NUESTRA SEÑORA DEL VALLE

NUESTRA SEÑORA DEL VALLE DE CATAMARCA

En la provincia de Catamarca, al noroeste de la Argentina, entre los años de 1619 y 1620 fue hallada una pequeña imagen de la Virgen en una gruta oculta en el monte agreste.

El misterio rodeó por siglos la existencia de esa imagen, que era venerada en secreto por los nativos del lugar. ¿Cómo llegó allí? Nunca se supo.

Este descubrimiento, al impulso de los milagros sorprendentes que se produjeron a partir de la veneración a la Madre del Verbo, suscitó el desarrollo de una advocación que perdura a través de los siglos.

La difícil convivencia del español con los naturales del lugar (Calchaquíes fundamentalmente) hizo que nuestra Madre Celestial decidiera tender un puente entre los pueblos, como lo hizo en México, con la Guadalupana y en tantos otros lugares de América, como ya hemos visto.

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Fuente: Historia Popular de la Virgen del Valle, del Presbítero Alberto Santiago Miranda

Cómo se encontró la Imagen

Entre 1619 a 1620, sobre las lomadas de Choya, un indio, de los jornaleros al servicio del vizcaíno Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes y percibe voces apagadas y un rumor de pisadas en la arena movediza y cálida de la estrecha quebrada que corría en la hondonada. El instinto de su raza lo impulsa y se oculta atisbando entre “tuscas” y punzantes “chaguares”. En verdad que era incómodo el improvisado escondite; pero no le importaba pues la posición satisfacía el de espiar sin ser descubierto.

Allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera. Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus voces, mitad kakan, mitad castellano se mezclaba con el susurro del viento. El indio no pudo comprender lo que decían pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares. A las últimas luces del día, vio que llevaban lamparillas listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes flores de la montaña.

En aquellas horas le fue imposible ver más y tampoco quiso seguirlas; pero su espíritu se turbó. Sin saber por qué, con una gran curiosidad, no sabía explicarse lo qué sentía. Luego emprendió el regreso a los ranchos de Choya a donde fuera enviado por su señor desde el pueblo de Motimo (hoy San Isidro) lugar en que habitualmente residía el Administrador del Valle.

Al despuntar el alba del día siguiente, retornó a sus tareas y lo visto la tarde anterior volvió a preocuparlo por lo que regresó afanoso hacia aquellos parajes. Pronto dio con las huellas. Unas pocas, frescas; las más, ya de cierto tiempo. La pericia que caracterizaba a estos hombres en el arte de rastrear, le facilitó seguirlas sin desviarse un ápice. Mientras recorría el sendero, silencioso y tenaz en su empeño, iba comprendiendo que ese camino era muy transitado.

Contando desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco kilómetros, remontó la quebrada como unas quince cuadras, cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero al que podía llegar con relativa facilidad. Hacía aquel lugar se dirigía el frecuentado sendero. Lleno de asombro continuó investigando y vio cómo, al pie del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta espacios bien talados donde evidentemente habían encendido fogatas e incluso bailado sus hermanos las tradicionales danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones vio rústicos asientos, restos de pequeños “fogones” y llegó a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo un tanto secreto.

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El Hallazgo

El indio se propuso entonces, ver qué significaba aquello. Su afán por descubrir el misterio le hizo trepar cautelosamente hasta el mismo nicho y a su entrada quedó como clavado por lo tan imprevisto y hermoso que veía.

Allá al fondo de la gruta se descubría una Imagen de la Santísima Virgen María, era pequeñita, pero muy linda, era como algunas que había visto en casas de los españoles. Esta era de rostro morenito y tenía las manos juntas. Lo atraía misteriosamente y allí se quedó contemplándola por mucho tiempo.

Cerca de la Imagen, se advertían muchas candilejas todas apagadas y algunas semiocultas por la abundante y fina arena que el viento iba juntando entre las piedras.

De esto, pasaron seguramente algunas semanas, quizá hasta meses, cuando el indio seguro ya de su descubrimiento, se determinó a dar cuenta del mismo, a su amo. Un día se le acercó y le narró todo.

