SEGUNDO DOMINGO DE ADVIENTO
Y habiendo oído Juan en la cárcel las obras de Cristo, envió a dos de sus discípulos, y le dijo: ¿Eres Tú el que ha de venir o esperamos a otro? Y respondiendo Jesús, les dijo: Id y anunciad a Juan lo que habéis oído y lo que habéis visto: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados, y bienaventurado el que no fuere escandalizado en Mí. Después que se marcharon ellos, comenzó Jesús a hablar a las turbas acerca de Juan. ¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿A una caña agitada por el viento? ¿A un hombre vestido de ropas delicadas? Mirad, los que visten ropas delicadas están en las casas de los reyes; pero ¿qué fuisteis a ver? ¿A un Profeta? Aun os digo y más que a un Profeta, porque éste es de quien está escrito: Mira: Yo envío a un ángel mío ante tu rostro, y éste preparará tu camino delante de ti.
Nos encontramos en el Segundo Domingo de Adviento.
La Epístola está tomada de la Carta de San Pablo a los Romanos. El Apóstol dice que todo lo que se ha escrito ha sido para nuestra instrucción; a fin de que por la paciencia y por la consolación que se saca de las Escrituras, conservemos una esperanza firme de ver la verificación de todo lo que se ha predicho.
En las Sagradas Escrituras nos habla el mismo Dios, cuya Palabra es el fundamento inquebrantable de nuestra esperanza, porque está llena de promesas.
San Pablo recalca el valor permanente de la Sagrada Escritura en orden a nuestra instrucción, al infundir en nosotros, con sus enseñanzas, la esperanza de los bienes eternos, dándonos así paciencia y consolación en las pruebas de esta vida.
Por eso, al escribir a su discípulo Timoteo, el Apóstol lo exhortaba de este modo:
“Pero tú persevera en lo que has aprendido y has sido confirmado, sabiendo de quiénes aprendiste, y que desde la niñez conoces las santas Escrituras que pueden hacerte sabio para la salud mediante la fe en Cristo Jesús. Toda la Escritura es divinamente inspirada y eficaz para enseñar, para convencer de culpa, para corregir y para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, bien provisto para toda obra buena”.
Este pasaje paulino es un testimonio de que la lectura de la Sagrada Escritura es de suma utilidad para la vida cristiana, principalmente para la formación del espíritu y para la enseñanza de la fe.
He aquí el fruto de la Palabra de Dios en el alma: la perfección interior, en la fe, la esperanza y la caridad. Y ello es lo que trae a su vez la disposición para toda obra buena.
Tanto confiaba la Iglesia en ese poder sobrenatural de la Palabra divina que, aun tratándose de personas consideradas fuera de su seno, el Concilio IV de Cartago dispuso en su canon 84° que los Obispos “no prohibieran oír la Palabra de Dios a los gentiles, heréticos y judíos durante la Misa de los Catecúmenos”.
Y el Papa Pío VI, escribiendo en 1769 a Monseñor Martini, le manifestaba su deseo de que se excitara “en gran manera a los fieles a la lectura de las Santas Escrituras, por ser ellas las fuentes que deben estar abiertas para todos, a fin de que puedan sacar de allí la santidad de las costumbres y de la doctrina”.
Es, pues, en las Sagradas Escrituras, en la Tradición y en las definiciones y enseñanzas del Magisterio donde debemos buscar el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.
+++
Ahora bien, la Carta de San Pablo a los Romanos no es fruto de la improvisación ante circunstancias que surgían en un determinado momento, sino la exposición sosegada de un tema largamente meditado. Cuando San Pablo escribe esta Carta, hacia el año 58, habían pasado ya más de veinte años desde su conversión; y las luchas sostenidas contra los judaizantes, le habían obligado a profundizar en el tema del judaísmo y del cristianismo.
Lo que San Pablo dice es que existe un medio de salvación para la humanidad, pero que ese medio no es la Ley mosaica, en que tanto confiaban los judíos, sino el Evangelio, que proporciona la fe en Jesucristo.
