P. CERIANI: SERMÓN DE LA FIESTA DE SAN JOSÉ

SAN JOSÉ

ESPOSO DE LA SANTÍSIMA VIRGEN
Y PATRONO DE LA IGLESIA UNIVERSAL

Estando desposada la Madre de Jesús, María, con José, sin que antes de que conviviesen, se halló que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. Mas José, su esposo, siendo como era justo, y no queriendo infamarla, deliberó dejarla secretamente. Estando él con estos pensamientos, he aquí que un Ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: José, hijo de David, no receles recibir a María tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su seno, obra es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados.

Una alegría nos llega dentro de la Cuaresma, de la semana de Pasión: San José, el Esposo de María, el Padre adoptivo del Hijo de Dios, viene a consolarnos con su querida presencia.

El Hijo de Dios, al descender a la tierra para tomar la humanidad, necesitaba una Madre; esta Madre no podía ser otra que la más pura de las vírgenes; la maternidad divina no debía alterar en nada su incomparable virginidad.

Hasta tanto que el Hijo de María Santísima fuera reconocido por Hijo de Dios, el honor de su Madre requería un protector, un hombre que debía ser llamado a la gloria de ser el Esposo de María. Este fue San José el más casto de todos los hombres.

¿Presentía San José que, a causa de su misión, María Santísima un día sería llamada por la cristiandad «causa de nuestra alegría»? En cualquier caso, en cuanto la instaló en su casa, la Virgen María se convirtió para Él en fuente de desbordante alegría.

Y mientras que Él la rodeaba de cuidados y atenciones, María, por su parte, se comportaba como una esposa amorosa y dulce, cuya entrega pronta y alegre estaba atenta a los menores detalles.

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Y la gloria de San José no sólo consiste en haber sido escogido para proteger a la Madre del Verbo encarnado, sino que también fue llamado a ejercer una paternidad adoptiva sobre el Hijo de Dios.

Esta segunda prerrogativa, tan grande y maravillosa, no es sino un efecto y continuación de la primera. El Buen San José es el Padre del Salvador de los hombres, porque es el dueño de la divina Madre que lo dio al mundo. Con su estilo inimitable, San Francisco de Sales lo expresa en los siguientes términos: “Si una paloma llevara en su pico un dátil, y lo dejara caer en un jardín, la palmera que de ese dátil nacería, pregunto yo, ¿no sería reconocida como de propiedad del dueño de ese jardín?… Ahora bien; nadie ha de dudar que habiendo el Espíritu Santo dejado caer ese dátil divino, como un palomino celestial, en el huerto cerrado de la Santísima Virgen —huerto sellado y circundado en todo su perímetro por los setos del santo voto de virginidad—, el cual pertenecía al glorioso San José; nadie ha de dudar que esa divina palmera, que a su tiempo producirá frutos inmortales, pertenezca con todo derecho al Santo Patriarca; el cual, sin embargo, no se envanece por ello, sino que se anonada y se hace cada vez más humilde” (Entret. XIX).

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¿Quién podrá concebir y expresar dignamente los sentimientos que llenaron el corazón de este hombre, que el Evangelio nos pinta, con una sola palabra, llamándole hombre justo?

En verdad, muchas fueron las emociones, tanto alegres como amargas, que se sucedieron a lo largo de su vida; y frente a todas se comportó como el hombre justo. Veamos:

Un afecto conyugal, que tenía por objeto la más santa y la más perfecta de las criaturas de Dios.

El anuncio celestial, hecho por el Ángel, que le reveló que su Esposa llevaba en su seno el fruto de salvación, y le asocia, como testigo único en la tierra, a la obra divina de la Encarnación.

Las alegrías de Belén, cuando asistió al nacimiento del Niño, cuando custodió a la Virgen Madre y escuchó los cantos angélicos, cuando vio llegar ante el recién nacido a los pastores y, poco después, a los Magos.

Las inquietudes que vienen en seguida a interrumpir tanta dicha, cuando, en medio de la noche, tiene que huir a Egipto con el Niño y la Madre.

Los rigores de este destierro, la pobreza, desnudez a que fueron expuestos el Dios escondido, cuyo protector era, y la Esposa virginal, cuya dignidad comprendía cada vez mejor.

La vuelta a Nazaret, la vida humilde y laboriosa que llevó en aquella aldea, donde tantas veces sus tiernos ojos contemplaron al Creador del mundo, llevando con Él un trabajo humilde.

En fin, las delicias de esta existencia sin igual en la casa que embellecía la presencia de la Reina de los Ángeles, y santificaba la majestad del Hijo eterno de Dios; ambos a una dieron a José el honor de presidir aquella familia, que agrupaba con lazos más queridos al Verbo encarnado, Sabiduría del Padre, y a la Virgen, incomparable obra maestra del poder y santidad de Dios.