El indio humilde y manso, afirmaba que no mentía, que había visto muy repetidas veces la pequeña imagen. Que allí estaba entre las piedras y era morenita como los indios y por eso también la querían.

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La Gruta

La gruta en que fuera encontrada la Imagen de la Santísima Virgen María, por el indio cristiano al servicio de Don Manuel de Salazar, se encuentra en las primeras estribaciones de las serranías de las serranías del Ambato. Dista unos siete kilómetros de la Ciudad Capital de la Provincia de Catamarca, hacia el norte.

Actualmente, el histórico y venerado lugar, donde nos consta que se encontró la Sagrada Imagen, está protegido por un templete al que se llega a través de una hermosa escalinata de piedra de la zona.

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Salazar lleva la Imagen a su Casa

¿Cómo había ido a parar en aquellos lugares una imagen de la Virgen María? Ella, Reina de la Luz y de la Gloria, con su Imagen siempre hermosa y venerada en la tierra, ¿no sería causa de que los nativos volvieran a sus antiguas idolatrías? Por ello, Salazar decidió cerciorarse personalmente de la veracidad de aquel extraño relato, yendo al lugar descrito por el indio.

Se dirige con el nativo al lugar y nicho mencionados. Cuando los choyanos se enteraron que el Administrador del Valle venía en dirección a la gruta, entonces comenzaron a reunirse apresuradamente.

No sabían por qué, pero aquella Imagen, morena como sus rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes. Ante Ella, los pesados afanes de la jornada se diluían en el sabor de una esperanza que no alcanzaban a comprender, por eso no permitirían que se la llevasen.

Y llegó Salazar hacia el anochecer con el fin de sorprenderlos en lo que él imaginaba, desenfreno y desorden. Nada de eso. Sí un silencio expectante y completo y verdadero recogimiento.

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Al llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual su servidor se la había descrito. No cabía duda; era la Imagen de la Reina del Cielo, soberana en su advocación de la Pura y Limpia Concepción.

De inmediato dispone no dejar un momento más la Imagen en aquella agreste y desolada cueva. Y del modo más amable pero firme manifiesta a los presentes que la llevará consigo a sus “heredades” de Motimo.

Los indios comienzan a expresar quedadamente su descontento y dicen a media voz: “Si es nuestra, nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende”.

Salazar insiste en su determinación; lo que acentúa la resistencia de los indios, comienzan las lágrimas y los ruegos; pero el español se mantiene firme, y allí mismo, tomándola delicadamente en sus manos, la lleva reverente a su casa.

Con una pena muy honda en sus corazones, vieron los nativos pobladores de Choya alejarse de su gruta aquella Imagen que hasta entonces (y no sabemos desde cuándo) había constituido para ellos un imán misterioso, pues los atraía y los mantenía reunidos alegres y distraídos de sus duros afanes.

La vieron irse, llevada por el español, mas no se sintieron despojados de modo definitivo, por lo que se calmaron pronto. Es que Dios obra en las mentes y en los corazones de sus hijos siempre con infinita sabiduría y bondad. Así, en el silencio de sus mentes sencillas, les enseñó que aquella era una Imagen de la que es Madre de todos, que seguiría siendo Madre de ellos, aun, permaneciendo entre los españoles.

La Imagen vuelve a la Gruta

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La imagen es de las llamadas de encarne, modelado en relieve y pintada, tiene manto, peto, cinturón azul y un vestido, pintado al estofado, dorado por debajo y pintado luego de varios colores por encima. El vestido cae ocultado los pies, en el cuello lleva una puntilla blanca, le ciñe a la altura de la cintura un cinto azul con listones dorados y florcitas rojas.

Salazar lleva la Imagen a su casa y le construye una humilde repisa donde la ubica, quedando a buen recaudo. Los miembros de la familia y sus allegados rivalizarían con Don Manuel en adornarla con hermosas flores, sin descuidar los cirios encendidos al caer de la tarde de los sábados, cuando reunidos todos rezarían devotos el Santo Rosario.

La Madre del Valle no desdeñaba el amor profundo y sincero del piadoso Salazar. Más no quería dejar de ser la protectora general de todo un Valle, y con el correr de los años de toda una extensa región.

