EL AÑO LITÚRGICO: EL GRAN ESCRUTINIO

LA CUARESMA Y EL BAUTISMO

El Miércoles de la Tercera Semana de Cuaresma comenzaba el escrutinio o examen de los catecúmenos que deseaban ser admitidos al Bautismo en la Vigilia de Pascua.

Se empezaba por anotar sus nombres y separar en dos grupos los hombres y las mujeres. Luego se rezaba por ellos, y ellos mismos también eran invitados a rezar; se les leía algún pasaje de la Biblia en vista de su instrucción; se les exorcizaba, se les imponían las manos, se les signaba, etcétera, y se les despedía del templo antes del Evangelio. Al ofertorio, los padrinos y madrinas presentaban al Papa las oblaciones por sus futuros ahijados, cuyos nombres se leían públicamente durante el Canon. Esto mismo se practicaba en los demás escrutinios.

El Miércoles de la Cuarta Semana de Cuaresma era él día del gran escrutinio.

Los ritos especiales de este escrutinio eran: las oraciones, lecturas y exorcismos de costumbre; la lectura, por primera vez, y explicación del principio de cada uno de los cuatro Evangelios; la recitación, también por primera vez, del Símbolo de la fe, en latín y en griego, en atención a los catecúmenos de ambas lenguas, y su explicación por el sacerdote; ítem del Pater noster, petición tras petición. Continuaba luego la Misa, y los catecúmenos se retiraban al recibir la orden del diácono.

Al conjunto de estos ritos se le denominaba apertio aurium (acto de abrir los oídos), porque por primera vez escuchaban estos textos sagrados, hasta entonces desconocidos. Restos de este tercer escrutinio son, en la Misa actual, la oración, la lección y el gradual, que preceden a la epístola ordinaria de este día.

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La Estación de ese Miércoles se celebraba en la basílica de San Pablo Extra-Muros, a causa de la amplitud del edificio, y también para honrar al Apóstol de los gentiles, con los nuevos adeptos que la Iglesia disponía hacer del mismo paganismo.

Una vez reunidos en la Basílica, un sacerdote recitaba sobre cada uno de ellos la Oración que les hacía catecúmenos; se les hacía la Señal de la Cruz en la frente y se les imponía la mano sobre la cabeza.

Ceremonia en la Iglesia Primitiva

A continuación, bendecían la sal, símbolo de la sabiduría y se lo daban a gustar a todos.

Después de estas ceremonias preliminares, se les mandaba salir del templo y permanecían en el pórtico exterior hasta que se les llamase.

Comenzaba la Santa Misa con el Introito, tomado de las palabras del profeta Ezequiel en las que el Señor anuncia cómo reunirá a todos sus elegidos de todas las naciones para derramar sobre ellos un agua purificante y lavar todas sus manchas.

El acólito llamaba a todos los catecúmenos por su nombre y el portero los introducía. Se les ordenaba, haciendo distinción de sexos, y los padrinos y madrinas se colocaban junto a ellos.

El Pontífice cantaba entonces la Colecta; después, a una invitación del diácono, los padrinos y madrinas hacían la Señal de la Cruz en la frente de los aspirantes, de quienes debían ser fiadores ante la Iglesia.

Les seguían los acólitos y pronunciaban los exorcismos sobre cada uno de los elegidos, comenzando por los hombres y continuando por las mujeres.

Después el lector leía un trozo del Profeta Ezequiel.

Le seguía un primer Gradual, compuesto de estas palabras de David: “Venid, hijos míos, escuchadme; os enseñaré a temer al Señor. Acercaos a Él y seréis iluminados y vuestros rostros no se avergonzarán”.

En la Colecta que seguía a esta lectura, se pedía para los fieles los frutos del ayuno cuaresmal, y a esta oración, seguía una lectura del Profeta Isaías, que anuncia el perdón de los pecados para aquellos que van a recibir el baño misterioso.

Un segundo Gradual igualmente sacado del Salterio se expresaba de este modo: “Dichoso el pueblo que tiene a Dios por su Señor, el pueblo que el Señor ha escogido para su herencia”.

Durante la lectura de los dos Profetas y el canto de los Graduales, tenía lugar la ceremonia de la apertura de los oídos. Los sacerdotes iban sucesivamente ungiendo con saliva las orejas de los Catecúmenos, imitando la acción de Jesucristo con el sordomudo del Evangelio, y diciendo como Él: Epheta; es decir: abríos.

