P. CERIANI: SERMÓN DE LA MISA DEL DÍA DE NAVIDAD 

MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él. Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres. Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron. Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz. El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre. Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

Ante todo, les deseo a todos una muy Santa y Feliz Navidad. Que la conmemoración del Nacimiento del Niño Jesús, por mediación de la Santísima Virgen y del Buen San José, llene sus almas de la paz y del gozo que solamente Nuestro Señor y Nuestra Señora pueden proporcionar.

El Evangelio de esta Tercera Misa de Navidad trae para nuestra consideración el inicio del Evangelio según San Juan.

El Verbo de Dios se hizo carne, y habitó entre nosotros, lleno de gracia y de verdad.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre.

Estas sencillas y sublimes palabras del Apóstol San Juan contienen el enunciado total del orden sobrenatural: el Hijo de Dios hecho hombre; y todos los que creen y adhieren a Él elevados, por Él, a la dignidad de hijos de Dios.

Ésta es toda la economía de la gracia divina, todo el resumen de la doctrina cristiana.

Por lo tanto, la cuestión de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo domina todas las demás cuestiones. Para justificar el valor y la legitimidad de esta creencia abundan los argumentos:

– la expectativa de siglos antes de nuestra era;

– toda la historia del pueblo judío;

– el cumplimiento de promesas y profecías;

– la eminencia de la doctrina evangélica;

– la santidad de vida de su autor;

– la autoridad y la gran cantidad de sus milagros;

– el éxito naturalmente imposible de su empresa;

– el establecimiento, propagación y preservación humanamente inexplicable de la Iglesia católica;

– la conversión del universo a una religión que se oponía a todas las pasiones e ideas reinantes;

– la transformación de las sociedades, las leyes y la moral;

– el testimonio aún sobreviviente de los mártires;

– el asentimiento de los mayores genios que ha producido la tierra;

– la adoración y el amor de los corazones más nobles;

– mil fenómenos de abnegación, de humildad, de caridad, de pureza que el mundo nunca había conocido;

– la derrota sucesiva de todos los hombres y de todos los sistemas opuestos;

– el resurgimiento de la fe y de la piedad en medio de todos los ataques y de todas las negaciones;

– el cristianismo más vibrante tras los ataques y persecuciones;

– un inesperado regreso del ánimo hacia Él cada vez que su causa parecía perdida;

– la anhelante espera de su Segunda Venida para restaurar todo en Él y por Él…

En fin, todo un conjunto que constituye la demostración más deslumbrante y que justifica sobreabundantemente la fe en la divinidad de Jesucristo, el Verbo Encarnado.

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Tomando como testimonio el Evangelio, vemos que en muchos pasajes Jesucristo afirma su identidad con su Padre y se atribuye un poder, una autoridad y unos derechos que sólo pertenecen a Dios.

Los judíos abiertamente le dijeron: No te apedreamos por el bien de tus obras, sino por tu blasfemia, y porque, siendo hombre, te haces a ti mismo Dios.

San Hilario, respecto a este pasaje, hace una declaración contra los herejes de su tiempo que se dirige a todos los que, a lo largo de la historia, negasen la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Dice el Santo Doctor:

“Los judíos, habiendo oído estas palabras de Jesús: Yo y el Padre somos uno, tomaron piedras; y su impía indignación, al no poder tolerar esta afirmación del misterio de la salvación, les llevó hasta el punto de querer asestar un golpe mortal. Pero tú, oh hereje, comprende lo que haces y lo que profesas, y reconoce que eres cómplice de aquellos cuya perfidia reproduces. Al no poder tirar piedras, ¿qué menos haces tirando negaciones? Tu voluntad no difiere de la de ellos. Además, ¡cuánto más irreligioso eres que el judío! Él dirige sus piedras contra el cuerpo de Cristo, tú contra su esencia divina; él ataca lo que cree que es el hombre, y tú atacas a Dios; él a un huésped de este mundo terrenal, y tú al triunfador sentado en los cielos; él al que aún no era conocido, y tú al que todo el universo confiesa y al que tú mismo has confesado; él a un mortal que debe pasar por el sepulcro, y tú al juez inmortal de todos los siglos. Ambos le decís: Siendo sólo un hombre, o sólo una criatura, usurpas la divinidad. Esto es lo que tienen en común vuestras bocas impías”.