De este modo, en el centro del cuadro destaca luminosamente la figura de Nuestro Señor en su papel de Redentor de los hombres.
El tema que desarrolla el Apóstol es, pues, la Justificación por medio de Jesucristo.
Y la necesidad de dicha justificación es tanto para los gentiles como para los judíos.
La intención de San Pablo, es mostrar a los Romanos, y en ellos a todos los hombres, que el Evangelio es mensaje de salvación, tanto para el griego como para el judío.
De allí que todo lo que antes se escribió, fue escrito para nuestra enseñanza, a fin de que tengamos la esperanza mediante la paciencia y la consolación de las Escrituras.
+++
El mismo Apóstol, escribiendo a los tesalonicenses, exhorta: No apaguéis el Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo y quedaos con lo bueno.
No menospreciéis las profecías… Hoy solemos interesarnos poco por las Profecías bíblicas, a las cuales la Sagrada Escritura dedica, sin embargo, gran parte de sus páginas.
En el Libro del Eclesiástico se nos muestra el estudio de las Profecías como la ocupación característica del que es sabio según Dios.
Examinadlo todo… No todo lo que parece ser bueno, lo es en efecto. Hay que examinarlo a la luz de la fe.
En el Libro de los Hechos de los Apóstoles se muestran los fieles de Berea mejores que los tesalonicenses, porque recibían ávidamente la palabra de San Pablo y constantemente la cotejaban y ponían a prueba con las Escrituras.
El Apóstol tenía razón para decirnos que es tiempo de salir de nuestro sueño profundo y despertarnos…
Pero, si no nos aprovechamos de este santo tiempo de Adviento, de preparación para la Parusía, ¿cuándo despertaremos?
Es muy triste no despertarse hasta la muerte…
+++
Ahora bien, penetrando más y más en el espíritu del Adviento, entre las cosas que fueron escritas para nuestra enseñanza y constituyen nuestra esperanza, está el Libro del Apocalipsis.
Monseñor Juan Straubinger, en su libro Espiritualidad Bíblica, tiene un artículo muy importante, que lleva por título El olvido del Apocalipsis.
Comienza por recordar una de las siete bienaventuranzas que se encuentran en dicho texto sagrado: Bienaventurado el que guarda las palabras de la profecía de este libro, dice el Ángel a San Juan Evangelista después de haberle revelado los arcanos del Apocalipsis.
De modo que es una bienaventuranza guardar estas palabras; lo cual significa custodiar, como dice el latín, conservar las palabras en el corazón.
Esta bienaventuranza se extiende a todos, como se ve desde el principio: Bienaventurado el que lee y oye las palabras de esta profecía y conserva lo que en ella está escrito; porque el tiempo está cerca.
Tal afirmación, de que el tiempo está cerca, está repetida varias veces en la profecía, y es dada como la razón de ser de la misma: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca.
Compárese esto con lo que Dios dijo al Profeta Daniel en sentido contrario, hablando de estos mismos tiempos de la vuelta de Cristo: Pero tú, oh Daniel, ten guardadas estas palabras, y sella el libro hasta el tiempo determinado; muchos le recorrerán, y sacarán de él mucha doctrina.
Este cotejo de ambos textos impone la conclusión de que, si bien en tiempo de Daniel algunas profecías habían de estar selladas, hoy, después del Apocalipsis de San Juan, es necesario, al revés, que las tengamos a mano, las estudiemos y adaptemos nuestra conducta a lo que ellas nos advierten.
Si esto fuera así, si el esplendor de las maravillas de bondad y grandeza que Dios ha revelado al hombre fuese conocido por todos los cristianos; si ellos se enterasen de que San Pablo nos revela misterios escondidos de Dios que ignoraban los mismos Ángeles, ¡cómo aumentaría su interés y su amor por la religión!
Aun hoy, a pesar de tantas y tan insistentes palabras de los Sumos Pontífices que recomiendan la lectura diaria de la Biblia, hay quien se atreve a decir con audacia que estas cosas son peligrosas, como si la Palabra de Dios, que es siete veces depurada, pudiera contener veneno corruptor cuando el Espíritu Santo ha dicho que ella transforma las almas… y presta sabiduría a los niños.
