P. CERIANI: SERMÓN DEL PRIMER DOMINGO DE CUARESMA 

DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA

Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo; y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador le dijo: Si eres el Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Pero Él respondiendo dijo: Está escrito, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios. Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres el Hijo de Dios, arrójate desde lo alto; está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra. Jesús le contestó: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios. Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los Ángeles se aproximaron y le servían.

Este Domingo, Primero de la Santa Cuaresma, es uno de los más solemnes del año. Su privilegio consiste en no ceder el puesto a ninguna fiesta.

Hoy la Cuaresma se manifiesta con toda su solemnidad. Los cuatro días precedentes, que se añadieron bastante tarde para completar los cuarenta días de ayuno, incluyendo el Miércoles de Ceniza, no son días de precepto y los fieles no tienen obligación de asistir a la Santa Misa.

La Santa Madre Iglesia, en el Santo Oficio, dirige a sus hijos las palabras del elocuente estilo de San León Magno. Imaginémonos formar parte del auditorio del Santo Doctor :

“Carísimos hijos, debiendo anunciaros el ayuno sacrosanto y solemne de Cuaresma, ¿por ventura podré empezar más oportunamente mi plática que usando las palabras del Apóstol a quien Jesucristo habla y repitiendo lo que acaban de leeros: He aquí el tiempo favorable, he aquí los días de salvación? Porque, aun cuando no haya tiempo alguno durante el año que no sea rico en dones celestiales y en que, por la gracia de Dios, no hallemos siempre abiertas las puertas de la misericordia divina, debemos, sin embargo, trabajar en este santo tiempo con mayor celo y excitarnos al progreso espiritual y animarnos de grande confianza. La Cuaresma, en efecto, al ponernos a la vista el día sacro en que fuimos redimidos, nos invita a practicar todos los deberes de la piedad cristiana a fin de disponernos por la purificación del cuerpo y del alma a celebrar los misterios de la Pasión del Señor”.

Sí, es tiempo favorable… Con gran provecho nuestro se ha introducido esta divina institución que nos da cuarenta días para recobrar las fuerzas de nuestras almas, expiando, por la santidad de nuestras obras y el merecimiento de nuestros ayunos, los deslices de todo el año.

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Cada Domingo de Cuaresma ofrece como objeto principal una lectura de los Santos Evangelios, destinada a iniciar a los fieles en los sentimientos que la Iglesia quiere inspirarnos durante esa semana.

Hoy nos da a meditar las tentaciones de Jesucristo en el desierto.

No hay asunto más adecuado para esclarecernos y fortalecernos que ese capital relato. Somos pecadores, nos reconocemos tales y deseamos expiar nuestros pecados. Pero ¿cómo caímos en el mal? Nos tentó el Demonio, y no rechazamos la tentación. Pronto cedimos a la sugestión del adversario y se perpetró el mal.

Tal es nuestra historia en el pasado y tal sería en el porvenir, si no aprovechamos el ejemplo que nos brinda hoy el Redentor, que no tiene recelo ni asco en dejar que se le acerque ese repulsivo enemigo de todo bien, para enseñarnos cómo debemos triunfar de él. Examinemos este misterioso pasaje.

Satanás había vislumbrado con sobresalto la santidad incomparable de Jesús. Las maravillas de su nacimiento, los pastores convocados por los Ángeles ante el pesebre, los Magos llegados de Oriente, la señal de una estrella; la protección que ha sustraído al Niño del furor de Herodes; el testimonio de San Juan Bautista dado a favor del nuevo Profeta; todo este conjunto de hechos contrasta y choca de modo tan extraño con la humildad, la oscuridad de los treinta primeros años del Nazareno, que despierta los recelos de la serpiente infernal.