Nunca hombre alguno podrá en este mundo penetrar todas las grandezas de San José. Para comprenderlas, se necesita abrazar toda la extensión del misterio de su misión en la tierra.

No nos extraña, pues, que este Padre nutricio del Hijo de Dios, haya sido figurado en la Antigua Alianza, bajo las facciones de un Patriarca del pueblo escogido. San Bernardo ha expresado magníficamente esta idea:

“El primer José fue vendido por sus hermanos, y en esto figuraba a Cristo; fue llevado a Egipto; el segundo, huyendo de la envidia de Herodes, llevó a Cristo a Egipto. El primer José, guardando la fidelidad a su señor, respetó a su ama; el segundo, castísimo, fue guardián de su Señora, de la Madre de su Señor, y el testigo de su virginidad. Al primero le fue dado el comprender los secretos revelados por los sueños; el segundo recibió la confidencia del mismo cielo. El primero conservó las cosechas de trigo, no para él, sino para el pueblo; al segundo se le confirió el cuidado del Pan vivo que descendió del cielo, para él y para el mundo entero”.

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Una vida tan llena de maravillas, no podía acabar de otro modo que por una muerte digna de ella.

Llegó el momento en que Jesús debía salir de la oscuridad de Nazaret y manifestarse al mundo. En adelante sus obras darían testimonio de su origen celestial; el ministerio de San José estaba, pues, cumplido. Le había llegado la hora de partir de este mundo, para ir a esperar el día en que la puerta de los Cielos se abriese a los justos.

«¿Quién jamás podrá explicar —exclama san Alfonso— o entender las dulzuras, los consuelos, las esperanzas, los actos de resignación, las llamas de caridad que hacían brotar en el Corazón de José las palabras de vida eterna que ora Jesús, ora María, le decían en aquel trance postrero de su vida?»

Tuvo en aquellos instantes una hermosa suerte que no logró ningún otro; esto es, la felicidad de verse asistido por Jesús y por María. Él en verdad fue muy feliz, muy dichoso.

Cuando el Patriarca se vio en los últimos momentos de la vida, volvió su rostro hacia Jesús, lo miró, y exhaló un profundo suspiro. A esta mirada respondió Jesús inclinándose hacia Él, y estrechándole las manos entre las suyas divinas. José, entre tanto, lo miraba fijamente, como para decirle en aquel mudo coloquio todo el afecto de su Corazón. ¡Dichoso varón! Había trascurrido su vida junto al Hijo de Dios, recibido sus besos y caricias divinas, y ahora entre sus brazos entregaba el alma bendita.

Finalmente, volvió el rostro hacia María, para dirigirle una última, ternísima mirada; luego, miró de nuevo a Jesús, y en esa disposición tranquila y feliz su alma salió del cuerpo, no tanto por efecto de la enfermedad, cuanto por el intenso amor a Dios.

Había vivido como justo, y murió como justo, con la sonrisa en los labios, respondiendo gozoso a la cita del Padre celestial, que lo llamaba al descanso y al premio eterno.

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Ahora, el Esposo de María, el Padre putativo de Jesús, reina en el Cielo con una gloria, inferior, sin duda, a la de la Virgen Santísima, pero adornada de prerrogativas a las cuales nadie puede ser admitido.

Desde allí derrama una protección poderosa sobre los que le invocan. ¡Qué poder en un hombre! Mas buscad también un hombre que haya tenido tratos tan íntimos con el Hijo de Dios, como San José. Jesús se dignó someterse a él en la tierra; en el Cielo tiene la dicha de glorificar a aquel del que quiso depender, a quien confió su infancia junto con el honor de su Madre.

Así, pues, no tiene límites el poder de San José; y la Santa Iglesia nos invita hoy a acudir con absoluta confianza a este Protector omnipotente. En medio de las terribles agitaciones de las que el mundo es víctima, invóquenle los fieles con fe y serán socorridos. En todas las necesidades, del alma y del cuerpo, en todas las pruebas y en todas las crisis, tanto en el orden temporal como en el espiritual, que el cristiano puede encontrar en el camino, tiene una ayuda en San José, y su confianza no será defraudada.

La revelación de este nuevo refugio, preparado para estos últimos tiempos, fue comunicado hace tiempo, según el modo ordinario de proceder de Dios, a las almas privilegiadas a las cuales era confiada como germen precioso; como sucedió con la fiesta del Santísimo Sacramento, con la del Sagrado Corazón y con otras varias.

En el siglo XVI, Santa Teresa de Jesús, cuyos escritos estaban llamados a extenderse por el mundo entero, recibió en un grado extraordinario las comunicaciones divinas a este respecto y dejó impresos sus sentimientos y sus deseos en su Autobiografía. He aquí cómo se expresa Santa Teresa:

“Tomé por abogado y señor al glorioso San José, y me encomendé mucho a él … No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa, que la haya dejado de hacer … A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas, y que quiere el Señor darnos a entender que, así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hace cuanto le pide”.

