PASCUA DE RESURRECCIÓN
En aquel tiempo, pasado el sábado, María la Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas, para ir a ungir a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, llegaron al sepulcro, al salir el sol. Y se decían unas a otras: “¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro?” Y al mirar, vieron que la piedra había ya sido removida, y era en efecto sumamente grande. Y entrando en el sepulcro vieron, sentado a la derecha, a un joven vestido con una larga túnica blanca, y quedaron llenas de estupor. Mas él les dijo: “No tengáis miedo. A Jesús buscáis, el Nazareno crucificado; resucitó, no está aquí. Ved el lugar donde lo habían puesto. Pero id a decir a los discípulos de Él y a Pedro: va delante de vosotros a la Galilea; allí lo veréis, como os dijo.”
Al amanecer del domingo, María Santísima, paciente y animosa, esperaba el instante en que volvería a ver a su Hijo.
María Magdalena y sus compañeras habían velado toda la noche, y no tardarían en ponerse en camino hacia el Santo Sepulcro.
Mientras tanto, en el seno del Limbo de los Justos, el alma del divino Redentor se dispone a dar la señal de partida a aquellas miríadas de almas tanto tiempo cautivas en esa mansión de ultratumba.
La muerte se cierne sobre los sepulcros donde retiene los cuerpos. Desde el día en que devoró a Abel, ha absorbido a innumerables generaciones; pero jamás había estrechado entre sus lazos una presa tan noble. Jamás la sentencia del paraíso terrenal había tenido cumplimiento tan prodigioso…
Pero nunca tampoco vio la tumba sus esperanzas burladas tan magníficamente. Más de una vez el poder divino le había arrancado sus víctimas: además de los resucitados del Antiguo Testamente, el hijo de la viuda de Naín, la hija del jefe de la sinagoga, Lázaro le habían sido arrebatados; pero ella los aguardaba nuevamente…
En cambio, el Profeta Oseas había vaticinado: “Oh muerte, yo seré tu muerte; sepulcro, yo seré tu ruina”.
Unos instantes más, y trabarán batalla los dos adversarios.
Así como el honor de la divina Majestad no podía permitir que el cuerpo unido a un Dios aguardase en el polvo, como el de los pecadores, el momento en que la trompeta del Ángel nos llamará a todos al juicio supremo; del mismo modo convenía que las horas durante las cuales la muerte debía prevalecer fuesen abreviadas.
“Esta generación perversa, había dicho Jesús, pide un prodigio; y sólo le será dado el del profeta Jonás”. Tres días de sepultura: el fin de la jornada del viernes, la noche siguiente, el sábado todo él completo con su noche, y las primeras horas del domingo.
Era suficiente; suficiente para la justicia divina ya satisfecha; bastante para certificar la muerte de la augusta víctima, y para asegurar el más brillante de los triunfos; bastante para el Corazón desolado de la más amante de las madres.
“Nadie me arranca la vida, sino que yo la doy de mi propia voluntad; y soy dueño de darla y dueño de recobrarla”. Así hablaba a los judíos el Señor antes de su Pasión: La muerte sentirá toda la fuerza de esta palabra del Maestro.
El domingo, día de la luz, comienza a alborear; los primeros fulgores de la aurora pugnan ya con las tinieblas. Inmediatamente el Alma del Redentor sale de la prisión del Limbo, seguida de la multitud de almas santas que la rodeaban. Atraviesa en un parpadear de ojos el espacio y, penetrando en el sepulcro, se reintegra al Cuerpo del que se había separado tres días antes en medio de los estertores de la agonía.
El Cuerpo sagrado se reanima, se levanta y se desprende de los lienzos, de los aromas y de las fajas con que estaba ceñido. La Sangre ha vuelto a las venas; y de aquellos miembros lacerados por los azotes, de aquella cabeza desgarrada por las espinas, de aquellos pies y manos atravesados por los clavos, irradia una luz fulgurante que llena la caverna.
Pero el Rey de los siglos no debe continuar ya en aquel sepulcro fúnebre; con más rapidez que la luz que penetra por el cristal, franquea el obstáculo que le opone la piedra de entrada a la caverna, que la potestad pública había sellado y rodeado de soldados armados… Todo permanece intacto; y el triunfador de la muerte resurge a la libertad.
