SAN AGUSTIN -MEDITACIONES

Capítulo 4. EL TEMOR DEL JUICIO ÚLTIMO

Oh Señor, Dios de los dioses, que eres superior a toda malicia, sé que vendrás un día manifiestamente, y sé que no siempre guardarás silencio. Vendrá delante de ti un fuego devorador 10, y estallará en torno a ti una gran tempestad, cuando llames a los cielos superiores y a la tierra para juzgar a tu pueblo. Entonces todas las iniquidades serán puestas al descubierto en presencia de miles de pueblos. Delante de la milicia celestial de los ángeles serán desvelados todos los crímenes cometidos por mí con actos, pensamientos y palabras. Entonces, privado de todo apoyo y ayuda, tendré como jueces a todos los que caminaron por la senda del bien, senda por la que yo jamás caminé. Me acusarán y me confundirán todos los que me habían dado el ejemplo de una buena y santa vida. Darán testimonio contra mí, y me convencerán de mis pecados todos los que me habían dado buenos consejos y amonestaciones, y que por su justicia y por la santidad de sus obras eran como modelos que yo debía imitar. Señor Dios mío, no sé qué decir y no encuentro qué responder. Mi conciencia me atormenta como si estuviera yo ya presente en ese terrible juicio. Desde el fondo de mi corazón se elevan mil voces secretas que me atormentan: la avaricia y el orgullo me acusan, la envidia me consume, la concupiscencia me abrasa, la lujuria me hostiga, la gula me envilece, la ebriedad me embrutece, la detracción me hace herir a los demás, la ambición me inclina a suplantar a otros. Asimismo la rapacidad me atormenta, la discordia me destruye, la ira me perturba, la ligereza me rebaja, la pereza me oprime, la hipocresía me impulsa al fingimiento, la adulación me quebranta, la alabanza me enorgullece, la calumnia me apuñala.

¡Oh Señor que me has librado de mis enemigos iracundos, con los que viví desde los días de mi nacimiento, con los que trabajé, y a los que guardé fe! Todos a los que yo amé y alabé, se alzan ahora contra mí para acusarme y condenarme. Estos son los amigos a los que yo estuve unido, los maestros a los que obedecí y a los que me sometí como esclavo, los consejeros a los que escuché, con los que viví en la misma ciudad, los domésticos con los que yo envejecí. Ay de mí, Rey mío y Dios mío, qué largo es el tiempo de mi peregrinar. Ay de mí, luz mía, porque he habitado en las tiendas de Cedar 11. Si el santo profeta creía largo el tiempo de su peregrinar, con cuánta mayor razón puedo exclamar por mi parte: mi alma vivió por largos años en el exilio 12. Oh Dios, fortaleza mía, ningún viviente será justificado en tu presencia. Mi esperanza no está puesta en los hijos de los hombres. Ninguno de éstos será considerado justo por ti, si tu piedad no templa el rigor de tu juicio; y si tu misericordia no prevalece sobre la impiedad, a ninguno glorificarás como piadoso. Pues creo, oh salvación mía, que es tu benignidad la que me llama a la penitencia 13. Tú eres la torre de mi fortaleza, y tus labios divinos dijeron: nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me envió 14. Tú me has instruido y formado con tanta bondad, y por eso te pido desde lo más profundo de mi corazón, y con todas las fuerzas de mi espíritu, a ti Padre todopoderoso, y a tu Hijo dilectísimo, así como al serenísimo Paráclito, atráeme a ti, de modo que todo mi gozo consista en seguirte y en aspirar el olor de tus perfumes.

Notas

10 Cf Sal 49,3-4

11 Sal 119,5

12 Sal 119,6

13 Cf Rm 2,4

14 Jn 6,44