SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA
En aquel tiempo se celebraron unas bodas en Caná de Galilea; y allí se hallaba la Madre de Jesús. Fue también convidado a las bodas Jesús con sus discípulos. Y como viniese a faltar el vino, dijo su Madre a Jesús: No tienen vino. Le respondió Jesús: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Aún no es llegada mi hora. Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Hagan lo que él les diga. Estaban allí seis tinajas de piedra, destinadas para las purificaciones de los judíos; en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros. Les dijo Jesús: Llenen de agua aquellas tinajas; y las llenaron hasta arriba. Les dice después Jesús: Saquen ahora en algún vaso, y llévenlo al maestresala. Lo hicieron así. Apenas probó el maestresala el agua convertida en vino, como él no sabía de dónde era (bien que lo sabían los sirvientes que lo habían sacado), llamó al esposo, y le dijo: Todos sirven al principio el vino mejor, y cuando los convidados han bebido ya a satisfacción, sacan el más flojo; pero tú reservaste el buen vino para lo último. Así en Caná de Galilea hizo Jesús el primero de sus milagros con que manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron más en Él.
El Evangelio de este Segundo Domingo de Epifanía relata el milagro durante las Bodas en Caná. Éste es el primer episodio del período preparatorio de la predicación de Jesús.
Revelado como Hijo de Dios en su bautismo, triunfante del diablo en sus tentaciones, declarado por el Bautista a la legación oficial del Sanedrín, reconocido por sus cinco primeros discípulos como el Mesías que debía salvar a Israel, demostrada su divinidad con la penetración de corazones y el descubrimiento de hechos ocultos, Jesús va a dar la prueba definitiva de su misión divina con la manifestación de su poder taumatúrgico.
Cuando empiece de lleno su ministerio, se presentará al mundo con todas las garantías que su alta misión reclamaba.
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Caná era una pequeña ciudad situada a orillas de un valle, a dos leguas de Nazaret. Jesús tenía allí parientes y amigos. Con cinco de sus discípulos, se detuvo en esta aldea; y se celebraban unas bodas en casa de una familia amiga; y María, la Madre de Jesús, se encontraba en el número de los invitados.
Aunque Ella vivía habitualmente oculta en su retiro de Nazaret, quiso esta vez honrar a los esposos con su presencia.
No sin misterio, su Santísima Madre estaba allí, donde debía manifestarse por primera vez el poder y la misericordia de Jesús.
¡Qué dulce consuelo recibe de este pasaje el alma devota de la Virgen Madre, y cuán adorables son los misterios que la providencia de Dios nos ofrece en esta narración!
Estaba allí la Madre, porque está donde quiera haya una necesidad de sus hijos, que lo somos todos.
Y está con Jesús, porque Jesús ha venido a ser, por María, uno de nosotros; y con Jesús estará con nosotros estará hasta la consumación de los siglos.
En nuestra vida cristiana, en nuestras tentaciones y peligros, en nuestras ansias de perfección, no olvidemos que Jesús está con nosotros, pero que también con nosotros está su Madre Santísima. Y, como en Caná, María hará para con nosotros los dulces oficios que le son propios: los de una amantísima Madre que atrae en favor nuestro el poder inmenso de su divino Hijo.
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Fue también convidado a las bodas Jesús con sus discípulos… Jesús sabía lo que había de ocurrir en Caná y lo que allí iba a hacer: manifestar su poder y confirmar con ello la fe de los discípulos llamados hacía poco.
Aceptando la invitación, Jesús santifica el matrimonio, condenando preventivamente la doctrina de quienes reprobarán el matrimonio como cosa mala; y halla ocasión para dar espléndida prueba de su divino poder.
Con su presencia quiso demostrar que son santas las legítimas expansiones de la vida doméstica porque contribuyen a estrechar los lazos de sangre y de amistad de esta institución de la familia, a la que quiso Dios poner como base de la sociedad.
Es una prueba, además, de que el espíritu cristiano no es huraño ni antisocial; y que la ley que le informa es el «alegrarse con los que se alegran, llorar con los que lloran».
En las bodas de Caná Jesucristo quiso santificar el matrimonio, llevando el santo vigor de su gracia hasta las mismas entrañas de donde brota la vida natural, y de donde se nutre la sociedad cristiana.
Todo ha sido restaurado por Jesucristo; y la unión matrimonial, que entre los pueblos paganos llegó a desnaturalizarse y se mancilló con toda suerte de abominaciones, vino a ser colocada por Jesús en un puesto de honor; hasta el punto de que en unas bodas hace su primer milagro, en favor de los esposos.