Los Santos Padres y Doctores nos dicen unánimemente que del mismo modo apareció el Autor de la Vida en el establo de Belén a los ojos de María Purísima sin provocar ninguna violencia en el seno materno.
Estos dos misterios de nuestra fe se aúnan y proclaman el inicio y el término de la misión del Hijo de Dios: al principio, una Virgen-Madre; al fin, un sepulcro sellado que devuelve a quien retenía cautivo.
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¡Oh muerte!, ¿qué te queda ya de tu imperio? El pecado nos había entregado a ti; tú gozabas de tu conquista; y he aquí que has sido totalmente derrotada. Jesús, de quien tú te sentías tan orgullosa por tenerle bajo tu ley, se te ha escapado…
Y todos nosotros, después que nos hayas poseído, también nos escaparemos de tu dominio. El sepulcro que nos preparas, se convertirá en nuestra cuna para una vida nueva; porque tu vencedor es el primogénito entre los muertos; y hoy es la Pascua, el tránsito, la liberación, tanto para Jesús como para todos sus hermanos.
Ya desde ahora contemplamos tu derrota, y repetimos, para vergüenza tuya, ese grito del gran Apóstol: “Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? ¿Dónde está tu aguijón?” Por un momento triunfaste, y he aquí que has sido devorada en tu triunfo.
El sepulcro no iba a permanecer sellado; era necesario que se abriese y que testimoniase con claridad meridiana que Aquel cuyo cuerpo inanimado le habitó por algunas horas, le ha abandonado para siempre.
De pronto la tierra tiembla, como en el momento en que Jesús expiró sobre la Cruz; mas este estremecimiento ya no significa terror, sino que simboliza alegría.
El Ángel del Señor, descendiendo del Cielo, hizo rodar la piedra de la entrada, y se sentó sobre ella con majestad. Ante su presencia, los guardianes del sepulcro caen por tierra despavoridos; luego se levantan y entran en la ciudad a dar cuenta de lo sucedido.
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Mientras tanto, Jesús resucitado, cuya gloria aún no ha contemplado ninguna criatura mortal, ha franqueado el espacio y, en un instante, se ha reunido con su Santísima Madre.
Es el Hijo de Dios, es el vencedor de la muerte; pero es también el Hijo de María… La Madre estuvo junto a Él hasta que expiró; Ella unió el sacrificio de su Corazón al que ofrecía Él mismo sobre la Cruz. Era justo, pues, que las primeras alegrías de la Resurrección fuesen para Ella.
La naturaleza y la gracia reclamaban esta primera aparición. No era necesario que se consignase en los Libros Sagrados; la Tradición de los Padres es suficiente para trasmitirla.
¿Qué lengua humana osará traducir las expansiones del Hijo y de la Madre, en esta hora tan deseada?
Nosotros, que amamos a Nuestra Madre, que la hemos contemplado sacrificar a su propio Hijo por nosotros en el Calvario, participemos, con afecto filial, de la felicidad con que Jesús se dignó colmarla en este instante, y aprendamos también a compadecer los dolores de su Corazón maternal.
Es la primera manifestación de Jesús crucificado; y fue una recompensa de la fe que veló siempre en el Corazón Doloroso e Inmaculado de María, aun durante el tétrico eclipse que se prolongó durante tres días.
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Luego recompensó con su visita llena de consuelos a las almas abnegadas que han permanecido fieles a su amor, en un duelo quizás demasiado humano, impulsadas por un reconocimiento que ni la muerte ni la tumba pudieron quebrantar.
La segunda aparición de Jesús resucitado fue para María Magdalena.
Admiremos la bondad del Señor que, antes de procurar establecer la fe de su Resurrección en sus Apóstoles, se digna primeramente recompensar el amor de esta mujer, que le siguió hasta la Cruz y aun más allá del sepulcro, y que siendo deudora en mayor grado que los otros, supo también amar más que los otros.
La tercera aparición del Salvador resucitado, menos íntima pero más familiar, fue para las Santas Mujeres que le seguían desde Galilea, y que, desafiando el peligro y triunfando de la debilidad de su sexo, le consolaron en la Cruz con una fidelidad que no encontró en aquellos que había escogido y colmado de sus favores.
