P. CERIANI: SERMÓN PARA LA FIESTA DE LA CIRCUNCISIÓN

LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR

Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

En este día, la Liturgia festeja al mismo tiempo la Octava de la Navidad y la Circuncisión de Nuestro Señor. Y es porque el misterio de la Circuncisión es como la prolongación y un complemento del de la Encarnación y Natividad.

Este es el más breve de todos los Evangelios del año, pero no deja de recordarnos dos hechos importantes de los primeros días de la vida de Nuestro Señor, dos grandes misterios en los que ya se manifestaba todo su amor: su Circuncisión y la imposición del Nombre de Jesús.

La circuncisión era una ceremonia humillante y dolorosa, impuesta por Dios a Abrahán y a sus descendientes, para que fuera como el sello de su Alianza con ellos, y como signo distintivo para toda su raza.

En el Libro del Génesis, leemos:

Dijo Dios a Abrahán: “Tú, pues, guarda mi pacto, y tu descendencia después de ti en la serie de sus generaciones. Este es mi pacto que habéis de guardar entre Mí y vosotros y tu posteridad después de ti: Todo varón entre vosotros ha de ser circuncidado. Os circuncidaréis la carne de vuestro prepucio; y esto será en señal del pacto entre Mí y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón en el transcurso de vuestras generaciones, tanto el nacido en tu casa como el comprado con dinero a cualquier extraño, aunque no sea de tu raza. Sí, deben ser circuncidados el nacido en tu casa y el adquirido con tu dinero, de modo que mi pacto estará en vuestra carne como alianza eterna. El varón incircunciso, que no se circuncidare la carne de su prepucio, será exterminado de entre su pueblo por haber quebrantado mi pacto.”

Presente en la época en que todos los pueblos, olvidando el castigo del diluvio y las promesas divinas, se sumergían en la impureza y la idolatría, la circuncisión era:

– 1.— un símbolo de consagración a Dios y un acto de reconocimiento de su soberanía;

– 2.— un signo del pecado y, al mismo tiempo, una especie de tributo o satisfacción para expiarlo;

– 3.— un testimonio perpetuo de la maldición de las generaciones humanas y de la restricción que había que hacer de las pasiones sensuales, introducidas por el pecado;

– 4.— finalmente, símbolo de fe y esperanza en el Mesías prometido, que vendría a redimir al hombre de la esclavitud del pecado y santificar la naturaleza humana.

La circuncisión era el principal sacramento de la Ley Antigua; fue figura del Bautismo, pero no podía perdonar ningún pecado por sí misma; sólo significaba la fe que justifica.

Como enseña Santo Tomás: en la circuncisión se confería la gracia en cuanto era signo de la futura Pasión de Cristo.

Se imponía un nombre al niño, en recuerdo del cambio de nombre que Dios prescribió a Abrahán antes de asignarle este rito: He aquí mi pacto contigo: tú serás padre de una multitud de pueblos; y no te llamarás más Abram, sino, que tu nombre será Abrahán, porque te he puesto por padre de muchos pueblos.

El Niño Dios fue circuncidado, según la Ley, al octavo día de su nacimiento.

La ceremonia probablemente se realizó en la cueva de Belén y, según la costumbre, en presencia de algunos testigos.

Podemos creer que fue San José quien lo practicó, o bien María misma, como según la Antigua Ley lo habían hecho varias madres.

Ningún otro era tan digno como ellos de tocar la carne del divino Niño.

Allí estaba presente la Santísima Virgen, ya para enjugar las lágrimas y vendar la herida de su amado Hijo, ya para recoger la Sangre que manaba de la herida; Sangre de precio infinito, por ser Sangre de un Dios.

¡Con qué amor ofreció esta preciosa sangre al Padre eterno para la expiación de nuestros pecados!

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Ahora bien, siendo la circuncisión signo del pecado y remedio del pecado original, era evidente que Nuestro Señor, el Santísimo, el Verbo de Dios concebido en el vientre purísimo de María Virgen por obra del Espíritu Santo, no estaba sujeto, en modo alguno, esta humillante ley.

Pero quiso someterse a ella por varias razones, todas dignas de su infinita sabiduría:

– 1.— Para demostrar que había tomado carne verdadera, viva y capaz de sufrir; y no, como sostuvieron más tarde ciertos herejes, los Docetas y otros, un cuerpo aparente e impasible.

– 2.— Para demostrar su descendencia de Abrahán, y así quitar a los judíos cualquier pretexto para rechazarlo; porque nunca hubieran podido ni querido reconocer y escuchar a un Mesías incircunciso.

