P. CERIANI: SERMÓN DE LA DOMÍNICA IN ALBIS

PRIMER DOMINGO DE PASCUA

Domínica In Albis

En aquel tiempo, siendo ya tarde aquel día, el primero de la semana, y estando cerradas las puertas de donde estaban reunidos los discípulos por miedo de los judíos, llegó Jesús y se presentó en medio, y les dijo: ¡Paz a vosotros! Y, habiendo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se alegraron al ver al Señor. Entonces les dijo otra vez: ¡Paz a vosotros! Como me envió a mí el Padre, así os envío yo a vosotros. Y, habiendo dicho esto, sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid del Espíritu Santo: a quienes les perdonareis los pecados, perdonados les serán: y, a los que se los retuviereis, retenidos les serán. Pero Tomás, uno de los doce, llamado Dídimo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron, pues, los otros discípulos: Hemos visto al Señor. Pero él les dijo: Si no viere en sus manos el agujero de los clavos y metiere mi dedo en el sitio de los clavos, y metiere mi mano en su costado, no creeré. Y, después de ocho días, estaban otra vez dentro sus discípulos: y Tomás con ellos. Vino Jesús, las puertas cerradas, y se presentó en medio, y dijo: ¡Paz a vosotros! Después dijo a Tomás: Mete tu dedo aquí, y ve mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado: y no seas incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío! Le dijo Jesús: Porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que no han visto, y han creído. E hizo Jesús, ante sus discípulos, otros muchos milagros más, que no se han escrito en este libro. Mas esto ha sido escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que, creyéndolo, tengáis vida en su nombre.

Debido a las primeras palabras del Introito, este Primer Domingo de Pascua o Domínica In Albis, también se llama De Quasimodo (Quasi modo geniti infantes… Como niños recién nacidos).

La Fiesta de Pascua goza de una Octava Privilegiada, de Primera Clase, con Oficios y Misas propios, compuestos de textos alusivos a la gloria de la Resurrección y al Bautismo de los neófitos. En realidad, la Octava entera no es más que la continuación y prolongación del mismo día de Pascua, como muy bien lo indican el Prefacio, el Gradual y el Versículo Hæc Dies, tantas veces repetidos durante la semana.

Antiguamente, toda la Octava era fiesta de precepto. Los neófitos asistían diariamente a la Misa cantada y a las Vísperas, vestidos de las túnicas blancas que recibieron el día de su bautismo y con el cirio bautismal. Toda la liturgia de la semana tendía a confirmarlos más y más en la fe y a incitarlos a una vida del todo nueva y fervorosa; de modo que los Oficios divinos resultaban para ellos y para los que los acompañaban como un Catecismo de Perseverancia.

Todas las tardes, después del tercer Salmo de Vísperas, se dirigían, en la misma forma que lo hicieran el día de Pascua, al Baptisterio, presididos por el Clero y por el Cirio Pascual, para hacer los honores a la Pila Bautismal. Las calles y las plazas de Roma ofrecían todos los días el encantador y emocionante espectáculo de una nutrida procesión de fieles y de neófitos que se dirigía, por la mañana, a la Basílica Estacional para la Misa solemne, y, por la tarde, a otra Basílica para las Vísperas, y luego al Baptisterio de Letrán.

El día más interesante de la semana era el Sábado, llamado In Albis Deponendis, porque en él debían despojarse los neófitos de las túnicas blancas del bautismo, para mezclarse ya con los demás fieles. La Iglesia se había prendado de su inocencia y, al despedirlos, lo hacía con regaladas expresiones de ternura, de las que todavía se percibe el eco en la Misa y Oficio del día.

La Misa se celebraba en San Juan de Letrán. Por la tarde acudían allí mismo todos los neófitos, con sus padrinos y madrinas, para la solemne deposición de sus trajes bautismales. Antes de darles orden de despojarse de ellos, el Pontífice les dirigía una conmovedora exhortación de despedida, encareciéndoles sobremanera la guarda de la inocencia bautismal, gracia que pedía a Dios para ellos con una bellísima oración.

