VIGILIA DE LA NAVIDAD
Epístola del día (Tomada de la Carta del Apóstol San Pablo a los Romanos, I: 1-6): Pablo, siervo de Jesucristo, llamado Apóstol, separado para el Evangelio de Dios, que antes había prometido por sus profetas en las Sagradas Escrituras, acerca de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, hecho de la simiente de David, según la carne, y predestinado para Hijo de Dios en poder, según el espíritu de santificación, por su resurrección de entre los muertos. Por Él hemos recibido la gracia y el predicar la fe, en virtud de su nombre, a todos los pueblos, entre los cuales estáis también vosotros, los llamados de Nuestro Señor Jesucristo.
Por ocurrir o sobrevenir hoy la Vigilia de la Navidad, cede a ella su lugar el Cuarto Domingo de Adviento, del cual se hace conmemoración, pero no se lee al final su Evangelio por ser el mismo de ayer, Sábado de las Témporas.
La Iglesia, haciendo caso omiso de sus costumbres habituales, quiere que, si la Vigilia de Navidad cae en domingo, el Oficio y la Misa de la Vigilia prevalezcan sobre el Oficio y la Misa del Cuarto Domingo de Adviento; y esto porque estas últimas horas, que preceden inmediatamente al Nacimiento del Señor, le parecen muy solemnes.
En las demás fiestas, por importantes que sean, sólo comienza la solemnidad en las Primeras Vísperas; hasta ellas, la Iglesia guarda silencio, celebrando los Oficios divinos y la Misa según el rito penitencial.
Hoy, por el contrario, comienza ya la gran fiesta desde el amanecer, en el Oficio de Laudes. La entonación solemne de este Oficio nos anuncia un rito doble. En la Misa, aunque se conserva el color morado, se suprimen algunas rúbricas penitenciales, y, si ocurre en domingo, se rezan el Aleluya y el Credo, y el Prefacio es el de la Santísima Trinidad y no el Común.
Esta Vigilia es, pues, un día de gracia y de esperanza, y debemos pasarlo en santa alegría.
Participemos del espíritu de la Santa Iglesia y preparémonos con el corazón rebosante de alegría a salir al encuentro del Salvador, que viene a nosotros.
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En la Epístola, San Pablo explica el misterio de la justificación mediante la fe que Jesucristo nos mereció gratuitamente.
La idea principal está centrada en la figura excelsa de Nuestro Señor. Y dos son las afirmaciones fundamentales acerca de Él: es hijo de David, es Hijo de Dios. En definitiva, es el Hijo de Dios hecho hombre, es el Verbo Encarnado.
Este Hijo de Dios, preexistente desde toda la eternidad en la gloria del Padre, se hace hombre por la Encarnación; y, hecho hombre, es entronizado en calidad de Hijo de Dios en su resurrección.
En dos frases paralelas presenta San Pablo esta entrada y este coronamiento de la vida terrena del Verbo Encarnado.
En la primera, se pone de relieve su origen davídico, título de su realeza mesiánica: hecho de la simiente de David, según la carne.
La segunda, más compleja, presenta a nuestros ojos su glorificación: predestinado para Hijo de Dios en poder, según el espíritu de santificación, por su resurrección de entre los muertos.
Aquél que, siendo Hijo de Dios, había encogido y eclipsado durante su vida mortal los esplendores de su gloria divina, aparece ahora divinamente transfigurado, radiante de luz, revestido de majestad, sentado en el trono de Dios a la diestra del Padre.
Con esta glorificación quedó Jesucristo definitivamente manifestado como Hijo de Dios, solemnemente declarado y entronizado.
Pero no se trata solamente de la glorificación de Jesús-Hombre a la diestra del Padre, sino también, y principalmente, de la futura manifestación de Cristo en gloria, poder y majestad al fin de los tiempos; lo cual no tuvo lugar durante su vida mortal, salvo en el momento de la Transfiguración.
En concreto, se trata del tema del Verbo Encarnado, centro del misterio que nos propone el Adviento, en su doble carácter, como ya conocemos: el Adviento histórico, en cuya espera vivieron los hombres que ansiaban la Venida del Salvador prometido; y el Adviento escatológico o Parusía, que nos prepara para la llegada definitiva de Jesucristo al final de los tiempos en gloria, poder y majestad, cuando vendrá para coronar su obra redentora.
Toda esta doctrina está profetizada, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.
Es conveniente y necesario que nos detengamos en estas profecías…
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Estaba anunciado que habría, y comprobamos que en el mundo moderno hay muchos pseudoprofetas, ocultistas, astrólogos y espiritistas, que hacen de la futurología un arte y engañan a la gente crédula e incauta.
He aquí uno de los peores males: la influencia destructiva de los falsos profetas, oportunistas que dejan la predicación de la verdad, y hablan lo que gusta al auditorio.