Este rito tenía por fin preparar a los Catecúmenos a recibir la revelación de los misterios que hasta entonces sólo se les había explicado con alegorías. La primera iniciación que recibían se refería a los Evangelios.

Después del segundo Gradual, salían del Secretarium, precedidos de cirios e incensarios, cuatro Diáconos llevando cada cual uno de los cuatro Evangelios. Se dirigían hacia el Santuario y colocaban los libros sagrados en cada uno de los cuatro ángulos del altar. El Pontífice o un simple sacerdote dirigía a los Catecúmenos la alocución siguiente que aun hoy día leemos en el Sacramentarlo Gelasiano:

“Antes de comenzar a explicaros los Evangelios, es decir el relato de los hechos de Dios, primero, carísimos, hijos, debo, daros a conocer lo que son los Evangelios, su origen, quién es el autor, por qué son cuatro, quien los ha escrito; finalmente quiénes son estos cuatro hombres, que pronosticados antes por el Espíritu Santo, fueron designados por el profeta. Si no os enseñase todos estos detalles dejaría zozobra en vuestras almas, y como precisamente habéis venido hoy para que se os abran vuestros oídos, no debo comenzar por dejar en la impotencia a vuestras inteligencias. Evangelio significa propiamente buena nueva; porque es el anuncio de Jesucristo nuestro Señor. El Evangelio nos viene de Él, con el fin de anunciar y demostrar que quien hablaba por medio de los profetas, vino en carne mortal a este mundo, como estaba escrito: “Yo que era quien hablaba, heme aquí.” Como os tengo que explicar brevemente lo que es el Evangelio y quiénes son estos cuatro hombres anunciados de antemano por el Profeta, vamos a designar sus nombres mediante las figuras que les explican. Dice el Profeta Ezequiel: Y he aquí sus rasgos: un hombre y un león a su derecha, un toro y un águila a su izquierda. Nosotros sabemos que estas cuatro figuras representan a los Evangelistas, cuyos nombres son: Mateo, Marcos, Lucas y Juan.”

Después de este discurso, un diácono desde lo alto del ambón, dirigiéndose también a los catecúmenos les decía:

Guardad silencio y estad atentos

Después abriendo el Evangelio de San Mateo, que había tomado del altar, leía el comienzo hasta el versículo 21. Terminada esta lectura, tomaba la palabra un sacerdote:

“Carísimos hijos, no quiero teneros por más tiempo en suspenso; os voy a explicar qué significan cada una de las figuras de los evangelistas. Mateo tiene la figura de un hombre, porque al principio de su libro, cuenta extensamente la genealogía del Salvador. Comienza de este modo: Libro de la Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán. Veis cómo hay motivos para representar a Mateo con la figura de hombre, porque comienza con el nacimiento humano del Salvador.”

El diácono que se había quedado en el ambón decía de nuevo:

Guardad silencio y estad atentos

Después leía el principio del Evangelio de San Marcos, hasta el versículo 8.

Después de esta lectura, el sacerdote volvía a tomar la palabra:

“El evangelista Marcos lleva la figura de león, porque comienza por el desierto, con estas palabras: La voz del que clama en el desierto: preparad los caminos del Señor; o también porque el Señor reina invencible. Esta figura del león es frecuente en las Escrituras; he aquí un ejemplo claro de esta palabra: Judá, hijo mío, tú eres el cachorro del león; tú has nacido de mi raza; se ha acostado y se ha dormido como un león y como el cachorro de la leona. ¿Quién se atreverá a despertarlo?”

El diácono dando de nuevo su aviso, leía el principio del Evangelio de San Lucas hasta el versículo 17; y el sacerdote tomando la palabra decía:

“El Evangelista Lucas lleva la figura de Toro, para recordar la inmolación de nuestro Salvador. Este Evangelista comienza por hablar de Zacarías e Isabel, padres de Juan Bautista, nacido en su ancianidad.”

