
Semblanza al Padre Basilio, escrita por quien fuera su compañero en el seminario, Ángel Escobar, fue seminarista en La Reja, compañero del padre Basilio y gran amigo suyo, filósofo escolástico, Profesor Militar en Colombia, Tradicionalista de pro y periodista católico. Pues es una elegía y una síntesis extraordinaria de la doctrina que siempre defendió y propagó el Padre, apóstol de la Verdad.
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Hoy las ciencias y el saber están de luto. La pérdida de uno de sus más grandes cultores contemporáneos deja un enorme vacío en el selecto mundo del discurrir filosófico y del supremo conocimiento del razonar teológico. El padre Basilio Méramo Chaljub abandonó su estancia en la tierra de los vivos y seguramente ahora debate en el Olimpo de las ideas con quienes fueran sus mas dilectos contertulios materializados en las páginas memorables que nos legaran: Tomás de Aquino, Aristóteles de Estagira, Irineo de Lyon, Agustín de Hipona, Manuel Lacunza, Johanes Straubinger, Florentino Alcañiz, Antonio Orbe, Marín-Sola, Royo Marín y Cornelio Fabro.
De estirpe siria, nacido en Colombia e iniciado en la buena doctrina por maestros argentinos, tales como Alberto Boixadós y las lecturas de Julio Meinvielle y Leonardo Castellani, fue posteriormente ordenado sacerdote por monseñor Marcel Lefebvre en Econe Suiza. Se mantuvo fiel a su pensamiento, lo que lo llevó a distanciarse de la congregación por él fundada después de haber establecido numerosas congregaciones de fieles en Argentina, España, México, Chile y Colombia.
Fue ante todo un autodidacta que bebió en las fuentes de la más pura doctrina tomista, las Sagradas Escrituras y la patrística Greco-latina.
Armado del increpador tono de los profetas y verbo inflamado, predicó la buena nueva oportuna e inoportunamente. De estilo incisivo y polémico fustigó inmisericorde el error sin calcular consecuencias ni hacer acepción de personas, fueran ellas cercanas o distantes a él.
Su grandioso aporte a la teología es atemporal y pasará desapercibido para la mayoría de sus coetáneos quedando a las generaciones futuras la tarea de evaluarlo en su justa dimensión por parte de los entendidos y especializados.
Descollan entre sus tesis la inexistencia del limbo, la personalidad de las almas separadas del cuerpo, la vigencia del milenarismo patrístico, la invalidez de la nueva misa, la hipótesis de un papa hereje y la Consideración Teológica sobre la Sede Vacante entre otras.
Refutó con ahínco los errores de thucistas y papolatristas, que confieren una infalibilidad al sucesor de Pedro más allá de los límites establecidos por la doctrina católica, recordando que esta sería la peor herejía según profecía del padre Le Floch.
Profundizó en el sentido de la Misa como un sacrificio sacramental y sacramento sacrificial que debe estar plenamente significado en el rito so pena de invalidarla. Algo que según su pensar no se da en el “novus ordo missae” por no cumplir con la esencia de lo que define un sacramento.
Asiduo estudioso de Santo Tomás no temió cuestionar algunas de sus posiciones y señalar imperdonables vacíos en su obra, al paso que lo defendió de comentadores, tales como Báñez y Cayetano, a quienes señaló de malinterpretar su pensamiento.
Mostró que el Santo Doctor no rechaza que la Virgen fuera exenta del pecado original sino que lo fuera de la redención de Cristo. Solo que Ella recibió sus efectos con anterioridad, exceptuándola así de la mancha original mas no de la universalidad del acto redentor de El Salvador.
Pero se apartó del Aquinate en cuanto a su postura sobre la redención como causa de la encarnación. Inspirado en el apelativo de Pimpollo que la escritura le atribuye a El Mesías, según magistral descripción de Fray Luis de León y siguiendo la lógica de que solo la glorificación de Sí mismo como máximo objeto del amor y el obrar divino “Ad Extra”, pudo haber determinado el decreto eterno de la encarnación del Verbo, que es el misterio escondido desde todos los tiempos según San Pablo.
Pero fue sin duda el dogma de la segunda venida de Cristo el eje central de su pensamiento teológico y predicación dominical. A la luz de esta verdad encontró sentido a la actual crisis universal de la fe y en esta “bienaventurada esperanza” fundamentó la perseverancia final de los justos que formen parte de la “Pusillus Grex” al fin de los tiempos.
Señaló con énfasis el abandono milenario de la prédica sobre la Parusía por parte de los hombres de Iglesia a partir del siglo III, como causante última de la decadencia de la civilización cristiana y la actual crisis de la Iglesia del Vaticano II, a la que denominó sin tapujos “contra-iglesia del anticristo, sinagoga de satanás”.
Denunció el pietismo sensiblero que suplantó la auténtica devoción basada en el conocimiento intelectual de Dios, culpando al Kempis como su causa primigenia.
Incursionó en campos tan disímiles como la economía, la física y la antropología, rebatiendo con sólidos argumentos científicos a muchos de sus más reconocidos exponentes, tales como Freud, Marx, Darwin, Stephen Hawking y al neurofisiólogo Llinás.
La abstracción del “esse ut actus essendi” como constitutivo más íntimo del “ser” fue su obsesión filosófica en el terreno de la metafísica. Concepción que enriqueció con la de la “participación del ser” por oposición a la teoría gnóstica que rebatió con fiereza, especialmente bajo el barniz seudocristiano presente en la teoría del profesor Borella a quien desenmascaró y destruyó con argumentos incontrovertibles.
La aguda inteligencia y sabiduría de que estaba dotado le permitió pergeñar la explicación más exquisita y sublime del dogma de la Santísima Trinidad. Imposible expresar mejor con palabras humanas este gran misterio. Solo la experiencia mística podría elevar más allá su comprensión en esta vida.
El arduo e intrincado debate sobre la predestinación de los justos no escapó a su dilucidación y explicitación a los fieles, logrando en grado sumo lo que es más característico del sabio, a saber, presentar en los términos más sencillos y asequibles los conceptos más elevados y complejos.
El estudio completo de su obra arroja una nueva luz sobre la totalidad de la doctrina católica y permite una comprensión más plena de los dogmas de nuestra fe.
De la coherencia entre su pensar y obrar da testimonio su vida marcada por un ascetismo solo comparable a la de los padres del desierto. Baste con decir que a lo largo de su vida practicó durante ocho cuaresmas el ayuno de 40 días alimentándose únicamente con agua, y de él puede decirse literalmente sin hipérbole, lo de los militares, que durante gran parte de su vida no dormía, simplemente reposaba sobre una estera en el piso, sin cama ni colchón.
En medio de un mundo que aborrece la autoridad y reniega de la verdad fue una voz en el desierto que aferrado a ella, no cesó de gritarla una y mil veces con la misma fuerza y contundencia con la que cae una cimitarra descargada sobre la nuca del impío hombre moderno.
“Solo lamento no poder ver la Parusía” fueron algunas de sus últimas palabras antes de rendir su alma al Todopoderoso en el apacible retiro de la pequeña población colombiana de Choachi.
Como San Basilio, de quien tomó su nombre, fue este también un grande de nuestros tiempos.
Ángel Escobar.
