JAFG: UNA HISTORIA NAVIDEÑA

EL PANDILLERO

Era una tarde fría de diciembre. La Navidad estaba ya próxima. El centro de la ciudad de Guatemala era un remolino de gente que se desplazaba con rapidez de un sitio a otro en busca de mejores mercancías y mejores precios. Unos compraban alimentos para la cena navideña; otros, regalos para familiares y amigos; aquellos, adornos y figuras para el Belén o Nacimiento, la tradicional representación material de las escenas del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, que nunca falta en las navidades en los hogares cristianos.

Las tiendas se veían abarrotadas de compradores que parecían querer gastar todo su dinero en el momento. Algunos vendedores ambulantes habían colocado su mercancía sobre la acera y pregonaban las cualidades de sus productos, por lo que algunos peatones se detenían para observar y, ocasionalmente, preguntaban el precio o alguna característica de un producto para luego continuar su camino.

Entre aquel torbellino de gente, ajeno al bullicio, un muchacho deambulaba por una calle, deteniéndose de vez en vez a mirar los escaparates iluminados y aderezados con motivos navideños, para luego seguir andando. Su vestimenta y sus múltiples tatuajes le daban un aspecto de pandillero.

Súbitamente el muchacho –a quien daremos el nombre ficticio de Paco– volvió la vista hacia el puesto de una vendedora ambulante que ofrecía diversos objetos para el Nacimiento. Se podían ver figuras en distintos tamaños de San José, de la Santísima Virgen María, de pastores, de ovejas y de una amplia variedad de animales. Pero lo que llamó la atención de Paco fueron las imágenes del Niño Dios, que representaban al Redentor sonriente, vestido tan sólo con un pañal, recostado y con sus bracitos alzados. Había tal vez una docena de estas figuras y el muchacho las observó con suma atención. Cuando la vendedora iba a preguntarle si le interesaba algo en especial, Paco se adelantó y preguntó:

– ¿Y esos niños? ¿Por qué están ahí?

La vendedora pareció no escuchar las preguntas y se dispuso a atender a un cliente. Una señora que se encontraba a un lado y que también estaba inspeccionando la mercancía sin decidirse por qué comprar, escuchó lo que preguntaba y le respondió:

– Es el Niño Dios.

Paco volteó a verla y dijo:

– ¿Cómo que el Niño Dios? ¿Quién es el Niño Dios?

La interpelada quedó sorprendida y nada dijo por unos segundos. Luego, recobrándose de la sorpresa, preguntó a su vez:

– ¿Cómo? ¿No sabes quién es el Niño Dios?

El muchacho contestó que no, en un tono que significaba “¿Por qué habría de saber quién es?”.

La señora no sabía si el chico bromeaba o hablaba en serio, pero su semblante indicaba que su respuesta era seria y sincera.

Entonces ella empezó a explicarle que Dios Padre, en el más grande acto de amor, había enviado a Su Hijo al mundo para redimirnos; que Dios Hijo se había encarnado para tomar nuestra naturaleza humana para poder padecer y morir por nosotros, todo ello sin perder su naturaleza divina; que su nacimiento era lo que estaba por celebrarse y que en las casas se representaba la escena del portal de Belén para rezar y adorar al Niño Dios: a Dios hecho hombre.

Todo esto lo explicó lo mejor que pudo, aunque de una manera muy resumida y rápida, dadas las circunstancias. Después de esto, la señora compró algo y se despidió. El muchacho nada dijo y la vio alejarse. Luego, él también se fue.

Al día siguiente por la tarde, Paco se apeó de un autobús de transporte colectivo y se dirigió al puesto en el que el día anterior había visto las figuras; y al llegar al sitio preguntó a la vendedora:

– ¿Dónde está la señora que estaba aquí ayer?

La vendedora no reconoció al muchacho ni supo por quién preguntaba.

– Ayer pasé por aquí y pregunté por qué estaban esos niños aquí. Y una señora que le estaba comprando algo me contestó. ¿Dónde está ella?

– Oiga, joven: por aquí pasa mucha gente todos los días y no sé ni de dónde vienen ni a dónde van. Veo tantas caras que no sabría reconocer ninguna.

Paco no se rindió. Se apostó en una esquina y se recargó en un poste esperando ver a aquella señora que le había dado una corta explicación religiosa. Quería verla de nuevo.

Estuvo ahí apostado por más de una hora, armado de paciencia y soportando el frío, pero la señora no llegó. Paco, desesperado echó un último vistazo y, desilusionado, se retiró.

Esto mismo se estuvo repitiendo por algunos días, hasta que al fin quiso Dios que se encontraran. Paco vio a la señora a lo lejos y a ella se dirigió. La saludó en cuanto estuvo sufrientemente cerca para poder ser oído, y le dijo:

– Usted me explicó algo hace unos días sobre un Dios que se hizo hombre. No lo puedo entender. ¿Podría explicarme más?

El Señor había tocado su corazón a través de aquella brevísima explicación y había despertado su interés en la Verdadera Religión.

Al ser abordada de esa manera tan inesperada, la señora quedó atónita. Pero pronto recordó al joven a quien había hablado del Amor Divino y le dijo:

– Buenas tardes, hijo. Me da mucho gusto que tengas interés en saber más.

La señora era cristiana, católica, tradicionalista. Pertenecía a un grupo de fieles atendidos por el Padre José Payá SJ, quien guardaba la tradición católica y la defendía del conciliarismo y del modernismo.

La señora le propuso a Paco que se vieran en algún lugar para poder conversar convenientemente y así se pusieron de acuerdo para verse y platicar sobre la Religión Católica.

Después de unos cuantos encuentros, Paco ya conocía lo básico de la doctrina cristiana y sentía una especie de euforia, como esa alegría que llega cuando se supera un obstáculo que parecía infranqueable, o como cuando se ha cumplido con una tarea que parecía imposible. Se sentía libre de las cadenas de la ignorancia y lleno de esperanza: veía una razón para vivir.

Empezó a asistir al sacrificio de la Santa Misa en la capilla del Padre Payá. Es verdad que su rostro tatuado desentonaba en el ambiente religioso de aquel santo recinto, pero su devoción contradecía la fiereza plasmada en esos tatuajes.

Los demás fieles se acostumbraron a verlo y lo aceptaron.

Sin embargo, la alegría no duró mucho. Un día, al finalizar la Misa, Paco se despidió de sus amigos. Ellos sorprendidos le preguntaban por qué se despedía.

– Ya me han encontrado y me matarán-, les respondió.

Hasta el día en que reparó en aquellas imágenes del Niño Dios, Paco había pertenecido a una pandilla, y sus antiguos compañeros no toleraban la deserción. Esta estaba penada con la muerte.

Sus nuevos amigos intentaron infundirle ánimo y propusieron a Paco algunas posibles soluciones. Todavía le vieron una o dos veces más, y después ya no volvieron a saber de él.

Esta historia es verdadera, y como la escuché la refiero. Quizás la llegue a leer alguien que haya estado directamente involucrado y pueda constatarla, complementarla y/o corregirla.