– 3.— Para mostrarnos su infinito amor, habiendo querido comenzar a sufrir desde entonces, a derramar unas gotas de su Sangre y ofrecerlas como prendas a su Padre, esperando poder derramar esta preciosísima Sangre sobre el Calvario para nuestra redención.

– 4.— Para darnos un brillante ejemplo de humildad; por eso la inocencia e incluso la santidad toma la semejanza del pecado y acepta su marca ignominiosa, que se confunde desde su cuna con los pecadores y se constituye en víctima bajo el cuchillo de la circuncisión, en espera de la inmolación completa en la Cruz.

– 5.— Para enseñarnos la obediencia, al querer someterse libremente a una ley tan dolorosa y humillante, Él, Dios infinitamente santo y todopoderoso.

– 6.— Para inculcarnos, finalmente, la necesidad de la circuncisión espiritual, es decir, de la penitencia y la mortificación; San Pablo enseña al respecto: es circuncisión la del corazón según el espíritu y no según la letra, cuya alabanza no es de los hombres sino de Dios.

Más adelante volveremos sobre este tema.

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Nuestro Señor se somete a la ley de la circuncisión para honrar a su Padre y hacerse como los hombres; pero recibe el nombre de Jesús para indicar su papel de Salvador.

El Profeta Isaías había vaticinado que se llamaría Emmanuel, es decir, Dios con nosotros. El Ángel trajo del Cielo el Nombre de Jesús y lo reveló a María Santísima y al Buen San José.

Emmanuel marca la excelencia de este Divino Niño; pero el admirable significado del Nombre de Jesús, al recordarnos para siempre lo que este mismo Niño se dignó ser y hacer por nosotros, pobres pecadores, debe dar preferencia a este dulce Nombre; porque, a través de Él, estamos constantemente incitados a multiplicar los testimonios de nuestra gratitud a este divino Salvador.

Este Nombre conviene maravillosamente al Verbo Encarnado, y sólo a Él, pues es el único que podía salvar a los hombres en su calidad de Hombre-Dios.

El hombre pudo provocar su ruina…; pero es absolutamente incapaz de redimirse solo…

Por otra parte, Dios siendo impasible por naturaleza, no podía sufrir para salvar al hombre.

Era, pues, necesario que el Salvador del mundo, por una parte, fuese hombre, para soportar la pena del pecado, y, por otra parte, fuese al mismo tiempo Dios, para ofrecer una satisfacción proporcionada a la injuria, que es infinita.

Ahora bien, Nuestro Señor, Verbo Encarnado, realizó admirablemente en su sagrada Persona esta doble condición y, en consecuencia, mereció, y sólo Él, este nombre de Jesús.

Nuestro Señor Jesucristo, no sólo toma el Nombre, sino que llena plenamente con la misión de Salvador.

Vino a la tierra para serlo, y estaba deseoso de ejercer sus funciones cuanto antes…

Pero su Sangre era necesaria para nuestra salvación; por eso, apenas nacido, ya vertió unas gotas de este preciosísimo flujo, reservándose para poder derramarlo a raudales, y con más sufrimiento, durante la Pasión…

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Debemos agradecer a Nuestro Señor, que toma para sí la dolorosa circuncisión y la transforma para nosotros en la dulzura del Santo Bautismo y en una amorosa circuncisión del espíritu.

Por eso el Apóstol San Pablo dice que es en Jesucristo que somos circuncidados, con una circuncisión que no es hecha por manos de hombres y que no consiste en desechar un cuerpo carnal, sino que está establecida por Jesucristo, con Quien estamos enterrados por el Bautismo.

Debemos, pues, superar las malas inclinaciones de nuestra carne, usando con sinceridad el instrumento del Espíritu Santo que se nos da para hacernos capaces de sobreponemos a las obras de la carne.

La circuncisión espiritual, consiste, pues, en la mortificación de la mente y del corazón, es decir, en el corte de los pensamientos carnales y mundanos, de los deseos desordenados y pecaminosos, de las afecciones ilícitas y criminales, de las inclinaciones viciosas y perversas, y en la huida de las ocasiones peligrosas.

Se trata, en resumen, de una renuncia a todo lo que es pecaminoso o puede llevar al pecado.

