SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 40. RECOMENDACIÓN DE SÍ MISMO

Señor Dios omnipotente, Dios trino y único, que estás en todas las cosas y que existes antes de todas, y que estarás siempre en todas; Dios bendito por los siglos, te recomiendo hoy y por siempre mi alma y mi cuerpo, y todos los órganos por los cuales veo, oigo, gusto, huelo y toco; te encomiendo todos mis pensamientos y mis aflicciones, mis palabras y mis acciones, todo lo que está fuera de mí y todo lo que está en mí, como mis sentimientos, inteligencia, mi memoria, mi fe, mi creencia en ti, mi perseverancia; todo lo pongo, Señor, en tus manos, para que te dignes conservarlo día y noche, en todas las horas y en todos los momentos.

Escucha mi plegaria, oh Trinidad Santa, y líbrame de todo pecado, de todo escándalo, de todo pecado mortal, de todas las insidias y emboscadas de los demonios y de los enemigos visibles e invisibles. Te lo pido por las oraciones de los patriarcas, por los méritos de los profetas, por el sufragio de los apóstoles, por la constancia de los mártires, por la fe de los confesores, por la castidad de las vírgenes y por la intercesión de todos los santos que fueron aceptos a ti, desde el comienzo del mundo. Arroja de mí la jactancia de la mente, y aumenta la compunción de mi corazón; rebaja mi soberbia, e inspírame la verdadera humildad. Concédeme el don de lágrimas, y ablanda mi corazón, más duro que el pedernal. Líbrame, Señor, de las trampas de mis enemigos, y otórgame la gracia de ser siempre fiel a tus mandamientos, y enséñame a hacer únicamente tu voluntad, porque tú eres mi Dios 169. Concédeme, Señor, un sentido recto y una inteligencia perfecta, para que pueda merecer toda la grandeza de tu bondad. Haz que te pida lo que te es agradable a ti, oh Dios, y útil para mi salvación. Otórgame la gracia de derramar lágrimas sinceras, y haz que sólo te pida lo que tú me puedes conceder. Si tú me rechazas pereceré; si me miras viviré; si buscas en mí la justicia, seré un muerto maloliente, si me miras con ojos de misericordia, cualquiera que sea mi grado de corrupción, me harás salir del sepulcro. Quita de mí lo que odias en mí, inspírame el espíritu de castidad y de continencia, para que nada te ofenda de lo que yo puedo pedirte. Líbrame de todo lo nocivo para mi salvación, y concédeme todo lo conveniente para la misma. Concédeme, Señor, la medicina, con la que se pueden curar mis heridas. Dame, Señor, tu temor, la compunción del corazón, la humildad de la mente y la conciencia pura. Haz que siempre esté animado de una verdadera caridad fraterna, y que recordando mis propias faltas no indague las faltas de otros. Perdona a mi alma; perdón por mis extravíos, perdón por mis pecados, perdón por mis crímenes. Ven a robustecer mi debilidad, a curar mis enfermedades, a sanar mis males, y a devolverme la vida. Concédeme, Señor, un corazón que te tema, una mente que te ame, una inteligencia que te comprenda, unos oídos que te oigan. Ten piedad de mí, Señor, ten piedad de mí. Desde lo alto de tu morada mírame benignamente, y disipa las tinieblas de mi espíritu con un rayo de tu eterno resplandor. Otórgame la gracia de poder distinguir el bien del mal, y de estar siempre vigilante y atento en la elección que he de hacer. Te pido, Señor, el perdón de mis pecados, y te suplico que me concedas esa gracia en el nombre del único que me puede ayudar en el tiempo de mi aprieto y de mi angustia.

Virgen santa e inmaculada, María, madre de Dios, dígnate interceder por mí ante aquel del que tú mereciste ser templo. San Miguel, San Gabriel, San Rafael, santos coros de los ángeles, de los arcángeles, de los patriarcas, de los profetas, de los apóstoles, de los evangelistas, de los mártires, de los confesores, de los sacerdotes, de los levitas, de los monjes, de las vírgenes y de todos los justos: en el nombre de quien os eligió y de cuya contemplación disfrutáis me atrevo a pediros que os dignéis interceder ante Dios por un miserable pecador para que pueda escapar de las fauces del demonio dispuesto a devorarme, y para que merezca ser librado de la muerte eterna. Dígnate, Señor, según tu clemencia y tu benignísima misericordia, concederme la vida perpetua.

Oh Señor Jesucristo, haz que la concordia y la unión reinen entre los sacerdotes. Concede la paz y la tranquilidad a los reyes, a los obispos, a los príncipes de la tierra que juzgan con equidad o justicia. Te ruego también, Señor, por toda la santa Iglesia católica, por los hombres y por las mujeres, por los religiosos y los seglares, por todos los gobernantes de los pueblos cristianos, por todos los creyentes que trabajan por tu amor, a fin de que obtengan la gracia de perseverar en la práctica del bien. Señor, rey eterno, concede a las vírgenes la castidad, a los consagrados a Dios la continencia, la santidad de la vida a los casados, el perdón a los penitentes, el sustento a los huérfanos y a las viudas, la protección a los pobres. Concede a los peregrinos el retorno a la patria, el consuelo a los que lloran, el descanso eterno a los fieles difuntos, a los navegantes la llegada al puerto de la salvación. Otorga a los perfectos la gracia de perseverar en la perfección, a los imperfectos el hacerse mejores, a los que viven todavía en el crimen y en la iniquidad que se corrijan prontamente. Oh dulcísimo y piadosísimo Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo y Redentor del mundo, confieso que soy el más grande y miserable de todos los pecadores; pero tú, Padre omnipotente, cuya misericordia es infinita y que te muestras compasivo con todos los hombres, no permitas que sea yo el único que se vea privado de los efectos de tu misericordia. Y tú, santa e indivisible Trinidad, que eres siempre y en todas partes el solo y mismo Dios, haz que mi alma te tema y te ame por encima de todo, y que no tenga más voluntad que la tuya. Sobre todo eres tú, Padre omnipotente, bendito y glorioso en todos los siglos, a quien yo imploro a favor de todos los que se acuerdan de mí en sus oraciones, o se recomiendan a las mías, por más indignas que éstas sean; te ruego por todos aquellos a cuyo celo o caridad debo algún servicio, por los vinculados a mí por la sangre y por la amistad, tanto vivos como difuntos; concédeles a todos tu misericordia y ser preservados de la perdición eterna. Dígnate también conceder tu auxilio a todos los cristianos que todavía peregrinan sobre la tierra, y a los fieles que ya has llamado a ti, concédeles el perdón de sus faltas y el descanso eterno. Te pido también con todas las fuerzas de mi alma, a ti Señor, que eres el Alfa y la Omega (el principio y el fin), que cuando llegue la última hora de mi vida actúes como juez misericordioso y como mi abogado contra las pérfidas acusaciones y trampas del demonio, mi antiguo enemigo, y me hagas partícipe, en tu santo paraíso, de la compañía de los santos y de tus ángeles, oh Dios que eres bendito por los siglos de los siglos. Así sea.

Notas

169 Sal 142,10