Capítulo 35. FERVIENTE PLEGARIA A JESUCRISTO
¡Oh Jesús, redención nuestra, amor y deseo, Dios de Dios, ven en ayuda de tu servidor! A ti te invoco, y a ti clamo con gran voz desde el fondo de mi corazón. Te invoco con todo el ardor de mi alma. Penetra en mi alma y hazla digna de ti, a fin de poseerla pura y sin mancha; porque al Señor, que es la misma pureza, se debe una morada tan pura como él mismo. Santifícame, pues soy un vaso que tú mismo hiciste; limpia mi corazón de todo mal, y llénalo con tu gracia, y haz que se conserve siempre así, para que siempre y por toda la eternidad sea un templo digno de ti.
¡Oh Jesús dulcísimo, benignísimo, amantísimo, queridísimo, preciosísimo; tú eres más dulce que la miel, más blanco que la leche y que la nieve, más suave que el néctar, más precioso que las piedras preciosas y que el oro, y eres más querido para mí que todas las riquezas de la tierra y que todos los honores del mundo! ¿Qué digo, mi Dios, mi única esperanza, y mi inmensa misericordia? ¿Qué digo yo, dulzura divina, que nunca engaña, y en la cual únicamente se encuentran la felicidad y la seguridad? ¿Qué digo cuando digo tales cosas? Digo lo que puedo, pero no digo lo que debo. ¡Ojalá pudiera decir las cosas que cantan en sus himnos los coros de los ángeles! ¡Cuán a gusto me derramaría yo totalmente en tales alabanzas! ¡Con cuánta devoción cantaría en el seno de tu Iglesia triunfante esas celestes y melodiosas canciones a la alabanza y a la gloria de tu nombre! Pero ya que no puedo hacerlo, ¿deberé guardar silencio? Pero, ¡ay de los que callan cuando hay que hablar de ti, que haces hablar a los mudos, y que haces elocuentes las lenguas de los niños más pequeños! ¡Ay de los que no hablan de ti, porque los mismos que hablan son mudos cuando celebran tus alabanzas!
¿Quién podrá alabarte dignamente, oh inefable poder y sabiduría del Padre? Verbo encarnado, que todo lo puedes, y a quien nada es desconocido, aunque no puedo encontrar palabras suficientes para explicar lo que eres tú, te alabaré, sin embargo, según lo permite mi debilidad, hasta que me concedas la gracia de llegar a tu divina morada, donde podré finalmente celebrar tu gloria como tú lo mereces y como yo lo debo hacer.
Por eso te suplico humildemente que atiendas menos a lo que yo digo que a lo que yo quisiera decir, porque mi ardiente deseo es hablar de ti como conviene a tu grandeza, ya que a ti se debe toda alabanza, todo cántico de amor y todo honor. Pero tú, oh Señor, que conoces los pensamientos más secretos de mi corazón, sabes muy bien que eres para mí más querido, más agradable y más precioso, no solamente que la tierra y todo lo contenido en ella, sino también más que el cielo y todo lo que está en él. Pues te amo más que al cielo y a la tierra, y más que a todas las cosas que en ellos se contienen; aún más, solamente por amor de tu nombre, que nunca pasa, pueden ser amadas las cosas perecederas. Yo te amo, Dios mío, con gran amor, y todavía deseo amarte más. Concédeme amarte todo lo que quiero y lo que debo, a fin de que tú seas el único objeto de mis pensamientos y meditaciones, para que todo el día sólo piense en ti, y piense también en ti durante el sueño nocturno; que mi espíritu se entretenga siempre contigo, y mi mente hable contigo, y que mi corazón sea iluminado por la luz de tu santa visión. Sé mi guía que me haga progresar en la virtud, y merecer ver finalmente en Sión al Dios de los dioses 120, al que ahora sólo veo en enigma y como en un espejo, y al que entonces podré contemplar cara a cara y conocerlo como él me conoce a mí 121. Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios 122. Felices los que habitan en tu casa, Señor, pues te alabarán por los siglos de los siglos 123.
Te ruego, pues, Señor, por todas tus misericordias, por las que nos libraste de la muerte eterna, ablanda mi corazón, más duro que la piedra y que el hierro, con tu sacratísima y poderosa unción. Purifica mi alma con el sincero dolor de haberte ofendido, a fin de que pueda ofrecerme cada hora como una víctima viviente. Haz que mi corazón esté siempre arrepentido y humillado delante de ti, con abundancia de lágrimas. Haz que deseándote solamente a ti, esté como muerto al mundo, y que la grandeza de tu amor hacia mí, y el temor saludable de tu nombre santo, me haga olvidar todas las cosas frágiles y perecederas de la tierra. De modo que las cosas temporales no me causen en adelante dolor ni alegría, ni temor, ni amor; y de manera que ni la prosperidad me corrompa, ni la adversidad me deprima. Y como tu amor perfecto es fuerte como la muerte, haz que el ardor y la dulzura inefable de ese amor, se apoderen totalmente de mi alma y la separen de todo afecto por las cosas terrenas, a fin de que sólo se una a ti y tú seas el objeto único de sus pensamientos, y como su más dulce alimento. Descienda, Señor, descienda, te suplico, a mi corazón tu olor suavísimo. Haz que penetre en el tu amor más dulce que la miel, como un maravilloso e inefable perfume que eleve todos mis deseos hacia las cosas celestiales, y que haga derramar a mi corazón lágrimas abundantes, que salten, como un agua saludable, hasta la vida eterna. Pues tú, Señor, eres inmenso, y sin medida debes ser amado y alabado por los que redimiste con tu preciosa sangre, oh amador benignísimo de los hombres.
