P. CERIANI: SERMÓN DEL DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

DOMINGO DE SEXAGÉSIMA

En aquel tiempo: Como se juntase una gran multitud, y además los que venían a Él de todas las ciudades, dijo en parábola: “El sembrador salió a sembrar su simiente. Y al sembrar, una semilla cayó a lo largo del camino; y fue pisada y la comieron las aves del cielo. Otra cayó en la piedra y, nacida, se secó por no tener humedad. Otra cayó en medio de abrojos, y los abrojos, que nacieron juntamente con ella, la sofocaron. Y otra cayó en buena tierra, y brotando dio fruto centuplicado”. Diciendo esto, clamó: “¡Quien tiene oídos para oír, oiga!” Sus discípulos le preguntaron lo que significaba esta parábola. Les dijo: “A vosotros ha sido dado conocer los misterios del reino de Dios, en cuanto a los demás se les habla en parábolas, para que «mirando, no vean; y oyendo, no entiendan». La parábola es ésta: «La simiente es la palabra de Dios. Los de junto al camino, son los que han oído; mas luego viene el diablo, y saca afuera del corazón la palabra para que no crean y se salven. Los de sobre la piedra, son aquellos que al oír la palabra la reciben con gozo, pero carecen de raíz; creen por un tiempo, y a la hora de la prueba, apostatan. Lo caído entre los abrojos, son los que oyen, mas siguiendo su camino son sofocados por los afanes de la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar. Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyen con el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia»”.

Nos encontramos en el Domingo de Sexagésima, cuyo Evangelio contiene la hermosa Parábola del Sembrador que siembra su semilla. Está tomada del Evangelista San Lucas; los otros dos sinópticos también la relatan.

Qui seminat o Seminans, El que siembra, El sembrador…

En presente, sea del indicativo, sea un participio. Nuestro Señor, al proponer esta Parábola a sus discípulos consideró que, hasta el fin de los siglos, en todos los tiempos y en todos los lugares, Él sería siempre El que siembra, es decir, siempre vivo, siempre presente…

Nos equivocaríamos, si considerásemos a Jesús como el gran sembrador del pasado, habiendo cumplido ya su tarea. Al contrario, sabemos que constantemente está realizando este trabajo. En este mismo momento, quiere tener un papel activo en nosotros.

¿Qué tenemos que hacer, sino dejarle trabajar en nosotros?

Él permanece para nosotros como El que siembra, el Sembrador, no sólo en el momento de la oración, sino durante todo el día, cualquiera que sea nuestra labor, e incluso durante nuestro sueño.

Y de este modo actúa en todas las almas… También por aquél que nos inquieta, por aquél que está en peligro, por aquél que se ha apartado de la fe o de la gracia, por aquél otro que está bien dispuesto, por aquél que va en ascenso… En todo momento es el Sembrador incansable.

Presentemos, pues, a Jesús el inmenso campo del mundo, con todos los Nicodemos, las Marías Magdalenas, los Zaqueos, los Lázaros, los Pilatos, los Judas…, del mundo de hoy… Sus amigos, los que lo ignoran, los que lo atacan…

Y recordémosle la exclamación de su Corazón: Me compadezco de esta multitud…, al tiempo que le decimos: Divino Sembrador, echa tus semillas, con ambas manos, sobre buenos y malos, y dales la gracia de recibirlas bien…

Y luego, agradezcámosle por la siembra que, desde hace tanto tiempo, ha hecho en nosotros; siembra que nos ha llegado a través de las generaciones anteriores, de nuestra familia cristiana; o vaya uno a saber…; siembras que, día tras día, hora tras hora, han descendido sobre nuestra alma desde nuestro nacimiento.

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Y al sembrar, una semilla cayó a lo largo del camino; y fue pisada y la comieron las aves del cielo.

Los de junto al camino, son los que han oído; mas luego viene el diablo, y saca afuera del corazón la palabra para que no crean y se salven.