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Para finalizar, comentemos un poco el Santo Evangelio de la Fiesta, que nos hace ver como Dios sometió al Esposo de María Santísima a una prueba durísima.

San José había de ser para sus devotos un guía incomparable en la vía espiritual; y esta es la razón por la que Él debía conocer también la aflicción, crisol necesario donde toda santidad se purifica.

Repugna imaginar que la virginidad de María fuese puesta en entredicho en el espíritu de San José.

San Jerónimo exclama: José, sabedor de la virtud de María, rodeó de silencio el misterio que ignoraba.

San Bernardo pregunta en su segunda homilía Super Missus est: “¿Por qué motivo quiso San José, abandonar a María?” Y contesta con estas expresivas palabras: “Quiso dejar San José a María, por lo mismo que quiso también San Pedro repeler de sí al divino Maestro diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Por aquello, por lo cual el Centurión alejaba igualmente de su casa a Jesús cuando decía: Señor, yo no soy digno de que entres en mi morada. Así, pues, de un modo parecido, San José, reputándose indigno y pecador, decía dentro de sí que no era para él cosa decente vivir ya más en familiar consorcio con tal y tan excelsa Señora, cuya superior y admirable dignidad le imponía. La observaba con sagrado pavor, revestida de una clarísima señal de la divina presencia, y porque no podía comprender el misterio, por eso quería dejarla”.

¿Cómo iba a dudar de la inocencia de María? ¿Cómo iba a creerla culpable? Rechazaría tal pensamiento como un crimen. La inocencia de María Santísima era patente en todas sus palabras, en todos sus gestos. Seguía siendo igual de cándida, igual de sencilla… Ninguna inquietud, ningún gesto equívoco, rompía la serenidad de su sonrisa o la pureza de su semblante. Cuando se acercaba a él, le miraba con sus ojos profundos, más llenos que nunca de amor y de lealtad…

¡No!, no es una culpable la que tiene ante él.

Pero, ¿por qué no le dice nada? ¿Por qué calla? ¿No tiene acaso derecho a saber la verdad?

María, con una sola palabra, hubiera podido tranquilizar e inundar de gozo al angustiado José. Si no lo hizo, fue porque no había recibido el mandato de descubrir el secreto del Rey. Pensaría que era conveniente que, por delicadeza, no hiciera ella tal confidencia a su Esposo, y esperaría, llena de confianza, que Dios hablara a San José.

Este abandono no impedía que sufriera. Si guardaba silencio era porque tenía una fe heroica, no porque fuera indiferente. Veía la profundísima angustia que atenazaba a su Esposo y la sentía como propia, viviendo así su primer misterio doloroso.

De hecho, en el alma de San José se desarrollaba un dramático combate. Dios no ha puesto jamás en una situación como aquella a un alma superior en santidad y amada por Él con amor de predilección. Se sentía perplejo ante la doble imposibilidad de conservar a María y de condenarla.

No ignoraba la férrea norma dictada por Moisés que ordenaba, en casos como éste, entregarla a los tribunales de justicia; pero como estaba convencido de que María era inocente, buscaba la manera de dejarla en libertad salvaguardando al mismo tiempo su honor.

Por una parte, no podía conservarla, pues a ello se oponía la Ley. No tenía ningún derecho sobre el fruto que llevaba en sus entrañas, cuyo origen Ella le ocultaba; y tampoco quería hacerse solidario de un misterio que le estaba vedado.

El texto del Evangelio lo señala claramente: siendo como era justo, y no queriendo infamarla; no quería denunciar a su prometida ante los tribunales, ya que estaba envuelta en un misterio que no le correspondía desvelar, un misterio que presentía que venía de Dios.

Así pues, sólo una cosa podía hacer, incluso a riesgo de difamarse Él mismo. Una cosa con la que creía salvaguardar al mismo tiempo el honor de María y la obediencia a la Ley: Se separaría de su prometida; no por despecho, sino para respetar un misterio que pensaba no le estaba permitido desentrañar… La dejaría en secreto, sin decir nada a nadie.

Dios, sin duda, ha aceptado su sacrificio; más duro aun que el que pidió a Abraham mandándole sacrificar a Isaac, su único hijo…

¡Oh, San José! Porque eras agradable a Dios, la tentación había de probarte.

Porque en la mente del Altísimo estabas predestinado a ser abogado de las causas perdidas, hacia quien volverán sus ojos las almas doloridas en las horas tenebrosas y aplastantes, era preciso que Tú mismo lo experimentases, que estuvieras preparado para desempeñar tu papel.

