Capítulo 14. LA ENCARNACIÓN NOS DEBE LLENAR DE CONFIANZA Y GRATITUD
El número excesivo de mis pecados y de mis negligencias podrían haberme hecho desesperar, si tu Verbo, que es Dios como tú, no se hubiera hecho carne y no hubiera habitado entre nosotros. Pero ya no oso desesperarme; porque, si siendo enemigos, fuimos reconciliados por la muerte de tu Hijo, ¿cuánto más ahora que ya hemos sido salvados de la ira por él mismo? Así pues, toda mi esperanza y toda la certeza de mi confianza están en la sangre preciosa que tu Hijo derramó por nuestra salvación. En él y sólo en él siento plena confianza, y aspiro con todo el ardor de mi alma a llegar hasta ti. N o por mi propia justicia, sino por la de tu Hijo amado y nuestro Señor Jesucristo.
Por lo cual, oh Dios clementísimo y benignísimo amador de los hombres, tú nos creaste con mano poderosa, cuando todavía no existíamos, por Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro, y cuando estábamos perdidos por nuestra culpa, nos redimiste de modo maravilloso. Y por eso doy gracias por tu piedad, y desde el fondo de mi corazón quiero agradecerte abundantemente a ti, que por un afecto de tu inefable caridad te dignaste amarnos a todos, siendo, malvados e indignos de tu admirable bondad, hasta enviarnos desde el seno de tu divinidad a ese mismo Hijo Único para nuestro bien, para salvar a los pecadores, y a los hijos miserables de la ira y de la perdición. Te doy gracias por su santa encarnación y por su divino nacimiento. Te doy gracias por su gloriosa Madre en cuyo seno se dignó tomar nuestra carne mortal, por nosotros y por nuestra salvación, de modo que como es verdaderamente Dios y engendrado por Dios, también se hizo verdadero Hombre, por haber asumido la naturaleza humana en el seno virginal de su Madre. Te doy gracias por su pasión, por su cruz, por su muerte y por su resurrección, por su ascensión al cielo, y por el puesto que ocupa a tu derecha. Porque cuarenta días después de su resurrección se elevó a lo más alto del cielo en presencia de sus discípulos 38, y sentado a tu derecha, envió, como había prometido, el Espíritu Santo a sus hijos de adopción 39. Te doy también gracias por la sacratísima efusión de su preciosa sangre, por la que fuimos redimidos, así como por el sacrosanto y vivificante misterio de su cuerpo y de su sangre, por el que diariamente en tu Iglesia recibimos alimento y bebida, como lavados y purificados, y nos hacemos partícipes de la única y soberana divinidad. También te doy gracias por la admirable e inefable caridad con la que nos amaste y salvaste por medio de tu Hijo amado.
Porque tanto amaste al mundo, que le diste tu Hijo único 40 para que quien crea en él no perezca, sino que posea la vida eterna. Y en esto consiste la vida eterna, en que te conozcamos a ti como verdadero Dios y a tu enviado Jesucristo 41, con una fe sincera y con las obras dignas de esa fe.
Notas
38 Cf Hch 1,9
39 Cf Hch 2,4
40 Cf Jn 3,16
41 Cf Jn 17,3