Convengamos en que la incredulidad no tiene excusa, porque la afirmación divina no tiene oscuridad, es diáfana como el mismo Dios, habita en una luz inaccesible que ningún hombre ha visto ni puede ver.

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Ahora bien, todo el orden sobrenatural, al menos tal como existe en la actual economía de la gracia, procede de la Encarnación.

Entrando en el santuario de este dogma, vemos brillar allí el máximo esplendor de los atributos de Dios, la magnífica disposición de su Providencia, el más brillante triunfo de su amor misericordioso, la mayor glorificación de nuestra naturaleza y de toda la existencia creada.

De este modo, el Dios Encarnado se convierte, no sólo en el objeto de nuestra fe y de nuestra adoración, sino también en el tema de nuestros estudios, el centro de nuestros afectos, el motivo de nuestras obras.

Conociendo, amando y adorando el misterio de Jesús, con gusto decimos con San Pablo: No quiero saber nada, aparte de Jesucristo, porque estamos seguros de que así poseemos todo conocimiento y todo bien, porque todas las cosas son de Él, y por Él, y en Él, y para Él, y que Él es todas las cosas y en todos.

Nuestro deber es hablar frecuentemente de todo lo concerniente a la vida, la doctrina, las obras, los sufrimientos y la gloria del Hombre-Dios, enumerando y comentando los títulos de Cristo, Señor, Mediador, Doctor, Pontífice, Hostia, Salvador, Redentor, Abogado, Juez, Rey, y mostrando las grandes realidades contenidas bajo cada uno de estos nombres.

Resumiendo toda esta doctrina, hay que afirmar que, tanto en el orden de la naturaleza como en el orden de la gracia y de la gloria, bastó sobreabundantemente la rehabilitación de la humanidad y de toda la creación llevada a cabo por Jesucristo.

¡Sí!, la Encarnación Redentora fue suficiente para reparar la ofensa causada al Creador por el pecado, y para restaurar toda la plenitud de la gloria exterior que había pretendido obtener por medio de su obra creadora.

Entandamos bien que el Verbo Encarnado es el objeto de la complacencia del Padre y que tiene todo su valor, independientemente del resto; todo lo demás sólo vale en Él y a través de Él.

El Cielo podría no pedir nada más al mundo, porque lo posee todo en la perfección suprema de Jesucristo, y recibe de Él, en sustancia, todo el honor que Dios puede recibir de toda la creación.

Es importante tener esto bien claro:

– por un lado, para apreciar mejor la bondad liberal de nuestro gran Dios, que nos ha llamado a todos a participar de los frutos de la Encarnación de su Hijo;

– por el otro, para convencernos de que nuestra infidelidad a esta llamada sólo nos causaría daño a nosotros mismos, y que no traería más contrariedades a la obra divina que la escoria al oro del que los separa el horno.

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Dejando esto bien asentado, la fe nos enseña que, en el designio eterno del Padre, Jesucristo fue decretado, querido y ordenado como tipo primario y ejemplar de todos los seres creados.

Poco importa si este designio estuvo o no subordinado a la previsión del pecado original; pues, estando prevista la falta de Adán, el designio eterno de la Encarnación domina toda la economía de las cosas.

Todas las criaturas, y particularmente las naturalezas inteligentes, es decir los Ángeles y los hombres, fueron, en la presciencia y voluntad de Dios, llamadas a ser conformadas a la imagen de su único Hijo.

Escuchemos la exclamación que brota del alma grande de San Pablo, escribiendo a los efesios; aclamación de este Apóstol que no recibió ni aprendió el Evangelio de boca de hombre, sino de la revelación del mismo Jesús:

“Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual ya en los cielos, pues desde antes de la fundación del mundo nos escogió en Cristo, para que delante de Él seamos santos e irreprensibles; y en su amor nos predestinó como hijos suyos por Jesucristo en Él mismo, conforme a la benevolencia de su voluntad, para celebrar la gloria de su gracia, con la cual nos favoreció en el Amado. En Él, por su Sangre, tenemos la redención, el perdón de los pecados, según la riqueza de su gracia, la cual abundantemente nos comunicó en toda sabiduría y conocimiento, haciéndonos conocer el misterio de su voluntad; el cual consiste en la benevolencia suya, que se había propuesto realizar en Aquél en la dispensación de la plenitud de los tiempos: reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra”.

