Capítulo 18. ORACIÓN A JESUCRISTO
Esperanza mía, Cristo mío, tú dulce amador de los hombres, luz, camino, vida, salvación, paz y ornato completo de los tuyos, por cuya salvación quisiste soportarlo todo, carne, cadenas, cruz, heridas, muerte y sepulcro, resucitando al tercer día después de vencer a la muerte, te apareciste a los discípulos, y consolidaste los corazones vacilantes, a los cuarenta días subiste a lo más alto de los cielos, y vives y reinas ahora eternamente por los siglos.
Tú eres, oh Jesús, mi Dios viviente y verdadero, mi Padre santo, mi Señor piadoso, mi gran rey, mi buen pastor, mi único maestro, mi ayuda en las necesidades, mi amado hermosísimo y mi pan de vida. Tú eres mi sacerdote eterno, mi guía para la patria, mi luz verdadera, mi dulzura santa, mi camino recto, mi sabiduría preclara, mi sencillez pura, mi concordia pacífica, mi segura custodia, mi porción o lote perfecto, mi salvación sempiterna, mi gran misericordia, mi paciencia fortísima, mi víctima inmaculada, mi redención santa, mi esperanza futura, mi caridad perfecta, mi resurrección santa, mi vida eterna, mi exultación y visión felicísima que ha de durar para siempre. Te pido, te suplico y te ruego, para que por ti camine, a ti llegue y en ti descanse, pues tú eres el camino, la verdad y la vida 62, y sin ti nadie viene al Padre, pues sólo a ti te deseo, dulcísimo y hermosísimo Señor.
¡Oh esplendor de la gloria del Padre, que estás sentado sobre los Querubines y sondeas los abismos; luz verdadera, luz que ilumina, luz indeficiente en la que desean los ángeles fijar sus miradas; mi corazón está delante de ti, disipa sus tinieblas, para que sea inundado más plenamente por la claridad de tu amor! 63 Entrégate a mí, Dios mío, devuélveme a ti; yo te amo, y si mi amor es insuficiente, haz que te ame todavía más. No puedo saber por mí mismo lo que todavía falta a mi amor para merecer que mi vida sea desde ahora objeto de tu ternura, y que no se aparte más de ti, hasta que se sumerja enteramente en la contemplación de tu rostro. Sólo sé que fuera de ti, y en mí mismo, todo es malo para mí, y que toda la abundancia que no es mi Dios, sólo es para mí pobreza. Tú eres el único bien que no puede tener aumento ni disminución, porque tu naturaleza es simple, y en ti no son cosas diferentes el vivir y el vivir feliz, porque tú mismo eres tu bienaventuranza. Pero en tus criaturas una cosa es el vivir, y otra el vivir felizmente, y a tu gracia deben la vida y la felicidad de su vida. Y por eso tenemos necesidad de ti, Señor nuestro, que nunca tienes necesidad de nosotros. Porque aunque nosotros no existiéramos, nada faltaría a tu felicidad, de la que tú mismo eres la plenitud y el fin.
Es, pues, menester que siempre estemos unidos a ti, Señor, para que con el auxilio de tu gracia podamos vivir según las leyes de la piedad, de la santidad y de la justicia. Si el peso de nuestra fragilidad nos arrastra hacia las cosas de la tierra, tu gracia nos eleva hacia las del cielo, adonde somos llevados por el fuego de tu amor. Nos enardecemos, y subimos. Nos elevamos al cielo por el movimiento de nuestro corazón, cantando el cantar de los grados. Ardemos con tu fuego, que es un fuego divino, y así subimos hacia ti. ¿Y hacia dónde subimos?, hacia la Jerusalén celestial, porque me alegré mucho cuando me dijeron: vamos a ir a la casa del Señor 64. Allí nos colocará tu voluntad benigna, de modo que únicamente queramos habitar allí para siempre.
Pero mientras vivimos en el cuerpo, peregrinamos lejos de ti, Señor 65, y por eso no tenemos aquí abajo una morada fija, sino que buscamos incesantemente la patria futura 66, donde esperamos tener el derecho de ciudadanía celestial. Por eso con el auxilio de tu gracia penetro en lo más secreto de mi corazón para dirigirte un cántico de amor, oh Rey mío y Dios mío, y para lanzar inenarrables gemidos en el mismo lugar de mi destierro, donde las leyes de tu justicia constituyen el objeto de mis alabanzas y de mis cánticos. En este destierro pienso sin cesar en la Jerusalén celestial, hacia la cual se dirigen todos los anhelos de mi corazón; pienso en esa Jerusalén que es mi patria y mi verdadera madre. Así mis anhelos se dirigen también hacia ti, oh Señor, que eres allí el rey, la luz, el padre, el defensor, el protector, el divino pastor, las castas y fuertes delicias, el gozo sólido, y todos los bienes inefables, y al mismo tiempo todas las cosas, porque eres el único sumo y verdadero bien. Jamás dejaré de pensar en ti, hasta el día en que llames a mi ser entero de esta multiplicidad de cosas sin gloria, donde yo me encuentro perdido, para hacerme gozar, por tu divina misericordia, de una paz inalterable en el seno de esa madre amantísima, donde están ya las primicias de mi espíritu.
Notas
62 Cf Jn 14,6
63 1P 1,12
64 Sal 111,1
65 2Co 5,6
66 Heb 13,14

