P. CERIANI: SERMÓN DE LA VIGILIA PASCUAL

VIGILIA PASCUAL

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. De pronto se produjo un gran terremoto, pues el Ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella. Su aspecto era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El Ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis. Ya os lo he dicho.

Nos dice San Gregorio Papa en su Homilía sobre este gran día que la antigüedad cristiana embelleció la Fiesta de Pascua con el nombre de Fiesta de las Fiestas, Solemnidad de las Solemnidades, así como lo más augusto en el Santuario era llamado el Santo de los Santos.

Ciertamente, en el día de Pascua es cuando la misión del Verbo Encarnado obtiene el fin que estuvo anhelando hasta entonces. Navidad nos había dado un Hombre-Dios; hace dos días recogimos su Sangre, de un precio infinito para nuestro rescate. Pero en el día de la Pascua, ya no es una víctima inmolada y vencida por la muerte la que contemplamos; es un vencedor que aniquila a la muerte, hija del pecado, y proclama la vida, la vida inmortal que nos ha conquistado.

No es ya la humildad ni los dolores de la agonía y de la cruz; es la gloria, primero para Él, después para nosotros. No es solamente Él es quien vuelve a la vida inmortal, es todo el género humano.

“Así como por un hombre vino la muerte al mundo, nos dice el Apóstol San Pablo, por un hombre debe venir también la resurrección de los muertos. Y así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados”.

Así, pues, el aniversario de este acontecimiento constituye cada año el Gran Día, el Día por Excelencia; todo el Año litúrgico está fundado sobre él.

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La resurrección de Jesucristo, realizada en domingo, pedía que no se la solemnizase anualmente en otro día de la semana. De aquí la necesidad de separar la Pascua de los cristianos de la de los judíos que, fijada de modo irrevocable en el catorce de la luna de marzo, aniversario de la salida de Egipto, caía sucesivamente en cada uno de los días de la semana.

Esta Pascua no era más que una figura; la nuestra es la realidad, ante la cual la sombra desaparece. Era necesario, por lo tanto, que la Iglesia rompiese este último lazo con la sinagoga. Los Apóstoles determinaron que, desde entonces, la Pascua para los cristianos no sería ya el catorce de la luna de marzo, aun cuando ese día cayese en domingo, sino que se celebraría en todo el universo el domingo siguiente al equinoccio de primavera, día en que el calendario caducado de la sinagoga continuaba colocándola.

El Concilio de Nicea, en el año 325, estableció la fecha de la Pascua como el primer domingo después de la luna llena tras el equinoccio de primavera en el hemisferio norte. Más tarde, Dionisio el Exiguo (525) convenció al Papado para fijar el equinoccio en el 21 de marzo (equinoccio de primavera eclesiástico). Por lo tanto, la fecha de la Pascua varía entre el 22 de marzo y el 25 de abril.

La Iglesia de Roma, que llegaría a ser Madre y Maestra de todas las demás, jamás conoció otra Pascua que aquella que hermana al domingo el recuerdo del primer día del mundo y la memoria de la gloriosa resurrección del Hijo de Dios.

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De todas las estaciones del Año litúrgico, el Tiempo pascual es ciertamente el más fecundo en misterios; más aún, puede decirse que este tiempo es el culmen de toda la mística de la Liturgia.

Todo lo que ha precedido no es más que la preparación; la espera del Adviento, las alegrías del tiempo de Navidad, los graves y severos pensamientos de Septuagésima, la compunción y la penitencia de Cuaresma, el espectáculo desgarrador de la Pasión, toda esta gama de sentimientos y maravillas, no han servido sino para llegar al término a que hemos llegado.

Como la eternidad bienaventurada es la verdadera Pascua, por esta razón la Pascua terrena es la Fiesta de las Fiestas, la Solemnidad de las Solemnidades.

El género humano había muerto, estaba abatido con la sentencia que le retenía en el polvo del sepulcro; las puertas de la vida se le habían cerrado. Mas he aquí, que el Hijo de Dios se levanta del sepulcro y entra en posesión de la vida eterna; y no es Él solamente el que ya no morirá; su Apóstol nos enseña que “es el primogénito entre los muertos”.

La Santa Iglesia quiere, pues, que nos consideremos ya como resucitados con Él y como en posesión de la vida eterna.