Porque Te había correspondido el indecible honor de ser Padre Adoptivo del Verbo Encarnado, tenías que quedar marcado con la Cruz, signo supremo de su Redención. Y esa Cruz debía alcanzarte en el punto más sensible para Ti: el amor que profesabas a aquella que, después de Dios, ocupaba el centro de tus pensamientos…

Porque debías ocupar un lugar privilegiado en el drama de nuestra Salvación, tenías que participar en el sufrimiento. No ibas a estar presente, al lado de María Corredentora, junto a la Cruz del Gólgota, pero tenías que conocer, Tú también, y vivir por anticipado, el misterio de Getsemaní y del Viernes Santo.

Sin embargo, Dios se va a contentar con aceptar su holocausto, sin exigir que se realice… Dios había conducido a San José hasta el borde del abismo de la desolación, hasta el límite en que el sufrimiento, colmado, no se puede superar.

Y de repente, mientras duerme, un Ángel del Señor se le aparece. José, hijo de David, le dice el Ángel. El pobre carpintero de Nazaret, consciente tan sólo de su pequeñez, es llamado con el máximo respeto. Le saluda como descendiente de reyes, le da su título de nobleza, pues ha llegado el momento de recordar las promesas que fueron hechas a su antepasado, el Rey David, y que han empezado ya a cumplirse.

No temas recibir en tu casa a María, tu esposa. Si José estaba dispuesto a abandonar a María, no era por indignación o despecho, sino por temor. Temía que, quedándose, pareciera que asumía una paternidad a la que no tenía derecho, que se inmiscuía indiscretamente en un misterio que no le concernía, ofendiendo así al Señor.

Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Esta frase proporciona la clave del enigma y revela la prodigiosa grandeza de lo que se ha realizado en el seno virginal de María. Se trata de una concepción que tiene por autor al Espíritu Santo. El Dios eterno ha intervenido allí donde no había lugar para la carne ni la sangre.

Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados. Aunque José no haya participado en la concepción, no deberá considerarse por eso como un extraño respecto al Niño. Antes, al contrario, se le anuncia que ejercerá el oficio —con todos sus derechos— de un auténtico padre, en especial el de darle un nombre.

Inundado de felicidad, se despierta inmediatamente. Le invade una alegría desbordante, equivalente a su anterior angustia. Las sombras desaparecen, la tempestad se disipa. El lazo que anudaba su corazón se rompe y, liberado de su tortura, exulta de júbilo. Todo se ilumina a sus ojos, todo resplandece. Se da cuenta de que Dios le ha confiado no sólo lo más valioso del mundo, María Santísima, sino también lo que vale más que todos los universos posibles, su propio Hijo encarnado…

Comprende claramente que el Niño que se ha encarnado en el seno de su prometida es el Mesías, por cuya venida tanto había rezado. Certifica el texto de Isaías que venía rumiando desde que María regresó de la casa de Isabel: Una virgen concebirá y alumbrará… Y esa Virgen profetizada es María, lo cual no le sorprende, pues conoce mejor que nadie su santidad y sus virtudes. Sí, era digna de convertirse en tabernáculo del Altísimo…, de llevar en su seno purísimo al Dios con nosotros

Al mismo tiempo, se dibuja ante sus ojos el papel que le ha sido asignado. Se da cuenta de que, lejos de dejar de ser su Esposa al convertirse en Madre del Hijo de Dios, lejos de ser como un intruso, Dios mismo le ha encargado salvaguardar, con su presencia, el honor de María y del Niño, asegurarles con su entrega la necesaria protección.

Enseguida, pues, acepta su misión. Así como María, a las palabras del Arcángel Gabriel había contestado: Hágase en Mí según tu palabra; del mismo modo, el Santo Patriarca, a las palabras del Arcángel, depuso todo temor, inclinó la cabeza, y recibió a María en su casa, a quien amó y veneró más que antes, reconociéndola por Madre del Divino Redentor.

María, la Madre de Dios, le da a conocer la escena que precedió a la Encarnación del Verbo. Al terminar, San José, posando sus ojos, llenos de ternura y de respeto, en el rostro de su Esposa, quien, a causa del misterio operado en Ella aparece más bella, más pura y más divina…

Y la saludaría, por primera vez, haciéndose eco de las palabras que María había escuchado en la Anunciación y en la Visitación, entonando la alabanza que los labios humanos habían de repetir incesantemente hasta el fin de los siglos: «Dios te salve, María, llena de eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús».

Y María respondería, a su vez, repitiendo, una vez más, los versículos del Magnificat

Pidamos a San José nos ayude a practicar con fruto la Verdadera Devoción a María Santísima.

En el vigésimo aniversario de Radio Cristiandad, encomendemos a San José, su Santo Patrono, esta obra fundada por la la defensa de la Verdad Católica.