SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 39. ORACIÓN A DIOS LLENA DE TEMOR Y DE CONFIANZA

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que habiendo extendido los brazos en la cruz bebiste el cáliz de la pasión para redimir a todos los hombres: dígnate concederme hoy tu auxilio. He aquí que vengo pobre y falto de todo a ti que eres rico y misericordioso, haz que no me tenga que apartar vacío y despreciado. Obligado por la necesidad comienzo a buscarte; no me rechaces. Vengo a ti lleno de hambre, no me despidas sin haberme saciado, y ya que he deseado tanto el alimento celestial, haz que pueda saborearlo después de tantos suspiros. Ante todo, oh dulcísimo Jesús, confieso y reconozco mi iniquidad ante la grandeza de tu suavidad. Porque fui concebido y nací en el pecado, y tú me lavaste y me santificaste, y posteriormente todavía me manché con mayores faltas. Pues fue necesario que naciera en el mal, pero después yo me sumergí en el voluntariamente. Fiel a tu divina misericordia, me sacaste de la casa de mi padre carnal y de en medio de los pecadores para inspirarme el deseo de seguirte con la generación de los que buscan tu presencia. Siguen el camino del bien, moran entre los lirios de la castidad, y se sientan contigo en el cenáculo de la más perfecta pobreza. Pero yo, ingrato, olvidado de la multitud de tus beneficios, apenas había comenzado a caminar por la vía de la santidad, cuando caí en más pecados y crímenes que los cometidos antes, y en lugar de tratar de borrar mis pecados no hice más que acumular unos sobre otros. Estos son los males con los que deshonré tu santo nombre y con ellos manché mi alma que tú habías creado a tu imagen y semejanza 153. Con la soberbia, con la vanagloria y con otros mil pecados semejantes nunca cesé de afligir, desgarrar, destruir mi pobre alma. Y he aquí, Señor, que mis iniquidades, como olas encrespadas, sobrepasaron mi cabeza, y acumuladas unas sobre otras me oprimieron con su ingente peso 154. Y si tú, Señor Dios mío, del cual es propio perdonar y compadecerse, no me tiendes la mano auxiliadora de tu majestad, me sumergiré miserablemente en lo más profundo del abismo.

Atiende, Señor, y mírame, porque tú eres santo; mira cómo me insulta mi enemigo diciendo: Dios le abandonó, le perseguiré y le atraparé, porque no hay quien le libre 155. Y tú, Señor, ¿hasta cuándo me dejarás en este estado? 156 Vuélvete hacia mí: libra mi alma, y sálvame por tu misericordia. Compadécete de tu hijo, al que diste a luz con tanto dolor. Que la vista de mis pecados no te haga olvidar tu infinita bondad. ¿Qué padre no se esforzaría por librar a su hijo del peligro? ¿O a qué hijo no le corrige su padre sus faltas con el báculo de la piedad? Así pues, Padre y Señor mío, aunque pecador, no dejo de ser hijo tuyo, porque tú me hiciste y me redimiste. Castígame en proporción de mis pecados, y después de haberme corregido como merezco, entrégame a tu Hijo Jesucristo. ¿Acaso puede olvidarse la madre del hijo de sus entrañas? Y aunque ella, oh Padre, se olvidara, tú prometiste no olvidarte 157. Pero yo elevo mi voz y no me escuchas; estoy destrozado por el dolor y no me consuelas. ¿Qué diré o qué haré, miserable de mí? En lugar de consolarme, incluso me rechazas de tu presencia 158. ¡Ay de mí, qué bien supremo he perdido, y en qué abismo de males he caído! ¡A dónde quería ir, y dónde he ido!, ¡en qué estado me encuentro en comparación de aquel en que debería estar! ¿Cuál era el objeto de mis aspiraciones, y por qué puedo yo ahora suspirar? Buscaba el bien, y he encontrado la turbación. Me muero, y Jesús no está conmigo. ¿No sería para mí mejor dejar de existir, que existir sin Jesús? ¿No valdría más dejar de vivir que vivir sin aquel que es la vida?

