Señor, cayó la noche. Sostenme con tu gracia y brúñeme el escudo que es hora de partir. Se extiende ante mis ojos el campo de batalla y muchos son los males que debo combatir. +++ Los tétricos pendones del pérfido enemigo flamean en los campos. Redoblan sus tambores y van haciendo gala de un negro paganismo que todo lo penetra, que todo lo corrompe. +++ Son esos que en arcanos conventículos traman pisotear Tu evangelio y esquilar Tu rebaño, los mismos que detestan la verdad y la patria, la virtud, la familia la inocencia y lo santo; +++ que ascienden animados por un poder siniestro como Icaros borrachos de gloria y esplendor –cenizas pretensiosas con ínfulas de cielo que acabarán en llamas y vueltos maldición–. +++ Son esos que detestan Tu creación sublime, que aspiran a la gloria de un quimérico edén, que ignoran Tus derechos y abiertamente exhiben su virulenta inquina contra el hombre de fe. +++ Y porque no te aman ni aman lo que es tuyo podrán sembrar en mi alma mi repulsión por Ti. Mañana sus torreones y fétidos submundos caerán a Tus plantas como humeante serrín. +++ Señor, estoy contigo. ¡Afílame la espada que hay sombras que se niegan a desaparecer y quiero, cruz en ristre, salir a confrontarlas hasta que con Tu auxilio triunfe el amanecer!