Este día es, pues, el Octavo que celebramos la Pascua, y nos recuerda las alegrías y grandezas del único y solemne Domingo que reunió a toda la cristiandad en un mismo sentimiento de triunfo. Es el Día de la Luz, que oscurece al antiguo Sábado; en adelante el primer día de la semana es el Día Sagrado. La Pascua fue para siempre fijada en Domingo, y todo Domingo es una Pascua.

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Terminada la Fiesta de Pascua con la hora de Nona del Sábado In Albis, se abre en el Ciclo Litúrgico un alborozado panorama, que contrasta fuertemente con el austero y sombrío que hemos dejado del otro lado de la Pascua.

Lo forman las semanas comprendidas entre el Domingo de Resurrección y el Domingo de la Santísima Trinidad, abarcando, por lo tanto, la conmemoración solemne de los misterios gloriosos de la Resurrección y la Ascensión del Señor, y el Advenimiento del Espíritu Santo. Es lo que, en lenguaje litúrgico, se llama Tiempo Pascual.

El misterio de la Resurrección ocupa casi seis semanas de esta temporada, cuarenta días. En ellas aparece el Divino Resucitado tratando familiarmente con sus discípulos y organizando la Iglesia, que ha de ser la continuadora de su obra restauradora. Los Evangelios, Epístolas y demás textos de las Misas y de los Oficios, ponen a los sacerdotes y a los fieles en íntimo contacto con la persona de Jesucristo, a quien, sin necesidad de palparlo, como Santo Tomás, lo profesan y adoran, y casi lo perciben realmente resucitado y glorioso.

Por eso, estas semanas son de desbordante alegría, como bien se advierte en los cantos y en todo el conjunto de la Liturgia; y asimismo lo son de renovación espiritual.

Para manifestar esta alegría y triunfo de la Resurrección, la Iglesia viste de gala a los altares y a los ministros con ornamentos blancos o encarnados, según las festividades; entona himnos heroicos, entremezclándolos con jubilosos e incesantes aleluyas; suspende los ayunos y las penitencias y todas las manifestaciones de dolor; y luce en el presbiterio el Cirio Pascual, imagen de Jesucristo resucitado y radiante de gloria.

Con todo esto, el templo asume un aspecto como de antecámara del Cielo, y los oficios litúrgicos celebrados en ese ambiente semejan preludios de las fiestas eternales, cuyos goces purísimos parécenos gustar por anticipado.

Esta ansia de renovación espiritual bulle en todos los textos y en todos los ritos pascuales y es la idea dominante de todo este Ciclo.

Entre las varias notas triunfales y regocijantes que ofrece a los fieles la Liturgia Pascual, dos son las más características y que contribuyen más poderosamente a poner a tono los corazones con los sentimientos que embargan a la Iglesia en estas solemnidades: la presencia continua del Cirio Pascual, y el uso constante del Aleluya.

Desde el Sábado Santo, en que fue solemnemente bendecido, el Cirio Pascual se yergue glorioso en el presbiterio del templo. Pocos objetos del culto tienen tan bella historia y evocan tan poéticos y consoladores recuerdos.

Su origen es antiquísimo, pues es, por lo menos, anterior a San Jerónimo y a San Agustín. Primitivamente sirvió este Cirio como de almanaque o calendario, pues en él se grababan las fechas de la Pascua y de las Fiestas movibles de cada año.

Tiene la finalidad de representar a Jesucristo Resucitado y a la milagrosa columna luminosa que acompañaba de noche a los hebreos en su larga peregrinación por el desierto.

Es imagen de Jesucristo luz del mundo y resplandor del Padre, por quienes somos los cristianos hijos de la luz y enemigos natos del espíritu de las tinieblas.

La cera figura su Cuerpo, la mecha su Alma, la llama su Divinidad; y estos tres elementos, íntimamente unidos entre sí, simbolizan la unión de la naturaleza Divina y de la naturaleza Humana en la adorable Persona de Jesucristo.

