DOMINGO DE QUINCUAGÉSIMA
Y tomó Jesús aparte a los doce, y les dijo: Mirad, vamos a Jerusalén y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre. Porque será entregado a los gentiles, y será escarnecido, y azotado, y escupido. Y después que le azotaren le quitarán la vida, y resucitará al tercer día. Mas ellos no entendieron nada de esto, y esta palabra les era escondida y no entendían lo que les decía. Y aconteció, que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado cerca del camino pidiendo limosna. Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello. Y le dijeron que pasaba Jesús Nazareno. Y dijo a voces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. Y Jesús parándose, mandó que se lo trajesen. Y cuando estuvo cerca le preguntó, diciendo: ¿Qué quieres que te haga? Y él respondió: Señor, que vea. Y Jesús le dijo: Ve, tu fe te ha hecho salvo. Y luego vio, y le seguía glorificando a Dios. Y cuando vio todo esto el pueblo, alabó a Dios.
El Evangelio de este Domingo de Quincuagésima presenta a nuestra consideración el relato del último viaje de Nuestro Señor desde Galilea a Jerusalén, durante cuyo transcurso predijo por tercera vez su Pasión a sus discípulos.
El primer anuncio fue después de la confesión de San Pedro, en Cesarea de Filipo.
Después de la estupenda confesión de San Pedro; de la clara afirmación de Jesús, que se llama a sí mismo Hijo de Dios y Mesías; del anuncio de una Iglesia gloriosa, obra del mismo Jesús; del vaticinio de las magníficas prerrogativas de San Pedro; y cuando humanamente eran de esperar días brillantes para la predicación del Reino de Dios, súbitamente, sin transición, por vez primera manifiesta el Señor la tremenda silueta de la Cruz, la predicción de su Pasión y Muerte…
Luego de la Transfiguración, se dirigió Jesús acompañado de sus discípulos a Cafarnaúm. Se acercaban horas graves para el Señor, y aprovechando el estado del alma de sus Apóstoles, que no salían de su asombro al ver el poder de Jesús, les habla por segunda vez de su Pasión, para que comprendan que, siendo tal su poder, sólo voluntariamente podría entrar en los dolores de la Pasión y morir.
Para ello reclama especial atención a lo que va a decirles: Grabad en vuestros corazones estas palabras…, que comportan un hecho en contradicción aparente con la manifestación de su poder y con la gloria que recibe de los hombres.
La predicción es la misma que había hecho en Cesárea de Filipo hacía pocos días, después de la confesión de Pedro, aunque con menos detalles.
El efecto producido por el terrible anuncio en el ánimo de los discípulos es doble. Por una parte, quedan desorientados y perplejos. No estaban aún en condición de comprender el profundo misterio de la Cruz, verdad sobrenatural en que descansa toda la obra de Jesús. Por otra parte, el amor que sentían por Jesús y el pensamiento de su muerte les llenó de profunda pena.
El tercer anuncio de la Pasión es el que trae el Evangelio de este Domingo. Pocos días faltaban para la definitiva consumación de la obra de Jesús. Una vez más declara la naturaleza de su Reino contra los prejuicios de que sus mismos discípulos estaban imbuidos. Y porque su Reino no puede conquistarse sino por la Pasión, la predice por tercera vez con todos sus detalles.
Demuestra con ello Jesús, no sólo que sabe lo que le ha de ocurrir en Jerusalén, sino que todo ello está ordenado, ya desde la eternidad, por la santísima voluntad de Dios.
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Sigue Jesús particularizando los futuros hechos de su Pasión; así demuestra que va libremente a la muerte, al tiempo que previene a sus discípulos para que la novedad no les perturbe.
Y especifica aún más que las otras dos veces. Cuanto más cercana está la Pasión, más precisos son los detalles que da de ella Jesús; como si se deleitara en saborearla por anticipado y en grabarla en el ánimo de sus discípulos, que también debían participar de ella.
Pero ellos, siempre preocupados con sus ideas sobre la gloria terrena del Reino mesiánico, no acababan de entender cómo aquello que oían de labios del divino Maestro había de entenderse a la letra.
Así, pues, no comprendieron ninguna de estas cosas, porque era lenguaje oscuro para ellos, no en cuanto a las palabras, que bien claras eran, sino porque no hallaban manera de conciliar esa predicción de humillaciones y tormentos con sus ideas sobre el Mesías glorioso.
