SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 27. EL CANTO DE LAS ALABANZAS DE DIOS JUNTO CON LOS BIENAVENTURADOS

Bendice, alma mía, al Señor, y todo lo que hay dentro de mí bendiga a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no te olvides nunca de sus beneficios. Bendecid al Señor todas su obras, y en todos los lugares a donde se extiende su poder, bendice alma mía al Señor. Alabemos al Señor a quien alaban los Ángeles, adoran las Dominaciones, temen las Potestades; a quien los, Querubines y Serafines gritan sin cesar: Santo, Santo, Santo. Unamos nuestras voces a las voces de los santos Ángeles, y alabemos al común Señor según lo permite nuestra debilidad. Aquéllos alaban al Señor de modo purísimo e incesante, porque están siempre contemplando a Dios, no mediante algún espejo o como en enigma, sino directamente cara a cara.

¿Quién podrá expresar con palabras o concebir en su pensamiento cuál es esa multitud de espíritus bienaventurados y de virtudes celestiales que están siempre en la presencia del Señor; cuál es su inmensa e interminable alegría al ver a Dios; su gozo sin deficiencia, y el ardor de su amor que no atormenta sino que deleita; su ardiente deseo de contemplar a Dios y de saciar su alma con esa inefable visión; su deseo que aumenta con la misma satisfacción y que no va acompañado por ninguna pena y cuya saciedad jamás produce fastidio? ¿Quién podrá decir o concebir, cómo su unión con la suma felicidad les hace bienaventurados; cómo su unión con la verdadera luz les convirtió en luz; cómo contemplando sin cesar la inmutable Trinidad pasaron a un estado de inconmutabilidad?

Pero, ¿cómo podremos comprender la gran excelencia de los ángeles, nosotros que ni siquiera somos capaces de conocer la naturaleza de nuestra alma? Para nosotros en esta cuestión todo es misterio. ¿Qué es esa alma que puede animar una carne mortal, pero que es impotente para limitarse solamente a los pensamientos santos, esa alma que es a la vez tan fuerte y tan débil, tan grande y tan pequeña; esa alma que penetra en las verdades más ocultas, contempla las cosas celestes e inventa innumerables artes, tan maravillosas como útiles para la vida? ¿Qué es, pues, esa alma cuyo conocimiento se extiende a tantas cosas, y que, sin embargo, no sabe cómo ha sido hecha ella misma? Aunque algunos autores han formulado opiniones dudosas e inciertas sobre su naturaleza y sobre su origen, sabemos que es una sustancia espiritual o inteligente, creada por el poder de Dios, que es inmortal por la misma condición de su naturaleza, principio de la vida, que anima y sostiene el cuerpo mortal, sujeta a diversos cambios, al olvido, a las agitaciones del temor y de la exaltación del gozo. Es algo maravilloso y que produce un gran estupor. Sobre Dios creador de todas las cosas, y que es incomprensible e inefable, leemos, decimos y escribimos, sin sentir duda ni incertidumbre, cosas sublimes y dignas de admiración; pero cuando se trata de los ángeles o de nuestras propias almas no podemos dar pruebas evidentes y positivas de nuestros asertos.

Que mi alma se aparte de estas cosas, trascienda todo lo creado, corra y se eleve, vuele y atraviese el espacio, y en la medida de sus fuerzas dirija los ojos de la fe al Creador de todas las cosas. Estableceré en mi corazón diversos escalones, y a través de mi misma alma, subiré hasta mi Dios, que reina eternamente sobre mí. Que el espíritu se aleje de todo lo visible por los ojos, y de todo lo representable por la imaginación, y se eleve puro y simple, y en rápido vuelo, hasta el Creador de los ángeles, de las almas y de todo el universo.

Bienaventurada el alma que despojada de todas las cosas terrestres sólo ama las del cielo, y que fija su morada en lo más alto del cielo, y desde la cima de las rocas escarpadas puede, como el águila, fijar y mantener su mirada en el resplandor del sol de la justicia: ¿Hay, efectivamente, algo más bello y más deleitoso que contemplar a Dios con la sola intuición de la mente y la avidez del corazón; que ver invisiblemente y de modo tan maravilloso al Dios invisible de la naturaleza; que ver esa luz divina y no la luz de aquí abajo? Esta luz que alumbra la tierra, y que está cerrada en el espacio, esta luz que termina con el tiempo y que la noche cubre de tinieblas, esta luz que es común a los hombres, a las bestias y a los más humildes gusanos, ¿qué es más que una verdadera noche en comparación con la luz suprema de Dios?