P. CERIANI: SERMÓN DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

FIESTA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

En aquel tiempo fue enviado por Dios el Ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una Virgen desposada con un varón llamado José, de la casa de David, y el nombre de la Virgen era María. Y habiendo entrado el Ángel a ella, dijo: Salve, llena de gracia; el Señor es contigo: bendita tú entre las mujeres.

Celebramos y solemnizamos hoy la Fiesta de la Inmaculada Concepción de María Santísima.

Esto significa, como ya sabemos, que la Virgen María fue concebida sin el pecado original y con la plenitud de gracia.

Recordemos, ya desde un principio, el tradicional rótulo que solía fijarse a la entrada de las casas católicas:

No traspase este portal,
quien no jure por su vida,
ser María concebida,
sin pecado original.

Para darnos una idea de la importancia de esta prerrogativa sin par, tengamos en cuenta que cuando el real profeta David habló a los príncipes del pueblo de Israel, exhortándoles a edificar un templo magnífico y suntuoso al Señor les dijo: Esta es una obra grande, porque no tratamos de hacer un palacio para un rey y hombre mortal, sino un templo en que more y habite Dios.

En todas las fiestas de la Santísima Virgen podemos usar estas palabras, pero más particularmente debemos hacerlo en la Fiesta de su Inmaculada Concepción; porque, después de su eterna predestinación, es en este privilegio que se pusieron los fundamentos de este templo divino, y es sobre él que se comenzó a edificar la casa en que había de morar el Señor.

Y esta fue una obra grande; y todas las cosas que concurren a ella son grandes… Y así lo dijo la misma Virgen Santísima: Porque el Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí.

Ella, en efecto, es aquella admirable ciudad espiritual de Dios, de la cual dice el Profeta que se han dicho y predicado cosas gloriosas y estupendas.

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Para que se entienda bien lo que festeja la Santa Iglesia celebrando la Concepción Inmaculada de Nuestra Señora, es necesario declarar lo que la fe enseña sobre el pecado original, del cual confesamos, con este dogma, que la Virgen fue exenta y libre; de manera que, aunque fue hija de Adán, no incurrió en el pecado original, como incurren todos los que, por el curso natural, son descendientes de Adán.

Dios, por su sola e infinita bondad, creó al hombre tan noble y adornado de su semejanza e imagen, de modo que pudiese ser participante de su misma gloria; y conociese, amase y gozase de la misma esencia y hermosura de Dios; y así fuese bienaventurado como Él lo es.

Y como este fin es tan alto y tan excelente, proveyó el Señor al hombre de los dones sobrenaturales con los cuales pudiese alcanzar esta dignidad; particularmente dos: la gracia santificante y la justicia original.

La gracia hacía al hombre hermoso y grato a Dios, y amigo suyo; y, como a Hijo, le daba título y derecho para la gloria.

Juntamente con la gracia fue adornado de todas las demás virtudes y dones del Espíritu Santo, para poder con facilidad y suavidad hacer obras merecedoras de la gloria, para que así alcanzase por justicia aquello a que Dios le había predestinado por gracia.

El segundo don fue la justicia original, que es una rectitud y orden con que el hombre estaba en paz con Dios y consigo mismo; y tenía señorío sobre todas sus pasiones naturales, sujetas a la razón. Además de esto, gozaba de la impasibilidad y de la inmortalidad, además del señorío sobre todos los animales.

Como sabemos, Eva fue engañada por la serpiente, y ella pervirtió a su marido. Y así, ambos traspasaron el mandamiento de Dios, y perdieron luego la inocencia y aquellos dones admirables que habían recibido.

Cuando Adán pecó, no solamente se hizo daño a sí mismo, sino también a nosotros, así en el cuerpo como en el alma. En el cuerpo, porque quedamos sujetos a dolores y penas, a la muerte y a la corrupción. En el alma, porque, al ser concebido todo hijo de Adán por obra de varón, en el mismo punto tiene en su alma la mácula del pecado original, así como la falta de aquella gracia y justicia original.

