Capítulo 7. EL HOMBRE COMO CAUSA DE LA PASIÓN DE CRISTO
¿Qué pecado cometiste, oh dulcísimo Jesús, para ser juzgado así?, ¿qué falta cometiste, oh amantísimo Salvador, para ser tratado de ese modo?, ¿qué crimen o qué iniquidad pudo causar tu muerte, y dar lugar a tan terrible condena?
¡Ay de mí, yo fui la causa de tus dolores, y por culpa mía tú sufriste la muerte! Sobre mí recae el dolor de tu pasión y el dolor de tu tormento, era yo quien merecía la muerte que tú sufriste, y la venganza que cayó sobre ti. ¿Quién podrá entender la maravilla de este juicio, y comprender este inefable misterio? Peca el malvado, y es castigado el justo; el culpable comete el delito, y es flagelado el inocente; el impío comete la ofensa, y el bueno es condenado.
La pena merecida por el malvado la sufre el justo; el crimen del siervo es expiado por el señor; en una palabra, los pecados cometidos por el hombre los soporta y expía el mismo Dios. Oh Hijo de Dios, ¿a qué grado de humildad has descendido?, ¿cuál ha sido el ardor de tu caridad?, ¿hasta dónde te han llevado tu piedad, tu benignidad y tu amor por los hombres?, ¿hasta dónde ha llegado tu compasión? Obré yo inicuamente, y tú sufres la pena. Cometí yo el crimen, y tú eres torturado. Estaba yo lleno de orgullo, y eres tú el humillado. Trataba yo de elevarme y te rebajaban a ti. Rehusaba yo obedecer, y tú sufres el castigo de mi desobediencia. Cedí yo a la gula y tú eres mortificado con ayunos. Fui yo arrastrado por el deseo de comer del fruto del árbol prohibido, y tu caridad perfecta te llevó hasta el suplicio de la cruz. Yo no me abstuve de lo que me está prohibido y tu sufriste el castigo. Yo busco el placer en los alimentos y tú sufres en el patíbulo. Yo busco los deleites y tú eres atravesado con clavos. Yo saboreo la dulzura del fruto prohibido, y tú gustas el amargor de la hiel. Eva sonriendo se alegra conmigo y María llorosa se compadece de ti. En esto, oh Rey glorioso, consiste mi impiedad, y en esto brilla tu piedad. En eso consiste mi injusticia y en eso se manifiesta tu justicia.
Así pues, oh Rey mío y Dios mío, ¿cómo te podré pagar por todos los bienes que me has concedido? Porque nada hay en el corazón del hombre con lo que se pueda corresponder dignamente a tantos beneficios. ¿Puede acaso la sabiduría humana imaginar alguna cosa comparable a la misericordia divina? No pertenece a la criatura encontrar algún medio para agradecer debidamente los auxilios recibidos del Creador. Pero tal es, oh Hijo de Dios, la admirable disposición de tus gracias, que cualquiera que sea la fragilidad de mi naturaleza, puede ella sufrir su impotencia, si lleno por tu visitación divina de penitencia y de arrepentimiento, crucifico mi carne con sus vicios y concupiscencias 25. Si me concedes este favor yo comenzaré a compartir en cierto modo los dolores que tú sufriste por mí, tú que te dignaste morir por nuestros pecados. Así, por esa victoria interior me prepararé, ayudado con tu auxilio, a vencer al mundo, y después de haber triunfado en esa lucha espiritual podré superar, por tu amor, todas las persecuciones exteriores y cruentas. Ciertamente mi naturaleza débil y frágil podrá así corresponder, ayudada con tu auxilio, y según la medida de sus fuerzas a las infinitas bondades recibidas de su Creador. Esta gracia, oh buen Jesús, es a la vez un remedio celestial y un antídoto de tu amor. Te suplico por tu antigua misericordia, que extiendas sobre mis heridas ese saludable y divino remedio, para que liberado del veneno contagioso y viperino, mi alma recobre su primera salud. Que el divino néctar de tu amor, una vez saboreado, me haga despreciar sinceramente los falsos encantos de este mundo y no temer ninguna de sus adversidades. Pensando en la grandeza perpetua del hombre sólo sentiré disgusto por todo lo que es pasajero, y que llena nuestro corazón de vanidad y orgullo. Haz, Señor, que sólo encuentre en ti dulzura y consuelo, de modo que sin ti nada me parezca bello y precioso, sino que por el contrario, todo lo terrestre aparezca como vil y despreciable ante mis ojos. Concédeme que lo que a ti te desagrada me desagrade también a mí, y que lo que tú amas sea también objeto de mi amor. Que me resulte tedioso gozar sin ti, y que entristecerme por ti me resulte deleitoso. Que tu santo nombre me sirva de apoyo y de fortaleza, que tu recuerdo sea mi único consuelo; que mis lágrimas me sirvan de pan, meditando día y noche todo lo que me puede justificar en tu presencia 26.
La ley de tu boca sea para mí un bien superior a mil monedas de oro y plata 27. Que me resulte amable el amarte y execrable el resistirte. Te ruego, mi única esperanza, por todas tus potencias, que tengas piedad de mis iniquidades. Abre los oídos de mi corazón a tus divinos mandatos, y no permitas que recurra a palabras maliciosas para excusar mis faltas. Te lo suplico por tu santo nombre. Te pido también, por tu admirable humildad, que no se acerquen a mí los pasos de la soberbia, y que no actúen sobre mí las manos de los pecadores.
Notas
25 Cf Ga 15,24
26 Cf Sal 41,4
27 Cf Sal 118,71
28 Cf Lc 15,4
29 Cf Sal 42,1