Al escuchar esta frase del Evangelio, debemos experimentar la necesidad de acudir a Jesús con espíritu de reparación… Consideremos esa hermosa y divina semilla, arrojada por el Sembrador, y que ha caído allí, al borde del camino, perdida, despreciada, profanada… Nos debe doler el pensar en tantas semillas arrojadas por Jesús y que se desperdician de esta manera; y que, a veces, son como aniquiladas por un verdadero sacrilegio…

Al leer o escuchar la Parábola, observamos caer sobre el mundo la semilla selecta de las llamadas de Jesús al servicio divino, cualquiera sea la vocación. Pero Jesús nos dice: ¡Mirad!… Y algunas de estas vocaciones las vemos pisoteadas por el orgullo, por la sensualidad…; vemos el costado del camino donde algunas son estancadas…, donde otras han aceptado que el sacrilegio les aplaste el alma…, donde otras se dejan llevar por las aves rapaces al acecho…

El divino Sembrador nos delega una responsabilidad, que es a la vez espléndida y terrible… Él quiere que seamos como el centinela, el guardián del camino, para que, con nuestra oración y nuestro sacrificio, podamos inclinarnos sobre los granos perdidos y le ayudemos a recogerlos y devolverlos al surco divino…

Pero, en lo que a nosotros respecta, ¿no estamos, a veces, allí, tentados, al costado del camino? ¿No nos detuvimos tal vez ahí? Quién sabe si no nos arriesgamos a encontrar allí la muerte espiritual…

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Otra cayó en la piedra y, nacida, se secó por no tener humedad.

Los de sobre la piedra, son aquellos que al oír la palabra la reciben con gozo, pero carecen de raíz; creen por un tiempo, y a la hora de la prueba, apostatan.

He aquí nuevamente la semilla expuesta a la muerte… La infertilidad ya no es producida por las causas externas encontradas en el camino, sino por la culpa de la tierra pedregosa que la recibe.

Y, sin embargo, esta piedra, esta alma, recibe las semillas con alegría… Posee, pues, la estima de la semilla, conoce el don de Dios, pero le falta humedad, es decir vida interior…; y todo se seca en ella.

La gracia, delicada planta divina, necesita encontrar en nosotros ciertas disposiciones profundas para poder desarrollarse. Necesita, como mínimo, nuestra buena voluntad y, sobre todo, una lealtad activa que aspire a corresponder a don tan inestimable. Entonces, cada acto de conformidad abre más la puerta a la gracia, y así la desarrolla en nosotros y atrae nuevos favores divinos.

No pensamos lo suficiente en lo que perdemos cuando dejamos pasar una invitación de Dios… El rechazo de una llamada interior, especialmente si este rechazo es frecuente y repetido, es una falta de amor hacia Dios, muy perjudicial para el alma. Así es como, poco a poco, vamos cayendo en la tibieza.

Nuestra alma, incluso buena, puede convertirse, poco a poco, en dura piedra porque dejamos que se endurezca por un defecto no combatido.

Nuestra alma puede ser una piedra, si le falta la humedad fertilizante de lo sobrenatural. Sólo tiene reacciones humanas que condenan a muerte la vida espiritual.

Pidamos a Jesús que nos proteja de la dureza; que nos ayude a no aceptar en nuestra vida ningún defecto habitual que no sea combatido. Sobre todo, pidámosle saber mantener en nosotros el rocío divino de la vida interior mediante la oración, mediante la fidelidad a cada gracia que nos llega, mediante el esfuerzo generoso por acogerla cada vez con más amor, con fervor activo y gozoso que conduce a una atenta correspondencia.

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Otra cayó en medio de abrojos, y los abrojos, que nacieron juntamente con ella, la sofocaron.

Lo caído entre los abrojos, son los que oyen, mas siguiendo su camino son sofocados por los afanes de la riqueza y los placeres de la vida, y no llegan a madurar.

Al escuchar esta frase de la Parábola, nuestra mente se traslada a aquella escena del Evangelio que siempre deja en nuestra alma un sentimiento de tristeza.

Vemos a Jesús en el camino, cuando, de repente, llega casi corriendo un joven, que se arrodilla delante del Señor. Nos cae simpático este joven, que tiene tantas ganas de conocer a Jesús…, todo en él refleja honestidad. Y contemplamos a Jesús, que, complaciente, fija su mirada en el joven. ¡Feliz aquél en quien la mirada divina pueda posarse con beneplácito y a quien Jesús entregue el cariño de su divino Corazón!