Tan grande ha venido a ser el matrimonio cristiano, que en él viene representada la santísima unión de Cristo con su Iglesia.
En los presentes tiempos de rebajamiento del matrimonio, por la inconsciencia, la frivolidad, y a veces el crimen de quienes lo contraen y pervierten sus fines, es preciso trabajar intensamente para la rehabilitación de este valor primordial, en el orden cristiano y social.
San Beda, el Venerable dice al respecto: Si hubiese culpa en el matrimonio, celebrado con la debida castidad, si hubiese sombra de pecado en la santidad del lecho nupcial, de ninguna manera hubiese concurrido el Señor a las bodas. Ahora bien, así como es buena la castidad conyugal, mejor es la continencia de los viudos, y óptima la perfección virginal. Se dignó nacer de las entrañas inmaculadas de la Virgen María, para demostrar la excelencia relativa de todos los grados, y distinguir el mérito de cada uno; fue bendecido a poco de nacer por la palabra profética de la viuda Ana; fue convidado cuando ya era joven por los que celebraban sus bodas, y honró éstas con la presencia de su santidad.
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Por otra parte, un designio providencial reunía en la humilde mansión de los esposos de Caná a la Virgen María, a su amado Hijo y a los primeros discípulos elegidos por Él mismo.
En medio de los festejos, llegó un momento en que faltó el vino. Viendo a los criados azorados y confusos, la Madre de Jesús comprendió inmediatamente la situación angustiosa de los dueños de casa y, movida a compasión, se sintió impulsada a socorrerlos… Pero…, ¿qué medio emplear para conseguirlo?
Cuando la situación embarazosa de los esposos iba a ponerse de manifiesto, la Madre de Jesús, con fe invicta, con gran generosidad, con ilimitada misericordia, al ver a su Hijo rodeado ya de discípulos, creyendo que ha llegado la hora de manifestarse, le dice: No tienen vino.
Breves palabras, que no sólo son la manifestación de un hecho que apena el Corazón de la Madre, sino que encierran una modesta pero apremiante súplica, semejante a la que más tarde le harán a Jesús las hermanas de Lázaro: Aquél a quien amas está enfermo.
Enseña San Juan Crisóstomo: Es digno de notarse cómo vino la Madre a concebir un concepto tan elevado de su Hijo, siendo así que hasta entonces ningún milagro había hecho. Por esto dice San Lucas: María conservaba todas estas palabras, examinándolas en su corazón.
¡Qué amorosa sagacidad, qué profunda estrategia, qué entrañable misericordia la de la dulcísima Madre de Jesús…! Hasta en el orden puramente humano resulta cordial este episodio de una madre que sufre por el apuro de unos pobres esposos y acude a un supremo remedio para sacarlos de él.
Pero, desde el punto de vista de las relaciones sobrenaturales de la Madre con el Hijo y con los hijos de su Hijo, que somos todos nosotros, el episodio de la súplica de la Virgen en Caná es consolador sobre toda ponderación.
Ya sabemos que tenemos en el orden espiritual una Madre que ve todas nuestras miserias, ¡que son tantas…!; que sufre por ellas, que tiene en sus manos el poder de su Hijo por graciosa concesión del mismo, haciéndola “omnipotente por su intercesión»… De modo tal que atenderá nuestros ruegos, siempre que acudamos a Ella como verdaderos hijos, porque nunca se ha oído decir que nadie haya sido abandonado de Ella…
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María deseaba, y su mirada suplicante lo daba a entender bien claro, que Jesús hiciera uso de su poder soberano para sacar a los esposos de la penosa situación en que se encontraban; pero la actitud de Jesús parecía decir lo contrario.
Es más, la respuesta de Jesús parece desconcertante: Mujer, ¿qué nos va a mí y a ti? Y añadió: Aún no es llegada mi hora.
Otros años ya he comentado el sentido de este diálogo.
San Agustín enseña: ¿Por qué, pues, dijo: «Aun no es llegada mi hora»? Porque estaba en su mano el tiempo en que había de morir, pero aún no le parecía tiempo oportuno para usar de tal poder. Habían de ser llamados primeramente los discípulos; se había de anunciar el reino de los cielos; se habían de ostentar los prodigios de su misión, para fundamentar en milagros la divinidad del Señor, y recomendarse la humildad en la misma sumisión a las leyes de nuestra mortalidad. Cuando todo esto se hizo, de manera que las pruebas fuesen irrecusables, entonces fue la hora, no de la necesidad, sino de manifestar su voluntad; no de la condición, sino de su poder.