Más tarde fue el turno para San Pedro y el de los discípulos de Emaús. Jesús no terminará la jornada sin manifestarse a aquellos que estaban llamados a ser los heraldos de su gloria, sus Apóstoles reunidos en el Cenáculo, sólo faltando Tomás.
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Después de este rápido resumen de las apariciones, detengamos nuestra atención en la Santa Misa de Pascua, presidida por el Cirio pascual, símbolo misterioso de Cristo-Luz, que alegra las miradas de los fieles y parece decir a todos: ¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
En Roma la Estación se celebraba antiguamente en la Basílica de Santa María la Mayor. Por una admirable delicadeza, esta reina de las numerosas iglesias dedicadas a la Madre de Dios, fue designada para la función de este día. Roma tributaba el homenaje de la solemnidad pascual a aquella que, más que ninguna criatura, tuvo derecho a experimentar las alegrías, por las angustias que había sufrido su Corazón maternal, y por su fidelidad en conservar la fe de la Resurrección durante las horas que su divino Hijo debió pasar en el Sepulcro.
Más tarde, la solemnidad de la Misa Papal fue trasladada a la Basílica de San Pedro, más espaciosa y más apropiada para la multitud de fieles, que todo el mundo cristiano envía en representación a las solemnidades pascuales de Roma.
Sin embargo, el Misal Romano continúa actualmente indicando a Santa María la Mayor como la Iglesia de la estación; y las indulgencias son las mismas para aquellos que toman parte en las funciones que allí se celebran.
El solemne Introito es la exclamación del Hombre-Dios al salir del sepulcro, que dirige a su Padre celestial el homenaje de su reconocimiento: “He resucitado, y aún estoy contigo, aleluya; pusiste sobre mí tu mano, aleluya; maravillosa se mostró tu ciencia, aleluya, aleluya. Señor, me probaste, y me has conocido; has conocido mi abatimiento y mi resurrección”.
En la Colecta, la Santa Iglesia celebra el beneficio de la inmortalidad, hecho al hombre por la victoria del Redentor sobre la muerte; y en ella pide que los votos de sus hijos se eleven siempre a lo alto hacia este sublime destino: “Oh Dios, que, vencida la muerte por tu Hijo unigénito, nos has abierto hoy la puerta de la eternidad, prosigue también con tu ayuda nuestros votos, que Tú previenes con tu inspiración”.
La Epístola, tomada de la 1ª Carta del Apóstol San Pablo a los Corintios, recuerda que Dios ordenó a los Israelitas comer el Cordero Pascual con pan ázimo, es decir, sin levadura; enseñándoles con este símbolo, que debían renunciar, antes de tomar esta vianda misteriosa, a la vida pasada, cuyas imperfecciones estaban figuradas por la levadura.
Nosotros, cristianos, que hemos sido elevados por Cristo a esta vida nueva, hacia la cual nos orientó resucitando Él primero, debemos en adelante no tender sino a obras puras, a acciones santas; hemos de ser ázimos destinados a acompañar al Cordero pascual, que hoy se hace nuestro alimento.
El Gradual está formado con palabras del Salmo 97, repetidas en todas las Horas de esta semana: “Este es el día que hizo el Señor; gocémonos y alegrémonos en él”.
La alegría es un deber para todo cristiano; todo nos incita a ella; el triunfo de nuestro amado Redentor y los grandes bienes que nos ha conquistado. La tristeza en este día sería una protesta indigna contra los beneficios de que Dios se ha dignado colmarnos en su Hijo.
El verso aleluyático nos da, en su sencillez, uno de los motivos por los cuales debemos alegrarnos: “Aleluya, aleluya. Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado”.
Un festín ha sido preparado para nosotros, el Cordero está dispuesto. Este Cordero es Jesús inmolado, en adelante siempre vivo; inmolado, para que seamos rescatados con su Sangre; siempre vivo, para comunicarnos la inmortalidad.
Para acrecentar la alegría de los fieles, la Santa Iglesia añade a sus cánticos ordinarios una obra lírica, en la que alienta el más vivo júbilo por el Redentor, que sale del sepulcro.