¡Ay de los que apartan a las almas de la Palabra de Dios!
Si para muchos la Biblia en general ha dejado de ser el libro de espiritualidad, ¿cuánto más el Apocalipsis, que ha llegado a ser hoy el libro menos leído y más olvidado de la Biblia?
Leamos, pues, sin miedo la tremenda pero dulcísima profecía del Apocalipsis. Tremenda para los traidores a Cristo; dulcísima para los que aman su advenimiento y aspiran a los misterios de la felicidad prometida para las Bodas del Cordero.
Notemos que el no leerlo y el no creer en él, es precisamente el síntoma de que esas profecías están por cumplirse.
Leamos el Apocalipsis y estudiémoslo. Y lo que no entendamos, volvámoslo a leer una y mil veces. Y busquemos sacerdotes piadosos y libros buenos que nos lo expliquen, no según las ideas de los hombres, sino según las luces de la misma Sagrada Escritura; no por la curiosidad malsana de los que pretenden hacer adivinanzas sobre los acontecimientos políticos, sino por el ansia de conocer y admirar más y más los sublimes designios de Dios sobre el hombre.
Leamos especialmente el Apocalipsis en este tiempo de Adviento, en el cual la Santa Iglesia quiere prepararnos, como se ve en toda su Liturgia, a ese Segundo Advenimiento de Cristo triunfante.
+++
Todas las almas proféticas trabajan en el Adviento. Alientan, amonestan, levantan a los hombres para que se acerquen a Dios; toda su personalidad, su fervor y su espíritu están al servicio de esa causa transcendental. El profeta es como el monte; descuella sobre los demás hombres; es el hombre de los grandes pensamientos, del ardoroso entusiasmo.
Entre ellos se destaca San Juan Bautista. San Juan es más que profeta, porque es el Ángel de Dios; es el mensajero de Dios; vive para la causa de su Señor y no se deja guiar por el propio interés; es siervo fiel en todo, es decir, cumple con prontitud la voluntad del Señor. Y todo esto se manifiesta en él como fuerza y hermosura.
San Juan es el varón de Dios, el que ama con intensidad, y debido a este amor no se preocupa del mundo que padece desamor; él sigue impertérrito irradiando el calor de su corazón, y procura llevar los demás a este camino. Anuncia la gracia de la aurora para generaciones enteras.
Al elogio que trae el Evangelio de hoy, Nuestro Señor agregó:
En verdad, os digo, no se ha levantado entre los hijos de mujer, uno mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino de los cielos es más grande que él. Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el reino de los cielos padece fuerza, y los que usan la fuerza se apoderan de él. Todos los profetas, lo mismo que la Ley, han profetizado hasta Juan. Y, si queréis creerlo, él mismo es Elías, el que debía venir. ¡Quien tiene oídos oiga!
Como sabemos, Jesucristo quiso significar que San Juan era Elías, sólo si se considera su oficio y semejanzas. No era Elías personalmente, sino sólo cuanto al oficio y predicación; lo que Elías habrá de conseguir en la Segunda Venida de Cristo, lo habría de conseguir con su predicación el Bautista en la Primera.
Pero sólo en aquellos que quisieran recibirle. Por eso puntualiza “si queréis creerlo”, como si dijera: Si le queréis recibir, será para vosotros Elías, que os convertirá a Dios; si no queréis, no lo será.
Dice Nuestro Señor que Juan es Elías, no porque lo sea físicamente, sino porque había venido en el espíritu y virtud de Elías, según anunció el Ángel.
Las Escrituras hablan de dos venidas de Cristo: de la que ya ha tenido lugar y de la que se realizará después. Pero los escribas, para engañar al pueblo, no hablaban más que de una sola venida y sostenían que, si Jesús era el Cristo, debía ser precedido por Elías.
Cristo resuelve esta dificultad, que turba a los discípulos, diciendo: Elías, en verdad, ha de venir y restablecerá todas las cosas. Mas os digo que ya vino Elías.