Aunque la respuesta de Jesús podía ser considerada como una negativa, María Mediadora confió en la intervención de su Hijo; y que, si en realidad la gracia pedida no era reclamada por el ministerio público de Jesús, la acordaría por amor a su Madre y a causa de sus ruegos.
Cualquiera que sea la interpretación de la respuesta de Jesús, la Madre comprendió que su Hijo iba a remediar la necesidad; por esto dijo a los que servían: Haced cuanto él os dijere.
El milagro fue instantáneo y a la sola voluntad de Jesús, lo cual lo indica la palabra ahora… Y Jesús les dijo: Sacad ahora, y llevad al maestresala.
Era el maestresala el director de los convites; disponía las mesas, probaba los manjares y bebidas para que nada se sirviese insípido o malo, dirigía a los servidores, etc.
Fue aquí el primer testigo del milagro, junto con los servidores que llenaron las tinajas.
La proverbial sobriedad de los jefes de mesa o cocina, que debían conservar íntegro el sentido del gusto, era garantía de su dictamen sobre la bondad del vino. Además, sabía que no se había puesto a su disposición más que una clase de vino, y que estaba ya agotado.
Ahora bien, en el caso de que se sirviesen dos o más vinos, era costumbre poner antes el mejor.
En concreto, en cuanto hubo catado este vino cuya procedencia ignoraba, lo encontró excelente, y se imaginó que el esposo había querido dar una sorpresa a sus invitados.
Por ello, extrañado de que se rompiese la costumbre, habló con el esposo y le dijo: Todo hombre sirve primero el buen vino; y después que han bebido bien, y se ha embotado algo el gusto, entonces da el que no es tan bueno; mas tú guardaste el buen vino hasta ahora.
Estas palabras, dichas seguramente con amable ironía por el técnico del convite, son la mejor prueba de la realidad del milagro y de la excelencia del licor en que el agua fue transubstanciada.
El esposo habrá respondido que lo sucedido era para él un misterio.
Se interrogó a los sirvientes que habían llenado de agua las seis ánforas, y ellos testimoniaron el gran milagro que Jesús acababa de hacer a ruegos de María Mediadora.
Explica San Hilario: He aquí que se echó agua en las hidrias y de ellas se sacó vino, que se vaciaba en las copas. Así sucedió que el dictamen de los que echaron el agua difirió de la declaración de los que bebían. Los que las llenaron creían que saldría agua, mas los que las vaciaban veían que salía vino. Y en ello no hubo mezcla, sino transubstanciación; faltó la sencillez del agua, y apareció el sabor del vino. No acontece que por la mezcla de un líquido de inferior calidad se obtenga otro superior, sino que realmente desaparece lo que era y aparece lo que no existía.
Por su parte, San Juan Crisóstomo dice: Jesucristo no hizo vino sencillamente, sino un vino exquisito. Tales son los milagros de Jesucristo, que todo lo que hace es mucho más útil y hermoso que lo que se hace por la naturaleza. Por lo tanto, tuvo por testigos a los sirvientes, de que en realidad era agua lo que se había convertido en vino; y por testigos de que el vino era bueno, al maestresala y al esposo. El Evangelio nada dice sobre lo que comentó el esposo, ocupándose únicamente de lo que era necesario saber; esto es, que el agua se había convertido en vino.
«Milagro de lujo», llaman a éste los racionalistas… Es milagro de generosa bondad…, propia de Dios…
San Agustín comenta al respecto: Este milagro del Señor, por el que convirtió el agua en vino, no llama la atención a los que conocen que es Dios el que lo hace; el mismo que hizo el vino en las hidrias es el que todos los años lo está haciendo en las viñas. Pero esto, por suceder siempre, ya no causa admiración. Y así el Señor se reservó el hacer ciertas cosas que no suceden con frecuencia, para excitar la admiración de los hombres que duermen e inducirlos a la adoración que le deben.
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No fue necesario más para poner de manifiesto ante los compatriotas del Salvador el extraordinario poder de que Dios lo había investido; y desde aquel momento los discípulos que le seguían se adhirieron a Él con plena y entera fe.
Y manifestó su gloria, porque manifestó su gran poder taumatúrgico, convirtiendo con un acto interno de su voluntad el agua en vino; y manifiesta «su gloria», porque el milagro lo hace como Dios, no como los Santos y Profetas que pueden hacerlos en nombre de Dios. Es la manifestación del poder y dominio que le corresponde como Unigénito del Padre.