Es guerra declarada contra nuestras pasiones, contra la triple concupiscencia, contra el orgullo, la codicia, la voluptuosidad; es despojarse del hombre viejo, para revestirse del hombre nuevo; es violencia contra nosotros mismos, practicada en todas las cosas, para evitar todo lo que desagrada a Dios y hacer lo que le agrada, para observar cuidadosamente sus preceptos y los de la Iglesia.

Ya vemos hasta dónde llega esta circuncisión espiritual, y cuán necesaria es.

La circuncisión carnal era obligatoria para ser hijos de Abrahán, para pertenecer al pueblo de Dios y para participar de las promesas divinas.

Pero la circuncisión espiritual no es menos necesaria para llegar a ser hijos de Dios, discípulos de Cristo, para participar de sus gracias y llegar a la Bienaventuranza.

Es por eso que la Iglesia, antes de conferir el Bautismo, hace renunciar al demonio, a sus obras y a sus pompas…

Esta circuncisión espiritual es indispensable para la salvación…

Quien quiera salvarse debe destruir todo lo que en él sea fuente de pecado y peligro de condenación.

Ahora bien, todas las malas pasiones del corazón, todas las inclinaciones depravadas, todos los deseos perversos, conducen al pecado, nos separan de Dios, nos entregan a Satanás.

Por lo tanto, deben ser cortados, so pena de ser reprobados por Dios…

Sin esto, el Bautismo sería inútil y nos haríamos más imperdonables que los paganos.

Además, mientras estemos en la tierra, tenemos que luchar contra los enemigos de nuestra alma, el demonio, el mundo, la carne.

No será coronado, sino el que legítimamente contienda…, es decir, es que se mortifique, el que se despoje, el que se abstenga.

Antes de cruzar el Jordán, Josué hizo circuncidar a todos los hijos de Israel que no habían podido hacerlo en el desierto, no pudiendo ninguno entrar en la Tierra Prometida sin esta marca de la Divina Alianza.

Asimismo, ningún cristiano entrará a la verdadera Tierra Prometida, sin la circuncisión espiritual, que es la marca de los verdaderos discípulos de Jesús crucificado.

¡A cuántos cristianos podría dirigirse el severo reproche de San Esteban a los judíos: ¡Oh corazones incircuncisos, vosotros resistís siempre al Espíritu Santo!

Se trata de esos corazones débiles, esclavos de todas las malas pasiones, de todos los vicios, que han descuidado la circuncisión espiritual, la mortificación cristiana, que enseña a dominarse, a moderarse, a conquistarse.

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Esta circuncisión espiritual, para santificarnos debe ser general, incesante y amorosa.

Ha de ser General. La circuncisión carnal sólo afectaba a una pequeña parte del cuerpo; pero la circuncisión espiritual debe mortificar todo nuestro ser: cuerpo, pasiones, afectos, voluntad e inteligencia; pues todo está viciado por el pecado original; todo está inclinado al mal, debido a las cuatro heridas remanentes.

Debe ser Incesante. La circuncisión legal sólo tuvo lugar una vez; pero la circuncisión espiritual debe practicarse siempre, sin tregua ni piedad, durante toda nuestra vida, puesto que nuestro enemigo nunca duerme ni se desarma: Sed sobrios y velad, porque el diablo, vuestro adversario, ronda como león rugiente, buscando a quien devorar.

Nuestras pasiones son como el fuego que arde bajo las cenizas; el más mínimo viento puede reavivarlo; son como las malas hierbas; siempre vuelven a crecer, y debemos arrancarlas constantemente.

Finalmente, ha de ser Amorosa. A diferencia de la circuncisión carnal, que emana de una ley de temor, la circuncisión espiritual debe proceder del amor, del temor filial.

Es el amor de Jesús por nosotros el que nos la impone, y debemos practicarla por su amor, para agradarle, para llegar a ser semejantes a Él.

Sin duda, estas continuas lucha y renuncia son dolorosas para nuestra débil naturaleza; pero, aparte de que el amor lo hace todo fácil, tenemos la seguridad de que Dios no nos abandona.

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Debemos comprender la necesidad y práctica de esta circuncisión espiritual, sin la cual no hay para nosotros ni santidad, ni salvación, ni paraíso.

Que la consideración de lo que hacen y sufren los mundanos para satisfacer la tiranía del mundo y captar sus favores, nos anime y estimule a sufrir y mortificarnos por Dios.

Es a través de esta consideración que San Pablo animó a los fieles de Corinto: Todo aquel que compite en la carrera debe abstenerse de todo; y ciertamente para que ellos reciban una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible…

¡Que todos obtengamos esta gloriosa corona! Amén.