¡Maravilloso! Según numerosas declaraciones aseguradas con juramentos de múltiples testigos, este deseo de la Madre del Cielo se puso de manifiesto con el primer hecho portentoso conocido en el Valle.

Salazar, al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo, antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar a la “Madrecita Morena” que reinaba en su casa desde una repisa. Pero no la encuentra. Al preguntarle a su esposa, Beatriz, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior, asegura, estaba la imagen en su repisa y no sabía que hubiera entrado persona alguna a la casa.

Desconfiando del indio a su servicio, lo llama y un tanto apremiante lo interroga averiguándole acerca del paradero de la Imagen. Pero el indio asegura que él ignora totalmente de lo que se le pregunta. Pero dice claramente que él también la vio por la noche en la repisa. Por lo que a su vez pregunta con voz temblorosa y hasta desconsolada: “La Mamá Achachita … ¿no está?”

A todo esto, ya entrada la mañana, el Administrador del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen ya entre los amigos, ya entre vecinos más alejados. Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno y labranzas para buscar la Sagrada Imagen por todas partes.

¿Estaría de nuevo en su gruta? ¿Por qué no buscarla allí? ¿A lo mejor, algún indio audaz habría entrado de noche a su casa, llevándosela a pedido de los nativos pobladores de Choya?

Pero esto, era poco menos que imposible. Nadie, y menos un aborigen o nativo de la zona, podía entrar al poblado en ninguna hora del día o de la noche sin ser reconocido y controlado severamente.

Sin embargo, se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la imagen… y ¡Oh prodigio! Allí estaba, tal cual la viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios. No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas que dijeran que alguien hubiera estado allí antes que él.

Apresuradamente la levanta con mucho cuidado, como si fuera algo vivo y muy delicado, la acaricia con sus manos de labriego, besa reverente las manitas juntas y se la lleva gozoso y precavido como cuando se carga un niño pequeño.

Llegado a la población y a la casa, la coloca en su sitio; y día y noche multiplica la vigilancia. Pero todo fue inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya a “capturar a la Fugitiva” y traerla de nuevo a su casa, no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.

Es que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares, junto al dulce amor de sus corazones sencillos, humildes y por eso buenos.

Primer Templo en honor de la Virgen del Valle

El suceso extraordinario de que la Imagen volvía a su gruta, sin poderse dar explicación satisfactoria de cómo ocurría, comenzó a despertar lógica atención y a reunir gran cantidad de personas en la casa del colono vizcaíno que no solamente oraban, sino preguntaban de continuo sobre lo que estaba ocurriendo.

De este modo, en la humilde casa de Salazar, la modesta imagen de la Virgen comenzó a transformarse en centro obligado de un auténtico culto mariano.

Es lógico pensar que, al ver Salazar y los demás vecinos el auge que iba tomando esta devoción mariana comprendieran perfectamente que debían dar solución al problema del espacio para las reuniones de culto privado que se realizaban ya con frecuencia. A esta Reina y Madre le hacía falta un lugar más amplio y un trono más adecuado al reinado espiritual que comenzaba a extenderse por la región.

Según las declaraciones juradas de diversos testigos, que sabían por tradición transmitida cuidadosamente de generación en generación, se llevó en andas y con gran solemnidad la Virgencita Morena desde la casa del vizcaíno a la flamante capilla que le dedicaba su pueblo.

La Imagen fue luego trasladada a la primera Iglesia Matriz y finalmente a su ubicación actual.

La Imagen

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Al describir la Sagrada e histórica Imagen de la Pura y Limpia Concepción, ya desde 1645, bajo la advocación de Virgen del Valle, nos remitimos a cómo la vio en su tiempo (y que salvo pequeñísimos detalles, se conserva hoy en día) el máximo historiador de Catamarca y de esta portentosa Imagen, el erudito sacerdote lourdista Antonio Larrouy.

“La muy venerada estatuita de Nuestra Señora del Valle representa a la Virgen Santísima en el misterio de su Concepción Inmaculada; de pie, la media luna bajo sus plantas, las manos juntas ante el pecho, mirando al cielo sonriente.