Este pecado no se puede quitar por fuerzas naturales, sino sólo por el merecimiento de Cristo Nuestro Señor, que se aplica en el Bautismo, por el cual se perdona y quita pecado, y se restituye la gracia.

De esta doctrina, se sigue que el pecado original es pecado que mata el alma, y que los que mueren con él nunca verán a Dios.

Supuesta, pues, esta verdad, la intención de la Santa Iglesia al celebrar la fiesta de la Inmaculada Concepción de Nuestra Señora es que, aunque esta gloriosa Virgen, mirándola como hija de Adán y concebida por vía natural de San Joaquín y Santa Ana, había de contraer el pecado original, y caer en los daños que de él se siguen.

Pero no cayó; y fue prevenida y preservada con la gracia superabundante del Señor, que la había predestinado para Madre suya.

Con singular privilegio la eximió de aquella ley general que comprendía a todo el linaje humano, porque así convenía a la excelencia y dignidad de tal Hijo y de tal Madre.

Lo cual se hizo de esta manera: en el mismo momento que Dios creó aquella bendita alma de la Virgen y la infundió en el cuerpecito formado en las entrañas de su madre, Santa Ana, en ese mismo instante la detuvo para que no cayese en el pecado original como por naturaleza había de caer; la enriqueció y hermoseó con su soberana gracia, y la hizo agradable a sus ojos; de suerte que el demonio nunca tuvo parte en Ella, ni se pudo gloriar que había sido esclava y cautiva suya la Madre del Señor.

Esto es lo que celebra la Iglesia en esta Fiesta.

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Después que Adán y Eva pecaron, antes de pronunciar contra ellos la sentencia, echó el Señor la maldición contra la serpiente, que había engañado a Eva, con aquellas memorables palabras que se leen en el tercer capítulo del Génesis: Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre su linaje y el tuyo, y ella te quebrantará la cabeza, y tú andarás siempre acechando a su calcañar, que es armándole lazos en todos sus pasos y caminos.

Esta sentencia pronunció Dios contra el demonio antes que diese la dictamen contra los pecadores; y los Santos Padres y Doctores la interpretan de la gloriosísima Virgen María, Nuestra Señora, que es la que había de quebrantar la cabeza de la serpiente, y por medio de Jesucristo, su benditísimo Hijo, destruir su poder y librar al hombre de su tiranía y restituirle en su gracia; para que así como por una mujer débil el demonio había triunfado, del mismo modo el fruto de otra mujer triunfase de Satán; porque mayor confusión suya era que el fruto de una mujer triunfase de un espíritu, que no un espíritu de una frágil mujer.

Por lo tanto, ya desde entonces puso Dios a esta Bendita Mujer y Reina Nuestra por Capitana y Señora para que pelease contra la serpiente y le quebrantase la cabeza antes de pronunciar la sentencia contra Adán y Eva, para darnos a entender que no quería comprender en este dictamen a la que antes de pronunciarlo la había eximido de ella y constituido por reparadora del pecado que con tan riguroso juicio condenaba.

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El Arcángel San Gabriel, en aquella solemne salutación, la llamó llena de gracia, porque alcanzó la gracia que ninguna otra hija de Adán tuvo.

Añadió el Arcángel: El Señor es contigo, porque siempre estuvo con la Virgen María; y no lo hubiera sido, si en algún tiempo, aunque brevísimo, hubiera sido esclava y cautiva del demonio.

¿Y qué diremos de las últimas palabras: Bendita eres tú entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre?

¿Cómo sería bendita entre las mujeres esta Virgen Sacratísima si, con las demás, hubiera sido sujeta a la maldición?

Y toda esta gracia y privilegio se le concede porque el fruto de su vientre es bendito; porque esta prerrogativa tan excelente y singular no le viene a la Virgen de su mérito propio y por su naturaleza, sino por la excelencia y santidad de su benditísimo Hijo.