Es que todo Israel esperaba, según una parte de la revelación, un Mesías triunfante, tan anunciado por los Profetas; mientras que el misterio del Cristo doliente les estaba oculto. De ahí el gran escándalo de todos los discípulos ante la Cruz. Fue necesario que el mismo Jesús, ya resucitado, les abriese el entendimiento para que comprendieran las Escrituras, las cuales guardaban en Moisés, los Profetas y los Salmos ese anuncio de que el Mesías Rey sería rechazado por su pueblo antes de realizar los vaticinios gloriosos sobre su triunfo.
Hoy, gracias a la luz del Nuevo Testamento, podemos ver con mayor claridad ese doble misterio de Cristo: doloroso en su Primera Venida, triunfante en la Segunda; y comprendemos también el significado de las figuras dolorosas del Antiguo Testamento, la inmolación de Abel, de Isaac, del Cordero pascual, cuyo significado permanece aún velado para los judíos hasta el día de su conversión.
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Quiero destacar y comentar hoy la frase en que Jesús dice: “y serán cumplidas todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre”.
Ante todo, tengamos en cuenta otras citas complementarias, que son muy esclarecedoras.
Al hacer sus primeros discípulos, leemos: «Encontró Felipe a Natanael y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la Ley y los Profetas, a Jesús, hijo de José de Nazaret” (San Juan 1: 43-45). Al comentar este pasaje, San Juan Crisóstomo dice:
“No sólo fue escogido Felipe por Jesucristo, sino que sirvió de anuncio para otros. Véase cómo tenía su alma solícita, y constantemente meditaba en los libros de Moisés, y esperaba la venida de Jesucristo. Y, en realidad, que Jesucristo debía venir lo conocía de antemano. Pero que aquél fuese el Cristo lo ignoraba el apóstol. Por esto dijo Felipe: «Aquél de quien escribieron Moisés y los profetas». Y hacía más digna de crédito su predicación, persuadiendo al que le oía que tenía en cuenta la Ley y los Profetas, y que pesaba bien todas las razones con verdad”.
Dijo Jesús a los fariseos y escribas: «Escudriñad las Escrituras, ya que en ellas esperáis tener la vida eterna; ellas testifican de mí» (San Juan 5: 39).
San Pablo predicaría más tarde: “Os trasmití ante todo lo que yo mismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado; y que fue resucitado al tercer día, conforme a las Escrituras” (I Co. 15: 3-4).
En cuanto a la expresión «conforme a las Escrituras», fórmula que ha pasado al Símbolo de nuestra Fe (confesamos en el Credo: “et resurrexit tertia die, secundum Scripturas”), se trata con ella de encuadrar la obra de Cristo dentro del plan salvífico de Dios, dando a entender que esos hechos de la muerte y resurrección de Cristo ya estaban revelados por Dios en el Antiguo Testamento.
En este caso vemos aludidos al Profeta Isaías, 53: 1-12 (cfr. Hechos 8: 32-35); Jonás 2: 1 (cfr. San Mateo 12: 40).
Por su parte, San Pedro escribió, I Pedro 1: 10-12: “Sobre esta salvación inquirieron y escudriñaron los profetas, cuando vaticinaron acerca de la gracia reservada a vosotros, averiguando a que época o a cuáles circunstancias se refería el Espíritu de Cristo que profetizaba en ellos, al dar anticipado testimonio de los padecimientos de Cristo y de sus glorias posteriores. A ellos fue revelado que no para sí mismos sino para vosotros, administraban estas cosas que ahora os han sido anunciadas por los predicadores del Evangelio, en virtud del Espíritu Santo enviado del cielo; cosas que los mismos ángeles desean penetrar”.
Queda claro, pues, que los Profetas del Antiguo Testamento ya habían anunciado la salvación que nos vendría por Jesucristo mediante sus padecimientos y glorias posteriores, porque el Espíritu de Cristo, el Espíritu Santo, los iluminaba.
Nuestro Señor, al hablar de todas las cosas que escribieron los profetas acerca del Hijo del hombre, se refería, entre otros, especialmente a los vaticinios del Salmo 21, del Profeta Isaías 50 y 53; del Profeta Daniel 9; y del Profeta Zacarías 11, 12 y 13.
El Salmo 21 es especialmente sorprendente, ya que predijo, mil años antes que fuera crucificado, numerosos elementos acerca de la crucifixión de Jesús.