En esta tierra espiritual que se le ofrece, el Sembrador siembra una semilla de elección: “Sólo te falta una cosa: si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres; tendrás un tesoro en el cielo; ven, y sígueme”…

Pero he aquí que, al oír esto, el joven se puso triste… La alegría y el ofrecimiento de su mirada se apagaron, se levantó y se fue lentamente, todo triste. Llegó corriendo y muy feliz… Se marchó pesadamente, sin decir palabra…

Y vemos que también sube a los ojos de Jesús una profunda tristeza… Y luego dijo a sus discípulos: “Es difícil que un rico entre en el reino de los cielos…”

Entonces, ¿cuáles son los grandes bienes que alejaron de Jesús a este joven? ¿Cuál es esa fortuna que prefirió al tesoro que le ofrecía? Es rico… ¿Rico? ¡Alma rica en espinas!, que han ahogado la semilla pura que Jesús arrojó allí… Cayó en un alma congestionada y no pudo germinar ni crecer.

Pidamos a Jesús un alma libre; que no permita que nos dejemos invadir por las preocupaciones humanas, por la satisfacción de la autoestima, el gusto por el bienestar y la vida fácil… Que no permita que en nuestro corazón crezcan incómodas espinas…

Pidamos a Nuestra Señora, divina Jardinera, que nos haga ver aquellas espinas que tienden a crecer, que no hemos desarraigado lo suficiente, y que nos dé vigoroso coraje para hacerlo. Que sea Ella misma quien pode o arranque, pero que no permita que la semilla de la gracia encuentre en nosotros un alma cubierta de abrojos.

Digamos a Jesús que no queremos conocer la tristeza del joven rico…, que había recibido la misma invitación que los Apóstoles. Pidámosle que nos ayude a responder con prontitud y ardor a todos sus llamados, pues no queremos ver nacer la tristeza en sus ojos divinos por culpa de nuestra falta de generosidad.

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Y otra cayó en buena tierra…

Esta vez la semilla cayó en un hermoso y amplio surco.

Admiremos esta excelente tierra. ¿Por qué ella es así? Porque ha sido trabajada, bregada. Ha sido despejada de piedras y espinas, ha sido removida y es húmeda. Esta tierra sufrió para volverse buena.

Lo mismo ocurre con el alma; para que llegue a ser una tierra muy buena, hay que ararla espiritualmente.

¿Dudaremos en dejarnos trabajar por Jesús? ¿Nos opondremos a su acción?…

Conocemos todas las imperfecciones que abarrotan nuestro suelo, todas las faltas que perturban a la semilla; conocemos también el trabajo que Jesús quiere hacer en nosotros, somos conscientes de las luchas necesarias, de ciertos esfuerzos esenciales…

No rechacemos esta obra divina. Ofrezcámonos a Jesús con el deseo de dejarle libertad de acción porque es el único que hará de nosotros una tierra fértil. Hemos de desear que Él pueda sembrar a manos llenas en nuestra alma con la certeza de que ella producirá buenos frutos. Dejémoslo trabajar como Él quiera…; no elijamos ni la forma de arar ni la oportunidad de la siembra.

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Y brotando dio fruto centuplicado.

Nuestro Señor nos presenta una semilla extraordinariamente productiva.

¿De dónde viene este provecho y rendimiento? De la excelencia de la semilla, que halló dónde fructificar; ella es divina y su fertilidad es inconmensurable. Pero también depende de la bondad de la tierra. De hecho, San Mateo y San Marcos introducen un detalle importante al decir: los sembrados en tierra buena son aquellos que oyen la Palabra, la acogen y dan fruto, unos treinta, otros sesenta, otros ciento.

Jesucristo quiere que comprendamos el magnífico desarrollo de la gracia, si ella es recibida por un corazón “recto y bien dispuesto”, un corazón noble.

¿Sabemos hasta dónde llegaríamos, si dejásemos crecer en nosotros todos los dones de Dios?

Jesús no nos santificará sin nosotros; y su plan de santidad está en suspenso; quizás fracasando para siempre por nuestra culpa. No permitamos que sea así; demos todo lo que somos para que Jesús haga que sus dones produzcan en nosotros el ciento por uno.

Ahí están todos los talentos que hemos recibido: inteligencia, voluntad, sentidos, pasiones, afectos, fuerzas físicas…; prometamos ser fieles para cultivarlos, ponerlos al servicio divino y dedicarnos a desarrollarlos, a perfeccionarlos cada día más.