Señor clementísimo, y juez justísimo a quien el Padre concedió todo el poder de juzgar 124, según los designios impenetrables de tu sabiduría y de tu justicia, tú permites, como bueno y justo, que los hijos de este siglo, es decir, los hijos de la noche y de las tinieblas, deseen, amen y busquen los bienes y los honores perecederos de la tierra con más ardor que te amamos a ti tus servidores, creados y redimidos por ti. Si entre los hombres los que están unidos por una amistad perfecta apenas pueden soportar la ausencia del otro; si la esposa tiene tal afecto a su marido que, en la grandeza de su amor, no tiene alegría ni reposo cuando está ausente la persona amada, cuya separación le produce una continua tristeza, ¿con qué afecto y diligencia debemos amarte a ti, Señor, nuestro único y verdadero Dios, el divino y maravilloso esposo de nuestra alma, unida a ti por los vínculos de la justicia, de la fe y de la misericordia, a ti que nos amaste y salvaste sufriendo por nosotros tantos y tan crueles suplicios?
Aunque las cosas de aquí abajo tengan también sus deleites y atractivos, sin embargo no deleitan ni atraen del mismo modo que tú, Dios nuestro. Pues en ti se deleita el justo, porque tu amor es suave y tranquilo, y los corazones por él poseídos los llena de dulzura, suavidad y serenidad. Por el contrario, el amor del mundo y de la carne es un amor lleno de ansiedad y de turbación, que no permite vivir tranquilas a las almas donde penetra, solicitándolas continuamente con sospechas, turbaciones y temores de toda clase. Tú eres, pues, el único deleite de los justos, y con razón, pues en ti reina un gran reposo y una vida imperturbable. Quien entra en ti, oh buen Señor, entra en el gozo de su Señor, y ya no sentirá ningún temor, sino que se sentirá óptimamente en el ser óptimo, diciendo: Este es el lugar de mi reposo por los siglos de los siglos; aquí habitaré porque lo he elegido 125, y también: El Señor es mi Pastor, y nada me faltará, pues me ha colocado en un lugar de abundantes pastos 126.
¡Oh dulce Cristo y buen Jesús, te ruego que llenes siempre mi corazón con tu amor inextinguible y con tu continuo recuerdo, de modo que, como llama viva, arda totalmente en la dulzura de tu amor, y que este nunca sea extinguido en mí por las aguas impetuosas del mal! Haz, dulcísimo Señor, que te ame solamente a ti, y que mi alma te desee solamente a ti, y sea así librado del peso de los deseos carnales y de la grave carga de las concupiscencias terrenas, que la asedian y oprimen, a fin de que, libre de todos los obstáculos, pueda yo correr detrás del aroma de tus celestes perfumes, hasta que, guiado por tu gracia, merezca llegar cuanto antes hasta ti, y gozar sin sentirme nunca saciado de la contemplación de tu belleza. Pues no caben a la vez en el mismo pecho esos dos amores, de los cuales uno es bueno y otro malo, uno dulce y otro amargo. Y por eso si alguno ama otro objeto distinto de ti, oh Dios mío, no tiene verdadero amor hacia ti. ¡Oh amor de dulzura, oh dulcedumbre de amor, amor exento de toda pena y lleno siempre de deleite, amor puro y sincero que permanece por los siglos de los siglos, amor que siempre ardes y nunca te apagas; oh dulce Cristo, oh buen Jesús, Dios mío, mi amor; enciéndeme totalmente con tu fuego, con tu amor, con tu suavidad y tu delectación, con tu gozo y exultación, con tu deleite y tu deseo, con ese deseo que es santo y bueno, casto y puro, tranquilo y seguro! Haz que lleno totalmente de la dulzura de tu amor, y abrasado totalmente en tu divino fuego, te ame, oh Señor mío, con todas las fuerzas de mi corazón y con todo lo que hay de más íntimo en mí. Concédeme que a ti solo te tenga en el corazón, en los labios y delante de mis ojos, ahora y en todos los lugares, de modo que no quede ningún espacio en mí para otros amores extraños. Escucha mi voz, Dios mío; escucha mi voz, única luz de mis ojos, escucha lo que te pido, y haz que te lo pida de modo que me oigas. Piadoso y clemente Señor, que mis pecados no te hagan inexorable para mí, sino que tu infinita bondad reciba las súplicas de tu siervo. Cumple mis votos y mis deseos, te lo pido por el nombre y por la intercesión de tu gloriosa Madre, mi protectora ante ti, juntamente con todos los santos. Así sea.
Notas
120 Cf Sal 81,8
121 1Co 13,12
122 Mt 5,8
123 Sal 83,5
124 Cf Jn 5,22
125 Sal 131,14
126 Sal 22,1-2