El misterio de la Encarnación se llevó a cabo lejos de sus miradas sacrílegas; ignora que María Santísima es la Virgen anunciada por Isaías como Madre del Emmanuel. Pero se han cumplido los tiempos; el mismo mundo pagano aguarda de la Judea un libertador; y el demonio sabe todo esto…

En su perplejidad osa acercarse a Jesús, esperando poder, en el curso de la conversación, sacar de Él alguna nueva. ¿Es o no es el Hijo de Dios? Ahí está el problema. Acaso podrá hacerle caer en alguna flaqueza; el hecho de saber si es un hombre como los demás le tranquilizaría.

Pero el enemigo de Dios y de los hombres había de quedar burlado de sus expectativas. Se allega al Redentor, pero todos sus astutos esfuerzos se tornan en propia confusión… Con la sencillez y la majestad del justo, Jesús rechaza todas las embestidas de Satanás, pero no da a conocer su origen celestial.

Se aleja el Ángel perverso sin haber sacado nada en limpio acerca de Jesús.

Cuando sea testigo de los desprecios, calumnias y persecuciones que caigan sobre el Hijo del Hombre, cuando sus esfuerzos para perderle parezcan salirle sorprendentemente bien, se cegará más y más en su orgullo. Cuando Jesús, saturado de oprobios y tormentos, expire en la Cruz, comprobará, por fin, que su víctima no es un mero hombre, sino Dios; y que todos los furores que ha conjurado contra el Justo, sólo han servido para manifestar el último esfuerzo de la misericordia que salva al linaje humano, así como que la justicia quebranta y desbarata para siempre los poderes del infierno.

Este es el plan de la divina Providencia al permitir que el espíritu del mal empañe con el vaho de su inmunda presencia el retiro del Hombre-Dios, le dirija la palabra y eche sobre Él sus sacrílegas manos.

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Profundicemos, pues, las circunstancias de esta triple tentación soportada por Jesús con el fin de aleccionarnos y esforzarnos.

Nosotros tenemos tres géneros de enemigos con quienes hemos de pelear y nuestra alma ofrece tres puntos flacos, porque, como enseña San Juan: “cuanto hay en este mundo es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida”.

Por concupiscencia de la carne, hemos de entender el amor de los sentidos, codiciosos de los goces de la carne, que arrastra al alma, si no se la tiene a raya, a deleites ilícitos.

La concupiscencia de los ojos significa el amor de los bienes de este mundo, de sus riquezas, de la fortuna, que brillan a nuestra vista antes de seducir nuestro corazón.

Por fin, el orgullo de la vida es la confianza en nosotros mismos; nos hace vanos y presuntuosos, nos hace olvidar que de Dios nos viene la vida y demás dones que se dignó derramar sobre nosotros.

Todos nuestros pecados manan de una de estas tres fuentes; y las tentaciones que nos asaltan se proponen hacernos aceptar la concupiscencia de la carne, o la concupiscencia de los ojos, o el orgullo de la vida.

El demonio toca sucesivamente las tres grandes concupiscencias: la sensualidad o satisfacción de los apetitos, la vanagloria y la codicia, especialmente de poder. Pero, como veremos más adelante, en el caso de Nuestro Señor, serán empleadas contra su misión mesiánica, pretendiendo apartarlo de la obra encomendada por el Padre y de la manera en que debía ser cumplida.

Cuando se dirige a nosotros, tristes herederos de la concupiscencia de Adán, el demonio lanza más atrevidamente adelante sus sugestiones; aspira a contaminar el alma por el cuerpo, pero la santidad soberana del Verbo no consentía que Satanás intentase hacer tal ensayo de su poder tentando al hombre en sus sentidos.

Ahora bien, ¿cómo rechaza la tentación el Redentor, nuestro divino adalid? ¿Escucha los razonamientos de su enemigo? ¿Le deja tiempo para descorrer ante sus ojos todas las fantasías diabólicas?

Así hemos procedido a menudo nosotros y fuimos derrotados.

Jesús se contenta con oponer al enemigo el escudo de la inflexible ley de Dios.