En sus falsas profecías se ocupan con preferencia de la suerte del mundo, su próximo porvenir y su fin. Y no les falta oyentes… Con lo cual se cumple lo que Jesucristo y los Apóstoles señalaron como característica de la falsa profecía…
Los verdaderos profetas, por el contrario, siempre serán una voz en el desierto; es decir, desoídos, despreciados y perseguidos.
La historia rebosa de comprobaciones de esta dolorosa realidad. Los falsos profetas se anuncian a sí mismos y son admirados sin más credenciales que su propia suficiencia. Los discípulos de Jesús, que hablan en nombre de Él, son escuchados por pocos, como pocos fueron los que escucharon a Jesús, el enviado del Padre.
Suele verse aquí una profecía de la aceptación que tendrá el Anticristo como falso Mesías.
El mejor medio para librarse de estos pseudoprofetas consiste en leer y meditar la Sagrada Escritura, donde hay muchísimos vaticinios auténticos, escritos bajo la inspiración divina y destinados a mantener la fe hasta los últimos tiempos.
Por eso dice el Eclesiástico: El sabio se dedica al estudio de los Profetas, lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios…; y por eso caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos, espiritistas y demás explotadores de la credulidad humana.
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Ahora bien, entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa en estos días es la que San Pablo llama “la bienaventurada esperanza”, la cual trae la Epístola de la Misa de Nochebuena. Dice allí el Apóstol:
La gracia de Dios, nuestro Salvador, se ha aparecido a todos los hombres para enseñarnos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, debemos vivir sobria, justa y piadosamente en este siglo, aguardando la bienaventurada esperanza y el glorioso advenimiento del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo.
En este pasaje, San Pablo vincula la Primera Venida de Jesús, como Maestro, con su Parusía o Segunda Venida, como Premio.
La dichosa esperanza: Así denomina la Sagrada Escritura al Segundo Advenimiento de Cristo en gloria y majestad.
Dichosa esperanza… Todos sabemos que hay una felicidad eterna, la cual anhelamos. Pero aquí se trata de una cosa en que muy pocos piensan y que, en general, no es objeto de nuestras plegarias.
¿Qué es, pues, la bienaventurada esperanza con la que San Pablo consuela a su discípulo Tito?
Este término equivale a la manifestación de la Gloria de Jesucristo en su Segundo Advenimiento.
Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos; es la suprema culminación del Plan de Dios; es el público y definitivo triunfo de su Hijo, el Verbo Encarnado.
Tal es el deseo, el suspiro de la Iglesia, con que termina toda la Biblia…: ¡Ven, Señor Jesús…!
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Pero…, la espera es larga… Han pasado ya dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún…
Entretanto, hemos tomado gusto en las cosas del mundo; de tal manera que, para muchos, la dichosa esperanza ha perdido su primitivo fervor.
Debemos recordar que en los escritos de los Padres Apostólicos, aquellos Santos eminentes que convivieron con los Apóstoles y sus inmediatos sucesores, brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad.
También debemos tener en cuenta que los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones.
Si presentáramos el misterio de la Iglesia en esta trabazón, llenándolo con el espíritu de espera del fin, desterraríamos el peligro en el que, a menudo, va a parar nuestro pensamiento sobre la Iglesia.
Sobre esta desgracia San Pedro advertía a los fieles en su Segunda Epístola, al hablar de aquellos que tienen por retardo la indecible paciencia de Dios y se burlan de la espera cristiana. La cita es larga, pero vale la pena tenerla a mano y meditarla. Dice así:
“Carísimos, he aquí que os escribo esta segunda carta, y en ambas despierto la rectitud de vuestro espíritu con lo que os recuerdo, para que tengáis presente las palabras predichas por los santos profetas y el mandato que el Señor y Salvador ha transmitido por vuestros apóstoles; sabiendo ante todo que en los últimos días vendrán impostores burlones que, mientras viven según sus propias concupiscencias, dirán: “¿Dónde está la promesa de su Parusía? Pues desde que los padres se durmieron todo permanece lo mismo que desde el principio de la creación.” Se les escapa, porque así lo quieren, que hubo cielos desde antiguo y tierra sacada del agua y afirmada sobre el agua por la palabra de Dios; y que, por esto, el mundo de entonces pereció anegado en el agua; pero que los cielos de hoy y la tierra están, por esa misma palabra, reservados para el fuego, guardados para el día del juicio y del exterminio de los hombres impíos. A vosotros, empero, carísimos, no se os escape una cosa, a saber, que para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día. No es moroso el Señor en la promesa, antes bien —lo que algunos pretenden ser tardanza— tiene Él paciencia con vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen al arrepentimiento. Pero el día del Señor vendrá como ladrón; y entonces pasarán los cielos con gran estruendo, y los elementos se disolverán para ser quemados, y la tierra y las obras que hay en ella no serán más halladas. Si, pues, todo ha de disolverse así, ¿cuál no debe ser la santidad de vuestra conducta y piedad para esperar y apresurar la Parusía del día de Dios, por el cual los cielos encendidos se disolverán y los elementos se fundirán para ser quemados? Pues esperamos también conforme a su promesa cielos nuevos y tierra nueva en los cuales habite la justicia. Por lo cual, carísimos, ya que esperáis estas cosas, procurad estar sin mancha y sin reproche para que Él os encuentre en paz. Y creed que la longanimidad de nuestro Señor es para salvación”.