Nunca acabaríamos, si quisiésemos referir lo que los Santos dicen de la pureza de la Inmaculada Virgen; declaremos, sin embargo, algunas de las razones que hay para que Dios haya preservado a su gloriosa Madre de todo pecado original y actual:

Porque así convenía a la grandeza del Hijo y a la dignidad de la Madre; porque, primeramente, ¿qué buen hijo hay en el mundo que no honre a su madre, o qué hombre que, si estuviese en su mano, no naciese de la mujer más excelente y más adornada de todas las gracias que puede haber? Porque honra es del hijo la honra de la madre.

Pues si Cristo nuestro Señor pudo tributar esta honra a su Madre benditísima, ¿qué causa hay para que no se la haya otorgado? Y si la sabiduría, como dice Salomón, no entra en el alma perversa, ni habita en cuerpo sujeto a pecados, ¿cómo creeremos nosotros que la Sabiduría eterna haya querido morar en un cuerpo y alma que en algún tiempo hubiesen sido sujetos a pecado?

Fue, pues, muy conveniente que el Hijo honrase a su Madre, porque, no faltándole poder para hacerlo, no era justo que le faltase la voluntad; y que siendo Redentor de todos, y habiendo varios grados en esta redención, no usase con su dulcísima Madre del grado más perfecto y más excelente, que no es dejarla caer para levantarla, sino sostenerla para que no cayese; porque es más excelente médico aquel que preserva al enfermo, que no el que después le sana; y más perfecto redentor el que no deja caer en cautiverio, que el que rescata al cautivo.

De aquí es que por haber sido preservada del pecado original esta Virgen Sacratísima, no solamente no está excluida de la gracia de la Redención de Jesucristo, sino que goza de ella más perfectamente que todos los otros hijos de Adán, y de una manera singular e inefable.

Esto redunda en mayor gloria del mismo Redentor, que tal supo y pudo hacer, y lo hizo con aquella que le dio la carne y sangre con que a todos nos había de redimir.

Por esta causa, San Bernardino de Sena denomina a la Virgen Primogénita del Redentor, y que fue muy conveniente que, así como el unigénito Hijo de Dios, en cuanto Dios, es figura substancial del Padre Eterno, resplandor de su gloria e imagen perfectísima de todas sus perfecciones; así, en cuanto hombre, fuese muy parecido a su bendita Madre en la complexión, condiciones y facciones del cuerpo; así como Ella en las del alma es un vivo retrato de las gracias y virtudes de Jesucristo, pues también es Hija de su Hijo.

Como dice San Buenaventura, bien puede Dios hacer un cielo más hermoso y un mundo mayor y más lleno de varias y nuevas especies de criaturas; mas no puede hacer una Madre que sea mayor que la Madre de Dios, porque no puede ser Madre de mayor ni más excelente Hijo que el mismo Dios.

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Ahora bien, si los padres son los segundos autores de nuestra vida, y nosotros no podemos pagarles equivalentemente lo que les debemos…; y si la naturaleza engendró e inscribió en los hijos el amor y reverencia para con sus padres…; y si Dios mandó que los honrásemos, y este es el primer precepto de la segunda tabla del Decálogo, ¿creeremos que el que promulgó la ley no la cumplió ni honró a su Benditísima Madre, apartándola de toda fealdad y afrenta, y adornándola de todos los dones y gracias que pudo? Porque la honra que el hijo debe a sus padres, no consiste solamente en palabras y en hacerles reverencia, sino en darles todo el bien que les puede dar y del cual ellos son capaces.

Por esto, el que dijo: Honra a tu padre y a tu madre, para cumplir el mandato que Él mismo había promulgado, dio a su Madre toda la gracia y toda la honra que le pudo dar.

De este modo, todos los privilegios y prerrogativas de la Virgen Santísima se fundan en dos principios:

– el primero, en la dignidad de Madre de Dios, que es infinita.

– y el segundo, en el poder del Hijo, que también es infinito.

De manera que, así como el título de Hijo de Dios es el principio y la regla que debemos tener para entender las excelencias de la humanidad de Cristo, del mismo modo, el título de Madre de Dios es el principio del cual se deducen las prerrogativas y gracias singulares de la Virgen.

