SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 9. INVOCACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

¡Oh Amor divino del Padre todopoderoso, y del Hijo amado, con el que formas una sola y santa comunión! Espíritu Santo, consolador de los afligidos, infunde en lo más hondo de mi corazón tu fuerza y tu virtud, fija ahí tu morada, y alumbra con tu brillante resplandor los lugares más recónditos y oscuros de esa morada tanto tiempo abandonada. Que desde ahora la abundancia de tu rocío fecunde la sequedad y la esterilidad de mi alma. Que las saetas de tu amor penetren en los repliegues más secretos de mi corazón y curen todas mis heridas. Que tu fuego saludable reanime mi tibieza e indiferencia, y que todo mi ser sea abrasado por tus divinas llamas. Haz que beba del torrente de tus delicias para que después no sienta ningún gusto por las dulzuras ponzoñosas del mundo. Júzgame, Señor, y separa mi causa de la del pueblo no santo 29Enséñame a hacer tu voluntad, porque tú eres mi Dios 30. Creo que en el corazón donde desciendes a habitar, allí estableces también la morada del Padre y del Hijo. Feliz, por lo tanto, quien merece tenerte por huésped, porque el Padre y el Hijo establecerán en él su morada 31. Ven, pues, cuanto antes, consolador benignísimo del alma dolorida, su auxilio en el tiempo próspero y en la tribulación. Ven a purificarnos de nuestros crímenes y a curar nuestras heridas. Ven, tú que sostienes a los débiles y que levantas a los caídos. Ven, Señor, a enseñarnos la humildad y a librarnos del orgullo. Ven, Padre de los huérfanos, protector de las viudas, esperanza de los pobres y confortador de los decaídos. Ven, estrella de los navegantes, puerto y refugio de los náufragos. Ven, singular ornato de todos los vivientes, y única salvación de los que mueren. Ven, el más santo de los espíritus, ven y compadécete de mí; haz que me ajuste enteramente a ti, y dígnate descender hasta mí, a fin de que, según la multitud de tus misericordias, tu grandeza no desprecie mi nada, ni tu omnipotencia mi debilidad. Te lo pido en nombre de Jesucristo, mi Salvador, que Dios como el Padre y como tú, vive y reina contigo en tu santa unidad, por los siglos de los siglos. Así sea.

Notas

29 Cf Sal 42,1

30 Sal 142,10

31 Cf Jn 14,23