MISA DE LA AURORA DE NAVIDAD
En aquel tiempo los pastores decían entre sí: Vayamos hasta Belén y veamos eso que ha sucedido, que el Señor nos ha manifestado. Y se fueron presurosos; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre. Y, al verlo, conocieron ser verdad lo que se les había dicho acerca de aquel Niño. Y todos los que lo oyeron se maravillaron, y de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón. Y se volvieron los pastores, glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, según se les había dicho.
Ante todo, les deseo a todos una muy Santa y Feliz Navidad. Que la conmemoración del Nacimiento del Niño Jesús, por mediación de la Santísima Virgen y del Buen San José, llene sus almas de la paz y del gozo que solamente Nuestro Señor y Nuestra Señora pueden proporcionar.
El Evangelio de esta Misa de la Aurora de Navidad relata que los pastores fueron presurosos hasta Belén; y encontraron a María, y a José, y al Niño acostado en un pesebre … Y todos se maravillaron de lo que los pastores les decían. Y María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón.
Nueve meses atrás, la tarde del 25 de marzo, la Virgen de Nazaret arrodillada en su humilde casita, abría su alma delante de Dios con más fervor que nunca, pidiendo la llegada del Mesías; cuando, de repente, una luz celestial la circundó y la sacó de su recogimiento.
Giró la cabeza y vio a un Ángel en pie, a corta distancia suya. Era el embajador de Dios, el Arcángel San Gabriel, el mismo que quinientos años antes había revelado al Profeta Daniel el tiempo de la llegada del Mesías y que acababa de anunciar a Zacarías el nacimiento del Precursor.
Se inclinó profundamente delante de la Virgen y, con la humildad de un vasallo en presencia de su Reina, la saludó con estas palabras: Dios te salve, llena de gracia, el Señor es contigo, bendita eres entre todas las mujeres.
María Santísima reconoció en el acto a un espíritu celeste, y por lo mismo no experimentó temor alguno; pero aquellas alabanzas la llenaron de profunda turbación.
El Ángel comprendió el sentimiento que la agitaba, y agregó con dulzura, llamándola esta vez por su propio nombre: No temas, María; has hallado gracia delante de Dios. He aquí que Él me ha encargado anunciarte que concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús. Este será grande y se le llamará el hijo del Altísimo. El Señor le dará el trono de su padre David, reinará en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin.
Ya no había lugar para dudas; el Mesías esperado desde hacía cuatro mil años iba a aparecer, y ese Mesías Salvador, verdadero Hijo de Dios, sería también Hijo de María Inmaculada.
Abrumada bajo el peso de tal dignidad, la Virgen quedó por un momento sobrecogida; luego, pensando en su voto de virginidad, que a toda costa quería guardar, hizo al Arcángel esta pregunta: ¿Cómo podrá ser esto, pues yo no conozco varón?
El mensajero celeste respondió: El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el Santo que de ti nacerá será llamado el Hijo de Dios. Has de saber que Isabel tu prima, ha concebido también un hijo en su vejez y hace ya seis meses que la mujer llamada estéril se ha vuelto fecunda; porque para Dios nada hay imposible.
Sabiendo, pues, que por la intervención de este poder divino llegaría a ser madre sin dejar de ser virgen, se anonadó delante de Dios y exclamó: He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.
Después de haber obtenido este perfecto consentimiento, el Hijo del Eterno, descendiendo de la mansión celeste, se encarnó en el seno virginal de la Mujer Inmaculada.
En este momento las milicias angélicas saludaron al Rey de Reyes y al Señor de Señores; al Hombre- Dios; como hombre, hijo de David, de Abraham y de Adán, formado de la purísima sangre de la Virgen María; como Dios, engendrado desde la eternidad, Dios de Dios, luz de luz, verdadero Dios de Dios verdadero.
Este es el misterio adorable que extasió a los Ángeles y a Dios mismo en aquella noche mil veces bendita, el misterio del Verbo Encarnado, fruto del amor divino y, al mismo tiempo, de la pureza, de la fe y de la obediencia de la Virgen Santísima.
En la Anunciación se cumplió lo que el Profeta Isaías había previsto siete siglos antes: El mismo Señor os dará una señal: He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo, que se llamará Dios con nosotros.
Contemplemos, llenos de fe y de veneración, el misterio que se ha realizado en la virginal morada de Dios, en María Inmaculada.
Rodilla en tierra, adoremos y admiremos: El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
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Hablando humanamente, nuestra salvación estuvo totalmente en manos de la Virgen Inmaculada. Todo dependía de que Ella diera o no su Fiat. Ella respondió sí.
La Virgen María no conoce más que una sola cosa: la santa voluntad de Dios. No ama más que lo que Él ama.
Ella es quien ha de enseñar a los hombres los caminos por los cuales penetra lo divino en la humanidad. María Santísima nos señaló ya, y nos sigue señalando constantemente, la ruta que conduce a Dios.
Pero, además, Ella ha concebido al Hijo de Dios para dárnoslo a nosotros.