El Profeta Isaías trae, por su parte, en su capítulo 53 la profecía mesiánica clásica conocida como el «siervo sufriente», y también narra la muerte del Mesías por los pecados de su pueblo. Más de 700 años antes que Jesús naciera, Isaías proporciona detalles de su vida y de su muerte.
Además de la muerte del Mesías, también se predijo su resurrección de entre los muertos. La profecía más clara y mejor conocida sobre la resurrección es la hecha por David, el rey de Israel, en el Salmo 15: 10, escrito mil años antes del nacimiento de Jesús.
En la fiesta judía de Pentecostés, cuando San Pedro predicó el primer sermón evangélico, afirmó con valentía que Dios había resucitado de entre los muertos a Jesús, el Mesías (Hechos 2: 24). Luego, San Pedro explicó que Dios había realizado esta obra milagrosa en cumplimiento de la profecía de David en el Salmo 15. De hecho, San Pedro citó las palabras de David en detalle, tal y como aparecen en el Salmo 15: 8-11.
Sobre este notable anuncio de la Resurrección de Jesús en el Antiguo Testamento hay que leer más adelante, en el capítulo III: 22 de los Hechos: “Arrepentíos, pues, y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas. Porque Moisés ha anunciado: «El Señor Dios vuestro os suscitará un profeta de entre vuestros hermanos, como a mí; a Él habéis de escuchar en todo cuanto os diga; y toda alma que no escuchare a aquel Profeta, será exterminada de en medio del pueblo.» Todos los profetas, desde Samuel y los que lo siguieron, todos los que han hablado, han anunciado asimismo estos días.
Os suscitará un profeta: Este notable pasaje puede traducirse también, Os resucitará un profeta. Según esta interpretación, el célebre vaticinio de Moisés sobre el Mesías (Deuteronomio XVIII, 15) anunciaría que tales profecías habían de cumplirse en Él después de muerto y resucitado.
San Lucas al narrar, y San Pedro al hablar aquí, usan en griego el verbo anastesei, cuyo sentido principal es resucitará, y repiten el mismo verbo en el versículo 26, donde tal sentido es evidente y exclusivo de todo otro: levantar de entre los muertos.
Esta versión tiene en su favor circunstancias importantes, puesto que San Pedro está hablando de la Resurrección de Jesús, y su intención expresa es aquí, como antes en II, 24 y siguientes, donde usa el mismo verbo, mostrar precisamente que esa resurrección estaba anunciada desde Moisés, como lo estaba por David.
Igual testimonio que estos de San Pedro, da San Pablo con idénticos argumentos y usando el mismo verbo.
Por lo demás, Jesús ya lo había dicho a los discípulos de Emaús, llamándolos “necios y tardos de corazón” en comprender que su rechazo por Israel, sus dolores, muerte y resurrección estaban previstos. Más abajo volveremos sobre este pasaje.
Algunos años más tarde, San Pablo hizo lo mismo cuando habló a la comunidad judía en Antioquía. Al igual que San Pedro, San Pablo declaró que Dios había levantado a Jesús, el Mesías, de entre los muertos, en cumplimiento del Salmo 56: 10 (Hechos 13: 33-35).
La resurrección del Mesías está implícita en el Salmo 21. En los versículos 19-21, el sufriente salvador ora para ser liberado «de la boca del león» (una metáfora de Satanás). Esta oración desesperada es seguida inmediatamente, en los versículos 22-24, por un himno de alabanza, en el que el Mesías da gracias a Dios por escuchar su oración y por haberlo liberado. La resurrección del Mesías, está claramente implícita entre el final de la oración en el versículo 21 y el comienzo del canto de alabanza en el versículo 22.
Volviendo al Profeta Isaías 53: después de profetizar que el siervo sufriente de Dios sufriría por los pecados de su pueblo, dice que Él sería «cortado de la tierra de los vivientes». Pero luego declara que el Mesías «verá linaje» y que Dios el Padre «prolongará sus días». Y continúa y afirma la promesa de la resurrección en palabras diferentes: «Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho; » (Isaías 53: 11).