De aquí se sigue que fue muy conveniente que María Santísima resplandeciese con una pureza tan extrema que, debajo de Dios, no se puede entender otra mayor, si no hubiese sido preservada del pecado original.

Claro está que esta pureza está debajo de Dios, porque Dios, por su naturaleza, no puede pecar, y la Virgen pudo pecar; y, en efecto, hubiese incurrido en el pecado si, con singular gracia, no hubiese sido prevenida y preservada.

Mas, aunque es verdad que sólo el príncipe no está sujeto a las leyes, y la princesa si lo está; sin embargo, el príncipe la exime, concediéndole los privilegios de que goza él.

De hecho, es lo que fue declarado y definido por el Papa Pío IX: la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano.

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¡Oh, Virgen gloriosa y Madre purísima! ¿Quién podrá dignamente entender la abundancia de gracia que Vos recibisteis, cuando fuisteis concebida en las entrañas de la bienaventurada Santa Ana, vuestra Madre, y vuestra santísima alma se juntó con vuestro cuerpo santísimo?

Porque el Señor os miró, no como a hija de Adán, ni como a pecadora y enemiga suya, sino como a la que había escogido por Madre, por sagrario del Espíritu Santo, amparo de los pecadores y quebrantadora de la cabeza de la serpiente infernal.

Nuestro padre Adán tuvo pecado actual y no original; porque el pecado original que contrajeron sus hijos por ser suyos, en él fue pecado actual.

Los niños que mueren sin bautismo antes del uso de la razón, tienen sólo el pecado original en que fueron concebidos; los otros, el pecado actual, que después cometen por su voluntad.

Vos sola, escogida entre todas las mujeres, por singular gracia de vuestro divino Hijo, fuisteis exenta y libre de todo pecado, original y actual, prevenida con la bendición del fruto benditísimo de vuestro vientre.

Mas debemos testimoniar aún otros privilegios. Fue infundida a la Virgen en su Purísima Concepción, no sólo la gracia para preservarla del pecado original, sino también todas las virtudes morales; y le fue acelerado el uso de la razón y verdadero conocimiento de Dios, mucho más perfectamente que lo tuvo San Juan Bautista.

Gozó la Virgen Santísima desde su Concepción de la ciencia de las cosas naturales y morales que son necesarias para la perfecta inteligencia de las Escrituras Sagradas, y para la prudente gobernación exterior; y una gracia tan grande que causaba en Ella su compostura tan admirable y divina, que jamás tuvo movimiento desordenado ni mal pensamiento, ni dijo palabra ociosa, ni cayó en la menor imperfección, ni en cosa que oliese a pecado.

Al contrario, desde el momento de su Concepción, comenzó a merecer la gloria, y tomó el camino para alcanzar la bienaventuranza con tan largos pasos, que dejó atrás a todos los Santos.

Supliquemos al Señor, que escogió a esta Señora y Reina nuestra por Madre, y la preservó y adornó de tantos y tan divinos dones, que por intercesión de la que no tuvo pecado perdone a los pecadores y nos otorgue una entrañable devoción para con Ella y una gran confianza en su Patrocinio; pues ninguno le ha sido de veras devoto, que no haya llegado al puerto de la salvación.

¡Oh María, sin pecado concebida! Rogad por nosotros que recurrimos a Vos.

¡Oh María, sin pecado concebida! Rogad por nosotros, que Os tomamos por refugio nuestro.

¡Madre del Salvador! Danos al Redentor, para que nos libre de todo pecado, nos guarde de nosotros mismos, de nuestro innato orgullo, de nuestra propia estimación, y nos haga y conserve siempre puros.

Para concluir, hagámoslo con esta otra católica inscripción:

¡Oh, cuán ingrato sería
Quien a esta casa llamase,
Y al penetrar se olvidase
De decir: “Ave María”.
Como quien dentro y oída
Expresión tan celestial,
No respondiese puntual:
“Sin pecado concebida”

Ave, María Purísima… Sin pecado concebida.

Ave, María Purísima… En gracia concebida.