El diácono anunciando de nuevo con la misma solemnidad el Evangelio de San Juan, del que leía los catorce primeros versículos, el sacerdote volvía a hablar en estos términos:

“Juan tiene la figura de Águila porque se cierne en las alturas. Él dice: Al principio era el Verbo y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios, estaba al principio con Dios. Y David hablando de la persona del Cristo, se expresa de este modo: Tu juventud se renovará como la del águila; porque Jesucristo Señor, resucitado de entre los muertos subió a los cielos. Por eso, carísimos hermanos, el que os ha concebido y aun os lleva en su seno se felicita pensando en la nueva familia que va a recibir la ley cristiana, cuando, en el día venerando de la Pascua, renazcáis en el agua bautismal y recibáis de Cristo nuestro Señor, como todos los santos, el don de una fiel infancia.”

A la explicación de los cuatro Evangelistas seguía la ceremonia que se llamaba entrega del Símbolo, en la cual se decía a los Catecúmenos el Símbolo de los Apóstoles y en los siglos siguientes el de Nicea. Un sacerdote dirigía primero esta alocución:

“Admitidos a recibir el Sacramento del Bautismo y antes de ser objeto de una nueva creación en el Espíritu Santo, debéis, carísimos hijos, concebir en vuestro corazón la fe que ha de justificaros; debéis, por vuestros espíritus trasformados en adelante mediante la virtud, acercaros a Dios que es la luz de vuestras almas. Recibid, pues, el Símbolo evangélico inspirado por el Señor, instituido por los Apóstoles. Son pocas palabras, mas los misterios que encierran son grandiosos; porque el Espíritu Santo que dictó esta fórmula a los primeros maestros de la Iglesia, formuló en él la fe que nos salva, con gran precisión de palabras con el fin de que las verdades que debéis creer y considerar continuamente no se la puedan ocultar a la inteligencia, ni fatigar la memoria. Sed pues diligentes en aprender este Símbolo y lo que os entregamos según tradición, como lo hemos recibido, escribidlo no en una materia corruptible sino en las páginas de vuestro corazón. Así, pues, la profesión de fe que habéis recibido comienza del modo siguiente.”

Se adelantaba entonces uno de los Catecúmenos y el sacerdote pedía al acólito que le había llevado:

“¿En qué lengua dan testimonio éstos de nuestro Señor Jesucristo?”

El acólito respondía:

“En griego.”

En Roma, en tiempo de los emperadores, se usaba el griego tanto como el latín.

Entonces el sacerdote decía al acólito:

“Decidles la fe en que creen.”

Y el acólito, con la mano extendida sobre la cabeza del Catecúmeno, pronunciaba el Símbolo en griego, recitándole en un tono solemne. A continuación, se adelantaba una de las mujeres catecúmenas de la lengua griega; el acólito repetía el Símbolo del mismo modo; el sacerdote decía entonces:

“Carísimos hijos, acabáis de oír el Símbolo en griego; escuchadle ahora en latín.”

Se adelantaban sucesivamente dos catecúmenos de lengua latina, un hombre y una mujer, y el acólito recitaba dos veces ante ellos, y en voz alta, de modo que todos los demás lo pudiesen entender, el Símbolo en latín. Una vez que se hacía la entrega del Símbolo, el sacerdote pronunciaba esta alocución:

“Este es el compendio de nuestra fe, carísimos hijos, y estas son las palabras del Símbolo, escogidas y ordenadas no como se les ha ocurrido a los hombres sino conforme les ha dictado la razón divina. Todos son capaces de comprenderlas y retenerlas en la memoria. En él se habla del poder uno e igual de Dios Padre; en él se nos enseña cómo el único Hijo de Dios nació según la carne de la Virgen María por virtud del Espíritu Santo; en él se narra la crucifixión, su sepultura y su resurrección al tercer día; en él se afirma su ascensión a los cielos, su toma de asiento a la derecha de la majestad del Padre, su futura venida para juzgar a los vivos y a los muertos. En él se habla del Espíritu Santo que tiene la misma divinidad que el Padre y que Hijo; en él finalmente, se enseña la vocación de la Iglesia, la remisión de los pecados y la resurrección de la carne. Os habéis despojado del hombre viejo, carísimos hijos míos, para reformaros conforme al nuevo; de carnales os trasformaréis en espirituales; de terrestres en celestiales. Creed con fe firme y constante que así como Cristo ha resucitado, así también vosotros resucitaréis y que, este prodigio que se ha obrado en nuestro Jefe, se reproducirá también en todos los miembros de su cuerpo. El Sacramento del Bautismo que pronto vais a recibir nos confirma en esta esperanza. Tiene los efectos de la muerte y de la resurrección; en él se despoja del hombre viejo y se reviste del nuevo. El pecador se sumerge en el agua y sale justificado. Se arroja a quien nos arrastró a la muerte y se recibe en cambio a quien nos dio la vida, a quien, mediante la gracia que os dará, os hará hijos de Dios, no según la carne sino en virtud del Espíritu Santo. Debéis gravar en vuestros corazones esta breve fórmula para que os podáis servir de ella como un socorro, de la Confesión que contiene. El poder de esta arma es invencible contra todas las emboscadas del enemigo; tiene que serles familiar a los verdaderos soldados de Cristo. Que el diablo, que jamás deja de tentar al hombre, os halle siempre armados de este Símbolo. Salid triunfadores del enemigo que acabáis de renunciar; conservad, con la ayuda del Señor, hasta el fin, incorruptible e inmaculada la gracia que os va a otorgar; finalmente aquel que os va a perdonar los pecados os dé también la gloria de la resurrección. Así pues, carísimos hijos, ahora que conocéis el Símbolo de la fe católica aprendedle con cuidado sin cambiar una sola palabra. La misericordia de Dios es poderosa; que os guíe a la fe del bautismo a que aspiráis; y a nosotros que hoy os descubrimos los misterios nos lleve juntamente con vosotros al reino de los cielos, por intercesión del mismo Jesucristo, nuestro Señor que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.”

