Conservando los restos
DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA
Nos relata San Mateo el ayuno de 40 días y las Tres Tentaciones de Cristo. El mismo relato está resumido en dos versículos en Marcos y, cambiado el orden de las tentaciones, en Lucas.
Este evangelio produce estupefacción. Es difícil y como increíble: parece un trozo de mitología o cuento de hadas. ¿Cómo es posible creer hoy día en el negro patas de chivo y alas de murciélago, que puede agarrar a uno y llevarlo volando al pináculo del Templo de Jerusalén? ¿Cómo es posible que el diablo tentara al “Menschgott”, a Dios mismo? Y, por último, las tentaciones aparecen como raras, pueriles, fabulosas, cosa de teatro o de cine, no de la realidad que conocemos. No son tentaciones naturales.
Además, ese ayuno de 40 días y 40 noches sin tomar más que agua, es imposible, no se puede hacer: “a los 7 días muere el hombre y sufre tormentos como de infierno”, escribe el intérprete Salmerón, en su Comentario a San Mateo.
Empezando por el Ayuno, en muchos libros de exégesis hay un error paladino que visiblemente los intérpretes se van copiando unos a otros. El error es éste: un ayuno de 40 días es naturalmente imposible.
Es perfectamente posible, y es conocido en Oriente como práctica religiosa y terapéutica: Moisés y Elías –entre otros– lo hicieron. No todos pueden hacerlo, pero yo conozco personalmente en la Argentina 5 personas que lo han hecho.
El P. Salmerón, en el siglo XVI, escribió sobre el ayuno de Cristo una sarta de errores: que es algo imposible al hombre, que fue un milagro estupendo, que solamente Dios puede hacer eso… Si eso fuera verdad, yo sería Dios. Este error, que viene de ignorancia, se halla incluso en Maldonado en forma implícita; y en forma explícita en Ricciotti, profesor italiano que escribió una enorme vida de Cristo.
Dice Ricciotti: “E evidente che il fatto é presentato come assolutamente soprannaturale…”. No es absolutamente sobrenatural; no está presentado como sobrenatural por el Evangelista; ni eso es evidente ni mucho menos, puesto que es falso.
Pero –alega Ricciotti– el Evangelio dice que al 40° día tuvo hambre… ¿Luego antes no la tuvo? ¿Y eso no es milagro?
No señor, no es milagro. Los que han hecho un ayuno, aunque sea de cinco días, saben perfectamente que el hambre desaparece a los tres días –porque se inicia la autofagia o sea, inversión metabólica del proceso digestivo– y que retorna con gran fuerza alrededor del 40° (gastrokenosis), pues es de saber que 40 días es más o menos la vida del glóbulo rojo.
Esto se ha sabido siempre en el Oriente y ahora es sabido en todas partes: excepto de los curas famosos que escriben vidas de Cristo. En fin, Ricciotti tiene la excusa de que copia a San Ambrosio. El bueno de San Ambrosio, para explicar esta hambre que vuelve a los 40 días, aventura la hipótesis estrafalaria de que “Cristo fingió hambre: hizo una pía fraude con el fin de engañar al diablo…”. ¡Qué ridiculez! ¡Pobre Cristo! ¡Las cosas que te cuelgan… incluso los santos!
Este error de San Ambrosio proporcionó un argumento a los doketas, una herejía que duró más de 4 siglos –por lo menos hasta el español Prisciliano en el 380– los cuales decían, entre otras cosas, que Cristo fingió siempre: no solamente el hambre, sino su Pasión y Muerte; porque Cristo no tuvo cuerpo; porque el cuerpo es materia y la materia es mala. A lo más, tuvo un cuerpo astral, como los fantasmas; como dicen hoy todavía los espiritistas y los teósofos. Para fingir, fingir grande, podían decir los doketas: si Cristo fingió el hambre, ¿por qué no pudo fingir también su Pasión y Muerte? Cristo era Dios y Dios no pudo padecer… Cristo fue una especie de fantasma.
Cristo no fingió el hambre, ni fingió nada. Tuvo una verdadera naturaleza humana. Vivió hombre en medio de los hombres, en su país y en su época. Y como todos los grandes profetas orientales, se preparó para su misión haciendo ese ayuno de 40 días riguroso y extremo, que facilita la oración y la manifestación de la voluntad divina.
El mismo Mahoma hizo ese ayuno, por lo cual instituyó entre los musulmanes el ayuno del Ramadán, que dura 40 días como nuestra Cuaresma. Dicen los españoles malas-lenguas que Mahoma trampeó; porque ayunaba de día y comía de noche; como de hecho hacen todavía hoy los mahometanos. Yo no sé. Pero nada impide que Mahoma, que fue un gran conductor religioso, que sacó a los árabes de la idolatría, haya hecho lisa y llanamente el ayuno tradicional sin trampas.
