JESUCRISTO ANTE EL ESTUDIO FORMAL DE LA SAGRADA ESCRITURA
Pocos años antes del nacimiento de Jesucristo, cuando ya todo el Imperio Romano, acabadas las guerras civiles con la muerte de Antonio y de Cleopatra, había quedado en paz bajo Augusto, un pequeño Rabino, reputado con razón por el ínfimo, o por uno de los ínfimos, se puso a leer y estudiar con estudio formal los Libros Sagrados; añadiendo para su mejor inteligencia el estudio no menos principal de cuantos escritores o legisdoctores le fueron accesibles.
Habiendo perseverado en este estudio más de veinte años, entendió finalmente, entre otras cosas, tres puntos capitales, o tres misterios gravísimos, que ya instaban, o que no podían tardar mucho tiempo según las Escrituras.
Entendió primero, con ideas claras, sin poder ya dudarlo, que venido el Mesías (cuya venida ya instaba, conforme a las semanas de Daniel, cap. IX) el pueblo de Dios, que tantos siglos lo había esperado y deseado, sería su mayor enemigo; que lo perseguiría, que lo reprobaría, que lo trataría como a uno de los más inicuos delincuentes, poniéndolo al fin en el suplicio infame y doloroso de la cruz.
Entendió en segundo lugar que, por este sumo delito, y mucho más por su incredulidad y obstinación, Israel, por la mayor parte, sería reprobado de Dios y dejaría en fin de ser pueblo de Dios.
Entendió finalmente que, en lugar de Israel inicuo e incrédulo, llamaría Dios a todas las gentes, tribus y lenguas, de entre las cuales (las que oyesen y obedeciesen al Evangelio) sacaría otro Israel, otro pueblo, otra iglesia suya sin comparación mayor y mejor; que en esta iglesia, esparcida sobre la tierra (y al mismo tiempo congregada en un solo cuerpo moral, y animada y gobernada por un mismo Espíritu de Dios), se le ofrecería por todas partes un sacrificio de justicia limpio y puro, e infinitamente agradable al mismo Dios; y que este sacrificio no sería ya según el orden de Aarón… sino según el orden de Melquisedec.
Sobre estos tres puntos capitales que había entendido con ideas claras en la lectura y estudio de los Libros Santos, escribió nuestro Rabino un opúsculo pobre y simple; mas por eso mismo tan convincente, que aun los más doctos y eruditos, que parecían ser las columnas, no hallaron modo alguno razonable de impugnarlo directamente, aunque lo buscaron con todo el empeño posible.
¿Por qué?
Porque citaba fielmente en todo su contexto lugares clarísimos de la Sagrada Escritura, comenzando desde Moisés y todos los Profetas.
Porque combinaba unos lugares con otros; y con esta combinación hacía más patente la verdad de Dios.
Porque con esta verdad de Dios clara e innegable convencía de arbitrarias, de impropias, de violentas, y por consiguiente de falsas las interpretaciones que se pretendían dar a dichos lugares clarísimos de la Escritura Santa.
No obstante; como estas ideas, aunque concordes perfecta y manifiestamente con las Escrituras, parecían diametralmente opuestas a las ideas vulgarmente recibidas, fue como una consecuencia natural que se alborotasen no pocos, unos más, otros menos, según el talento y erudición de cada uno.
Decían los más (y los menos cuerdos): ¿no es este el ínfimo, o uno de los ínfimos entre todos nuestros escribas? Pues ¿es creíble que este ínfimo haya venido a descubrir unos misterios tan grandes y tan nuevos, que hasta ahora se habían ocultado a nuestros doctísimos? Y se escandalizaban en él.
Otros, más cuerdos o más sagaces, conociendo bien la dificultad de combatir directamente la substancia de aquel escrito (en el cual no hallaban otra cosa que la misma Escritura fielmente citada y combinada) se dedicaron enteramente a atacar las circunstancias.
Empezaron desde luego a oprimir al pequeño autor con preguntas, no menos importunas que irrisorias, a las que ni él ni otro alguno era capaz de responder.
Le preguntaban, por ejemplo:
— ¿Cómo sería este nuevo pueblo de Dios, este nuevo Israel, o esta nueva Iglesia compuesta de tantas gentes, pueblos y lenguas?
— ¿Cuál su orden, o su jerarquía?
— ¿Cuál sería su ciudad capital, o el centro de unidad de una iglesia tan vasta?
— ¿Cuáles sus leyes, sus costumbres, su disciplina, su culto exterior, su sacerdocio, sus sacrificios, sus ceremonias? Etc. Etc.
Le instaban algunos fuertemente (y no pocos, tentándole, para poderle acusar), que se explicase más sobre la inteligencia literal que pretendía dar a aquel texto de Malaquías: No está mi voluntad en vosotros…, ni recibiré ofrenda alguna de vuestra mano. Porque desde donde nace el sol hasta donde se pone, grande es mi nombre entre las gentes, y en todo lugar se sacrifica y ofrece a mi nombre ofrenda pura; porque grande es mi nombre entre las gentes, dice el Señor de los ejércitos.
Le pedían, que explicase con ideas claras:
— ¿Qué sacrificio sería este?