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Veamos ahora las muchas profecías que Jesús cumplió durante la última semana de su vida terrestre:
Entrada triunfal en Jerusalén sobre un pollino
Zacarías 9: 9 (cfr. San Mateo 21: 1-7; San Marcos 11: 1-7; San Lucas 19: 29-35; San Juan 12: 14-16)
Se le aclamaría como el que venía en nombre del Señor
Salmo 117: 24-28 (cfr. San Mateo 21: 9; San Marcos 11: 9; San Lucas 19: 37-38; San Juan 12: 12)
Purificaría el templo de Jerusalén
Isaías 56: 7; Jeremías 7: 11; Malaquías 3: 1-4 (cfr. San Mateo 21: 12-13; San Marcos 11: 15-17; San Lucas 19: 45-46)
Sería repudiado
Salmo 21: 7, Isaías 53: 3; Amos 5: 10 (cfr. San Juan 12: 37-38)
Despreciado por el pueblo judío
Isaías 49: 5 y 53: 3 (cfr. San Juan 1: 11)
Sería la piedra desechada que llegaría a ser piedra principal de construcción
Salmo 117: 22 (cfr. San Mateo 21: 42; San Marcos 12: 10-11; San Lucas 20: 17)
Sería traicionado por uno de los suyos
Salmo 40: 10 (cfr. San Mateo 26: 14-15; San Marcos 14: 10-11; San Lucas 22: 3-6)
Sería vendido por 30 piezas de plata
Zacarías 11: 12-13 (cfr. San Mateo 26: 15)
El precio sería devuelto
Zacarías 11: 13 (cfr. San Mateo 27: 3-10)
Sus enemigos tropezarían y caerían
Salmo 26: 2 (cfr. San Juan 18: 4-6)
Sería dejado sólo en su momento de aflicción
Zacarías 13: 7; Isaías 53: 6 y 63: 3 (cfr. San Mateo 26: 31-46 y 56; San Marcos 14: 32-42 y 50)
Durante su juicio no se defendería y se mantendría en silencio
Isaías 53: 7 (cfr. San Mateo 26: 62-63 y 27: 12-14; San Marcos 14: 60-61 y 15: 3-5; San Lucas 23:4-5 y 8-9; San Juan 19: 9)
Sería acusado por falsos testigos
Salmos 26: 12; 34: 11, 108: 2 (cfr. San Mateo 26: 60, San Marcos 14: 57)
Sufriría por los demás
Isaías 53: 4-5 (cfr. San Mateo 8: 16-17; San Marcos 9: 12; San Juan 11: 49-50)
Sería humillado y ridiculizado
Salmo 21: 7-8 (cfr. San Mateo 27: 27-30; San Marcos 15:16-19; San Juan 19: 2-3)
Sería flagelado y escupido en el rostro
Isaías 50: 6 (cfr. San Mateo 26: 67 y 27: 30; San Marcos 14: 65; San Lucas 23: 16; San Juan 19: 1)
Sería golpeado en la cabeza
Miqueas 5: 1 (cfr. San Mateo 27: 30; San Marcos 15: 19).
Sus manos y pies serían perforados
Salmo 21: 16-18; Zacarías 13: 6 (cfr. San Juan 20: 27)
Sería crucificado con malhechores
Isaías 53: 9 y 12 (cfr. San Mateo 27: 38; San Marcos 15: 27-28; San Lucas 23: 32-33; San Juan 19: 18)
Sería escarnecido y despreciado
Salmo 21: 6-8 (cfr. San Mateo 27: 39-43; San Marcos 15: 29-32; San Lucas 23: 35-37)
Él perdonaría a sus agresores
Isaías 53: 12 (cfr. San Lucas 23: 34)
Tendría sed
Salmo 21: 15 (cfr. San Juan 19: 28)
Le darían a beber vinagre
Salmo 68: 21-22 (cfr. San Mateo 27: 34 y 48-49; San Marcos 15: 36; San Juan 19: 29)
Él expresaría palabras de abandono de Dios
Salmo 21: 1 y 20 (cfr. San Mateo 27: 46; San Marcos 15: 34)
Encomendaría su espíritu al Padre
Salmo 31: 5 (cfr. San Lucas 23: 46)
Su costado sería traspasado
Zacarías 12: 10 (cfr. San Juan 19: 34)
Sobre sus ropas echarían suertes
Salmo 21: 18 (cfr. San Mateo 27: 35; San Marcos 15: 24; San Lucas 23: 34; San Juan 19: 24)
Ninguno de sus huesos sería quebrado
Salmo 34: 20-21 (cfr. San Juan 19: 33
Sería sepultado en una tumba de ricos
Isaías 53: 9 (cfr. San Mateo 27: 57-60; San Marcos: 15: 42-46; San Lucas 23: 50-54; San Juan 19: 38-42)
Su cuerpo no vería la corrupción
Salmo 15: 10; Isaías 55: 3 (cfr. Hechos 2: 31, 13: 34-35 y 37).