Como digo, eso era y es todavía una práctica religiosa-higiénica vigente entre los orientales.
Del ayuno de Cristo vino la Cuaresma en la Iglesia: hoy día reducida casi a pura apariencia o fórmula. El ayuno es bueno para la salud y es bueno para la oración; y la oración es también buena para la salud, ¡y la salud es buena para todo!
Los europeos son menos hepáticos que los argentinos, por ejemplo, sufren menos enfermedades del hígado, porque la raza europea, disciplinada por la Iglesia, durante siglos ha ayunado toda la Cuaresma –menos los domingos–. Pero los españoles tienen “Bula” y los argentinos tienen “Dispensa” para no hacer eso. ¿Por qué? Creo que es porque aquí la Cuaresma cae a contrapelo, cae antes del invierno, que es cuando no hay que ayunar, porque entonces el cuerpo necesita reservas. En Europa, la Cuaresma cae antes de la primavera, que es cuando hay que ayunar, porque el cuerpo entonces, lo mismo que los árboles, tiene cogüelmo: es decir, un exceso de savia, que es higiénico refrenar y purificar, para que no ocasione desequilibrios psíquicos y espirituales; e incluso corporales. Porque el ponerse obeso, por ejemplo, es un desequilibrio corporal; cuyo único remedio, sobre todo preventivo, es el ayuno, sabiamente practicado.
La ciencia esotérica sacerdotal sabía antaño todas estas cosas; ahora parece ignorarlas; y ni los médicos ni los sacerdotes parecen conocerlas hoy día. Porque el ayuno no es indiferente hacerlo de cualquier manera y en cualquier tiempo: incluso hay que concordarlo con las fases de la luna. Por eso la Iglesia regula la fecha de la Pascua –y por ende toda la Cuaresma– de acuerdo al calendario lunar; y por eso la Pascua es una fiesta movible.
Entre nosotros, el ayuno cuaresmal es lo mismo que nada: no está ya ordenado a su fin propio y es uno de tantos preceptos “incomprensibles y raros” que manda la Iglesia y hay que obedecerlo “porque sí”: por superstición o rutina. Ésta es una de tantas “sabidurías” tradicionales que se han perdido.
Por eso dice mi amigo don Pío que somos un pueblo poco sabio. Realmente. El pueblo argentino parece uno de los pueblos más atolondrados e ignorantes del mundo. Pero es bueno. Es, hablando con toda exactitud, un pueblo sin educación. Bueno y manso, pero ineducado.
Voy a transcribir aquí una sentencia, sobre la educación, de Napoleón Bonaparte, pronunciada en una sesión de su Consejo de Estado en 1804, tal como la tomó el taquígrafo y fue publicada por Marquiset. Dice así:
“Hasta hoy no se ha visto buena educación sino en los cuerpos eclesiásticos. Yo prefiero ver a los niños de una aldea entre las manos de un hombre que no sabe más que el catecismo y del cual conozco los principios, que no en poder de un semi-sabio que no tiene base para su moral y no tiene ideas coherentes. La religión es la vacuna de la imaginación; ella la preserva de todas las creencias peligrosas y absurdas. Un fraile ignorantillo basta para decirle al pueblo: “Esta vida es un pasaje”. Si vosotros quitáis la fe al pueblo, no encontraréis después más que ladrones… (Si vous otez la foi au peuple vous n’aurez que des voleurs de grand chemin)”.
“This has come true” (Esto se ha cumplido), añade Maurice Baring.
Pero a todo esto, no he explicado las Tres Tentaciones de Cristo, que era o mas importante.
De las Tentaciones de Cristo hay mucho que hablar; pero seamos breves y notemos tres puntos principales: el Tentador, el Tentado y nosotros.
El espíritu maligno no sabía seguro si Cristo era el Mesías, ni mucho menos si era Dios o no. Parece increíble, con el talento que tiene el diablo, y conociendo las profecías mesiánicas mejor que cualquier rabino, que no sacara la conclusión que tantos hombres sacaron. Pero es así, basta leer los Evangelios; además San Pablo dice expresamente que el diablo no hubiera crucificado –por medio de los judíos– a Cristo, si hubiese sabido que era el Hijo de Dios (I Cor II, 8).
Que un Dios se haga hombre es un Misterio Absoluto; es como si dijéramos un Absurdo: no cabe en ninguna cabeza creada. Eso no se puede conocer y saber si no es mediante un acto de fe sobrenatural, un acto que es imposible sin la gracia de Dios; la cual el diablo no tiene. La ciencia no basta para alcanzar la fe; es necesaria también la buena voluntad, de que el diablo carece.