Ceremonia en la Iglesia Primitiva

Después de la Tradición del Símbolo, se entregaba a los catecúmenos la Oración Dominical. El diácono anunciaba primero esta nueva gracia y una vez que había recomendado guardar silencio y atención, un sacerdote dirigía a los candidatos esta nueva alocución:

Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, entre los diversos preceptos provechosos, en el día en que sus discípulos le pidieron cómo debían orar les dio esta fórmula de oración que pronto vais a oír y que os va a revelar el sentido por completo. Escuchad ahora, con caridad, cómo el divino Salvador enseñó a sus discípulos que hay que orar a Dios Padre Omnipotente: Cuando oréis, dice, encerraos en vuestra habitación y allí orad a vuestro Padre. Por habitación no se entiende un lugar apartado, sino lo íntimo de vuestro corazón que sólo Dios conoce. Cuando dice que se debe orar a Dios a puerta cerrada, nos advierte que debemos cerrar nuestro corazón a los malos pensamientos con la llave mística, y con los labios cerrados, hablar a Dios con gran pureza de alma. Lo que Dios escucha, es la fe, no el ruido de las palabras. Cerremos pues nuestro corazón con la llave de la fe a las emboscadas del enemigo; que sólo se abra para alabar a Dios de quien sabemos es templo; y morando el Señor de este modo en nuestros corazones oirá benignamente nuestras oraciones. El Verbo, la Sabiduría de Dios, Cristo nuestro Señor, nos ha enseñado la siguiente oración:

PADRE NUESTRO QUE ESTÁS EN LOS CIELOS

Notad esta palabra llena de libertad y confianza. Vivid de tal modo que podáis ser hijos de Dios y hermanos de Cristo. ¿No sería una temeridad la de aquel que se atreviese a llamar a Dios su Padre y que por otra parte se mostrase como un degenerado, contrariando su voluntad? Carísimos hijos; corresponded dignamente a esta divina adopción; pues está escrito: Todos los que creyeron en Él se les dio poder de hacerse hijos de Dios.

SANTIFICADO SEA EL TU NOMBRE

No es que Dios, santidad suma, necesite que le santifiquemos nosotros; pedimos que su nombre sea santificado en nosotros, de suerte que nosotros que nos hemos hecho santos con su bautismo, perseveremos en el nuevo estado que hemos recibido.

VENGA TU REINO

Nuestro Dios, cuyo reino es inmortal ¿no reinará siempre? Sin duda alguna; pero cuando decimos: Venga tu reino, pedimos la venida del reino que Dios nos prometió y que Cristo nos mereció con su sangre y sufrimientos.

HÁGASE TU VOLUNTAD ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO

Es decir que se cumpla tu voluntad de tal modo que lo que tú quieres en el cielo, lo cumplamos fielmente los que estamos en la tierra,

EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA DÁNOSLE HOY

Aquí se entiende el alimento espiritual, pues Cristo es nuestro Pan; El mismo lo ha dicho: Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. Decimos de cada día, porque constantemente debemos pedir vernos libres del pecado, con el fin de hacernos dignos del alimento espiritual.