Escrito está, le dice: No de sólo pan vive el hombre. Escrito está: No tentarás al Señor tu Dios. Escrito está: Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás.

Sigamos en adelante esta gran lección.

Se perdió Eva, y con ella el linaje humano, por haber trabado conversación con la serpiente infernal. Quien coquetea con la tentación sucumbirá.

Todo depende de nuestra actitud en las tentaciones. Desde el principio de Cuaresma, la Iglesia asocia al precepto el ejemplo de Jesucristo, presentando a nuestros ojos el relato del santo Evangelio. Si vivimos atentos y fieles; fructificará en nosotros la lección; y llegados a la solemnidad pascual, la vigilancia, la desconfianza en nosotros mismos, la oración, con el auxilio divino que jamás falta, asegurarán nuestra perseverancia.

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En cuanto a la naturaleza de las tentaciones, la cuestión se plantea dado que Nuestro Señor no podía ser tentado ni por la concupiscencia o intemperancia, ni por el mundo y sus vanidades.

¿Cómo, pues, dice el Evangelio que el demonio lo tienta primero de lo que llamaríamos gula, y luego de vanagloria, fama o renombre, propios del espíritu mundano?

Como hemos dicho antes, debemos saber que las tres tentaciones son antimesiánicas, contrarias a la misión misma de Cristo, en contra de la obra encomendada por el Padre.

Aconsejo vivamente leer el sermón del Padre Castellani sobre este tema, que será publicado el próximo martes.

El diablo sabía que Nuestro Señor era un varón religioso, y lo tentó como a tal. Sabía que era el Mesías, y lo tentó contra su misión. Sospechaba que fuera el Hijo de Dios, y lo tentó para sacarse la duda y desviarlo de la obra encomendada por el Padre.

El diablo pecó de soberbia, hizo pecar de soberbia a Adán, y tienta de soberbia a los hombres religiosos.

El diablo tienta prometiendo o dando las cosas que Dios nos ha de dar, si somos fieles y si esperamos la hora de Dios, siguiendo el camino por Él trazado.

El diablo tienta sugiriendo adelantarse, insinuando desviarse, aconsejando utilizar otros medios.

Primera tentación: induce a Nuestro Señor a empezar su misión por un acto contrario a la voluntad del Padre. No le ofrece suculentos manjares, sino que lo induce simplemente a que manifieste su divinidad, convirtiendo en pan las piedras del desierto. Es tentación de desobediencia, en el fondo, como en el Paraíso.

Jesús defrauda al demonio: ni le revela su divinidad, ni entra en sus intenciones de desviarse de la voluntad del Padre.

Segunda tentación: Jesús había demostrado en la primera tentación suma confianza en Dios. Ahora es tentado para que se exceda ilegítimamente en esta misma confianza.

Dios quiere que el Mesías cumpla su misión en medio de dolores y desprecios; y el diablo lo tienta falseando un texto de la Escritura, en que promete Dios especial asistencia a los justos en las circunstancias peligrosas, para que caiga en presunción y en la vía clamorosa de honores y fama.

San Jerónimo dice que el diablo es mal intérprete de las Sagradas Escrituras: interpreta mal el texto del salmista, dándole un sentido absoluto a la protección milagrosa divina, incluso en caso de temeridad.

Jesús lo vence sin descubrirse; con el escudo de la Escritura, rechaza los dardos que le vienen de la Escritura falseada.

Tercera tentación: Dios había prometido al Mesías la posesión de todos los reinos de la tierra (salmos 2 y 71); pero debía conquistarlos a fuerza de dolores y abatimientos. El diablo intentará persuadirlo que invierta el orden de la Providencia, llegando al dominio del mundo por un pacto con el mal, comprometiendo así su misión mesiánica.

Le promete el dominio y el gobierno de toda la tierra y el honor que de ello se deriva. Y en una afirmación mentirosa de su orgullo, suplantándose a Dios, Dominador y Dueño de todo, añade: “porque me han sido dadas, y las doy a quien quiero”.

