Capítulo 20. ORACIÓN A LA CASA DE DIOS
¡Oh bella y luminosa morada! He amado tu belleza y el lugar de la habitación de la gloria del Señor, mi hacedor y tu poseedor. Que tú seas en este destierro terreno el único objeto de mis aspiraciones, y que día y noche mi corazón sólo respire por ti. Que todos mis pensamientos sólo tiendan a ti, y que el único deseo de mi alma consista en participar un día de tu felicidad infinita. Pido también a quien te hizo a ti que me posea enteramente en ti, porque él es quien te hizo a ti y me hizo a mí. Une tus plegarias y súplicas a las mías para que me haga digno de participar contigo de la gloria de que tú gozas. Yo no podría obtener por mí mismo el favor de estar unido a ti y de participar de tu inefable belleza, pero no pierdo la esperanza de obtenerlo por la sangre preciosa de mi Redentor.
Concédeme, pues, el auxilio de tus propios méritos, y dígnate suplir mi indignidad con tus puras y santas plegarias, que nunca pueden ser ineficaces ante Dios. Confieso que he andado largo tiempo errante, como una oveja perdida, y de esa manera prolongo mi peregrinación sobre la tierra, lejos de la presencia de mi Señor y mi Dios, sumido en la ceguera y en las tinieblas de mi destierro. Después de haber sido excluido de las alegrías del paraíso, deploro diariamente en mí mismo las miserias de mi cautividad. Mis cánticos son cánticos de tristeza y de duelo. Gimo y me lamento sin cesar, pensando en ti, Jerusalén celestial, nuestra madre común, viendo, oh santa y gloriosa Sión, que hasta ahora sólo he posado mis pies a la entrada de tu morada, sin poder penetrar dentro para contemplar sin velo tu celestial belleza. Pero espero que tu divino arquitecto, mi dulce y Buen Pastor, se dignará llevarme sobre sus espaldas, como a la oveja extraviada 77, y hacerme llegar hasta ti 78, para gustar en ti las delicias de la alegría inefable, herencia de todos los que contemplan contigo la grandeza de Dios, nuestro Salvador, quien por su divina Encarnación nos reconcilió con el Padre, y por su preciosa sangre pacificó todo lo que está en los cielos y en la tierra. El es nuestra paz, y él hizo de dos pueblos uno solo 79, reuniéndolos en sí mismo a pesar de ser opuestos entre sí, prometiendo hacernos partícipes de tu eterna felicidad, del mismo modo y en la misma medida en que tú mismo disfrutas, cuando dijo: serán iguales a los ángeles de Dios en los cielos 80.
¡Oh Jerusalén celestial, morada eterna de Dios! Después de Jesucristo eres tú, nuestra alegría y consolación, lo que debemos amar sobre todo. ¡Que el dulce recuerdo de tu nombre bienaventurado alivie nuestros pesares y tedio!
Notas
77 Cf Sal 118,176
78 Cf Sal 119,5
79 Cf Ef 2,14
80 Mt 22,30

