Capítulo 17. LA GRATITUD QUE DEBEMOS A DIOS
¡Cuánto te debemos a ti, Señor Dios nuestro, nosotros que hemos sido rescatados por tu sangre preciosa, salvados con tan gran don, y ayudados por tan glorioso beneficio! ¡Cuánto has de ser temido y amado por nosotros miserables; cuánto has de ser bendecido y alabado, honrado y glorificado, tú que así nos amaste y nos salvaste, así nos santificaste y nos glorificaste! Pues a ti te debemos todo lo que podemos, todo lo que sabemos, todo lo que vivimos. ¿Y quién tiene algún bien que no proceda de ti?, tú eres nuestro Dios y Señor del que proceden todos los bienes. Dígnate, pues, por tu gloria y por el honor de tu nombre santo, enriquecernos con tus bienes, a fin de que por ellos podamos servirte, agradarte según el Espíritu de la verdad, y darte diariamente las gracias debidas por los beneficios con que nos ha llenado tu misericordia. Porque sin el auxilio de tu gracia no podemos servirte ni agradarte. Pues toda gracia excelente y todo don perfecto viene de arriba, y desciende del Padre de las luces, en el que no hay variación ni alguna sombra de cambio 56.
¡Oh Señor Dios nuestro, Dios piadoso, Dios bueno, Dios omnipotente, Dios inefable y de naturaleza infinita, hacedor de todas las cosas, y Padre de nuestro Señor Jesucristo! A ese Hijo amado, nuestro dulce y adorable Salvador, tú mismo le enviaste desde el seno de tu divinidad para que recibiera nuestra vida y nos comunicara la suya. Gracias a ti, oh Padre, es Dios perfecto y gracias a su Madre es Hombre perfecto; es enteramente Dios y enteramente Hombre, siempre él solo y único Jesucristo, eterno y sujeto al tiempo, inmortal y sujeto a la muerte, creador y creado, poderoso y débil, vencedor y vencido, pastor y oveja, alimentador y alimentado, muerto temporalmente y viviente contigo eternamente. Según su promesa dio a los que le aman el derecho de ciudadanía celestial, y nos dijo a todos: todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre lo conseguiréis 57. Por este sumo Sacerdote, por este verdadero Pontífice y buen Pastor, que se ofreció en sacrificio dando la vida por su rebaño; por quien está sentado a tu derecha e intercede por nosotros; por este divino Redentor, nuestro abogado ante ti: yo te suplico, oh Dios lleno de bondad, de clemencia y de amor hacia los hombres, hazme digno mediante una contrición sincera, y por las lágrimas que yo derramaré para borrar mis pecados con gran reverencia y temor, de poder un día bendecirte y glorificarte en todas las cosas con tu Hijo y con el Espíritu Santo, porque teniendo una misma sustancia tenéis también unos mismos dones.
Pero como el cuerpo sujeto a corrupción pesa sobre el alma 58, te suplico que me hagas despertar con los estímulos de tu amor. Haz que persevere con ardor en el cumplimiento de tus preceptos y en el canto de tus alabanzas día y noche. Concédeme que mi corazón se abrase dentro de mí, y que se encienda el fuego en mi meditación 59. Y como tu único Hijo afirmó: nadie viene a mí si no es traído por el Padre que me envió 60, y nadie viene al Padre si no es por mí 61, te ruego y te suplico que me atraigas hacia él, a fin de que él mismo me haga llegar hasta ti, allí donde está sentado a tu derecha, allí donde goza de la vida eterna y eternamente feliz, allí donde te podremos amar perfectamente sin turbación, y sin temor, allí donde brilla un día interminable, allí donde los espíritus y los corazones están perfectamente unidos, donde reina una seguridad suprema, la tranquilidad segura, el gozo tranquilo, la felicidad gozosa, la eternidad feliz, la felicidad eterna, y la visión y la alabanza bienaventurada sin fin. Allí donde tú con el Hijo y el Hijo contigo, en la comunión del Espíritu Santo, eterna y sempiternamente vives y reinas Dios por todos los siglos de los siglos. Amén.
Notas
56 St 1,17
57 Jn 15,16
58 Cf Sab 9,15
59 Cf Sal 38,4
60 Jn 6,44
61 Jn 14,6