Pidamos perdón por nuestros talentos enterrados…

Seamos como Santa Teresita de Lisieux; conocido es el pasaje de su vida que dice: Cuando se ofreció ante mis ojos el horizonte de la perfección, comprendí que para ser santa había que sufrir mucho, buscar siempre lo más perfecto y olvidarse de sí misma. Comprendí que en la perfección había muchos grados, y que cada alma era libre de responder a las invitaciones del Señor y de hacer poco o mucho por Él, en una palabra, de escoger entre los sacrificios que él nos pide. Entonces, como en los días de mi niñez, exclamé: “Dios mío, yo lo escojo todo. No quiero ser santa a medias, no me asusta sufrir por ti, solo me asusta una cosa: conservar mi voluntad. Tómala, ¡pues «yo escojo todo» lo que tú quieres…!”

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Y lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyen con el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia

Nuestro Señor resalta aquí una virtud en la que quizás no hemos pensado; en griego, la hypomoné, que el texto latino traduce, ya sea por la paciencia, ya sea por la perseverancia.

La paciencia es la virtud que inclina a soportar, sin tristeza de espíritu ni abatimiento de corazón, los padecimientos físicos y morales.

Es necesaria esta virtud para guardar y defender el bien de la razón contra la tristeza, para que la razón no sucumba ante ella.

Es una de las virtudes más importantes en la vida cristiana, porque, siendo innumerables los trabajos y padecimientos que inevitablemente tenemos todos que sufrir en este valle de lágrimas, necesitamos la ayuda de esta gran virtud para mantenernos firmes en el camino del bien sin dejarnos abatir por el desaliento.

La perseverancia es lavirtud que inclina a persistir en el ejercicio del bien a pesar de la molestia que su prolongación nos ocasione. Su objeto es, pues, soportar, tanto cuanto sea necesario, la larga duración de las obras virtuosas.

En el mundo, la paciencia y la perseverancia se consideran fácilmente como virtudes pasivas y secundarias. Sin embargo, Santiago nos la presenta como el alma de la perfección de todas las obras: “Tenedlo, hermanos míos, por sumo gozo, cuando cayereis en pruebas de todo género, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Pero es necesario que la paciencia produzca obra perfecta, para que seáis perfectos y cabales sin que os falte cosa alguna”.

¿Cómo reconocerías a un santo?, le preguntaron a Santo Tomás. Por su paciencia, respondió.

Nuestro gran defecto es nuestro afán natural; siempre queremos avanzar más rápido que Dios y su gracia. Queremos ir demasiado rápido.

Demasiado rápido para nuestra santificación, y como ésta se desarrolla lentamente, nos sentimos tentados a abandonarlo todo.

Demasiado rápido para la salvación de las almas, y como se necesita tiempo, pronto decimos con desánimo: “Con esta alma no hay nada que hacer”.

Sería bueno que reflexionáramos con frecuencia sobre las palabras de las Escrituras: El hombre paciente es superior al valiente, y el que es señor de sí vale más que el conquistador de una ciudad.

Podríamos decir que estas virtudes de paciencia y perseverancia constituyen la base indispensable y la manifestación más segura del valor.

Cuando leemos la segunda Epístola a los Corintios, donde San Pablo relata sus obras, nos llama la atención su celo indudablemente devorador, pero sobre todo su paciencia y perseverancia. Ninguna amenaza lo perturba, ningún obstáculo lo detiene, ningún peligro lo asusta.

Pensemos en la paciencia y perseverancia de Nuestro Señor para la formación de sus Apóstoles.

Pensemos en la calma de Cristo ante los saduceos y los fariseos, en su silencio ante Herodes, en su condescendencia hacia Pilato, en su bondad hacia Nicodemo el vacilante y Judas el traidor… Llega incluso a soportar la tentación de Satanás…

Él sigue siendo el gran Paciente en la Sagrada Hostia, y también a la puerta de nuestras almas donde espera nuestra buena voluntad, donde acepta que su gracia esté a merced de nuestra correspondencia…

¡Qué lección de perfecta maestría para nosotros, cuando muchas veces no sabemos ni esperar ni soportar nada!

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Lo caído en la buena tierra, son aquellos que oyen con el corazón recto y bien dispuesto y guardan consigo la palabra y dan fruto en la perseverancia…

Pidamos a Nuestra Señora nos alcance la gracia de disponer bien nuestra alma para la siembra divina, junto con la perseverancia final.