Ha comprendido que Dios, al revestirle de la humanidad, la había consagrado, con objeto de que ella fuese ofrecida como víctima y Él mismo fuese el sacerdote de este sacrificio.

Esta voluntad de glorificar al Padre, de satisfacer a su justicia y de ofrecerse por nuestra salvación jamás se ha revocado, sino que permanece arraigada para siempre en la entraña misma de su Corazón Sacerdotal.

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Resumamos y concluyamos in crescendo…:

El himno del Verbo, simplicísimo en la eternidad, se multiplica y detalla en los labios de su humanidad.

Así, pues, el himno, que desde toda la eternidad el Verbo hace resonar en el santuario de la divinidad, se prolongó en la tierra a modo humano al encarnarse el Verbo; y se prolongará sin cesar. Siempre cantará la humanidad de Cristo la gloria del Padre con un himno, humano en su expresión, pero de infinito valor, y el único digno verdaderamente de Dios.

Jesucristo contempla las divinas perfecciones en todo su esplendor; y tal contemplación es fuente de una inefable alabanza. Su conocimiento perfecto, hacen su alabanza infinitamente digna de Dios.

Contempla también la creación, y viendo en las criaturas un reflejo de las perfecciones del Padre, se constituyó en Pontífice suyo para devolverlas a Dios.

De aquí nació en el alma de Jesucristo el culto perfecto que le compete como Pontífice supremo en el cual el Padre tiene puestas todas sus complacencias.

Jesucristo, uniendo a sí la Iglesia por Él fundada, le da el poder de adorar y alabar al Padre; de ahí dimana la Santa Liturgia.

Es esta la alabanza del mismo Jesucristo, Verbo Encarnado, a través de los labios de su Esposa Inmaculada.

En el Apocalipsis vemos a los elegidos, al coro de la Iglesia triunfante, adorar al que está sentado sobre un trono, ensalzando sus perfecciones inefables: Digno sois, Señor Dios nuestro, de recibir gloria, honor y virtud…

En la tierra resuena el coro de la Iglesia militante, llamada a ocupar algún día su lugar junto a los elegidos; mas este coro resuena también ante el trono de Dios.

Forman ambos una misma coral a dos voces: la coral de la Iglesia una, cantando el único himno de la gloria divina, en una ejecución animada y dirigida, acá y allá, por el mismo Pontífice Supremo, Jesucristo.

Estamos especialmente unidos con el Verbo Encarnado cuando cantamos, con Él y por Él, la gloria del Padre…

Mientras esperamos y anhelamos que se cumpla la divina promesa y habrá un solo rebaño y un solo pastor”…, cantamos en este valle de lágrimas:

Gloria in excelsis Deo, et in terra pax hominibus bonae voluntatis.
Laudamus Te, Benedicimus Te, Adoramus Te, Glorificamus Te.
Gratias agimus Tibi Propter magnam gloriam tuam.