Hemos sido testigos de la Bendición que Ella llevó consigo a casa de Zacarías e Isabel: llevó a Cristo.
Por su mediación Isabel fue llena del Espíritu Santo, y Juan Bautista santificado en el vientre de su madre.
¡María Cristífera!, la que porta a Cristo, la Mediadora de la gracia…
El Señor obra la redención de las almas por mediación de María, su Madre Santísima.
Él la escogió para Madre suya a fin de compartir con Ella, cual nuevo Adán con la nueva Eva, su vida sobre la tierra y para realizar junto con Ella nuestra redención, aunque Ella subordinada a Él.
De igual modo que entonces nos mereció Ella, en unión con su divino Hijo, todas las gracias, así también ahora continúa siendo en el Cielo nuestra Mediadora universal.
Todas las gracias nos las da Dios por mediación de Cristo y de María, nuestra Madre.
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Regresando a la casita de Nazaret, nos encontramos con que, mientras aguardaba el nacimiento del divino Niño, María Inmaculada recorría en su memoria los textos sagrados relativos al Advenimiento del Mesías.
Iniciada en el conocimiento de las Sagradas Escrituras, no ignoraba la célebre profecía de Miqueas: Belén Efrata, tú eres, muy pequeña entre las numerosas ciudades de Judá, y sin embargo de tu seno saldrá el dominador de Israel, el que existe desde el principio y cuya generación remonta hasta la eternidad.
Según estas palabras, los doctores afirmaban unánimemente que el Cristo nacería en Belén, como David su ancestro.
Pero ¿cómo se cumpliría esta predicción, ya que María, domiciliada en Nazaret, no tenía motivo alguno para trasladarse a Belén?
Un hombre fue, sin saberlo ni pretenderlo, el instrumento elegido por la Providencia para resolver esta dificultad, Y a fin de manifestar al mundo que los potentados de la tierra no son más que meros ejecutores de sus eternos decretos, Dios quiso que este hombre fuera el mismo Emperador.
Su prescripción obligó al Buen San José y a María Santísima, ambos de la tribu de Judá y de la familia de David, trasladarse de Nazaret a Belén, lugar del nacimiento de David.
Al atravesar las montañas de Judea, la Virgen María, próxima ya a ser madre, admiraba cómo Dios mismo la conducía al lugar en que debía nacer el Mesías, y cómo un edicto imperial ponía en movimiento a todos los pueblos del universo, a fin de que la profecía hecha siete siglos antes por un Profeta de Israel, tuviera exacto cumplimiento.
Los dos viajeros llegaron a Belén agobiados por las fatigas, después de veintidós leguas de camino. Los últimos rayos del sol iluminaban la ciudad de David, asentada como una reina en la cima de una colina circundada de olivares y viñedos.
Era Belén la casa del pan, la ciudad de ricas mieses; Efrata, la fértil, lugar de abundantes pastos. En aquellas alturas vivía la bella Noemí cuando el hambre la obligó a desterrarse al país de Moab; en los campos vecinos, Rut, la Moabita, recogía las espigas olvidadas por los segadores de Booz; en aquellos valles solitarios, David, niño aún, apacentaba sus rebaños cuando el profeta envió a buscarlo para consagrarlo rey de Israel.
Atravesando aquel suelo bendito, los santos viajeros evocaban los piadosos recuerdos de su nación, más en particular de su familia. Desde las casas de la ciudad, desde las montañas y los valles salían voces que les hablaban de sus antepasados, y sobre todo del gran rey, cuyos últimos vástagos eran ellos.
Pero en aquella época, ¿quién conocía a la Virgen de Nazaret y a José el carpintero? Al entrar en la ciudad, se encontraron como perdidos en medio de los extranjeros llegados de todos los puntos del reino para hacerse inscribir.
En vano golpearon a todas las puertas en demanda de un asilo en que pasar la noche; ninguna se abrió para recibirlos. Llenos de parientes y amigos, los Belenitas rehusaron hospedar a esos desconocidos que, además, tenían las apariencias de gente pobre y humilde.
José y María se dirigieron entonces a la posada publica en que de ordinario se detenían las caravanas; pero allí mismo encontraron tan gran número de viajeros y bestias de carga, que les fue imposible instalarse.
Rechazados de todas partes, María Santísima y San José salieron de la ciudad de Belén y divisaron una sombría caverna abierta en los flancos de una roca. El Espíritu de Dios les inspiró el pensamiento de detenerse allí.
Penetrando en aquel frío recinto, reconocieron que era un establo en que se refugiaban los pastores y los rebaños. Allí había paja y un pesebre para los animales, y la Virgen Inmaculada, después de largo y penoso viaje, se reclinó sobre una gran piedra.
Pronto cesó el bullicio y un silencio solemne reinó en la ciudad entregada al reposo. En aquella gruta abandonada, María Santísima velaba y derramaba su corazón delante del Eterno.
De repente, hacia la media noche, el Verbo encarnado sale milagrosamente del seno de su Madre y aparece ante sus ojos como un rayo de sol que deslumbra.