Resucitaría después de su muerte
Salmo 15: 10 (cfr. San Mateo 28: 2-9; San Marcos 16: 5-7; San Lucas 24:)
Resucitaría al tercer día
Jonás 2: 1 (cfr. San Mateo 12: 40, 26: 61; San Marcos 14: 57-58; San Mateo 27: 40 y 27: 63).
Ascendería al Cielo
Salmo 67: 17-18 (cfr. San Marcos 16: 19; San Lucas 24: 50-51)
Se sentaría a la derecha de Dios
Salmo 109: 1 (cfr. San Marcos 16:19)
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Después de este repaso impresionante de profecías cumplidas durante la Semana Santa, destaquemos las palabras de los Ángeles dirigidas a las mujeres en la mañana de la Resurrección:
“Vosotras, no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho… ¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recordad cómo os habló cuando estaba todavía en Galilea, diciendo: «Es necesario que el Hijo del hombre sea entregado en manos de los pecadores y sea crucificado, y al tercer día resucite». Y ellas recordaron sus palabras”.
Nuestro Señor, por su parte, les dijo a sus Apóstoles en el Cenáculo:
“Estas son aquellas palabras mías que os hablé cuando todavía estaba con vosotros: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí. Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día”.
A los discípulos de Emaús, les recriminó:
“¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria? Y, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas, les explicó lo que había sobre él en todas las Escrituras”.
Estos discípulos habían desahogado su espíritu, manifestando los gravísimos defectos en que habían caído en lo tocante al Mesías, pues sólo habían atendido a las predicciones gloriosas, no a las humillaciones por las que, según las Escrituras, debía pasar el enviado de Dios; y por eso los reprendió el Maestro.
Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los Profetas les fue interpretando todas las Escrituras que hablan de Él… Es de creer que las explicaciones que en los Evangelios y en las Epístolas se dan de los antiguos vaticinios provienen del magisterio de Jesús, además de lo que pudo sugerirles el Espíritu Santo.
Nunca tuvo la Sagrada Escritura mejor intérprete, es el mismo Dios que las dictó. El mismo en quien se realizaron todos los vaticinios del Antiguo Testamento es el autor y el consumador de las Escrituras.
Si el Nuevo Testamento estaba ya contenido en el Antiguo, nadie mejor podía declararlo que Aquél a cuya muerte se rasgó el velo del Templo, representativo de todos los misterios de la Antigua Ley.
Es, además, Jesucristo como el centro de ambos Testamentos, y todo tiene en Él su aclaración. Su historia y la historia de sus instituciones es como el comentario claro e inconfundible de las profecías, tipos y símbolos de la Antigua Alianza.
No ha cesado el Magisterio de Jesús sobre las Escrituras; la Iglesia ha recibido de Él el oficio y la misión de interpretarlas auténticamente.
Cabe destacar con firmeza que, si este Magisterio ya no tiene hoy en día ejercicio genuino, esto es un signo claro de que estamos en los últimos tiempos…
Necia es nuestra fe, si no creemos con la misma intensidad todo lo que de Jesús han dicho los Profetas, si no creemos todo lo que de Él nos dicen Él mismo y los escritos apostólicos.
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Ahora bien, en el Jesús profético, así como en el Jesús histórico, aparece la ley del contraste, es decir la luz y las tinieblas, la gloria y la infamia, lo sublimemente grande y lo nimiamente pequeño.
De todo esto resulta el retrato de un Dios encarnado, con todo el fulgor y toda la gloria de Dios y, al mismo tiempo, con toda la sencillez y con todos los pequeños detalles que hallaríamos en la historia de un puro hombre; y, sobre todo, con todas las grandes miserias que pudiese sufrir el más desgraciado de los hombres…
La vista de nuestra fe debe abrazar a Jesús todo entero; y con la misma diligencia y viveza debemos creer en su omnipotencia, en su sabiduría, en sus triunfos, en su gloria, así como en sus trabajos, en sus humillaciones, en su muerte…
Jesús es nuestro Salvador tanto por lo uno como por lo otro, porque es Dios y porque es hombre…
¿No fue menester que el Cristo padeciese todas estas cosas? Atendamos a la relación que hay entre los sufrimientos de Cristo y su gloria: aquellos son la causa de esta, tanto en la predicción profética como en el hecho histórico de la vida de Jesús.