En conformidad con una antigua costumbre española, la Imagen fue vestida desde los principios y vestida ha quedado siempre. En la actualidad, encerrada en una vitrina o urna como se dice comúnmente, está envuelta en amplios y lujosos paramentos.

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Las vestiduras constan de túnica blanca y largo velo azul. No dejan visible más que el óvalo del rostro y las manos que sobresalen de una hendidura de la túnica y ocultan un conjunto formado por tres piezas distintas: un pedestal de 24 centímetros de alto; una peana de 10 centímetros y la Imagen propiamente dicha que mide 42 centímetros desde la cabeza hasta los pies.

Coronación de la Imagen

Pío IX impuso las normas y costumbres para que el Capítulo Vaticano pudiera delegar en dignatarios eclesiásticos la facultad de coronar imágenes de la Santísima Virgen, que por su antigüedad y culto u origen maravilloso, junto a hechos extraordinarios y repetidos, hubieran dado fama a sus Santuarios.

Por decreto Vaticano de 1889 se concede la coronación de la Imagen de la Virgen del Valle de Catamarca en virtud de los innumerables prodigios que realizó en toda la región del noroeste argentino.

Las festividades de la Virgen del Valle se realizan el 8 de diciembre de cada año, en coincidencia con el día de la Inmaculada Concepción de María, y el sábado anterior al segundo domingo después de Pascua.

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EL SANTUARIO

La Catedral Basílica del Santísimo Sacramento y Santuario de Nuestra Señora del Valle se encuentra en la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, capital de la provincia de Catamarca.

El templo actual es el tercero levantado en ese lugar. La primera capilla se inauguró en 1695; la segunda fue construida entre 1734 y 1744.

En 1859 se empieza la edificación de la catedral, inaugurándose en 1869, aun sin estar totalmente terminada la obra, la cual se finaliza en 1875.

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De estilo neoclásico, la fachada hacia la plaza 25 de Mayo, con sistema de dos torres de 42 metros cada una (torre reloj al norte y torre de campanas al sur), que acompañan el ingreso a la nave principal, a la que antecede un pórtico que hace de atrio, de influencia grecorromana que remata en cornisa horizontal, el frontis triangular hacia el plano de arranque de la nave principal. La hilera de ocho columnas del atrio es interrumpida por un arco central contenido en pilares, dando forma de arco triunfal.

Los elementos decorativos utilizados: capiteles compuestos como remate de columnas y pilares, las torres en tres secciones: la primera en basamento, la segunda que es la base del campanario, el tercer tramo más decorado y con aberturas hacia los cuatros puntos cardinales y remata en cúpulas nervudas. El revestimiento es de mayólicas francesas Pas de Calais, los muros de rosa toro, color original de la época de la construcción.

Interior del templo predominan los estilos corintio y toscano, con columnas rectangulares que sostienen los arcos y bóvedas desde el techo. Con una nave principal y dos laterales, con varias capillas cada una con un altar o vitral.

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El Altar Mayor lo realizó el arquitecto Demarchis con estilo propio. Está flanqueado por ángeles oferentes. Su mesada baja contiene el sagrario en el centro. Ocho columnas lisas de capiteles corintios con dos nichos adicionales con sobre-relieves. El segundo nivel tiene cuatro columnas con las mismas características que las anteriores. Ellas sostienen la urna dorada y vidriada donde se encuentra la imagen de la Virgen del Valle. La misma posee un mecanismo que la hace girar cuando se realizan las misas. El resto del tiempo Nuestra Señora mira para el camarín. La cúpula del ábside representa al Espíritu Santo. Rayos dorados resaltan sobre un celeste similar al cielo catamarqueño. Cuatro imágenes de bulto están presentes flanquean el altar. En las puertas del presbiterio vemos otras dos imágenes de bulto.

Los lunetos abiertos permiten una iluminación natural a la nave.

Las pinturas del techo están realizadas con la técnica denominada marouflage (se pinta sobre un bastidor que más tarde es adosado a la arquitectura). Pertenecen al artista italiano Nazareno Orlandi, autor también de las obras de Iglesia del Salvador en Buenos Aires y la Catedral de Córdoba. Se colocaron en la conmemoración de las bodas de oro de la coronación de la imagen, 1941.

