Capítulo 2. ALABANZA DE LA MISERICORDIA DIVINA
He aquí, Creador mío, que te he pedido muchas gracias cuando no merezco ninguna. Confieso, ¡ay de mí!, que no sólo no merezco los beneficios que te he pedido, sino que más bien merezco muchos y graves castigos. Pero me animan mucho los publicanos, las meretrices y los ladrones, que apenas liberados de las fauces del enemigo fueron recibidos en los brazos del Buen Pastor. Admirable eres, ¡oh Creador del universo!, en todas tus obras, pero eres todavía más maravilloso en las obras de tu inefable caridad. Por lo cual dijiste de ti mismo, por boca de uno de tus siervos: La misericordia de Dios está sobre todas sus obras 1, y en otro texto habla de una sola persona (David), pero confiamos en que se puede aplicar a todo el pueblo: No apartaré de él mi misericordia 2. En efecto, Señor, tú sólo desprecias, rechazas y odias a los que son tan insensatos que no te tienen ningún amor. En lugar de hacer sentir a quienes te ofendieron los efectos de tu ira, derramas sobre ellos tus beneficios cuando dejan de ofenderte. ¡Oh Dios mío, fuerza de mi salvación!, ¡cuán desgraciado soy por haberte ofendido! Hice el mal ante tus ojos, y atraje sobre mí la ira que yo había justamente merecido. Pequé, y soportaste mis faltas, pequé y todavía me sufres. Si hago penitencia, me perdonas; si me convierto a ti, me recibes; y si difiero mi conversión me aguardas pacientemente. Extraviado me devuelves al buen camino, combates mi resistencia, reanimas mi indiferencia, me abres tus brazos cuando retorno a ti, esclareces mi ignorancia, mitigas mis tristezas, me salvas de la perdición, me levantas cuando estoy caído, me concedes lo que te pido, te presentas a mí cuando te busco, me abres la puerta cuando te llamo.
Señor, Dios de mi salvación, no sé cómo excusarme ni cómo responder. No tengo ningún refugio ni ningún asilo fuera de ti. Tú me mostraste el camino de una vida santa, y tú me enseñaste a andar por él. Si abandonaba ese camino me amenazabas con las penas del infierno, y si lo seguía me prometías la gloria del paraíso. Ahora, Padre de las misericordias y Dios de toda consolación, hiere mis carnes con tu temor 3, a fin de que con ese temor saludable evite tus amenazas. Devuélveme la alegría de mi salvación, para que amándote recoja todo el fruto de tus promesas 4. Señor, Dios mío, mi fortaleza, mi sostén, mi refugio y mi libertador, inspírame lo que yo debo pensar de ti, enséñame las palabras con las que yo pueda invocarte, concédeme la gracia de realizar las obras con las que pueda agradarte. Sé, sé muy bien que el medio más seguro para apartar de nosotros tu cólera y tu desprecio es el sacrificio de un corazón contrito y humillado.
Enriquéceme, Dios mío y ayuda mía, con esos tesoros, y protégeme con ellos contra mi enemigo, apagando en mí el fuego de la concupiscencia y sirviéndome de refugio contra las pasiones y los deseos desordenados de mi corazón. Haz, Señor, mi fortaleza y mi salvación, que no pertenezca al número de los que creen un breve tiempo, y pierden la fe en el tiempo de la tentación 5. Cubre mi cabeza en el día del combate 6, y sé mi esperanza en el día de la aflicción, y mi salvación en el tiempo de la tribulación.
Notas
1 Sal 144,9
2 Sal 88,34
3 Cf Sal 118,120
4 Cf Sal 50,14
5 Cf Lc 8,13
6 Cf Sal 139,8