Dios le predestina para el sufrimiento porque le predestina para la gloria, debiendo ser el hombre glorificado y causa de toda nuestra gloria; por eso quiso el Padre que fuese antes el hombre mortificado con toda suerte de sufrimientos y dolores.
Sepamos penetrar en esta filosofía del dolor, que es la gran filosofía de la Vida Cristiana: conviene que padezcamos para ser gloriosos, no hay gloria sin dolor; por el abajamiento se va a las alturas, por el dolor al placer, por el vituperio a la gloria; partícipes como hemos de ser de la gloria de Cristo, antes hemos de serlo en sus sufrimientos.
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Llegados a este punto, se entiende perfectamente la intención de la Santa Iglesia, por medio de su Liturgia, al insertar este pasaje evangélico justo en la antesala de la Cuaresma.
Jesucristo profetiza su propia Pasión y muerte. Cuando celebremos el Domingo de Ramos, hemos de recordar esto: cuando Nuestro Señor entró en Jerusalén por última vez sabía perfectamente que iba a la muerte.
Jesús enfrenta el martirio con fortaleza porque es la Verdad y sabe, como Dios, los pormenores de este drama y su culminación gloriosa… Pero, los Apóstoles, ¿cómo reaccionaron? No entendieron.
¿Por qué no entendieron? Porque sus ideas y sus impresiones permanecían muy humanas. La naturaleza tiene horror al sufrimiento y a la humillación…
Para que este horror se disipe, es necesario que la naturaleza sufra un cambio: sólo las miras sobrenaturales lo preparan…; y los Apóstoles permanecían bajo la influencia de la opinión pública, esperando un Mesías glorioso, temporal, terreno…
La enseñanza que debemos extraer de este anuncio de la Pasión, que nos introduce inmediatamente a la Cuaresma, es la de la necesidad de la fe y de la confianza…
Por eso, el Evangelio continúa inmediatamente, sin ninguna unidad aparente, con el milagro de la curación del ciego de Jericó… Pero debemos recordar que, como dice San Agustín, «los actos del Verbo son también palabras». En efecto, estos dos episodios del Evangelio parecen heterogéneos y, sin embargo, tienen una profunda unidad.
El miedo, la visión demasiado natural, el apego a lo terreno, la falta de espíritu sobrenatural había cegado a los Apóstoles… Jesús cura al cieguito y con ello fortalece la fe y la confianza de sus discípulos, sana la ceguera espiritual y los prepara para el martirio.
El ciego representa al incrédulo, envuelto en la noche completa, o al cristiano que queda como extraño a las verdades sobrenaturales, las que conoce de memoria, pero no alcanza a penetrar su viviente realidad…
El ciego Bartimeo es un ejemplo de fe viva y actuante…: «tu fe te ha curado», le dice Nuestro Señor.
Notemos que Bartimeo, significa hijo de Timeo. Ahora bien, en latín, timeo significa temer… Jesús quiere sanar la ceguera de los hijos del miedo…
El desgraciado Bartimeo pedía limosna a la vera del camino; primero preguntó, después escudriñó, luego creyó y, por último, obró.
Esas son las cualidades de la fe: preguntar sumisamente, averiguar diligentemente, confesar paladinamente, obrar valientemente.
Decirle a Jesucristo «Hijo de David» era reconocerlo como verdadero Mesías… y así obtuvo lo que pedía: «Señor, que vea»…
Lleno de gozo, Bartimeo siguió a Jesús. Nada más natural. También nosotros debemos ser consecuentes. A medida que Dios nos da más luz, debemos acercarnos al Divino Salvador. La luz es una gracia muy grande. Toda gracia exige una fiel correspondencia. Toda correspondencia trae progresos.
Si nuestra fe topa con obscuridades, elevemos nuestra visión en proporción a las luces que nos deja, y estas luces aumentarán mucho más.
Si Jesús en la vida interior se nos manifiesta con aspectos nuevos, seamos más decididos en seguirlo.
Digámosle con instancia: ¡Oh Divino Salvador, haced que vea, haced que os siga!

