Batalla
Señor, cayó la noche. Sostenme con tu gracia
y brúñeme el escudo que es hora de partir.
Se extiende ante mis ojos el campo de batalla
y muchos son los males que debo combatir.
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Los tétricos pendones del pérfido enemigo
flamean en los campos. Redoblan sus tambores
y van haciendo gala de un negro paganismo
que todo lo penetra, que todo lo corrompe.
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Son esos que en arcanos conventículos traman
pisotear Tu evangelio y esquilar Tu rebaño,
los mismos que detestan la verdad y la patria,
la virtud, la familia la inocencia y lo santo;
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que ascienden animados por un poder siniestro
como Icaros borrachos de gloria y esplendor
–cenizas pretensiosas con ínfulas de cielo
que acabarán en llamas y vueltos maldición–.
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Son esos que detestan Tu creación sublime,
que aspiran a la gloria de un quimérico edén,
que ignoran Tus derechos y abiertamente exhiben
su virulenta inquina contra el hombre de fe.
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Y porque no te aman ni aman lo que es tuyo
podrán sembrar en mi alma mi repulsión por Ti.
Mañana sus torreones y fétidos submundos
caerán a Tus plantas como humeante serrín.
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Señor, estoy contigo. ¡Afílame la espada
que hay sombras que se niegan a desaparecer
y quiero, cruz en ristre, salir a confrontarlas
hasta que con Tu auxilio triunfe el amanecer!