Nos enseñan los Padres que estos cincuenta días del tiempo pascual son imagen de la bienaventurada eternidad. Están consagrados plenamente a la alegría; está desterrada toda tristeza; y la Iglesia no sabe decir nada a su Esposo sin mezclar el Aleluya, esa exclamación del Cielo que resuena sin fin en las calles y plazas de la Jerusalén Celestial, como nos lo dice el Apocalipsis y retoma la Liturgia.

Durante nueve semanas nos hemos visto privados de este cántico de admiración y de gozo; sólo nos restaba morir con Cristo, nuestra víctima; mas ahora que hemos salido del sepulcro con Él, y que no queremos morir en lo sucesivo con la muerte que mata al alma y que hizo expirar sobre la Cruz a nuestro Redentor, el Aleluya, vuelve a ser nuestro.

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Israel festejaba por orden de Dios el sábado, para honrar el reposo del Señor después de los seis días de su obra; la Santa Iglesia, que es la Esposa, se asocia también a la obra del Esposo. Ella deja pasar el sábado, el día que su Esposo estuvo en el reposo del sepulcro; pero, iluminada de los esplendores de la Resurrección, consagra desde entonces a la contemplación de la obra divina el primer día de la semana, que vio salir de las sombras la luz material, primera manifestación de la vida sobre el caos, y también a aquel que, siendo el esplendor eterno del Padre, se dignó decirnos: “Yo soy la luz del mundo”.

Transcurra, pues, la semana toda completa con su sábado; a nosotros nos basta el octavo día, aquel que rebasa la medida del tiempo; nos basta el día de la eternidad, el día en que la luz ya no tendrá eclipses, ni se dará con medida, sino que iluminará sin fin y sin límites.

Así hablan los Santos Doctores de nuestra fe, cuando nos revelan las grandezas del Domingo y la razón de la abrogación del sábado. Sin duda convenía al hombre tomar como día de su reposo religioso y semanal aquel mismo día en que el autor de este mundo visible descansó; pero con todo, no existía entonces más que el recuerdo de la creación material.

El Verbo divino se muestra en este mundo; oculta los fulgores de su divinidad con el velo de nuestra carne; viene para dar cumplimiento a las figuras.

Antes de abrogar el sábado, quiere realizarle en su persona, como todo lo demás de la ley, pasándole por completo, como un día de reposo después de los trabajos de la Pasión, en el nicho fúnebre del sepulcro. Pero apenas da comienzo el día octavo, el divino cautivo se lanza a la vida e inaugura el reino de la gloria.

Dice el Abad Ruperto: “Dejemos al judío, esclavo del amor de los bienes de este mundo, entregarse a las alegrías pretéritas de su sábado, que no recuerdan más que el aniversario de una creación material. Absorto en las cosas terrenales, no supo reconocer al Señor que creó al mundo; no quiso ver en Él al Rey de los judíos, porque proclamaba: Bienaventurados los pobres. Para nosotros nuestro Sábado es el octavo día, que, al mismo tiempo es el primero; y el gozo que en él saboreamos no procede del recuerdo de la creación, sino más bien de que el mundo fue en él redimido”.

El misterio del septenario seguido de un día octavo, que es el día sagrado, recibe una aplicación nueva y aún más amplia en la misma disposición del Tiempo Pascual. Este tiempo se compone de siete semanas, que forman una semana de semanas cuyo día siguiente, el día de Pentecostés, también es un domingo.

Estos números misteriosos, que Dios señaló instituyendo en el desierto de Sinaí el primer Pentecostés, cincuenta días después de la primera Pascua, fueron recogidos por los Apóstoles para aplicarlos al período pascual de los cristianos.

Esto mismo nos lo enseña San Hilario de Poitiers, cuya doctrina repiten San Isidoro, Amalarlo, Rábano Mauro, y generalmente todos los antiguos expositores de los misterios de la liturgia.

Dice San Hilario: “Si multiplicamos el septenario por siete, vemos que este santo tiempo es en verdad el Sábado de los Sábados; pero lo que le corona y le eleva a la plenitud del Evangelio, es el octavo día que sigue, día que es a la vez el primero y el octavo. El mismo carácter se extiende a cada domingo, ya que este día, el siguiente al sábado, ha llegado a ser, por la aplicación del progreso evangélico, la perfección del sábado, y el día que transcurrimos en fiesta y en alegría”.