La Virgen Purísima lo adora como a su Dios, lo toma en sus brazos, lo envuelve en pobres pañales y lo estrecha a su Corazón de Madre; y luego, ocupando el pesebre en que los animales tomaban su alimento, lo recostó sobre un poco de paja.
Y desde aquel establo, que le servía de abrigo, desde aquel pesebre, convertido en su cuna, y desde aquella paja, que lastimaba sus delicados miembros, el Niño Dios se ofrecía su Padre celestial: No habéis querido sangre de animales, me habéis dado esta carne formada por vuestras manos; heme aquí, pues, Dios mío, pronto a inmolarme a vuestra voluntad.
De esta manera, el Redentor ofrecía a la majestad divina las primicias de sus sufrimientos y humillaciones.
Arrodillados a su lado, la Madre de Dios y el Buen San José, con los ojos anegados en lágrimas, se unían a la oblación del Hijo de Dios hecho Hombre.
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En aquella noche misteriosa, algunos pastores guardaban sus rebaños en un valle vecino al establo en que había nacido el Hijo de Dios.
Como los pastores de los primeros tiempos Abraham, Isaac y Jacob, se complacían en meditar los divinos oráculos.
Muchas veces con los ojos fijos en el cielo, habían suplicado a Dios que enviara por fin al Libertador, cuyo próximo advenimiento anunciaban los sabios de Israel.
El Señor se dignó recompensar la fe de aquellos humildes pastores.
Iluminando la oscura noche que cubría montañas y valles, una claridad divina se esparció súbitamente alrededor de ellos y un Ángel del cielo apareció ante sus ojos deslumbrados.
A la vista de aquel espectáculo, se sintieron poseídos de temor, pero el Ángel los tranquilizó diciéndoles: No temáis, vengo a anunciaros un gran gozo para vosotros y para todo el pueblo. Hoy día, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador; es el Cristo, es el Señor que esperáis. He aquí la señal con que le reconoceréis: hallaréis un niño pequeño envuelto en pañales y recostado en el pesebre de un establo.
Cuando el Ángel hubo pronunciado estas palabras, multitud de espíritus celestes se unieron a Él y juntos alabaron al Señor: Gloria a Dios en lo más alto de los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.
Luego, las voces se apagaron, desaparecieron los Ángeles y se extinguieron las celestes claridades.
Solos nuevamente, los pastores asombrados por lo que acababan de ver y de oír, se dijeron los unos a los otros: Vayamos a Belén a ver con nuestros ojos el gran prodigio que los ángeles nos han anunciado.
Y dirigiéndose a toda prisa hacia el establo, encontraron allí, efectivamente, a José y María, y al Niño recostado en el pesebre.
Al verlo, reconocieron en Él al Salvador; y prosternados a sus pies, dieron gracias a Dios por haberles llamado a adorarle.
Los pastores dejaron la gruta glorificando al Señor por las maravillas verificadas ante sus ojos. Bien pronto publicaron; con gran sorpresa de sus compatriotas, lo que habían visto y oído; y el eco de las montañas repitió en todo Judá las palabras evangélicas: Gloria a Dios, paz en la tierra.
Y desde entonces, cuando cada año llega aquella noche, entre todas venturosa, los discípulos de Jesucristo entonan de nuevo y con amor, el himno de los Ángeles: Gloria in excelsis.
Entretanto María, testigo atento de los hechos maravillosos con que el Señor manifestaba al mundo la divinidad del Niño, grababa fielmente en su corazón tan dulces y tiernos recuerdos.
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Así apareció en medio de sus súbditos el Cristo-Rey, cuatro años antes de terminar el cuarto milenario, el año 749 de la fundación de Roma; cuadragésimo del reinado de Augusto y treinta y seis del gobierno de Herodes rey de Judea.
¡Cuán lejos estaría de imaginarse el Emperador que aquel día, primero de la nueva era, sus oficiales inscribirían en los registros del empadronamiento un nombre más grande que el suyo; que un niño nacido en un establo fundaría un reino más extenso que su dilatado imperio; y que, en fin, la humanidad, sustraída a la tiranía de los Césares, contaría sus fastos gloriosos, no ya desde la fundación de Roma, sino desde la Natividad del Cristo Redentor!
Mientras tanto, María guardaba todas estas palabras, meditándolas en su corazón.
Nosotros también debemos meditar bien en contenido de estos relatos, especialmente lo referido a ¡María Cristífera!, la que porta a Cristo, la Mediadora de la gracia…
El Señor obra la redención de las almas por mediación de María, su Madre Santísima.
Él la escogió para Madre suya a fin de compartir con Ella, cual nuevo Adán con la nueva Eva, su vida sobre la tierra y para realizar junto con Ella nuestra redención, aunque Ella subordinada a Él.
De igual modo que entonces nos mereció Ella, en unión con su divino Hijo, todas las gracias, así también ahora continúa siendo en el Cielo nuestra Mediadora universal.
Todas las gracias nos las da Dios por mediación de Cristo y de María, nuestra Madre.