Elías restablecerá todas las cosas, corrigiendo la infidelidad de los judíos que entonces encontrará. Esto es, precisamente, convertir el corazón de los padres hacia los hijos, tal como estaba anunciado por el Profeta Malaquías.
En concreto, el Señor refuta la opinión de los fariseos, que decían que Elías debía ser el precursor de la primera venida. Y enseña que Elías Tesbita pacificará a los judíos cuando venga, y los llevará a la fe; siendo de este modo el precursor de la Segunda Venida.
Por eso, Jesús confirma aquí que la misión de San Juan es la del Profeta Elías. Pero les hace notar a sus Apóstoles que su misión mesiánica será rechazada por la violencia, y entonces Elías tendrá que volver al fin de los tiempos como precursor de su triunfo.
San Juan Bautista tenía que preparar el camino para la Primera Venida de Cristo, así como el Profeta Elías lo hará cuando se acerque la Segunda.
San Lucas es el que nos da la verdadera clave para interpretar la misión del Bautista: caminará delante del Señor en el espíritu y poder de Elías, para reducir los corazones de los padres a los hijos, y los rebeldes a los sentimientos de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto.
La voz de San Juan Bautista fue como el trueno que conmovió los desiertos; sin embargo, Israel no escuchó su mensaje ni preparó el camino.
San Juan Evangelista expone el misterio de la Encarnación y la trágica incredulidad de Israel, que no lo conoció cuando vino para ser la luz del mundo:
Y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron. La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció. Él vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron.
Esas mismas tinieblas son las que se ciernen sobre el firmamento del fin de los tiempos…
+++
De allí la importancia de otro artículo de Monseñor Straubinger, intitulado La bienaventurada esperanza.
Allí recuerda que el Libro del Eclesiástico dice: El sabio se dedica al estudio de los Profetas; lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios, que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás explotadores de la credulidad humana.
Ahora bien, entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama la bienaventurada esperanza.
¿Qué es la bienaventurada esperanza con la que San Pablo consuela a su discípulo Tito? Este término equivale a la manifestación de la gloria de Jesucristo en su Segundo Advenimiento.
Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de su Hijo.
También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad; y los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones.
Pero, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la dichosa esperanza ha perdido su primitivo fervor.
¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora. Nadie puede calcular el día de su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque Él mismo dice: A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre.
En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón.
San Pablo inculca aún más este punto, diciendo: Por lo que toca a los tiempos y a las circunstancias, hermanos, no tenéis necesidad de que se os escriba. Vosotros mismos sabéis perfectamente que, como ladrón de noche, así viene el día del Señor. Cuando digan: “Paz y seguridad”, entonces vendrá sobre ellos de repente la ruina, como los dolores del parto a la que está encinta; y no escaparán. Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón, siendo todos vosotros hijos de la luz e hijos del día. No somos de la noche ni de las tinieblas. Por lo tanto, no durmamos como los demás; antes, bien, velemos y seamos sobrios.
Paz y seguridad ha sido siempre, a través de toda la Biblia, el mensaje de los falsos profetas, cuyo éxito, superior al de los verdaderos, se funda precisamente en ese agradable optimismo.
De ahí que el que ignore las profecías bíblicas fácilmente vive en la ilusión, no percibe el sentido trágico de la vida presente, ni el destino tremendo a que marchan las naciones.
Nada más consolador que la excepción hecha por el Apóstol: Mas vosotros, hermanos, no vivís en tinieblas, para que aquel día os sorprenda como ladrón, siendo todos vosotros hijos de la luz e hijos del día…
Por eso San Pablo, en otro lugar, nos advierte gravemente: No despreciéis las profecías.
Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser, pues, la que recomienda el mismo Señor: Velad, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón.
Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo.
He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo.
No desear su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo.
Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él, asemejados a Él, entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera.
No olvidemos, no despreciemos tan consoladora Profecía…, porque todas las cosas que han sido escritas en los Libros Santos para nuestra enseñanza se han escrito, a fin de que mediante la paciencia y el consuelo que se sacan de las Escrituras, mantengamos firme la esperanza.