Y creyeron en Él sus discípulos… Ya creían, según nos enseña antes San Juan, pero se robusteció su fe. Mucho lo necesitaban, porque el Mesías era muy distinto del concepto general según el que se le esperaba; y porque debían venir las horas de la contradicción y de la humillación de Jesús.
El milagro de la conversión del agua en vino produjo, pues, dos efectos: manifestó la gloria de Jesús y confirmó la fe de sus discípulos en Él.
Todos los milagros de Jesús debieran producir en nosotros este doble efecto: glorificar por ellos a Jesús, que de tal manera ha querido poner el poder divino en favor de su doctrina, condescendiendo con las naturales exigencias de nuestro pensamiento; y arraigar cada día más nuestra fe, porque los milagros de Jesús ofrecen todas las garantías que pueden pedirse en un hecho milagroso.
Especialmente este de Caná es capaz de satisfacer las exigencias del más prevenido espíritu. Es, además, símbolo y como un anticipo de la transubstanciación del vino en la Sangre preciosísima de Jesús en el Santo Sacrificio de la Misa, así como también un motivo especial de credibilidad en orden a la gran realidad de la Santísima Eucaristía.
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Se comprobó así mismo en aquella circunstancia memorable la unión íntima que existe entre la Madre y el Hijo, y cómo los ruegos de María Mediadora, previstos en los decretos eternos, obtienen de Jesús actos que no habría practicado sin aquella poderosa intercesión.
Así como aguardó su consentimiento para encarnarse en su seno virginal, esperó también sus súplicas para cambiar el agua en vino; y en el transcurso de los siglos, por un milagro constantemente renovado, serán asimismo los ruegos de María los que transformarán a los vástagos degenerados del viejo Adán en hijos de Dios.
En aquel día, Satanás comprendió perfectamente que el Solitario del desierto había rehusado cambiar las piedras en pan, no por falta de poder, sino para ocultarle sus atributos divinos.
Además, viendo a María ejercer sobre su Hijo un ascendiente tal, que la hacía omnipotente suplicando, reconoció en Ella a la criatura misteriosa con que Dios le había conminado desde el principio con estas palabras: Una mujer te quebrantará la cabeza. Y le juró un odio eterno e implacable como a su Hijo y a los pequeños hermanos del mismo, es decir, a nosotros…
Terminamos con el importante texto de San Luis María Grignon de Montfort:
Dios no puso solamente una enemistad, sino enemistades, y no sólo entre María y Lucifer, sino también entre la descendencia de la Virgen y la del demonio. Es decir: Dios puso enemistades, antipatías y los odios secretos entre los verdaderos hijos y servidores de la Santísima Virgen y los hijos y esclavos del diablo: no pueden amarse ni entenderse unos a otros.
Los hijos de Belial, los esclavos de Satanás, los amigos de este mundo de pecado, ¡todo viene a ser lo mismo!, han perseguido siempre y perseguirán más que nunca de hoy en adelante a quienes pertenezcan a la Santísima Virgen, como en otro tiempo Caín y Esaú figuras de los réprobos persiguieron a sus hermanos Abel y Jacob figuras de los predestinados.
Pero la humilde María triunfará siempre sobre aquel orgulloso y con victoria tan completa que llegará a aplastarle la cabeza, donde reside su orgullo. ¡María descubrirá siempre su malicia de serpiente, manifestará sus tramas infernales, desvanecerá sus planes diabólicos y defenderá hasta el fin a sus servidores de aquellas garras mortíferas!
El poder de María sobre todos los demonios resplandecerá, sin embargo, de modo particular en los últimos tiempos, cuando Satanás pondrá asechanzas a su calcañar, o sea, a sus humildes servidores y pobres a juicio del mundo; humillados delante de todos; rebajados y oprimidos como el calcañar respecto de los demás miembros del cuerpo. Pero, en cambio, serán ricos en gracias y carismas, que María les distribuirá con abundancia, grandes y elevados en santidad delante de Dios, superiores a cualquier otra creatura por su celo ardoroso; y tan fuertemente apoyados en el socorro divino que, con la humildad de su calcañar y unidos a María, aplastarán la cabeza del demonio y harán triunfar a Jesucristo.
Mientras tanto, la Mediadora Universal de todas las gracias nos dice:
Haced todo lo que Él os diga…