Figura como es de Jesucristo Resucitado, desaparece del templo el día de la Ascensión, en seguida que el Evangelio de la Misa solemne anuncia la partida al Cielo de Nuestro Señor.

Por su parte, el Aleluya es la aclamación litúrgica más repetida y que más resuena a los oídos de los cristianos en este tiempo pascual.

Es una palabra hebrea que literalmente significa “alabad al Señor” (laudate Dominum), y en este sentido, y a modo de jaculatoria, la usaron los judíos y la adoptaron también los primitivos cristianos, así en las asambleas religiosas como en la vida privada, en las inscripciones y epitafios, y hasta en los brindis y arengas populares.

San Juan nos ha trasmitido el Aleluya, en su Apocalipsis (c. XIX, 1-7), como una tonada celestial; pues dice que lo oyó cantar, primero, a nutridos coros de bienaventurados; luego, a los 24 ancianos que rodean el Trono del Cordero; después, a una masa de mucha gente, y, por fin, a una voz que imitaba el murmullo de los ríos caudalosos y el retumbo de los truenos.

Usada, pues, esta aclamación en la liturgia del Cielo, nada más natural que la adoptase para sus oficios la liturgia de la tierra, y que hiciese de ella un sano derroche, sobre todo en las fiestas pascuales. Efectivamente, en ellas no hay versículo, antífona ni responsorio que, o no estén adornados de Aleluyas, o no lleven, solo o redoblado, este suavísimo apéndice.

Por eso, cuando al comenzar la Septuagésima, la Liturgia se ve obligada, en virtud de las rúbricas, a desprenderse de él, lo hace con manifiesto duelo; y, en cambio, al reasumirlo en la Misa del Sábado Santo, no se sacia de repetirlo y de modularlo.

Del uso del Aleluya fuera de los oficios litúrgicos nos hablan con frecuencia los Santos Padres y aún los autores e historiadores profanos; y en los anales de esta aclamación privilegiada, como si se tratara de algún ilustre personaje, se registran hazañas realmente memorables. Ella cuenta sus victorias y sus milagros, y hasta tiene sus mártires en el Martirologio Romano.

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La aparición del Salvador al pequeño grupo de los once, y la victoria que logró sobre la infidelidad de Santo Tomás, es hoy el objeto especial del culto de la Santa Iglesia. Esta aparición, que se une a la precedente, es la séptima; por ella Jesús entra en posesión completa de la fe de sus discípulos. Su dignidad, su prudencia, su caridad, en esta escena, son verdaderamente de un Dios.

Aquí también, nuestros pensamientos humanos quedan confundidos a la vista de esa espera y aplazamiento que Jesús otorga al incrédulo, a quien parecía debía haberle curado sin tardanza de su infeliz ceguera o castigarle por su insolencia temeraria.

Pero Jesús es la bondad y sabiduría infinita; en su sabiduría, proporciona, por esta lenta comprobación del misterio de su Resurrección, un nuevo argumento en favor de la realidad de este hecho; en su bondad, procura al corazón del discípulo incrédulo la ocasión de retractarse por sí mismo de su duda con una protesta sublime de dolor, de humildad y de amor.

Comprendamos la lección que Jesús da hoy a todos en la persona de Santo Tomás. Es la gran enseñanza del Domingo de la Octava de Pascua; importa no olvidarla, porque nos revela, más que ninguna otra, el verdadero sentido del cristianismo; nos ilustra sobre la causa de nuestras impotencias y sobre el remedio de nuestras debilidades.

Jesús dice a Tomás: Porque me has visto, Tomás, has creído; bienaventurados los que no han visto, y han creído. Palabras llenas de divina autoridad, consejo saludable dado no solamente a Santo Tomás, sino a todos los hombres que quieren entrar en relaciones con Dios y salvar sus almas.

¿Qué quería Jesús de su discípulo? ¿No acababa de oírle confesar la fe de la cual estaba ya penetrado?