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¿Cuándo aparecerá Jesucristo nuevamente? No sabemos el día ni la hora. Nadie puede calcular el día de su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque Él mismo dice: A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre.
En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón.
San Pablo inculca aún más este punto, diciendo:
“Por lo que toca a los tiempos y a las circunstancias, hermanos, no tenéis necesidad de que se os escriba. Vosotros mismos sabéis perfectamente que, como ladrón de noche, así viene el día del Señor. Cuando digan: “Paz y seguridad”, entonces vendrá sobre ellos de repente la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta; y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón, siendo todos vosotros hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. Por lo tanto, no durmamos como los demás; antes, bien, velemos y seamos sobrios”.
Y más adelante, en el mismo capítulo nos advierte gravemente: “No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno”.
Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el mismo Señor: “Velad, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón”.
Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la Segunda Carta a su discípulo Timoteo.
¿Nos parece acaso extraño amar y anhelar la llegada de Nuestro Rey y Señor?
No se puede anhelar lo que no se ama… No se puede amar lo que no se conoce… No se puede conocer lo que no se estudia…
He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo. No desear su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo.
Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él, asemejados a Él, entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera.
Y para que no olvidemos tan consoladora Profecía, nos la recuerda el mismo Cristo en San Mateo: Mirad que os lo he predicho.
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Ahora bien, todo esto constituye lo que llamamos el Misterio de Cristo, del Verbo Encarnado, el que San Pablo llama Misterio de la Sabiduría de Dios, según el texto a los Corintios (I Cor. II, 7), que dice así:
“Predicamos sabiduría de Dios en misterio, aquella que estaba escondida y que predestinó Dios antes de los siglos para gloria nuestra”.
Se trata de aquellas cosas que desde todos los siglos estaban en el secreto de Dios.
Escribiendo a los Efesios, San Pablo explicita el misterio: “El cual consiste en la benevolencia suya, que se había propuesto realizar en Aquél [Jesucristo] en la dispensación de la plenitud de los tiempos: reunirlo todo en Cristo, las cosas de los cielos y las de la tierra”.
De este modo, Jesucristo es, tanto en el mundo natural cuanto en el sobrenatural, centro y lazo de unión viviente del universo, principio de armonía y unidad.
Todo lo que está separado y disperso por el pecado, en el mundo sensible y en el mundo de los espíritus, Dios lo reunirá y lo volverá definitivamente a sí por Cristo; el cual, como fue por la creación principio de existencia de todas las cosas, es por la Redención principio de reconciliación y de unión para todas las creaturas.
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San Pablo, al escribir a Timoteo, habla de este arcano como misterio de piedad:
“Y sin duda alguna, grande es el misterio de la piedad: Aquel que fue manifestado en carne, justificado en espíritu, visto de ángeles, predicado entre gentiles, creído en este mundo, recibido en la gloria”.
El término misterio indica que se trata de una verdad por largo tiempo oculta en Dios y manifestada llegada la plenitud de los tiempos.
En qué consiste ese misterio de la piedad ο del verdadero culto a Dios, lo dice el Apóstol a continuación, valiéndose de una estrofa de un himno cristiano primitivo, que consta de seis miembros distribuidos en tres pares antitéticos: carne-espíritu, ángeles-naciones, mundo-gloria.
Maravilloso resumen de la vida y obra de Cristo: toma carne humana, mostrado como quien es mediante el testimonio del Espíritu, contemplado por los Ángeles, predicado a las naciones, creído en el mundo, ensalzado en la gloria:
“Y sin duda alguna, grande es el misterio de la piedad: Aquel que fue manifestado en carne, justificado en espíritu, visto de ángeles, predicado entre gentiles, creído en este mundo, recibido en la gloria”.
Podemos ver aquí la formulación primitiva del misterio del Verbo Encarnado, verdadero Dios y verdadero Hombre.
La primera antítesis (carne-espíritu), evoca el encuentro de dos mundos, el humano y el divino, en la persona de Cristo; la segunda (ángeles-naciones), presenta la proclamación de ese misterio de Cristo a dos mundos, el celeste y el terrestre; la tercera (mundo-gloria), completa la evocación del misterio de Cristo, recordando su exaltación a la gloria.
La manifestación de la Primera Venida de Jesucristo se llama, pues, Misterio de Piedad.
La manifestación de la Segunda Venida, se denomina Misterio de Gloria.
Ciertamente, Timoteo y sus fieles, meditando este himno, se sentirían santamente orgullosos de su condición de cristianos.
También para nosotros ha sido revelada toda esta hermosa y profunda doctrina.
Meditando en ella, preparemos la llegada de la Navidad; y prolonguemos su beneficiosa influencia, mientras aguardamos la manifestación del Señor en gloria y majestad.

