Capítulo 13. EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN
Trinidad omnipotente y único Dios, que ves y que penetras hasta el fondo de mi corazón, he confesado la omnipotencia de tu majestad, y la majestad de tu omnipotencia. Quiero ahora confesar, en tu divina presencia, todo lo que has hecho por el género humano en la plenitud de los tiempos. Como, para ser justificado, lo creo con mi corazón, así lo confieso con la boca delante de ti para mi salvación. Dios Padre omnipotente, tu Escritura no dice en ninguna parte que tú fueras enviado, mientras que de tu Hijo escribe así el Apóstol: Cuando llegó la plenitud de los tiempos envió Dios a su Hijo 32. Al decir el Apóstol que Dios envió a su Hijo muestra claramente que, naciendo de la bienaventurada siempre Virgen María, fue enviado al mundo, y se mostró en carne mortal como verdadero y perfecto hombre. Pero ¿qué quiere dar a entender el más grande de los evangelistas cuando dice del Hijo de Dios: estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él 33, sino que fue enviado como hombre al mundo, porque como Dios siempre ha estado, está y estará en él? Y yo creo con todo mi corazón y con mi boca confieso que esa misión es obra de toda la santa Trinidad.
¡Cómo nos amaste, oh Padre santo y bueno; cuánto nos amaste, Creador piadoso, que ni siquiera perdonaste a tu propio Hijo, sino que lo entregaste a la muerte por nosotros, hombres pecadores! 34 Sujeto por nosotros a la muerte, y muerte de cruz, clavó en esa cruz el acta de condenación merecida por nuestros pecados, y así crucificó al mismo pecado y triunfó sobre la cruz 35. Único libre entre los muertos, y único con poder para renunciar a la vida y volverla a tomar, fue a la vez por nosotros víctima y vencedor de la muerte, y fue vencedor precisamente por ser la víctima. Fue también ante ti sacerdote y sacrificio por nosotros, y fue sacerdote porque fue sacrificio.
En él tengo puesta mi firme esperanza de que sanarás todos mis males por los méritos del que está sentado a tu derecha y suplica por nosotros 36. Pues nuestras enfermedades, oh Señor, son grandes y numerosas. Reconozco y confieso que el príncipe de este mundo tiene mucho dominio sobre mí. Te ruego, Dios mío, que me libres en atención a quien está sentado a tu diestra, nuestro divino Redentor, en quien el príncipe de este mundo nada pudo encontrar que le perteneciera 37. Justifícame por los méritos de quien no conoció pecado, y cuya boca jamás profirió alguna mentira. Por nuestra misma cabeza, en la que no hay ninguna mancha, libra a su miembro insignificante y enfermo. Líbrame, te lo ruego, de mis pecados, vicios, culpas y negligencias. Lléname de tus santas virtudes, y haz que me distinga por las buenas costumbres. Haz que persevere en las buenas obras hasta el fin, por tu santo nombre y según tu santa voluntad.
Notas
32 Ga 4,4
33 Jn 1,10
34 Cf Flp 2,8
35 Cf Col 2,14
36 Cf Rm 8,34
37 Cf 1P 2,22

