Capítulo 25. DESEO ARDIENTE DEL CIELO
¡Oh Jerusalén, madre nuestra, ciudad santa de Dios, esposa queridísima de Cristo: mi corazón te ama y mi mente desea ardientemente tu belleza! ¡Qué hermosa, qué gloriosa y qué noble eres tú! Eres toda hermosa y en ti no hay ninguna mancha 86. Salta de gozo y alégrate, hermosa hija del príncipe, porque el rey está prendado de tu belleza, y se enamoró de tu hermosura el más bello de todos los hijos de los hombres. Pero ¿cuál es el más querido entre todos los amados por ti, oh la más bella de las mujeres? Tu amado es blanco y rubio, escogido entre miles 87. Como el manzano entre los árboles del bosque, así es tu amado entre los hijos de los hombres. He aquí que estoy sentado alegremente a la sombra del que amo, y sus frutos son dulces para mi boca 88. Mi amado pasó la mano por la abertura de la puerta, y mis entrañas se conmovieron con su contacto 89. ¡En mi lecho busqué durante la noche a mi amado; lo busqué y conseguí encontrarlo 90; lo tengo junto a mí y no le dejaré marchar hasta que me lleve a tu casa y a tu morada, oh Jerusalén, gloriosa madre mía! Allí me amamantarás 91 abundante y perfectamente de la leche de tus pechos castísimos, y me saciaré con una maravillosa saciedad, de modo que ya nunca más sienta ni hambre ni sed. Feliz sería, alma mía, y eternamente feliz, si yo fuera digno de contemplar tu gloria, oh ciudad celestial, y de admirar tu felicidad y tu belleza, tus puertas, tus murallas y tus plazas, tus magnificas moradas y tus nobles ciudadanos, así como ver en todo su esplendor y su belleza a tu rey fortísimo, nuestro Señor Jesucristo.
Pues tus murallas están hechas con piedras preciosas, tus puertas con las perlas más finas, y tus plazas con oro purísimo, y en ellas suenan sin cesar cantos de amor y de gozo. Los fundamentos de tus moradas son piedras cuadradas de zafiro, cubiertas con planchas de oro. Nada impuro hay en esas mansiones, y están cerradas para todos los hombres malvados. ¡Qué bella y llena de delicias la Jerusalén celestial, nuestra madre Jerusalén! Nada hay en ti de las penas que aquí padecemos, nada de los males que vemos en esta miserable vida. No hay en ti tinieblas, ni noche, ni cualquier otra diversidad de tiempos. No brilla en ti luz de lámparas, ni luz de luna, ni el esplendor de las estrellas, sino solamente el Hijo de Dios, luz de luz y sol de justicia que siempre te ilumina: el Cordero inmaculado, brillante y bellísima es tu luz. La inefable contemplación de la belleza de tu reyes tu único y soberano bien, y el sol que te ilumina. Ese mismo Rey de reyes, está en medio de ti, rodeado por sus hijos. Allí los coros de los ángeles y la asamblea de los bienaventurados entonan sin cesar a tu gloria cánticos de reconocimiento y de amor. Se celebra allí solemnemente el retorno de los que, después de su triste peregrinar sobre la tierra, han sido llamados a disfrutar de tus delicias. Allí están ya reunidos los profetas a quienes Dios iluminó con su Espíritu, los doce Apóstoles que deben juzgar al mundo, el innumerable y victorioso ejército de los mártires, los santos confesores de Cristo, los verdaderos y perfectos anacoretas, las santas mujeres que triunfaron sobre los placeres del mundo y sobre la debilidad de su sexo, los muchachos y muchachas cuya santidad de costumbres fue superior a su número de años. Se encuentra allí la grey feliz de las ovejas y de los corderos que no cayeron en las trampas que les tendieron las voluptuosidades de este mundo. Todos los habitantes de esta ciudad tienen mansiones especiales o diferentes grados de gloria, pero el gozo de cada uno es el gozo de todos. Pues reina allí únicamente la caridad plena y perfecta, porque Dios está todo en todos 92; ese Dios que ellos contemplan sin cesar, y cuya visión les mantiene encendidos siempre en el amor. Aman y alaban a Dios sin fin. Su única y constante ocupación consiste en celebrar eternamente la gloria divina.
¡Qué felicidad, qué felicidad perpetua la mía, si después de la disolución de este cuerpo mortal pudiera escuchar la melodía celestial de estos santos himnos cantados en honor del rey eterno por los habitantes de la patria celeste y por los coros de los espíritus bienaventurados! Feliz y muy feliz sería yo si pudiera unir mi voz a la suya, acercarme a mi Rey, mi Dios y mi Jefe soberano, y contemplarle en todo el esplendor de su gloria, como él mismo nos lo prometió cuando dijo: Padre, quiero que los que me diste estén conmigo, para que vean el esplendor que tuve en tu presencia antes de la creación del mundo 93; y en otro lugar: Quien me sirva que me siga y donde yo estoy, allí estará también mi servidor 94; y en otro pasaje: Quien me ama será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él 95.
Notas
86 Cf Ct 4,7
87 Cf Ct 2,9-10
88 Cf Ct 2,3
89 Cf Ct 5,4
90 Cf Ct 3,1
91 Cf Ct 7,12
92 Cf 1Co 15,28
93 Jn 17,24
94 Jn 12,26
95 Jn 14,21