Podrían citarse otros veinte pasajes de las Epístolas de San Pablo. De estos textos y de muchos otros se desprende claramente que el Dios creador, al producir seres inteligentes, los relacionó ante todo con su Verbo Encarnado, como con su Salvador y su Modelo.

Es verdad que la naturaleza humana sólo se unió personalmente al Verbo en el fruto bendito del vientre virginal; es verdad que sólo Jesús de Nazaret, Hijo de la Virgen María, es Dios y hombre.

Extender esta cualidad a cualquier otro individuo, o a toda la naturaleza creada, o a la generalidad de la raza humana, sería un absurdo y una blasfemia, un retorno a la idolatría o al panteísmo.

Aunque el Señor Jesús quiso comunicar a los demás, liberalmente y sin envidia, lo que recibió sin medida, esta comunicación nunca será ni puede ser identificación absoluta.

Pero, hecha esta reserva capital, nuestra deificación, por la gracia, en Jesucristo y a través de Jesucristo, es una verdad fundamental del cristianismo.

Estos son nuestros títulos de nobleza en el presente y nuestras promesas de felicidad y gloria para el futuro.

Esta es la carta de nuestros derechos y también el código de nuestros deberes.

Por eso, el Santo Doctor San León Magno dijo:

“El Hijo de Dios, al cumplirse la plenitud de los tiempos, asumió la naturaleza del género humano para reconciliarla con su Creador, de modo que el demonio, autor de la muerte, se viera vencido por la misma naturaleza gracias a la cual había vencido.

Demos, por tanto, queridos hermanos, gracias a Dios Padre por medio de su Hijo, en el Espíritu Santo, puesto que se apiadó de nosotros a causa de la inmensa misericordia con que nos amó; estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo, para que gracias a Él fuésemos una nueva creatura, una nueva creación.

Reconoce, oh cristiano, tu dignidad y, puesto que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no pienses en volver con un comportamiento indigno a las antiguas vilezas. Piensa de qué Cabeza y de qué Cuerpo eres miembro. No olvides que fuiste liberado del poder de las tinieblas y trasladado a la luz y al reino de Dios”.

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Es en Jesucristo en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. Así nos enseña San Pablo escribiendo a los colosenses.

¡Y pensar que hay hombres para quienes Jesucristo es indiferente, y otros que miran a Cristo como un tema cualquiera de investigación!

Ahora bien, el misterio fundamental de la Biblia y de la historia es el misterio de Cristo.

El corazón apostólico de San Pablo expresa esta verdad en muchas ocasiones, por ejemplo: que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os conceda espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de Cristo.

Esta sabiduría supera inmensamente a todos los conceptos de nuestra inteligencia, pues lleva en sí el germen de la vida eterna. Claramente lo dijo Nuestro Señor: La vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo, Enviado tuyo.

Quien quiera alcanzar la vida eterna, que aprenda, pues, a conocer a Cristo y a crecer en su conocimiento.

Pero, atención, porque, aunque Dios ofrece todos sus tesoros muy liberalmente, sin embargo, quiere que se los pidamos.

Así también, el don más grande, el conocimiento de Cristo, es solamente para los que lo buscan y anhelan, para los humildes y pequeños; no para los soberbios que, por su conducta, demuestran que nada les importa de Cristo, ni de su palabra y obra.

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De Jesucristo recibimos la misma gloria que Él obtuvo del Padre; de modo que Él es Hijo Unigénito del Padre, al mismo tiempo que Primogénito entre muchos hermanos; y nosotros somos semejantes a Él, no sólo en el espíritu, sino también en nuestros cuerpos que, si con Él los humillamos, Él los hará iguales a su Cuerpo glorioso.

Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad… A cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios…

Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos…

Reconoce, oh cristiano, tu dignidad…