Por eso el fin del Tentador fue, como aparece claramente, no sólo hacer pecar a Cristo sino también sacarse él esa duda; lo cual no consiguió: “Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan.”
Pero hay que reconocerle al diablo que su atrevimiento es infinito: es un sinvergüenza, porque no tiene ya nada que perder. ¡Sospechando que Cristo era una persona divina, haberlo sin embargo agarrado y llevado al Campanario! “¡Qué miedo tendría el maldito –dice Santa Teresa– mientras iba volando!”… Pero en realidad no sabemos si fue volando.
El diablo tiene un poder grandísimo –eso muestra este evangelio– y por otra parte es un poder vano, porque se puede vencer “de palabra”, con la palabra Dios.
Gran encomio de la Escritura Sagrada hay en este evangelio: Cristo vence las Tres Tentaciones con el arma de la Escritura.
Pero el poder del diablo es tremendo en los que están desarmados. Cuando le dijo a Cristo: “’Todo esto es mío y a quien yo quiera se lo doy”, mostrándole los Reinos de la Tierra –en la política se puede decir que el diablo no tiene rival– Cristo no le respondió: “¡Mentiroso! Todo esto es de Dios, no tuyo”; no se metió a discutir con él, porque en algún sentido todo eso es, en efecto, del diantre; en el sentido de que hoy día, por nuestros pecados, él mangonea todo.
Él es el Fuerte Armado, es la Potencia de las Tinieblas, es el Príncipe de este Mundo, como lo designó Cristo en otros lugares. Es probable que Satán de nacimiento haya sido el Arcángel que estaba predestinado al manejo y control del mundo material; o por lo menos, de este planeta; y por haber pecado, no perdió ese poder connatural para con el pobre “planeta mudo” (alusión a la novela teológica de C. S. Lewis, Out of the silent planet – Más allá del planeta silencioso).
Pero todo poder es de Dios.
Eso que llamaban nuestros mayores “vender el alma al diablo” es posible: es la operación que se propuso a Cristo en la Tercera Tentación. Cuando en este mundo a un malvado le va bien incesantemente, se trata un demoníaco; a los inicuos comunes, la moral los castiga a corto plazo. Si Dios no se lo impide, el diablo puede hacer cosas rarísimas con los hombres; y eso yo lo sé por los libros; pero si yo dijera que lo sé solamente por los libros, mentiría.
¿Por qué tentó a Cristo con esas cosas raras? Con la Bobobrígida o algunas de las otras animalitas de Dios que nos hacen el honor de divertir a la plebe porteña; con la llave del Banco Central; o con las urnas llenas de votos en el Congreso, yo lo tiento a cualquiera. Pero ¿con piedras, con vuelos sin motor, con promesas fantásticas de imperios universales?…
El diablo sabía que Cristo era un varón religioso –lo había visto prepararse para su misión religiosa con el ayuno de Moisés, lo había visto arder como una gran fogata en oración continua–; y lo tentó como a un hombre religioso: en el plano religioso, no en el plano carnal.
Una nota del Evangelio traducido por Straubinger dice: “la primera fue una tentación de sensualidad”… Es un error. Las tres fueron tentaciones de soberbia. El diablo tienta de soberbia, no de sensualidad, a los que hacen Cuaresmas tan rigurosas como Cristo.
El diablo es la mona de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía.
El diablo tienta prometiendo o dando las cosas de Dios: lo mismo que Dios nos ha de dar si tenemos espero y fidelidad: Cristo podía procurarse pan con esperar un poco –”y los ángeles se lo sirvieron”– sin necesidad de un milagro.
El diablo nos empuja, nos precipita, es la espuela del mundo: nos invita a anticipar, a desflorar, a llegar antes.
A los primeros hombres les dijo: “Seréis como dioses” que es efectivamente lo que Dios se propuso hacer y hace, por medio de la adopción divina (la gracia elevante) y la visión beatífica, con el hombre. “Entonces seremos como Él, porque le veremos como Él es”, dice San Juan. Eva pecó porque codició una anticipación de la visión divina.
No podemos ser tentados sino de acuerdo a nuestro natural. Así pues, a Jesús lo tentó de acuerdo a su natural con lo mismo que Él había de lograr un día: Cristo había de convertir las piedras de la gentilidad en el pan de su Cuerpo Místico, conforme a aquello: “Creéis vosotros que de estas piedras no puedo yo sacar hijos de Abraham?”. Cristo había de volar visiblemente a los cielos delante de sus apóstoles y unos quinientos discípulos. Finalmente, Cristo algún día ha de ser Rey Universal del mundo entero, como lo es desde ya en derecho y esperanza.
El diablo está hoy día tentando a la Humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy (la ONU, la UNESCO, la Unión de las Iglesias Protestantes, los Grandes Imperialismos, las promesas de “mil años de paz” por parte de los Conductores) representa esa aspiración irrestañable de la Humanidad al Milenio, a su unidad natural y pacífica, a su integración como Género Humano.
