SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 34. CONFESIÓN DEL PECADOR QUE SE RECONOCE INDIGNO DE ALABAR A DIOS

Perdóname, Señor, perdóname misericordiosamente, perdóname y ten compasión; perdona mi ignorancia y perdóname mis muchas imperfecciones. No me rechaces por razón de mi temeridad, pues soy un siervo tuyo, indigno de dirigirte mis plegarias. Haz que sea un siervo fiel, y no un criado inútil y malvado. Pues siento mi miseria cuando, sin un profundo y sincero arrepentimiento de mis faltas, sin derramar torrentes de lágrimas, y sin amor y sin el respeto que te debo, me atrevo a alabarte, a bendecirte y a adorarte a ti, Dios nuestro omnipotente, terrible y temible: Pues si los ángeles, adorándote, alabándote, tiemblan en un sublime éxtasis, ¿cómo siendo yo un miserable pecador me atrevo a presentarme ante ti para ofrecerte un sacrificio de alabanzas, sin sentir pavor en mi corazón, sin palidecer de miedo, sin que mis labios tiemblen, sin que todo mi ser se llene de horror, sin llorar y gemir delante de ti? Quisiera hacerlo así, pero no puedo hacerlo por mí mismo: y como el poder no corresponde a mis deseos, me admiro vehementemente cuando con los ojos de la fe veo cómo eres un Dios terrible. Pero ¿quién podrá hacer esto mismo sin el auxilio de tu gracia? Nuestra salvación depende únicamente de tu misericordia. ¡Qué miserable soy, y cuán insensata es mi alma al no sentirse llena de pavor cuando se presenta ante ti y alaba tu grandeza! ¡Miserable de mí, que tengo tan endurecido el corazón, que mis ojos no derraman un incesante río de lágrimas, cuando un indigno servidor osa hablar a su divino Maestro, un hombre a su Dios, una criatura débil a su Creador, un ser hecho con el lodo de la tierra al Dios que le sacó de la nada! 113 Aquí me pongo, Señor, en tu presencia, y lo que pienso de mí en el fondo de mi corazón lo comunico a tus oídos paternales. Tú que eres tan misericordioso y tan magnífico en tus premios, hazme partícipe de tus bienes a fin de que pueda servirte dignamente, porque nosotros sólo te podemos servir y agradar con el auxilio de tu gracia. Te ruego que hieras mis carnes con tu temor, y que mi corazón se alegre y tema tu santo nombre. ¡Ojalá te tema mi alma pecadora como te temía aquel santo varón que decía: He temido siempre a Dios como a las olas encrespadas suspendidas sobre mí! 114 Oh Dios dador de todos los bienes, haz que jamás celebre tus alabanzas sin derramar torrentes de lágrimas, sin que mi corazón sea puro y mi alma esté llena de alegría, a fin de que amándote lo suficiente para alabarte dignamente, guste y saboree las dulzuras que sólo se encuentran en ti, según lo que está escrito: Gustad y ved cuán suave es el Señor: dichoso el varón que espera en él115bienaventurado el pueblo que sabe alabarle y regocijarse en Dios 116); Dichoso el varón que espera de ti su auxilio, y que en este valle de lágrimas ha resuelto en su corazón elevarse hasta el lugar que el Señor ha establecido 117bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios 118bienaventurados los que habitan en tu casa, Señor, por los siglos de los siglos te alabarán119.

Notas

113 Cf Gn 2,7

114 Jb 21,23

115 Sal 33,9

116 Sal 88,16

117 Sal 83,6

118 Mt 5,8

119 Sal 83,5