Cada paño representa un prodigio de Nuestra Señora del Valle:

1- Representa la desaparición de la Imagen de la casa de Manuel de Salazar, su búsqueda y de cómo Salazar la vuelve a su casa.

2- Incendio del algodón en el domicilio del español y de como este la lleva para que apague las llamas

3- Muestra las guerras calchaquíes y como la Virgen evita la masacre entre españoles y nativos.

4- Muestra a la Virgen exterminando las plagas de gusanos y langostas.

5- Es el recuerdo del nicho abierto, soltado las cerraduras, en obsequio a una peregrina santiagueña.

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Descripción de la Capillas internas

Algunas son simples otras tienen retablos. Allí se colocan oleos, y en algunos casos poseen imágenes. Todos tiene comulgatorio.

Lateral izquierdo o sur de la Catedral

Capilla 1: dedicada a Cristo Rey, con una imagen de bulto. Es una devoción promulgada por el Papa Pio XI en 1925. Se lo ve a Jesús en un trono. Antiguamente era el baptisterio.

Capilla 2: dedicada a la Santa Cruz. Su altar está realizado en mármol. La Cruz posee la caladura donde se coloca una astilla de la Vera Cruz. Debajo en una hornacina vemos a Jesús crucificado, realizado en madera. En la base, tras una urna vidriada, se haya la imagen de Cristo Yacente, construido en madera. Tiene la particularidad de ser articulado. A su lado la Virgen en su tránsito al cielo. El texto en latín sobre el mármol dice: “He aquí el leño de la cruz en el cual la salud del mundo pende. Canta lengua gloriosamente al laurear, al certamen sobre la cruz, trofeo de un triunfo noble” A la derecha, sobre una mesa una réplica de la imagen de la Virgen de Lujan, donada por un Obispo de Lujan de Cuyo.

Capilla 3: bajo la advocación de las Ánimas. Es un altar de mármol. Con una pintura al óleo de la Virgen del Carmen, patrona de la Buena Muerte, traída desde el Cuzco. Antiguamente allí se celebraban las misas en el día de los difuntos. La pared de la izquierda tiene un cuadro de grandes proporciones donde se representa a San Vicente de Paul, fue donado por la Congregación Vicentina. Enfrentado a este, sobre una peana esta la figura de San José con el Niño. Sobre la base vemos dos pequeñas imágenes una de San Expedito (izquierda) y la otra de Santa Elena (derecha).

Capilla 4: dedicada a San José. Es el antiguo retablo del Altar Mayor de la Iglesia Matriz. Supo ser el primer trono de la Sagrada Imagen de la Virgen del Valle. Allí celebró misas Fray Mamerto Esquiú. Está construido en madera y pintado en color dorado de estilo barroco. Es de tres calles e igual cantidad de pisos. En el ático una corona en sobre-relieve sostenida por dos ángeles. La calle central posee la imagen del Santo con el Niño dentro de una hornacina con arabescos pintados en oro. A ambos lados sobre peanas vemos a San Roque a la derecha y a Santa Rosa de Lima a la izquierda. El banco es sencillo con sobre-relieves también pintados en dorado. Fue construido en Tucumán en 1908 por el ebanista J. Bernacosni. La cúpula del techo rememora la creación de la Catedral Basílica.

Capilla 5: dedicada a la Pasión. Es un retablo construido en tres tipos de mármoles. Realizado en Rosario por Felipe Cano en 1896. Es de una sola calle. Es un claro exponente del estilo barroco. Con una alta carga de simbología que hacen referencia a la pasión sufrida por Jesús. La esponja, la lanza, el martillo, la corona de espina. El ático tiene la reproducción del rostro del Santo Sudario sobre un fondo de lanzas doradas. El Cristo crucificado se encuentra entre dos columnas de mármol negro. Sobre el fondo se observa a Jerusalén. A la izquierda de esa imagen de bulto vemos una figura de vestir, Nuestra Señora de los Dolores o “La Dolorosa”. Del otro lado el apóstol San Juan. También de vestir e interpretamos por su factura que es anterior a la construcción de la Catedral Basílica.