Y PERDÓNANOS NUESTRAS DEUDAS,
ASÍ COMO NOSOTROS PERDONAMOS A NUESTROS DEUDORES

Estas palabras quieren decir que podemos merecer el perdón de los pecados perdonando primero a los que nos han ofendido. Por eso dice el Señor en el Evangelio: Si no perdonáis a los hombres las faltas que han cometido contra vosotros, vuestro Padre no os perdonará tampoco vuestros pecados.

Y NO NOS DEJES CAER EN LA TENTACIÓN

Es decir, no permitáis que caigamos en la tentación, cuando seamos inducidos por el autor del mal. La Escritura nos dice: No es Dios quien nos incita al mal. Es el diablo quien nos tienta, y para vencerle nos aconseja el Señor: Velad y orad para que no entréis en tentación.

MAS LÍBRANOS DEL MAL

Estas palabras se refieren a lo que dice el Apóstol: No sabéis lo que os conviene pedir. Debemos rogar a Dios uno y omnipotente para que los males que no pueda evitar la fragilidad humana, nos veamos libres de ellos nosotros en virtud de la ayuda que nos dará Jesucristo nuestro Señor, que como Dios, vive y reina en unión con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Concluida la alocución, decía el diácono:

Guardad orden y silencio y estad atentos

El sacerdote volvía a hablar en los siguientes términos:

“Acabáis de oír, carísimos hijos, los misterios de la Oración Dominical; ahora gravadlos en vuestros corazones para que lleguéis a ser perfectos y merezcáis pedir y recibid la misericordia divina. Dios nuestro Señor es poderoso y a los que pronto vais a recibir la fe os conducirá al baño de las aguas regeneradoras. Dígnese llevarnos con vosotros al reino celestial en premio de haberos instruido en los misterios de la fe católica, que vive y reina con Dios Padre en unión con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.”

EL BAUTISMO

La Iglesia de los primeros siglos designaba el Bautismo con el nombre de Iluminación; este sacramento en efecto confiere al hombre la fe sobrenatural mediante la cual se le infunde la luz divina.

Por esta razón se leía hoy el relato de la curación del ciego de nacimiento, imagen del hombre iluminado por Jesucristo.

Este tema se ve reproducido con frecuencia en las pinturas murales de las catacumbas y en los bajo relieves de los antiguos sarcófagos cristianos.

Nosotros nacemos todos ciegos; Jesucristo por el misterio de su Encarnación, figurada en este barro que representa nuestra carne, nos ha merecido el don de la vista; mas para gozar de él, tenemos que ir a la piscina del divino Enviado y lavarnos en el agua bautismal. Entonces Dios mismo nos iluminará y se disiparan las tinieblas de nuestra razón.

La docilidad del ciego de nacimiento que cumplió tan cándidamente las órdenes del Salvador, es imagen de la de los Catecúmenos; escuchan dócilmente las enseñanzas de la Iglesia, porque también ellos quieren recobrar la vista.

El ciego de nacimiento, curado, demuestra lo que obra en nosotros la gracia de Jesucristo mediante el Bautismo; mas, a fin de que la instrucción fuese completa, reaparece al fin del relato para darnos un modelo de la curación espiritual, herida por la ceguera del pecado.

LA FE

El Salvador le pregunta como también a nosotros nos ha preguntado ante la piscina sagrada: ¿Crees en el Hijo de Dios? El ciego deseoso de creer, le responde al punto: ¿Quién es Señor para que yo crea en El?

Así es la fe, que une la débil razón del hombre a la suprema sabiduría de Dios y nos otorga su verdad eterna. Apenas si Jesús ha manifestado su divinidad ante este hombre y ya se postra en tierra para adorarle: Ahora es verdaderamente cristiano.

¡Cuántas enseñanzas se encierran aquí para los Catecúmenos!

Al mismo tiempo, este relato les revela y nos recuerda también a nosotros la maldad de los enemigos de Jesús. Pronto darán muerte al justo por excelencia; el derramamiento de su sangre nos merecerá la curación de la ceguera nativa, aumentada aún más por nuestros pecados personales.

Alabemos pues, amemos y reconozcamos a nuestro médico divino; su unión con la naturaleza humana ha preparado el colirio que ha de curar nuestros ojos de su enfermedad y hacerlos capaces de contemplar por siempre los esplendores de la misma divinidad.