SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 16. ACCIÓN DE GRACIAS A DIOS

Doy gracias con mis labios, con mi corazón, y con todas mis fuerzas, a tu infinita misericordia, oh Señor Dios mío, por todas las misericordias, con las cuales te dignaste ayudar a salvarnos de la perdición por el mismo Hijo tuyo, nuestro Salvador y Redentor, quien murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación 45, y que ahora vive sin fin sentado a tu derecha, e intercediendo por nosotros 46, y se compadece a la vez contigo, porque es Dios como tú, nacido de ti, su Padre divino coeterno y consustancial en todo, y por tanto poderoso eternamente para salvarnos. Aunque su ser humano es inferior a ti, recibió de ti todo poder en el cielo y en la tierra 47 de suerte que ante el nombre de Jesús toda rodilla deba doblarse, no sólo en el cielo y en la tierra, sino también en los infiernos, y toda lengua deba confesar que Jesucristo nuestro Señor está en tu gloria, oh Dios Padre omnipotente 48.El mismo fue constituido por ti juez de vivos y de muertos; pero tú no juzgas a nadie, sino que todo tu juicio lo diste a tu Hijo 49, en cuyo pecho están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia 50. Porque El es testigo y juez; juez y testigo 51, a quien no podrá escapar ninguna conciencia pecadora, porque todas las cosas están desnudas y abiertas ante tus ojos 52. Ciertamente el mismo que fue juzgado inicuamente juzgará todo el orbe de la tierra con justicia, ya los pueblos con equidad 53.

Bendigo, pues, tu santo nombre, y te glorifico con todo mi corazón, oh Señor omnipotente y misericordioso, por esa unión tan admirable e inefable de nuestra humanidad con tu divinidad en una sola y misma persona, ordenada a que en ella Dios no fuera cosa distinta del hombre, sino que una sola y misma persona fuera a la vez Dios-Hombre, y Hombre-Dios. Aunque por un efecto admirable de tu bondad el Verbo se hizo carne, sin embargo ninguna de esas dos naturalezas se transformó en otra sustancia, de modo que no se agregó una cuarta persona al misterio de la Trinidad. Hay unidad, pero no confusión en la naturaleza del Verbo, que es Dios, y del hombre verdadero. Lo que el Salvador tomó de nosotros no se convirtió en Dios y lo que no había sido no pudo convertirse en lo que por sí mismo existe siempre. ¡Oh admirable misterio! ¡Oh inefable comercio! ¡Oh grandeza maravillosa de la divina bondad! Éramos siervos indignos, y he aquí que nos convertimos en hijos de Dios, y en herederos de su reino y coherederos del mismo Jesucristo. ¿De dónde pudo venirnos tanto bien, y cómo pudimos merecerlo? 54

¡Oh clementísimo Dios Padre, te ruego por esta tu inestimable piedad, bondad y caridad, que nos hagas dignos de las muchas y grandes promesas del mismo Hijo tuyo y Señor nuestro Jesucristo! Haz que brille en nuestro favor tu gran poder, y confirma lo que ya has obrado en nosotros. Acaba lo que has comenzado, para que podamos merecer y obtener la plenitud de tus gracias y de tu amor. Que por obra del Espíritu Santo podamos comprender, honrar y venerar dignamente este inefable misterio de caridad, que se manifestó en la carne, fue justificado en el espíritu, se mostró a los ángeles, fue predicado a las naciones, fue creído por el universo y recibido en la gloria 55.

Notas

45 Cf Rm 4,25

46 Cf Rm 8,34

47 Cf Mt 28,18

48 Cf Flp 2,10-11

49 Cf Jn 5,22

50 Cf Col 2,3

51 Cf Jr 29,23

52 Cf Hb 4,13

53 Sal 95,13

54 Cf Rm 8,17

55 Cf 1Tm 3,1