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Lateral derecho o norte, de la Catedral

Capilla 6: dedicada a la Virgen del Rosario. Es un altar construido en mármol con la parte superior en mampostería. El ático tiene el escudo rosarino. Por debajo, dentro de una hornacina una antigua imagen de vestir. Allí María coronada está con un manto celeste y un vestido rosa. Sostiene al Niño en una mano y al rosario en la otra. Dos columnas de mármol de cada lado la flanquean. Debajo los ángeles sirven de custodia.

Capilla 7: dedicada al Sagrado Corazón de Jesús. Es un sobrio altar de mármol, construido por Felipe Cano en Rosario, en 1897. En este altar se guardaban las reservas de las formas consagradas, y el trono estaba destinado a la exposición del Santísimo Sacramento. Hoy el trono expone la imagen en bronce del aposto San Pedro (replica en menor escala de la imagen que se encuentra en la Basílica de San Pedro en la ciudad del Vaticano).

Capilla 8: dedicada a San Fernando, imagen de bulto traída de España, en honor al Santo que le dio nombre a la ciudad capital de la provincia. Por fondo vemos una fotografía nocturna de la ciudad. Su fundador, Fernando de Mendoza y Mate de Luna, informó al Rey que dio el nombre de San Fernando a la nueva ciudad, por haber llegado en ese día al Valle de Catamarca, es decir un 30 de mayo. San Fernando fue el rey Fernando III de León y Castilla y es el Patrono de España junto al Apóstol Santiago y protector de cautivos, desvalidos y gobernantes.

Capilla 9: dedicada al Nacimiento. Un imponente marco de mármol blanco encuadra una réplica de la obra de Murillo: “La adoración de los pastores”. Nos representa el Nacimiento de Cristo en un pesebre junto a su Madre con la tradicional ropa roja y manto azul y su padre adoptivo representado como un anciano, rodeados por unos pastores de todas las edades. Debajo una urna con el pesebre con imágenes de bulto. Es un altar de mármol construido por Felipe Cano, en Rosario, en 1898.

Capilla 10: dedicada a Nuestra Señora de Guadalupe. La imagen es copia fiel del sagrado ayate de San Juan Diego Cuauhtlatoatzin. El marco de madera que resguarda la copia fue tallado por los presos del Servicio Penitenciario de la Provincia. El altar es de mármol, se puede observar en la base un sobre-relieve con los monogramas de la Virgen y de Cristo. Lo construyó Felipe Cano en 1898, en Rosario.

Capilla 11: dedicada a San Juan el Bautista, la pila bautismal que allí se encuentra perteneció al antiguo baptisterio. El altar es de mármol blanco. Está construido por Pacheco y Arderiu en 1909. Sus 4 columnas son de mármol rosado y tiene apliques en mármol verde. En el ático descansa un cordero, que simboliza a Cristo.

EL CAMARÍN

El 5 de mayo de 1916, al conmemorarse las bodas de plata de la coronación de la Imagen de la Virgen del Valle, el Obispo, Monseñor Bernabé Piedrabuena, inauguró la obra construida por el arquitecto Isaac Lecuona.

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Tiene tres naves y una bóveda de crucería. Cuatro esbeltas y delgadas columnas de marmóreos zócalos de cada lado. Su estilo es neo-románico en los arcos y neo-gótico en las columnas.

Se accede, desde el patio lateral izquierdo, por gastadas escaleras de mármol. Una se utiliza para ingresar y la otra para salir. Las paredes laterales exhiben ex votos de oro y plata.

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Las ventanas contienen vitrales.

En la pared norte se observan representados:

El primero es el hallazgo de la imagen, el nativo le enseña la imagen a Salazar.

El segundo Salazar poniendo a la imagen sobre el algodón que se incendiaba.

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El tercero muestra a la Virgen deteniendo a los ejércitos tanto español como nativo, para que no luchen.

El cuarto es el juramento de la Virgen Patrona.

Al fondo el acto de coronación de la Imagen y a los costados dos cuadros con exvotos.

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En la pared sur representan:

El primero es la resurrección de la niña Ana de la Vega

El segundo es el milagro de la cadena de oro.

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