Esta composición ha recibido el nombre de Secuencia, porque es como una secuela y una prolongación del canto del Aleluya:
A la victima pascual, alabanzas inmolen los cristianos.
El Cordero redimió a las ovejas;
Cristo, inocente, reconcilió con el Padre a los pecadores.
La muerte y la vida lucharon en duelo sublime;
Muerto el Rey de la vida, reina vivo.
Dinos, tú, María: ¿qué viste en el camino?
El sepulcro de Cristo viviente; y la gloria vi del resurgente.
Los testigos angélicos, el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza; precederá a los suyos en Galilea.
Sabemos que Cristo ha resucitado realmente de entre los muertos.
Tú, victorioso Rey, ten piedad de nosotros. Amén. Aleluya.
El Santo Evangelio trae esta hermosa expresión: “Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado; ha resucitado, no está aquí.”
Resucitó, ya no está aquí… Un muerto, que manos piadosas habían colocado allí, en aquella gruta, sobre aquella losa, se ha levantado, ha resucitado a una vida que ya nunca tendrá fin.
Nadie le prestó ayuda; ningún Profeta, ningún Enviado de Dios se inclinó sobre su Cuerpo exánime para devolverle a la vida. Él mismo fue quien, por su propia virtud, se resucitó.
Para Él la muerte no fue un destino fatal; la padeció porque quiso; y la aniquiló cuando quiso.
Y los católicos nos postramos ante ese sepulcro vacío, que, por haber recibido en él algunas horas al Rey de la Vida, lo ha consagrado para siempre.
He ahí el lugar en que le colocaron… He ahí los lienzos, las vendas, que no pudieron retenerlo y dan fe de su paso voluntario por el yugo de la muerte…
El Ángel dice a las mujeres: “Buscáis a Jesús de Nazaret, el crucificado”. Recuerdo cargado de lágrimas…
Allí fueron trasladados sus despojos maltratados, desgarrados, sangrantes. Aquella gruta, cuya piedra fue violentamente removida por la mano del Ángel, y que ahora está iluminada con claridad deslumbrante por este espíritu celestial, cobijó con su sombra a la más desolada de las madres; hizo eco a los sollozos de San Juan y de los lamentos de la Magdalena y de sus compañeras…
Mas el Salmista había predicho: “El llanto viene al anochecer y con la aurora vuelve la alegría”.
Nos encontramos en este feliz amanecer; y nuestra alegría es grande al contemplar que ese mismo sepulcro, adonde acompañamos a Nuestro Redentor con dolor sincero, no es sino el trofeo de su victoria.
Él vive más glorioso que nunca, inmortal; y quiere que vivamos eternamente con Él, que su victoria sea la nuestra, que la muerte, para Él y para nosotros, no sea más que un tránsito; y que ella nos restituya un día intacto y radiante este cuerpo, que la tumba no recibirá ya en adelante sino como en depósito.
¡Gloria, pues, honor y amor a Nuestro Salvador, que se ha dignado no solamente morir, sino también resucitar para nosotros!
El Cordero divino invita a todos los fieles a alimentarse de su Carne. La Iglesia celebra, en la Antífona de la Comunión, al verdadero Cordero Pascual que, místicamente inmolado, pide a los que se alimentan de Él, pureza de corazón; ésta se halla figurada en las especies de pan ázimo con que se oculta a nuestras miradas: “Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado, aleluya; comamos, pues, con ázimos de sinceridad y de verdad Aleluya, aleluya, aleluya”.
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Concluyamos con las hermosas palabras de la Secuencia:
A la victima pascual, alabanzas inmolen los cristianos.
El Cordero redimió a las ovejas;
Cristo, inocente, reconcilió con el Padre a los pecadores.
La muerte y la vida lucharon en duelo sublime;
Muerto el Rey de la vida, reina vivo.
Dinos, tú, María: ¿qué viste en el camino?
El sepulcro de Cristo viviente; y la gloria vi del resurgente.
Los testigos angélicos, el sudario y los vestidos.
Resucitó Cristo, mi esperanza; precederá a los suyos en Galilea.
Sabemos que Cristo ha resucitado realmente de entre los muertos.
Tú, victorioso Rey, ten piedad de nosotros. Amén. Aleluya.