¿Y dónde, oh Señor Jesús, están tus antiguas misericordias? ¿Es que tu cólera contra mí no va a tener fin? 159 Aplácate, te lo ruego, y ten piedad de mí, y no apartes de mí tu rostro 160, porque para redimirme no apartaste tu cara de los que te increpaban y te llenaban de salivazos 161. Confieso que pequé, y mi conciencia me dice que merezco la condenación, y sé que mi penitencia no basta para la satisfacción. Pero la fe me enseña que tu misericordia sobrepasa nuestras ofensas. No me juzgues, Dios piísimo, según mis faltas, y no entres en juicio con tu siervo 162; por el contrario, borra mi iniquidad según la grandeza de tus misericordias 163. ¡Ay de mí, miserable, cuando llegue el día del juicio, cuando sean abiertos los libros de todas las conciencias, y cuando se diga de mí: He aquí las obras de este hombre! ¿Qué haré yo entonces, Señor Dios mío, cuando los cielos revelen todas mis iniquidades, y cuando la tierra se levante contra mí? Nada podré responder, sino que tendré que estar delante de ti, temeroso y confuso, con la cabeza baja por la confusión. Miserable de mí, ¿qué podré decir en defensa mía? Gritaré hacia ti, Señor mi Dios, porque el silencio sería mi ruina. Sin embargo, si hablo no disminuirá mi dolor, y si me callo mi corazón será destrozado por la amargura. Llora, pues, alma mía, llora como una joven viuda sobre el esposo que ha perdido. Lanza gemidos y gritos de desesperación por haber sido abandonada por Jesucristo, tu celestial esposo.

¡Oh ira del omnipotente, no caigas sobre mí, porque eres demasiado grande para mi debilidad, y mi entero ser no podría soportarla! Ten piedad de mí, Señor, y no me dejes caer en la desesperación, sino que, por el contrario, concédeme que respire lleno de esperanzas. Si yo cometí faltas que merecen que me condenes, tú posees en tu misericordia los medios para salvarme. Tú, oh Señor, no quieres la muerte de los pecadores, ni te alegras viéndolos morir en el crimen 164, sino que, por el contrario, para que los muertos vivieran aceptaste tú la muerte, y tu muerte acabó con la muerte de los pecadores. Así pues, si con tu muerte les devolviste la vida, no me dejes morir tú, cuya vida es eterna. Tiéndeme desde lo alto de los cielos tu mano auxiliadora, y líbrame del poder de mis enemigos. No permitas que se gocen sobre mí y digan: Le hemos devorado 165. ¿Quién podrá alguna vez, oh buen Jesús, desconfiar de tu misericordia? Cuando éramos tus enemigos nos redimiste con tu sangre, y nos reconciliaste con Dios 166. He aquí que protegido por la sombra de tu misericordia me presento ante el trono de tu gloria pidiendo perdón. Clamaré y llamaré a tu puerta, hasta que tengas piedad de mí. Si tú nos llamaste a la gracia del perdón cuando no te lo pedíamos, ¿podrás negárnoslo ahora cuando te lo pedimos con tanto ardor?

No recuerdes, oh Jesús dulcísimo, tu justicia contra este pecador; recuerda, por el contrario, tu benignidad hacia esta criatura tuya. Olvida la ira contra el culpable, y ten piedad del desventurado. Olvida la soberbia que sólo puede irritarte, y mira sólo en mí al miserable que te implora. Pues quien dice Jesús, dice Salvador. Levántate, pues, oh Jesús, para venir en mi ayuda, y di a mi alma: Yo soy tu salvación 167. Mucho confío, Señor, en tu bondad, porque tú mismo me enseñas a pedir, buscar y llamar 168. Instruido por tus palabras vengo a pedir, buscar y llamar. Pero tú, oh Señor, que nos ordenaste pedir, dígnate acoger nuestra petición; tú que nos aconsejaste buscar, haz que nuestra búsqueda no resulte vana; tú que nos enseñaste a llamar, ábrenos cuando llamamos. Fortifícame, porque soy débil, devuélveme al buen camino, porque estoy perdido, resucítame, porque estoy muerto. Dígnate según tu beneplácito dirigir y gobernar todos mis sentidos, pensamientos y acciones, para que sólo te sirva a ti, para que sólo viva para ti, y para que me entregue enteramente a ti. Tú eres el Creador, y por eso me debo a ti. Sé que te dignaste redimirme y te hiciste hombre por mi salvación, y por eso, si lo tuviera, te debería dar algo superior, porque tú eres mayor que aquel por quien te entregaste a ti mismo. Pero yo no puedo ofrecerte más que a mí mismo, e incluso lo que tengo, sólo te lo puedo ofrecer mediante el auxilio de tu gracia. Recíbeme, pues, y atráeme hacia ti, a fin de que sea enteramente tuyo por la obediencia y por el amor, como yo lo soy por mi naturaleza, oh Dios, que vives y reinas por los siglos de los siglos.

Notas

153 Cf Gn 1,27

154 Sal 37,5

155 Sal 70,11

156 Cf Sal 6,5

157 Cf Is 49,15

158 Cf Sal 30,23

159 Cf Sal 88,50

160 Cf Sal 84,6

161 Cf Sal 26,9

162 Cf Jb 13,26

163 Cf Sal 50,5

164 Cf Ez 33,11

165 Sal 34,25

166 Cf Rom 5,10

167 Sal 34,3

168 Cf Mt 7,7