Tomás, por otra parte, ¿era tan culpable por haber deseado la experiencia personal, antes de dar su adhesión al más asombroso de los prodigios? ¿Estaba obligado a creer las afirmaciones de Pedro y de los otros, hasta el punto de que, por no darles asentimiento, faltaba a su Maestro? ¿No daba prueba de prudencia, absteniéndose de asentir hasta que otros argumentos le hubiesen revelado a él mismo la realidad del hecho?

Sí, Tomás era hombre prudente, que no se fiaba demasiado; podría servir de modelo a muchos cristianos que juzgan y razonan como él en las cosas de la fe.

Y con todo eso, ¡cuán abrumadora, aunque llena de dulzura, es la reprensión de Jesús!

Se dignó prestarse, con condescendencia inexplicable, a que se verificase lo que Tomás había osado pedir: ahora que el discípulo se encuentra ante el Maestro resucitado, y que exclama con la emoción más sincera: “¡Oh, tú eres mi Señor y mi Dios!”, Jesús no le exceptúa la lección que había merecido.

Era preciso castigar aquella osadía, aquella incredulidad; y el castigo consistirá en decirle: Creíste, Tomás, porque viste.

Pero, ¿estaba obligado Tomás a creer antes de haber visto? Y ¿quién puede dudarlo? No solamente Tomás, sino todos los Apóstoles estaban obligados a creer en la resurrección de su Maestro, aun antes de que se hubiera mostrado a ellos.

¿No habían vivido ellos tres años en su compañía? ¿No le habían visto confirmar con numerosos prodigios su título de Mesías y de Hijo de Dios? ¿No les había anunciado su resurrección para el tercer día después de su muerte? Y en cuanto a las humillaciones y a los dolores de su Pasión, ¿no les había dicho, poco tiempo antes, en el camino de Jerusalén, que iba a ser prendido por los judíos, que le entregarían a los gentiles, que sería flagelado, cubierto de salivas y crucificado?

Los corazones rectos y dispuestos a la fe no hubieran tenido ninguna duda en rendirse, desde el primer rumor de la desaparición del cuerpo. San Juan, nada más entrar en el sepulcro y ver los lienzos, lo comprendió todo y comenzó a creer.

Pero el hombre pocas veces es franco; se detiene en el camino como si quisiera obligar a Dios a dar nuevos pasos hacia adelante…

Y Jesús se dignó darlos…

Se mostró a la Magdalena y a sus compañeras, que no eran incrédulas, sino distraídas por la exaltación de un amor demasiado natural. Según el modo de pensar de los Apóstoles, su testimonio no era más que el lenguaje de mujeres con imaginación febril. Fue preciso que Jesús viniese en persona a mostrarse a estos hombres rebeldes, a quienes su orgullo hacía perder la memoria de todo un pasado que hubiese bastado por sí solo para iluminarles el presente.

Decimos su orgullo; pues la fe no tiene otro obstáculo que ese vicio. Si el hombre fuese humilde, se elevaría hasta la fe que transporta las montañas.

Ahora bien, Tomás ha oído a la Magdalena y ha despreciado su testimonio; ha oído a Pedro y no ha hecho caso de su autoridad; ha oído a sus otros hermanos y a los discípulos de Emaús y nada de todo eso le ha apartado de su parecer personal.

Para aquellos cuya fe es tan débil y tan cercana al racionalismo, Jesús añade, a las palabras severas que dirigió a Tomás, esta sentencia, que no sólo se dirigía al Apóstol sino a todos los hombres de todos los siglos: Dichosos los que no vieron y creyeron.

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Hemos insistido lo suficiente sobre la incredulidad de Santo Tomás; y es hora ya de glorificar la fe de este Apóstol. Su infidelidad nos ha ayudado a sondear nuestra poca fe; su retorno debe iluminarnos sobre lo que tenemos que hacer para llegar a ser verdaderos creyentes.

