Capítulo 24. INVOCACIÓN DE LOS SANTOS
Felices vosotros, santos de Dios, que ya habéis atravesado este mar tempestuoso de la vida mortal, y habéis merecido llegar al puerto del sosiego eterno, de la paz y de la inalterable seguridad, donde ya no habrá para vosotros más que tranquilidad, felicidad y gozo.
Os suplico, en nombre de la caridad que es madre de los hombres; os suplico a vosotros que ya nada tenéis que temer, que tengáis cuidado de nosotros, y os pido que seguros de vuestra inaccesible gloria os mostréis solícitos de remediar nuestras muchas miserias. Os ruego que penséis sin cesar en nosotros; os lo pido por aquel que os eligió y os dio vuestro ser, por aquel cuya belleza os sacia de gozo, por aquel que os comunicó la inmortalidad, y de cuya felicísima visión siempre disfrutáis; remediad nuestras miserias pues todavía estamos expuestos al oleaje tempestuoso de esta vida. Vosotros sois las puertas hermosísimas y excelsas de la Jerusalén celestial; no nos abandonéis a nosotros que somos únicamente el vil pavimento sobre el que vosotros camináis. Tendednos vuestra mano auxiliadora para elevarnos de nuestro abatimiento, a fin de que curados de nuestra debilidad seamos poderosos para combatir en la batalla. Interceded y orad sin cesar por nosotros, pobres pecadores y llenos de innumerables negligencias, a fin de que mediante vuestras plegarias obtengamos la gracia de entrar en vuestra santa compañía, pues ese es el único modo en que podemos salvarnos. Porque somos seres frágiles, sin fuerza y sin mérito alguno, esclavos de la carne como los más viles animales, en los que apenas aparece algún vestigio de nobleza. Sin embargo, por nuestra fe en Jesucristo, somos llevados sobre el leño de la cruz, navegando por este mar grande y espacioso, donde hay innumerables reptiles, donde se mezclan los animales pequeños con los grandes, y donde se agita el cruelísimo dragón 85, siempre dispuesto a devorar, donde están los peligrosos escollos de Escila y Caribdis y otros innumerables peligros, en los que naufragan los incautos y los de fe insegura. Orad, pues, a Dios, orad piísimos santos; orad ejércitos todos de los santos y todos los coros de los bienaventurados, para que ayudados por vuestros méritos y oraciones, salvando la nave y todas las mercancías merezcamos llegar al puerto del reposo perpetuo, de la paz continua y de la seguridad interminable.
Notas
85 Cf Sal 105,25