Es inútil oponerse a esa aspiración actualísima –se equivocan los ultra-nacionalistas– porque es un anhelo que está en las entrañas de la evolución histórica del mundo, como que es una promesa divina.
Pero el diablo quiere llegar antes.
Los cristianos sabemos que esto vendrá, pero que sólo puede venir con y por Cristo; y que esta manera como se está haciendo ahora, no podemos aceptarla, porque es la vasta preparación del Anticristo.
“Si esto es servir a la patria, a mí no me gusta el cómo.” De manera que aparecemos como impotentes por un lado; como atrasados y reaccionarios por otro. Paciencia.
La Iglesia hoy día aparece en plena crisis; no puede conseguir la paz de los pueblos, la necesidad más urgente del mundo, está contusionada dentro de sí misma; no hace más que tomar medidas y actitudes aparentemente negativas: Syllabus, Juramento antimodernístico, prohíbo esto, prohíbo lo otro. No está a la cabeza de la “civilización” como en otros tiempos, no hace más que tirar hacia atrás: es que la “civilización” ha entrado por un mal camino; por el de la Torre de Babel. Camino satánico.
“Todo esto es mío y lo doy a quien yo quiero; todo esto te daré si cayendo a mis pies me adorares.”
Un hombre algún día aceptará este trato. No sé qué día. Un amigo mío que se las echa de profeta dice que ese hombre nacerá en 1963 y será Emperador en 1996. Yo creo que ni él ni yo lo sabemos. Yo al menos no lo sé.
No es necesario saber mucho griego ni latín para predecir que la Iglesia será tentada, si Cristo fue tentado; y lo será con las mismas tentaciones de Cristo.
Podríamos decir quizá que en la Edad Media fue la primera, en el Renacimiento la segunda y ahora la tercera tentación. Así para entendernos; aunque las tres funcionan juntas, mirándolo bien.
La primera tentación es ésta: por medio de lo religioso procurarse cosas materiales –como si dijéramos cambiar milagros por pan– la cual puede llegar a un extremo que se llama simonía, o venta de lo sagrado. Pero los curas también tienen que comer y la Iglesia necesita bienes. Yo no niego que la Iglesia necesita bienes, lo que yo sé es que hay una rayita finita, pasada la cual los “bienes” se convierten en males. De modo que el efecto más bien viene a ser tomar el pan y convertirlo en piedra; milagro al revés; como por ejemplo hacer grandes templos de piedra donde falta el pan de la palabra divina, “de la cual, como del pan, vive el hombre”, contestó Cristo a Satán.
La segunda tentación es por medio de la religión procurarse prestigio, poder, pomposidades y “la gloria que dan los hombres”. Y también es verdad que la Iglesia necesita buen nombre, porque una de las notas distintivas de la verdadera religión es que sea santa. Y así uno de los principales argumentos de San Agustín contra los herejes y paganos eran las admirables “costumbres” de la Iglesia primitiva contrapuestas a las malas costumbres de ellos. Véanse sus libros: De Civitate Dei, De Moribus Ecclesiae, De Moribus Manichoeorum…
Pero una cosa es que los demás lo prediquen a uno santo; y otra, predicarse a sí mismo. Días pasados oí a un predicador que se mandó una alabanza de la orden a que él pertenecía, que tembló el Campanario de la Iglesia (o sea el Pináculo del Templo); y no pude menos que pensar: “Esto sería mejor que lo dijese el pueblo”.
La tercera tentación es desembozadamente satánica; postrarse ante el diablo a fin de dominar al mundo.
¿Puede la Iglesia ser tentada así? La Iglesia no es más que Cristo.
La crueldad, por ejemplo, es demoniaca. Lo santo y lo demoníaco son contrarios y por tanto están en el mismo plano; y la corrupción de lo mejor, es la peor.
Hablando de Savonarola, el cardenal Newman dijo: “La Iglesia no puede ser reformada por la desobediencia…”, y su interlocutor le contestó: “Mucho menos por la crueldad, mi caro Cardenal”.
El Asceta puede ser tentado de dureza de corazón, de inhumanidad, de crueldad. “Mi hija se ha vuelto cruel como el avestruz”, dice Dios por el Profeta.
Ésta es la última tentación, de la cual Dios me libre y guarde; y, sobre todo, que Dios libre y guarde a los otros. Como dijo el jachalero Ramón Ibarra cuando se peleó a cuchillo con Dionisio Mendoza y lo querían sujetar: “¡Asujetelón! ¡Asujetelón! ¡Asujetelón al otro! ¡Que yo, mal que bien, me asujeto solo!”