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La práctica de este santo tiempo pascual se resume, pues, en la alegría espiritual que debe suscitar en las almas resucitadas con Jesucristo; alegría que es un anticipo de la bienaventuranza eterna

El cristiano debe mantener en sí esta alegría, buscando cada vez con más ardor la Vida que alienta a Jesucristo, y huyendo constantemente de la muerte, hija del pecado.

Sin embargo, vemos que la Pascua no produce esta alegría espiritual, ni en la sociedad, ni siquiera en la mayoría de nuestros fieles. ¿Por qué?

Ciertamente la causa radica en la molicie que arrastra a tantos hombres a relegar la ley de la Cuaresma, como si no existiese para ellos. De aquí proviene que tantos fieles vean llegar la Pascua como una gran fiesta, es verdad, pero apenas, se dejan impresionar por el anhelo de alegría intensa que lleva impresa la Iglesia durante estos días.

No ayunaron, no guardaron la abstinencia, no se mortificaron durante la Santa Cuaresma… ¿Qué sensación puede producir en ellos el retorno del Aleluya?

No fueron purificadas sus almas por la penitencia; ¿cómo van a tener sus almas ágiles para seguir a Cristo resucitado, cuya vida es ya más del Cielo que de la tierra?

A pesar de todo esto, Jesús permanece aún durante cuarenta días con nosotros; ya no padecerá más, ya no morirá; nuestros sentimientos han de estar en armonía con su estado de gloria y de felicidad que debe perdurar siempre.

Pero este tiempo lleno de delicias tendrá fin; sólo nos quedará el recuerdo de la gloria y de la familiaridad con nuestro Redentor. ¿Qué haremos después nosotros en este mundo cuando el que era su vida y su luz no sea ya visible?

Hemos de aspirar a una nueva Pascua… Cada año nos traerá esta dicha; y, de una Pascua a otra Pascua, llegaremos a la Pascua eterna que durará mientras Dios sea Dios.

Pero esto no es todo; escuchemos a la Santa Iglesia; que ha previsto la desilusión con que podemos ser tentados y en la que podemos caer; escuchemos lo que Ella pide para nosotros al Señor: “Haz que tus siervos expresen en su vida el misterio que han recibido por la fe”.

El misterio de la Pascua no debe dejar de ser visible sobre la tierra; Jesús resucitado sube al Cielo; pero deja en nosotros la impronta de su Resurrección; y la debemos conservar hasta que retorne.

“Jesucristo, resucitado de entre los muertos, no muere ya otra vez; la muerte no tiene ya dominio sobre Él; porque muriendo, murió al pecado una vez para siempre; pero viviendo, vive para Dios”.

De aquí se sigue que nosotros también debemos caminar en una nueva vida, como enseña el Apóstol San Pablo.

Nosotros somos sus propios miembros; su suerte debe ser la nuestra. Morir de nuevo por el pecado será renunciar a Él, separarnos de Él, hacer para nosotros inútil esta muerte y esta resurrección que compartimos con Él.

Velemos, pues, para mantenernos en esta vida que no es nuestra, pero que nos pertenece como propia; porque quien la conquistó a la muerte, nos la dio con todo lo que es suyo.

Pecadores que hemos recuperado la vida de la gracia en la solemnidad pascual, no volvamos a morir; hagamos obras de vida resucitada.

Es ahora, en el Tiempo Pascual, cuando la Redención llega a su punto culminante.

En el orden del tiempo, todo ha servido para preparar este final, desde la promesa que el Señor irritado y misericordioso hizo a nuestros primeros padres después que pecaron.

Y en el orden de la Liturgia, desde las semanas de espera del Adviento, he aquí que hemos llegado al término, y Dios se nos muestra con un poder y una sabiduría que sobrepasa infinitamente todo lo que nosotros podemos vislumbrar.

Este es el origen de todo el conjunto de ejercicios que conducen a la imitación del divino modelo, y preparan a la unión a que el alma es invitada por Aquel que “ha dado a todos los que le recibieron, el poder de llegar a ser hijos de Dios, por un nacimiento que no es de la carne, ni de la sangre, sino de Dios mismo”.

Que María Santísima nos alcance todas estas gracias.