El diablo es el Príncipe de este mundo. El Mesías debe serlo, pero lo ha de lograr por el dolor, por las humillaciones y por la muerte.

El demonio le ofrece la posesión de las cosas en un instante, sin pena ni dolor, por medio de una horrible blasfemia y de la idolatría.

Jesucristo lo rebate con las Sagradas Escrituras y lo rechaza con indignación; lo repudia y lo repele (lo que no hizo en las dos primeras tentaciones), para demostrar que es el vindicador de la gloria de Dios.

Rebate al demonio con otra frase bíblica, y de este modo, quien buscaba adoraciones, oye la palabra que lo condena al eterno reconocimiento de la superioridad divina.

Buscando desviar a Jesús de la voluntad del Padre, el diablo recibe la lección de la absoluta sujeción que él mismo debe a ella.

En cada respuesta, Jesús hace intervenir los derechos de Dios, reivindica la autoridad y el poder divinos.

Glorifiquemos a Jesús en su victoria; admiremos su excelencia, su sabiduría y su poder. Es el desquite contra el demonio, vencedor de nuestros primeros padres y de nosotros mismo cada vez que cedemos a sus insinuaciones y seducciones.

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Luchando el demonio contra Adán, tenía en cuenta a todos sus descendientes. Combatiendo contra Jesús, lo hace con la Cabeza de una nueva raza. En el desierto comenzó la lucha de Jesús contra el demonio; allí la sostuvo solo; luego la continuará sin treguas en cada alma y en su Cuerpo Místico.

Si Cristo fue tentado, la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo, también sería tentada, y lo sería con las mismas tentaciones que sufrió su Cabeza.

Y siempre el esquema de la tentación será el mismo: es decir, será una tentación de falso mesianismo, una seducción de judaizar.

Podemos decir que la primera tentación contra la Iglesia tuvo lugar en la Edad Media; la segunda en el Renacimiento; y la tercera actualmente, hacia el Fin de los Tiempos.

1ª) La primera tentación consistió en procurarse bienes materiales por medio de bienes espirituales o religiosos: como si dijésemos “intercambiar milagros por pan”.

Esta tentación puede llegar a un extremo que se llama simonía o venta de lo sagrado. En la Edad Media fue la lucha por las investiduras.

2ª) La segunda tentación, que tuvo lugar durante el Renacimiento, consistió en obtener prestigio, poder, gloria por medio de la religión.

3ª) La tercera tentación, que es manifiestamente diabólica, es ponerse de rodillas delante del tentador; prosternación sacrílega con el fin de dominar el mundo.

Es decir: buscar para la religión un reino en este mundo; y buscarlo por los medios más eficaces en ese sentido, que son los satánicos…

Ahora bien, la Iglesia viadora no es el Reino de Cristo en este mundo, sino el instrumento de congregación de la Esposa de Cristo, para que sea arrebatada con Cristo en su Venida.

Cuestión discutible y delicada. San Gregorio Magno, por ejemplo, afirma que los términos Reino de Dios e Iglesia no son siempre equivalentes; aunque se use a veces Reino por Iglesia.

La tentación de entregarse a los poderes de la tierra, de buscar la salvación del hombre aquí abajo y para aquí, de adorar el Estado tiránico, es la tentación suprema.

Así como los judíos cayeron en la tentación de desear un Rey temporal, así mismo la Iglesia es tentada con el deseo de reinar aquí abajo, como reinan los otros reinos.

A esta tentación sucumbió la Sinagoga, al exigir un reino temporal; con ella fue tentado Cristo, y es, consecuentemente, tentada la Iglesia sin cesar.

Para prevenirnos de estas tres tentaciones y, eventualmente vencerlas si se presentan, recordemos las respuestas de Nuestro Señor:

Está escrito, no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.

Retírate, Satanás, está escrito que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás.

Esgrimamos el Santo Detente y la Medalla de San Benito.