Tomás, apenas está en presencia de su Maestro, de repente se siente subyugado. Siente la necesidad de retractar, con un acto solemne de fe, la imprudencia que ha cometido creyéndose sabio y prudente, y lanza una exclamación, una protesta de fe ardiente: ¡Señor mío y Dios mío!

Consideremos que no dice sólo que Jesús es su Señor, su Maestro; que es el mismo Jesús de quien ha sido discípulo; en eso no consistiría aún la fe. No hay fe ya cuando se palpa el objeto. Tomás habría creído en la Resurrección, si hubiese creído en el testimonio de sus hermanos; ahora no cree, sencillamente ve, tiene la experiencia.

¿Cuál es, pues, el testimonio de su fe? La afirmación categórica de que su Maestro es Dios. Sólo ve la humanidad de Jesús, pero proclama la divinidad del Maestro. De un salto, su alma leal y arrepentida, se ha lanzado hasta el conocimiento de las grandezas de Jesús: ¡Eres mi Dios!, le dice.

Así contemplamos a Santo Tomás, primero incrédulo, luego creyente.

La profesión de Santo Tomás ha hecho más que reparar su falta: le hizo, por un momento, superior a sus hermanos, gozosos sí de ver a su Maestro; pero sobre los que la gloria visible de su humanidad había hecho hasta entonces más impresión que el carácter invisible de su divinidad.

San Gregorio Magno expone todo esto en un magnífico texto, que trae el Santo Breviario. Con el mismo terminamos:

“¿Atribuís al azar que un discípulo, elegido por el Señor, se hallase ausente al ocurrir su aparición, pero que, llegando después, oyese el relato; que, habiéndolo oído, dudase; que, habiendo dudado, se conmoviese; que, habiéndose conmovido, creyese?

No, esto no ocurrió por casualidad, sino por una disposición de la Providencia. La bondad divina lo dispuso todo de un modo admirable, a fin de que aquel discípulo, sometido a la duda, al palpar las heridas del cuerpo de su Maestro, curase en nosotros las llagas de la infidelidad.

En efecto, la incredulidad de Tomás sirvió para afirmar nuestra fe más que la fe de los otros discípulos ya convencidos. Porque al ver que este Apóstol retorna a la fe tocando a Jesucristo, nuestra alma renuncia a toda duda y se siente fortalecida en la fe.

Pero, si el Señor permitió que después de su Resurrección dudase así un discípulo, no por ello lo abandonó en la duda. Tomás palpó las llagas del Salvador, y exclamó: “Señor mío y Dios mío”. Jesús le dijo: “Porque me has visto, Tomás, has creído”.

Puesto que el Apóstol San Pablo dice: “Es, pues, la fe el fundamento de las cosas que se esperan, y la demostración de las cosas que no se ven”, claro y cierto es que la fe es la demostración de las verdades que no pueden mostrarse a nuestros ojos; porque las verdades evidentes ya no son el objeto de la fe, sino del conocimiento.

¿Por qué, pues, el Señor dijo a Tomás, cuando este Apóstol vio después de haber palpado: “Porque me has visto, Tomás, has creído”?

Porque una cosa es lo que vio, y otra lo que creyó, ya que un hombre mortal no puede ver la divinidad. Vio, pues, a Jesús hombre, y lo confesó Dios, diciendo: “Señor mío y Dios mío”.

Viendo, pues, creyó; considerando la humanidad verdadera de Jesucristo, proclamó su divinidad, que sus miradas no podían penetrar.

Las palabras siguientes son para nosotros motivo de alegría: “Bienaventurados los que no vieron y creyeron”. Esta sentencia se dirige especialmente a los que, no habiéndole visto en su carne, lo retenemos en nuestras almas por la fe.

Nosotros somos los designados por el Salvador, pero a condición de que nuestras obras estén en conformidad con nuestra fe. Porque sólo cree de verdad quien practica lo que cree”.

Que María Santísima, la Virgen Fiel, nos conceda las gracias de creer de verdad y de practicar lo que creemos…