— ¿Con qué ritos o ceremonias se ofrecería al verdadero Dios?
— ¿Si habría en todas partes templos tan magníficos como el de Jerusalén?
— ¿Si habría sacerdotes tomados indiferentemente de todos los pueblos, tribus y lenguas, o de alguna tribu o familia particular?
— ¿Qué vestidos usarían estos, así en los templos como fuera de ellos?
— ¿Si sería obligado el nuevo Israel de Dios a circuncidarse efectivamente y a observar toda la ley de Moisés?
— ¿Si en lugar de esta ley se daría otra y cuál? Etc. Etc. Etc.
El pequeño escriba o Rabino, apenas digno de este nombre, se sentía no sólo embarazado, sino oprimido con tantas preguntas.
Su respuesta a todas ellas era general (ni podía ser de otra manera); pues el modo y las circunstancias particulares de nuestra Iglesia presente no se hallan ciertamente en la Revelación, no obstante que se halla clarísima toda la substancia de este gran misterio.
Así decía a grandes voces, sin temor de la tempestad de piedras que veía en las manos de la plebe: la cosa sucederá puntualmente así como está escrita, pues, como dice el Señor, aunque a otro propósito: Mi consejo subsistirá, y toda mi voluntad será hecha. Israel dejará de ser pueblo de Dios por su incredulidad, y las gentes serán llamadas a ocupar su lugar. El modo y circunstancias particulares, con que se obrará este gran misterio, yo no lo sé, porque no lo hallo expreso y claro en las Sagradas Escrituras. Sólo sé por ellas (proseguía diciendo), que el Mesías, cuando venga, se ofrecerá a sí mismo en sacrificio a Dios su Padre por los pecados de todo el mundo. Sólo sé que esta descendencia muy duradera, o, lo que parece lo mismo, esta sucesión continuada de hijos de Dios, engendrados por el Mesías mismo con su muerte dolorosísima, con su sangre y con la efusión de su divino Espíritu, serán tantos en toda la tierra, que será imposible numerarlos y contarlos: aquel mismo justo mi siervo justificará a muchos con su ciencia, y él llevará sobre sí los pecados de ellos… Este rociará muchas gentes. Sólo sé por el salmo CIX que, habiéndose ofrecido a sí mismo por el pecado, será un Sacerdote eterno, y ya no según el orden de Aarón, sino según el orden de Melquisedec.
De este modo respondía nuestro simple Rabino a todas las preguntas que se le hacían, y a todas las dificultades que se le proponían.
Y en efecto, ¿cómo era posible que un hombre ordinario (y aunque hubiese sido de una perfecta ciencia), pudiese responder treinta años antes del nacimiento de Jesucristo a tantas y tan diversas preguntas sobre el modo de ser de nuestra Iglesia presente?
¿Quién podría saber entonces con ideas claras y circunstancias individuales, lo que debía suceder en el mundo después de la muerte del Mesías?
La substancia de este gran misterio se halla ciertamente en las Escrituras, y nuestra propia experiencia nos lo enseña así, y nos lo hace advertir frecuentísimamente; mas las circunstancias particulares no se hallan.
Pues, ¿cómo las podían saber ni aun sospechar, los que vivían en Jerusalén en tiempo de Augusto?
— ¿Podría entonces probarse con algún lugar de la Escritura, que el Mesías elegiría doce hombres humildes y simples, para fundar su Iglesia y llamar y congregar en ella toda suerte de gentes?
— ¿Podría entonces probarse con algún lugar de la Escritura Santa, que uno de estos simples, constituido príncipe entre todos, sería enviado a poner su silla en la misma capital del grande y soberbio Imperio Romano?
— ¿Que esta silla humilde se mantendría en Roma firme e inmutable, a pesar de todas las oposiciones, contradicciones y violencias del mayor imperio del mundo?
— ¿Que este imperio que parecía eterno, se vería en fin precisado a ceder su puesto a la silla de un pobre pescador?
— ¿Que esta silla sería reconocida y respetada como el verdadero centro de unidad de todos los creyentes verdaderos de todo el orbe?
— ¿Que estos verdaderos creyentes de todo el orbe edificarían en todas sus ciudades, en sus villas, y aun en sus campiñas, templos innumerables para dar culto en ellos al verdadero Dios?
— ¿Que en todos estos templos innumerables se ofrecería incesantemente a Dios vivo un sacrificio continuo; esto es, el sacrificio y oblación pura de que se habla en Malaquías?
— ¿Que este sacrificio, y oblación pura no sería otra cosa sino el mismo Cuerpo y Sangre de Cristo que se ofreció en la cruz una vez, y esto bajo las especies de pan y vino; según el orden de Melquisedec?
— ¿Que este sacrificio, en fin, se ofrecería a Dios con estas, o con aquellas ceremonias?
Todas estas cosas particulares, que ahora vemos y gozamos, ¿se podrían saber treinta años antes del nacimiento de Jesucristo, solamente con la lección de la Ley y de los Profetas?
A la substancia de aquel escrito (en el cual no hallaban otra cosa que la misma Escritura fielmente citada y combinada) se le sumaron pocos años después las circunstancias que ahora conocemos.
Que tomen nota Javier Milei y sus rabinos…
